–Cuidado, Demi, podría tomarme eso como un desafío.
Ella soltó una carcajada.
–No sabía que tenías sentido del humor
–comentó.
Antes de que él pudiera contestar, abrió
la puerta de su apartamento y cruzó el umbral. Se volvió y lo miró de arriba
abajo, riendo cada vez más fuerte. Luego cerró la puerta.
Joseph movió la cabeza. ¡Cómo le atacaba
los nervios aquella mujer!
Aquel hombre la ponía de los nervios.
Demi se apoyó en la puerta, respiró
hondo y frunció el ceño al notar que su corazón latía algo más deprisa que de
costumbre. Si subir las escaleras con tacones producía ese efecto, tendría que
pensar en empezar a ir al gimnasio.
Cierto que una pequeña parte
probablemente podría achacarse a su frustración por no ser capaz de mantener
una conversación con él sin convertirla en un combate de boxeo verbal. Pero
ella no era la única que peleaba; ambos sacaban siempre lo peor del otro.
Cruzó la sala de estar hasta el
dormitorio y resistió el impulso de ponerse zapatillas blandas y un pijama. Si
él conseguía hacerle ponerse su ropa de comer helado el primer día, no tendría
ninguna esperanza de sobrevivir a los siguientes tres meses. Cuando sonó el
móvil una hora después, miró el nombre en la pantallita antes de contestar.
–Todavía no puedo creer que me hayas
hecho esto.
La voz de Selena sonó alegre.
–¿Qué parte? ¿Irme de ahí, vestirte de
dama de honor o contarle a Joe lo del apartamento?
–Creo que sabes a lo que me refiero
–respondió Demi–. Tengo que cambiar de mejor amiga. A ese apartamento podría
haber llegado mi hombre ideal si tú no se lo hubieras mencionado a tu hermano.
–¿Desde cuándo buscas tú un hombre
ideal? Y además, él no estará ahí mucho tiempo. Es un alquiler temporal,
¿recuerdas?
–Si renueva el contrato, haré un muñeco
y le clavaré alfileres –Demi se apartó del espejo donde estaba haciendo un pase
de moda personal y se dirigió a la cocina–. Pero que sepas que está decidido a
que yo sea la primera en mudarme.
Como todos los que habían vivido alguna
vez en Manhattan sabían lo que significaba un apartamento para un neoyorquino,
no hacía falta que explicara lo ridículo que era que Joe pensara que ella se
iba a ir de allí. El apartamento que había compartido con Selena y de vez en
cuando compartía todavía con Miley era un espacio que podía llamar suyo propio.
No había trabajado tanto para acabar en
un lugar en el que había jurado que no volvería a encontrarse nunca.
–¿Ya lo has visto? ¿Hay sangre en el
pasillo?
–Aún no. Pero dale unas semanas y solo
uno de los dos saldrá intacto de aquí –Demi alzó la cafetera vacía y suspiró al
oír la música procedente del otro lado del pasillo–. ¿Oyes eso?
Acercó un momento el teléfono a la
pared.
–Mi hermano y el rock clásico van
juntos, como…
–¿Satanás y la tortura eterna? –sugirió Demi.
–Probablemente no es el mejor momento
para mencionar que ha aceptado venir en el grupo en la boda, ¿verdad?
–No pienso dirigirme hacia el altar con
él.
–Puedes ir con Nick.
Mejor. Nicolas Jonas le encantaba. Era
divertido estar con él.
–Creía que estaba decidido a no ponerse
un traje de mono. ¿Cómo lo has convencido?
–¿A Joe? Del mismo modo que lo llevamos
al cumpleaños de su sobrina el mes pasado. Solo que esta vez me ayudó Kevin.
Quería decir que Joseph había perdido
una apuesta. Demi sonrió al pensar en el prometido de Selena confabulándose con
los otros hermanos Jonas contra uno de ellos en su noche de póquer. Echó el
café en la cafetera. ¡Bien por Blake!
–¿Qué aspecto tiene?
Demi parpadeó al oír la pregunta.
–El mismo de siempre –contestó–. ¿Por
qué?
–Supongo que no has visto las noticias
hoy.
–No –Demi entró en la sala de estar y
puso la tele con el mando a distancia–. ¿Qué me he perdido?
–Espera.
La noticia apareció casi al instante en
el canal de noticias locales. Como no podía oír lo que decía sin subir mucho el
volumen, leyó lo que había en la parte inferior de la pantalla. Hablaba de un
agente de los Servicios de Emergencia del que todavía se desconocía el nombre
que había desenganchado su arnés de seguridad para rescatar a un hombre en el
puente Williamsburg. La cámara intentaba enfocar una mancha situada entre los
cables de suspensión en el momento en que otra mancha se acercaba a él. Por un
segundo ambos estaban a punto de caer y la multitud que miraba desde el suelo
soltaba un gemido colectivo. En el último momento los rodeaban otras manchas y
los sacaban de allí.
