—Aquí tiene.
—Gracias.
—Ah, y una persona
me ha pedido que le dé esto —dijo la chica, ofreciéndole una servilleta.
—¿Quién? —quiso
saber, pero la dependienta ya se había alejado para atender a un nuevo cliente.
Demi miró el papel
blanco que tenía en la mano, donde alguien había escrito: «Hola.»
Un tanto
confundida, alzó la vista para echarle un vistazo al pequeño comedor. Y contuvo
el aliento cuando vio a Joe Jonas y a Holly sentados en una esquina. Sus
miradas sé encontraron y lo vio esbozar una lenta sonrisa.
El mensaje escrito
en la servilleta acabó arrugado en la palma de su mano mientras flexionaba los
dedos despacio. Sintió la alegría que se extendía por su pecho sólo con
mirarlo.
«¡Maldición!»,
pensó.
Llevaba semanas
intentando convencerse de que el interludio con Joe no había sido tan mágico
como le había parecido.
Un pensamiento que
contradecía la nueva costumbre adquirida por su corazón, que se empeñaba en dar
un pequeño vuelco cada vez que veía a un hombre moreno entre la multitud. Y que
no explicaba por qué se había despertado más de una vez con las sábanas
revueltas y con la agradable sensación de haber soñado con él.
Vio que Joe se
ponía en pie y abandonaba la mesa para acercarse a ella con Holly a la zaga, y
sintió una increíble y arrolladura emoción. Se puso tan colorada que el rubor
le llegó a la raíz del pelo. Le temblaba todo el cuerpo. Era incapaz de mirarlo
directamente, pero tampoco podía apartar la vista de él, de modo que siguió
mirándolo de forma un tanto desenfocada con la bolsa en la mano.
—Hola, Holly
—logró decirle a la sonriente niña, que llevaba dos trenzas rubias perfectas—.
¿Cómo estás?
La niña la
sorprendió corriendo hacia ella para abrazarla. De forma automática, ella rodeó
ese cuerpecito delgado con el brazo libre.
Abrazada a su
cintura, Holly echó la cabeza hacia atrás y le sonrió.
—Ayer se me cayó
un diente —anunció, y le enseñó la nueva mella que tenía en la encía inferior.
—¡Eso es
estupendo! —exclamó ella—. Ahora tienes dos sitios para poner la pajita cuando
bebas limonada.
—El Ratoncito
Pérez me ha dejado un dólar. Y a mi amiga Katie sólo le dejó cincuenta centavos
—añadió un tanto preocupada por la inexactitud del sistema.
—El Ratoncito
Pérez —repitió Demi al tiempo que le lanzaba una mirada jocosa a Joe. Sabía lo
que él opinaba sobre la idea de que Holly creyera en esos personajes
fantásticos.
—Era un diente
perfecto —adujo él—. Es evidente que un diente así merecía un dólar. —La
recorrió de arriba abajo con la mirada—. Habíamos planeado ir a tu tienda
después del almuerzo.
—¿Queréis algo en
concreto?
—Necesito unas
alas de hada —contestó Holly—. Para Halloween.
—¿Vas a
disfrazarte de hada? Tengo varitas mágicas, tiaras y más de diez modelos de
alas. ¿Me acompañas a la tienda?
La niña asintió
con entusiasmo y le dio la mano.
—Deja que te lleve
eso —se ofreció Joe.
—Gracias —replicó
mientras le daba la bolsa de papel, y juntos salieron de Joeet Chef.
Holly se mostró
muy parlanchina y alegre durante la caminata, y le describió a Demi los
disfraces que se pondrían sus amigas en Halloween, le confesó el tipo de
caramelos que esperaba conseguir y le habló del Festival de la Cosecha al que
asistiría después de ir por las casas del vecindario pidiendo truco o trato.
Aunque Joe no habló mucho y se mantuvo tras ellas en todo momento, Demi era muy
consciente de su presencia.
En cuanto entraron
en la tienda, Demi llevó a Holly hacia las alas de hada, todas adornadas con
cintas y purpurina, y pintadas con espirales.
—Aquí las tienes.
Elizabeth se
acercó a ellas.
—¿Vas a comprar
unas alas? ¡Qué bien!
