miércoles, 19 de diciembre de 2012

ღ ☆♥Una Navidad Magica♡★ღ Jemi Cap. 10


—Aquí tiene.

—Gracias.

—Ah, y una persona me ha pedido que le dé esto —dijo la chica, ofreciéndole una servilleta.

—¿Quién? —quiso saber, pero la dependienta ya se había alejado para atender a un nuevo cliente.

Demi miró el papel blanco que tenía en la mano, donde alguien había escrito: «Hola.»

Un tanto confundida, alzó la vista para echarle un vistazo al pequeño comedor. Y contuvo el aliento cuando vio a Joe Jonas y a Holly sentados en una esquina. Sus miradas sé encontraron y lo vio esbozar una lenta sonrisa.

El mensaje escrito en la servilleta acabó arrugado en la palma de su mano mientras flexionaba los dedos despacio. Sintió la alegría que se extendía por su pecho sólo con mirarlo.

«¡Maldición!», pensó.

Llevaba semanas intentando convencerse de que el interludio con Joe no había sido tan mágico como le había parecido.

Un pensamiento que contradecía la nueva costumbre adquirida por su corazón, que se empeñaba en dar un pequeño vuelco cada vez que veía a un hombre moreno entre la multitud. Y que no explicaba por qué se había despertado más de una vez con las sábanas revueltas y con la agradable sensación de haber soñado con él.

Vio que Joe se ponía en pie y abandonaba la mesa para acercarse a ella con Holly a la zaga, y sintió una increíble y arrolladura emoción. Se puso tan colorada que el rubor le llegó a la raíz del pelo. Le temblaba todo el cuerpo. Era incapaz de mirarlo directamente, pero tampoco podía apartar la vista de él, de modo que siguió mirándolo de forma un tanto desenfocada con la bolsa en la mano.

—Hola, Holly —logró decirle a la sonriente niña, que llevaba dos trenzas rubias perfectas—. ¿Cómo estás?

La niña la sorprendió corriendo hacia ella para abrazarla. De forma automática, ella rodeó ese cuerpecito delgado con el brazo libre.

Abrazada a su cintura, Holly echó la cabeza hacia atrás y le sonrió.

—Ayer se me cayó un diente —anunció, y le enseñó la nueva mella que tenía en la encía inferior.

—¡Eso es estupendo! —exclamó ella—. Ahora tienes dos sitios para poner la pajita cuando bebas limonada.

—El Ratoncito Pérez me ha dejado un dólar. Y a mi amiga Katie sólo le dejó cincuenta centavos —añadió un tanto preocupada por la inexactitud del sistema.

—El Ratoncito Pérez —repitió Demi al tiempo que le lanzaba una mirada jocosa a Joe. Sabía lo que él opinaba sobre la idea de que Holly creyera en esos personajes fantásticos.

—Era un diente perfecto —adujo él—. Es evidente que un diente así merecía un dólar. —La recorrió de arriba abajo con la mirada—. Habíamos planeado ir a tu tienda después del almuerzo.

—¿Queréis algo en concreto?

—Necesito unas alas de hada —contestó Holly—. Para Halloween.

—¿Vas a disfrazarte de hada? Tengo varitas mágicas, tiaras y más de diez modelos de alas. ¿Me acompañas a la tienda?

La niña asintió con entusiasmo y le dio la mano.

—Deja que te lleve eso —se ofreció Joe.

—Gracias —replicó mientras le daba la bolsa de papel, y juntos salieron de Joeet Chef.

Holly se mostró muy parlanchina y alegre durante la caminata, y le describió a Demi los disfraces que se pondrían sus amigas en Halloween, le confesó el tipo de caramelos que esperaba conseguir y le habló del Festival de la Cosecha al que asistiría después de ir por las casas del vecindario pidiendo truco o trato. Aunque Joe no habló mucho y se mantuvo tras ellas en todo momento, Demi era muy consciente de su presencia.

En cuanto entraron en la tienda, Demi llevó a Holly hacia las alas de hada, todas adornadas con cintas y purpurina, y pintadas con espirales.

—Aquí las tienes.

Elizabeth se acercó a ellas.

—¿Vas a comprar unas alas? ¡Qué bien!

