lunes, 4 de febrero de 2013

┊εїз*~ El Hombre Ideal Cap:2 *~┊εїз


–Cuidado, Demi, podría tomarme eso como un desafío.

         Ella soltó una carcajada.

–No sabía que tenías sentido del humor –comentó.

         Antes de que él pudiera contestar, abrió la puerta de su apartamento y cruzó el umbral. Se volvió y lo miró de arriba abajo, riendo cada vez más fuerte. Luego cerró la puerta.

         Joseph movió la cabeza. ¡Cómo le atacaba los nervios aquella mujer!

         Aquel hombre la ponía de los nervios.

         Demi se apoyó en la puerta, respiró hondo y frunció el ceño al notar que su corazón latía algo más deprisa que de costumbre. Si subir las escaleras con tacones producía ese efecto, tendría que pensar en empezar a ir al gimnasio.

         Cierto que una pequeña parte probablemente podría achacarse a su frustración por no ser capaz de mantener una conversación con él sin convertirla en un combate de boxeo verbal. Pero ella no era la única que peleaba; ambos sacaban siempre lo peor del otro.

         Cruzó la sala de estar hasta el dormitorio y resistió el impulso de ponerse zapatillas blandas y un pijama. Si él conseguía hacerle ponerse su ropa de comer helado el primer día, no tendría ninguna esperanza de sobrevivir a los siguientes tres meses. Cuando sonó el móvil una hora después, miró el nombre en la pantallita antes de contestar.

         –Todavía no puedo creer que me hayas hecho esto.

         La voz de Selena sonó alegre.

         –¿Qué parte? ¿Irme de ahí, vestirte de dama de honor o contarle a Joe lo del apartamento?

         –Creo que sabes a lo que me refiero –respondió Demi–. Tengo que cambiar de mejor amiga. A ese apartamento podría haber llegado mi hombre ideal si tú no se lo hubieras mencionado a tu hermano.

         –¿Desde cuándo buscas tú un hombre ideal? Y además, él no estará ahí mucho tiempo. Es un alquiler temporal, ¿recuerdas?

         –Si renueva el contrato, haré un muñeco y le clavaré alfileres –Demi se apartó del espejo donde estaba haciendo un pase de moda personal y se dirigió a la cocina–. Pero que sepas que está decidido a que yo sea la primera en mudarme.

         Como todos los que habían vivido alguna vez en Manhattan sabían lo que significaba un apartamento para un neoyorquino, no hacía falta que explicara lo ridículo que era que Joe pensara que ella se iba a ir de allí. El apartamento que había compartido con Selena y de vez en cuando compartía todavía con Miley era un espacio que podía llamar suyo propio.

         No había trabajado tanto para acabar en un lugar en el que había jurado que no volvería a encontrarse nunca.

         –¿Ya lo has visto? ¿Hay sangre en el pasillo?

         –Aún no. Pero dale unas semanas y solo uno de los dos saldrá intacto de aquí –Demi alzó la cafetera vacía y suspiró al oír la música procedente del otro lado del pasillo–. ¿Oyes eso?

         Acercó un momento el teléfono a la pared.

         –Mi hermano y el rock clásico van juntos, como…

         –¿Satanás y la tortura eterna? –sugirió Demi.

         –Probablemente no es el mejor momento para mencionar que ha aceptado venir en el grupo en la boda, ¿verdad?

         –No pienso dirigirme hacia el altar con él.

         –Puedes ir con Nick.

         Mejor. Nicolas Jonas le encantaba. Era divertido estar con él.

         –Creía que estaba decidido a no ponerse un traje de mono. ¿Cómo lo has convencido?

         –¿A Joe? Del mismo modo que lo llevamos al cumpleaños de su sobrina el mes pasado. Solo que esta vez me ayudó Kevin.

         Quería decir que Joseph había perdido una apuesta. Demi sonrió al pensar en el prometido de Selena confabulándose con los otros hermanos Jonas contra uno de ellos en su noche de póquer. Echó el café en la cafetera. ¡Bien por Blake!

         –¿Qué aspecto tiene?

         Demi parpadeó al oír la pregunta.

         –El mismo de siempre –contestó–. ¿Por qué?

         –Supongo que no has visto las noticias hoy.

         –No –Demi entró en la sala de estar y puso la tele con el mando a distancia–. ¿Qué me he perdido?

         –Espera.

         La noticia apareció casi al instante en el canal de noticias locales. Como no podía oír lo que decía sin subir mucho el volumen, leyó lo que había en la parte inferior de la pantalla. Hablaba de un agente de los Servicios de Emergencia del que todavía se desconocía el nombre que había desenganchado su arnés de seguridad para rescatar a un hombre en el puente Williamsburg. La cámara intentaba enfocar una mancha situada entre los cables de suspensión en el momento en que otra mancha se acercaba a él. Por un segundo ambos estaban a punto de caer y la multitud que miraba desde el suelo soltaba un gemido colectivo. En el último momento los rodeaban otras manchas y los sacaban de allí.