Holly miró con
expresión interrogante a la anciana ataviada con un capirote con velo y una
falda de tul, y armada con una varita mágica.
—¿Por qué vas
vestida así? Todavía no es Halloween.
—Es mi disfraz
siempre que celebramos una fiesta de cumpleaños en la juguetería.
—¿Dónde? —preguntó
la niña al tiempo que echaba un vistazo por toda la tienda con expresión
ansiosa.
—Tenemos una sala
de fiestas en la parte posterior. ¿Te gustaría verla? Ahora mismo está
decorada.
Después de mirar a
su tío para pedirle permiso, Holly se marchó muy contenta con Elizabeth, dando
saltitos.
Joe la observó alejarse
con una sonrisa cariñosa.
—No para de dar
saltos —dijo, y añadió una vez que miró a Demi—: Nos iremos enseguida. No
quiero retrasarte el almuerzo.
—Oh, no te
preocupes. ¿Cómo...? —Tenía la impresión de haberse tragado una cucharada de
miel tan espesa que se le había quedado un poco atascada en la garganta—. ¿Cómo
estás?
—Bien. ¿Y tú?
—Genial
—contestó—. ¿Shelby y tú estáis...? —Su intención era la de añadir
«comprometidos», pero la palabra se le atascó.
Joe entendió lo
que trataba de preguntarle.
—Todavía no.
—Titubeó—. Te he traído esto —dijo mientras colocaba un termo estrecho y
alargado en el mostrador, de los que tenían una taza por tapadera.
Hasta ese momento
ni siquiera se había fijado en que llevara un termo.
—¿Es café? —le
preguntó.
—Sí —contestó él—.
Uno de mis torrefactos.
El regalo le gustó
más de lo que debería.
—Eres una mala
influencia —lo acusó.
—Eso espero
—replicó Joe con voz ronca.
Fue un momento
delicioso. Los dos de pie, mientras Demi se imaginaba por un segundo lo que
sería acercarse a él. Pegarse a su cuerpo, sentir su calor y la dureza de sus
músculos, sentir sus brazos mientras la rodeaban.
Antes de que
pudiera darle las gracias, Elizabeth regresó con Holly. La niña, emocionada por
la decoración de la sala de fiestas y la enorme tarta en forma de castillo con
velas en todas las torretas, se acercó de inmediato a Joe para decirle que él
también tenía que verla. Se dejó arrastrar con una sonrisa en los labios.
Al cabo de un buen
rato, Joe y Holly dejaron sus compras en el mostrador. Unas alas de hada, una
tiara y un tutu verde y morado. Elizabeth registró la compra y estuvo charlando
afablemente con ellos, ya que Demi estaba ocupada atendiendo a una clienta. Se
subió en una escalera plegable para coger unas figuritas guardadas en un armarito
situado sobre un expositor. Una vez que cogió a Dorothy, al Hombre de Hojalata,
al León y al Espantapájaros, le dijo a la clienta que la Bruja Mala estaba
agotada.
—Puedo volver a
pedirla y estará aquí dentro de una semana —le aseguró.
La mujer dudó.
—¿Está segura?
Porque no me interesan los demás si no las consigo todas.
—Si quiere,
llamamos al distribuidor para confirmar que puede enviarnos la bruja. —Demi
echó un vistazo en dirección al mostrador—. Elizabeth...
—Tengo el número
aquí mismo —la interrumpió la aludida, que tenía una lista en la mano. Sonrió
al reconocer a la clienta—. Hola, Annette. ¿Es un regalo para Kelly? Sabía que
le encantaría la película.
—La ha visto ya
cinco veces por lo menos —replicó la mujer con una carcajada, y se acercó al
mostrador mientras Elizabeth marcaba.
Demi recogió el
resto de figuritas y subió de nuevo la escalera para devolverlas al armarito.
Cuando algunas de las cajas amenazaron con caérsele al suelo, estuvo a punto de
perder el equilibrio.
En ese preciso
instante, unas manos la aferraron por la cintura para evitar que se cayera. Se
quedó petrificada al comprender que era Joe quien estaba detrás. La presión de
sus manos era firme, competente y respetuosa. Sin embargo, la calidez que
irradiaban atravesó la delgada capa de algodón de su camiseta y le puso el
corazón a doscientos. El impulso de volverse para quedar entre sus brazos hizo
que se tensara. ¡Qué maravilloso sería enterrar los dedos en ese abundante pelo
oscuro y pegarse a su cuerpo para estrecharlo con fuerza y...!