En la pantalla sonaron aplausos y Demi
movió la cabeza.
–No me lo puedo creer.
–Lo sé –Selena suspiró–. Mamá está que
se sube por las paredes. Ya lo pasó bastante mal cuando estaba fuera.
–¿Lo has llamado?
–No contesta.
Demi miró la puerta.
–Te llamo ahora.
En el pasillo, tuvo que golpear varias
veces la puerta con el puño antes de que bajaran la música y abrieran.
–Llama a tu madre –dijo ella. Le puso su
móvil delante.
–¿Qué pasa?
Ella apretó la tecla de marcado rápido y
se llevó el teléfono al oído.
–Eres un imbécil desconsiderado
–murmuró.
En cuanto contestó la madre de él, Demi
le pasó el teléfono.
–No, soy yo. Estoy bien. Ya te habrían
llamado si no fuera así, eso lo sabes –él retrocedió un paso y le cerró la
puerta en las narices a Demi.
De vuelta en su apartamento, ella lanzó
un juramento. Él tenía su móvil y en él estaba toda su vida. Volvió a la cocina
y marcó el número de la hermana de él en el teléfono fijo.
–Ahora está hablando con tu madre.
–¿Qué has hecho? –preguntó Selena.
–Le he dicho lo que pensaba de él.
–¿En su cara?
Demi siguió con lo que hacía antes y
encendió la cafetera.
–Nunca me ha costado mucho decirle lo
que pienso en su cara. Ya lo sabes.
Llamaron a la puerta.
–Espera –cuando abrió la puerta y se
encontró con los ojos azules de él, tomó su móvil y lo sustituyó por el
teléfono que llevaba en la mano–. Tu hermana.
Él se llevó el auricular al oído y cruzó
el umbral.
–Hola, hermana, ¿qué hay?
Demi parpadeó. ¿Cómo había terminado en
su apartamento? Cerró la puerta y volvió a la cocina. Si él creía que aquello
se iba a convertir en habitual, ya podía ir olvidándolo. Ella no deseaba pasar
tiempo con él. Miró un instante la habitación, que parecía más pequeña con él
allí, y frunció el ceño cuando él la miró por el rabillo del ojo.
La mirada de él recorrió su cuerpo y se
detuvo en sus pies más tiempo del necesario. ¿Qué era aquello?
Demi resistió el impulso de bajar la
vista para ver lo que llevaba. Su ropa no tenía nada de malo. En todo caso,
tapaba más que la que llevaba la última vez que él la había visto. A ella le
gustaba el modo en que los pantalones negros de cintura alta hacían que las
piernas parecieran más largas, sobre todo si iban acompañados de unos zapatos
morados de tacón alto. Con un metro setenta y cinco de estatura, no se podía
decir que fuera baja, pero teniendo en cuenta el número de modelos que le
sacaban la cabeza en sus horas de trabajo, agradecía todo lo que ofreciera la
ilusión de que era más alta. Movió la cabeza. ¿Por qué le importaba lo que
pensara él? Lo que sabía él de moda no llenaría ni un dedal. Y para muestra…
los vaqueros que llevaba.
A juzgar por lo raídos que estaban en
las rodillas y alrededor de los bolsillos de…
Demi apartó la vista con rapidez. Si él
la pillaba mirándole el trasero, se reiría de ella.
Aquel hombre ya tenía un ego del tamaño
de Texas.
–Es mi trabajo –dijo él con una nota de
impaciencia en la voz, paseando por la estancia–. La cuerda no llegaba, no
había tiempo… Sabía que había gente cuidando de mí. ¿Has terminado? Porque
seguro que tu amiga tiene que hacer tres llamadas más.
Demi tomó su taza favorita y la dejó en
la encimera. Esperaba que Selena le echara una buena bronca. ¿Qué clase de
idiota se quitaba el arnés de seguridad a esa altura? ¿No había oído hablar de
la fuerza de la gravedad?
Apoyó la cadera en la encimera y se
cruzó de brazos, observándolo caminar. Tenía la mandíbula tensa y su ancho
pecho subía y bajaba debajo de una vieja camiseta de un equipo de béisbol.
Parecía… ¿nervioso? No, esa no era la palabra correcta. Cansado, quizá, como si
no hubiera dormido mucho últimamente. Aunque a ella eso no le importaba nada,
pero como Selena le había preguntado por el aspecto de él, sentía la necesidad
de examinarlo más atentamente que de costumbre y después de haber empezado…
Vale, si le inyectaran suero de la
verdad, seguramente admitiría que había razones comprensibles por las que las
mujeres perdían los papeles cuando él les sonreía. Tenía unos ojos de un azul
intenso, pelo rubio oscuro y un asomo de barba en la fuerte mandíbula. Si se
añadía a eso un cuerpo alto y musculoso, probablemente no habría una sola chica
soltera en Manhattan que no estuviera dispuesta a darle su teléfono.
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