Holly miró con expresión interrogante a la anciana ataviada con un capirote con velo y una falda de tul, y armada con una varita mágica.

—¿Por qué vas vestida así? Todavía no es Halloween.

—Es mi disfraz siempre que celebramos una fiesta de cumpleaños en la juguetería.

—¿Dónde? —preguntó la niña al tiempo que echaba un vistazo por toda la tienda con expresión ansiosa.

—Tenemos una sala de fiestas en la parte posterior. ¿Te gustaría verla? Ahora mismo está decorada.

Después de mirar a su tío para pedirle permiso, Holly se marchó muy contenta con Elizabeth, dando saltitos.

Joe la observó alejarse con una sonrisa cariñosa.

—No para de dar saltos —dijo, y añadió una vez que miró a Demi—: Nos iremos enseguida. No quiero retrasarte el almuerzo.

—Oh, no te preocupes. ¿Cómo...? —Tenía la impresión de haberse tragado una cucharada de miel tan espesa que se le había quedado un poco atascada en la garganta—. ¿Cómo estás?

—Bien. ¿Y tú?

—Genial —contestó—. ¿Shelby y tú estáis...? —Su intención era la de añadir «comprometidos», pero la palabra se le atascó.

Joe entendió lo que trataba de preguntarle.

—Todavía no. —Titubeó—. Te he traído esto —dijo mientras colocaba un termo estrecho y alargado en el mostrador, de los que tenían una taza por tapadera.

Hasta ese momento ni siquiera se había fijado en que llevara un termo.

—¿Es café? —le preguntó.

—Sí —contestó él—. Uno de mis torrefactos.

El regalo le gustó más de lo que debería.

—Eres una mala influencia —lo acusó.

—Eso espero —replicó Joe con voz ronca.

Fue un momento delicioso. Los dos de pie, mientras Demi se imaginaba por un segundo lo que sería acercarse a él. Pegarse a su cuerpo, sentir su calor y la dureza de sus músculos, sentir sus brazos mientras la rodeaban.

Antes de que pudiera darle las gracias, Elizabeth regresó con Holly. La niña, emocionada por la decoración de la sala de fiestas y la enorme tarta en forma de castillo con velas en todas las torretas, se acercó de inmediato a Joe para decirle que él también tenía que verla. Se dejó arrastrar con una sonrisa en los labios.

Al cabo de un buen rato, Joe y Holly dejaron sus compras en el mostrador. Unas alas de hada, una tiara y un tutu verde y morado. Elizabeth registró la compra y estuvo charlando afablemente con ellos, ya que Demi estaba ocupada atendiendo a una clienta. Se subió en una escalera plegable para coger unas figuritas guardadas en un armarito situado sobre un expositor. Una vez que cogió a Dorothy, al Hombre de Hojalata, al León y al Espantapájaros, le dijo a la clienta que la Bruja Mala estaba agotada.

—Puedo volver a pedirla y estará aquí dentro de una semana —le aseguró.

La mujer dudó.

—¿Está segura? Porque no me interesan los demás si no las consigo todas.

—Si quiere, llamamos al distribuidor para confirmar que puede enviarnos la bruja. —Demi echó un vistazo en dirección al mostrador—. Elizabeth...

—Tengo el número aquí mismo —la interrumpió la aludida, que tenía una lista en la mano. Sonrió al reconocer a la clienta—. Hola, Annette. ¿Es un regalo para Kelly? Sabía que le encantaría la película.

—La ha visto ya cinco veces por lo menos —replicó la mujer con una carcajada, y se acercó al mostrador mientras Elizabeth marcaba.

Demi recogió el resto de figuritas y subió de nuevo la escalera para devolverlas al armarito. Cuando algunas de las cajas amenazaron con caérsele al suelo, estuvo a punto de perder el equilibrio.

En ese preciso instante, unas manos la aferraron por la cintura para evitar que se cayera. Se quedó petrificada al comprender que era Joe quien estaba detrás. La presión de sus manos era firme, competente y respetuosa. Sin embargo, la calidez que irradiaban atravesó la delgada capa de algodón de su camiseta y le puso el corazón a doscientos. El impulso de volverse para quedar entre sus brazos hizo que se tensara. ¡Qué maravilloso sería enterrar los dedos en ese abundante pelo oscuro y pegarse a su cuerpo para estrecharlo con fuerza y...!