         En la pantalla sonaron aplausos y Demi movió la cabeza.

         –No me lo puedo creer.

         –Lo sé –Selena suspiró–. Mamá está que se sube por las paredes. Ya lo pasó bastante mal cuando estaba fuera.

         –¿Lo has llamado?

         –No contesta.

         Demi miró la puerta.

         –Te llamo ahora.

         En el pasillo, tuvo que golpear varias veces la puerta con el puño antes de que bajaran la música y abrieran.

         –Llama a tu madre –dijo ella. Le puso su móvil delante.

         –¿Qué pasa?

         Ella apretó la tecla de marcado rápido y se llevó el teléfono al oído.

         –Eres un imbécil desconsiderado –murmuró.

         En cuanto contestó la madre de él, Demi le pasó el teléfono.

         –No, soy yo. Estoy bien. Ya te habrían llamado si no fuera así, eso lo sabes –él retrocedió un paso y le cerró la puerta en las narices a Demi.

         De vuelta en su apartamento, ella lanzó un juramento. Él tenía su móvil y en él estaba toda su vida. Volvió a la cocina y marcó el número de la hermana de él en el teléfono fijo.

         –Ahora está hablando con tu madre.

         –¿Qué has hecho? –preguntó Selena.

         –Le he dicho lo que pensaba de él.

         –¿En su cara?

         Demi siguió con lo que hacía antes y encendió la cafetera.

         –Nunca me ha costado mucho decirle lo que pienso en su cara. Ya lo sabes.

         Llamaron a la puerta.

         –Espera –cuando abrió la puerta y se encontró con los ojos azules de él, tomó su móvil y lo sustituyó por el teléfono que llevaba en la mano–. Tu hermana.

         Él se llevó el auricular al oído y cruzó el umbral.

         –Hola, hermana, ¿qué hay?

         Demi parpadeó. ¿Cómo había terminado en su apartamento? Cerró la puerta y volvió a la cocina. Si él creía que aquello se iba a convertir en habitual, ya podía ir olvidándolo. Ella no deseaba pasar tiempo con él. Miró un instante la habitación, que parecía más pequeña con él allí, y frunció el ceño cuando él la miró por el rabillo del ojo.

         La mirada de él recorrió su cuerpo y se detuvo en sus pies más tiempo del necesario. ¿Qué era aquello?

         Demi resistió el impulso de bajar la vista para ver lo que llevaba. Su ropa no tenía nada de malo. En todo caso, tapaba más que la que llevaba la última vez que él la había visto. A ella le gustaba el modo en que los pantalones negros de cintura alta hacían que las piernas parecieran más largas, sobre todo si iban acompañados de unos zapatos morados de tacón alto. Con un metro setenta y cinco de estatura, no se podía decir que fuera baja, pero teniendo en cuenta el número de modelos que le sacaban la cabeza en sus horas de trabajo, agradecía todo lo que ofreciera la ilusión de que era más alta. Movió la cabeza. ¿Por qué le importaba lo que pensara él? Lo que sabía él de moda no llenaría ni un dedal. Y para muestra… los vaqueros que llevaba.

         A juzgar por lo raídos que estaban en las rodillas y alrededor de los bolsillos de…

         Demi apartó la vista con rapidez. Si él la pillaba mirándole el trasero, se reiría de ella.

         Aquel hombre ya tenía un ego del tamaño de Texas.

         –Es mi trabajo –dijo él con una nota de impaciencia en la voz, paseando por la estancia–. La cuerda no llegaba, no había tiempo… Sabía que había gente cuidando de mí. ¿Has terminado? Porque seguro que tu amiga tiene que hacer tres llamadas más.

         Demi tomó su taza favorita y la dejó en la encimera. Esperaba que Selena le echara una buena bronca. ¿Qué clase de idiota se quitaba el arnés de seguridad a esa altura? ¿No había oído hablar de la fuerza de la gravedad?

         Apoyó la cadera en la encimera y se cruzó de brazos, observándolo caminar. Tenía la mandíbula tensa y su ancho pecho subía y bajaba debajo de una vieja camiseta de un equipo de béisbol. Parecía… ¿nervioso? No, esa no era la palabra correcta. Cansado, quizá, como si no hubiera dormido mucho últimamente. Aunque a ella eso no le importaba nada, pero como Selena le había preguntado por el aspecto de él, sentía la necesidad de examinarlo más atentamente que de costumbre y después de haber empezado…

         Vale, si le inyectaran suero de la verdad, seguramente admitiría que había razones comprensibles por las que las mujeres perdían los papeles cuando él les sonreía. Tenía unos ojos de un azul intenso, pelo rubio oscuro y un asomo de barba en la fuerte mandíbula. Si se añadía a eso un cuerpo alto y musculoso, probablemente no habría una sola chica soltera en Manhattan que no estuviera dispuesta a darle su teléfono.

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