—¿Te ayudo con esas cajas? —se ofreció él.

—No, lo tengo controlado.

Joe la soltó, pero se quedó cerca.

Demi logró colocar en el armario las cajas que le quedaban, sin orden ni concierto. En cuanto bajó de la escalera, se volvió para mirar a Joe. Estaban demasiado cerca. Olía a sol, a brisa marina, a sal... y la fragancia alteró sus sentidos.

—Gracias —consiguió decir—. Y gracias por el café. ¿Cómo lo hago para devolverte el termo?

—Luego vuelvo a por él.

Elizabeth, que ya había registrado la compra de la otra clienta, se acercó a ellos.

—Joe, hace un rato estaba intentando convencer a Demi de que conozca a Kevin. ¿No crees que se lo pasarían bien juntos?

Holly sonrió con alegría al escucharla.

—¡Mi tío Kevin te gustaría muchísimo! —exclamó—. Es muy gracioso. Y tiene un reproductor de Bluray.

—Vaya, ésas son las dos cosas que le pido a un hombre —replicó ella con una sonrisa. Miró a Joe, cuya expresión se había vuelto pétrea—. ¿Crees que me gustaría? —se atrevió a preguntarle.

—No tenéis mucho en común.

—Los dos son jóvenes y solteros —protestó Elizabeth—. ¿Qué más necesitan tener en común?

Joe frunció el ceño sin disimulos.

—¿Quieres conocer a Kevin? —le preguntó a Demi.

Ella se encogió de hombros.

—Estoy muy ocupada.

—Dímelo si te decides. Yo me encargo. —Le hizo un gesto a Holly—. Hora de irnos.

—¡Adiós! —se despidió la niña con alegría, y se acercó a Demi para volver a abrazarla.

—Adiós, Holly.

Después de que tío y sobrina se marcharan, Demi echó un vistazo por la tienda, que en ese momento se había quedado vacía.

—Vamos a almorzar —le dijo a Elizabeth.

Entraron juntas en la trastienda y se sentaron a una mesa, aguzando el oído por si escuchaban la campanilla de la puerta. Mientras Elizabeth desenvolvía los bocadillos, Demi abrió el termo, del que surgió un maravilloso aroma. Tostado, rico y amaderado.

Demi inspiró con fuerza y cerró los ojos para disfrutar del intenso olor.

—Ahora lo entiendo —escuchó que decía Elizabeth.

Demi abrió los ojos.

—¿El qué?

—El motivo por el que no te interesa Kevin.

La respuesta hizo que contuviera el aliento.

—¡Ah, no, pero...! No tiene nada que ver con Joe, si eso es lo que estás pensando.

—He visto cómo te mira.

—Está saliendo con otra. Y van en serio.

—Que yo sepa, todavía no se han casado. Y Joe te ha traído café —añadió como si fuera un gesto de enorme relevancia—. Posiblemente equivale a una botella de Dom Pérignon —dijo al tiempo que miraba el termo con deseo.

—¿Quieres probarlo? —le ofreció Demi con una sonrisa.

—Voy a por mi taza.

Descubrieron que el café ya estaba azucarado y que tenía crema. El humeante líquido era del color del caramelo. Hicieron un silencioso brindis con sus tazas y lo probaron.

No sólo era café, era toda una experiencia en sí misma. Un comienzo suave, cremoso y azucarado que daba paso a una nota final aterciopelada. Fuerza y suavidad, sin rastros de amargor. La mezcla fue como un cálido bálsamo.

—¡Dios mío! —exclamó Elizabeth—. Está buenísimo.

Demi bebió otro sorbo.

—Es un problema —replicó con voz quejumbrosa. La expresión de Elizabeth se suavizó, como si la entendiera.

—¿Te refieres a la atracción que sientes por Joe Jonas?

—Sé que está fuera de mi alcance. Pero cuando nos vemos, da la impresión de que estemos tonteando, aunque no es cierto.

—A mí no me parece un problema —le aseguró Elizabeth.

—¿Ah, no?

—No. El problema llegará cuando no tengas la impresión de que estáis tonteando. Así que, adelante, sigue tonteando, a lo mejor ése es el motivo que te impide acostarte con él.

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