—¿Te ayudo con
esas cajas? —se ofreció él.
—No, lo tengo
controlado.
Joe la soltó, pero
se quedó cerca.
Demi logró colocar
en el armario las cajas que le quedaban, sin orden ni concierto. En cuanto bajó
de la escalera, se volvió para mirar a Joe. Estaban demasiado cerca. Olía a
sol, a brisa marina, a sal... y la fragancia alteró sus sentidos.
—Gracias
—consiguió decir—. Y gracias por el café. ¿Cómo lo hago para devolverte el
termo?
—Luego vuelvo a
por él.
Elizabeth, que ya
había registrado la compra de la otra clienta, se acercó a ellos.
—Joe, hace un rato
estaba intentando convencer a Demi de que conozca a Kevin. ¿No crees que se lo
pasarían bien juntos?
Holly sonrió con
alegría al escucharla.
—¡Mi tío Kevin te
gustaría muchísimo! —exclamó—. Es muy gracioso. Y tiene un reproductor de
Bluray.
—Vaya, ésas son
las dos cosas que le pido a un hombre —replicó ella con una sonrisa. Miró a
Joe, cuya expresión se había vuelto pétrea—. ¿Crees que me gustaría? —se
atrevió a preguntarle.
—No tenéis mucho
en común.
—Los dos son
jóvenes y solteros —protestó Elizabeth—. ¿Qué más necesitan tener en común?
Joe frunció el
ceño sin disimulos.
—¿Quieres conocer
a Kevin? —le preguntó a Demi.
Ella se encogió de
hombros.
—Estoy muy
ocupada.
—Dímelo si te
decides. Yo me encargo. —Le hizo un gesto a Holly—. Hora de irnos.
—¡Adiós! —se
despidió la niña con alegría, y se acercó a Demi para volver a abrazarla.
—Adiós, Holly.
Después de que tío
y sobrina se marcharan, Demi echó un vistazo por la tienda, que en ese momento
se había quedado vacía.
—Vamos a almorzar
—le dijo a Elizabeth.
Entraron juntas en
la trastienda y se sentaron a una mesa, aguzando el oído por si escuchaban la
campanilla de la puerta. Mientras Elizabeth desenvolvía los bocadillos, Demi
abrió el termo, del que surgió un maravilloso aroma. Tostado, rico y amaderado.
Demi inspiró con
fuerza y cerró los ojos para disfrutar del intenso olor.
—Ahora lo entiendo
—escuchó que decía Elizabeth.
Demi abrió los
ojos.
—¿El qué?
—El motivo por el
que no te interesa Kevin.
La respuesta hizo
que contuviera el aliento.
—¡Ah, no, pero...!
No tiene nada que ver con Joe, si eso es lo que estás pensando.
—He visto cómo te
mira.
—Está saliendo con
otra. Y van en serio.
—Que yo sepa,
todavía no se han casado. Y Joe te ha traído café —añadió como si fuera un
gesto de enorme relevancia—. Posiblemente equivale a una botella de Dom
Pérignon —dijo al tiempo que miraba el termo con deseo.
—¿Quieres
probarlo? —le ofreció Demi con una sonrisa.
—Voy a por mi
taza.
Descubrieron que
el café ya estaba azucarado y que tenía crema. El humeante líquido era del
color del caramelo. Hicieron un silencioso brindis con sus tazas y lo probaron.
No sólo era café,
era toda una experiencia en sí misma. Un comienzo suave, cremoso y azucarado
que daba paso a una nota final aterciopelada. Fuerza y suavidad, sin rastros de
amargor. La mezcla fue como un cálido bálsamo.
—¡Dios mío!
—exclamó Elizabeth—. Está buenísimo.
Demi bebió otro
sorbo.
—Es un problema
—replicó con voz quejumbrosa. La expresión de Elizabeth se suavizó, como si la
entendiera.
—¿Te refieres a la
atracción que sientes por Joe Jonas?
—Sé que está fuera
de mi alcance. Pero cuando nos vemos, da la impresión de que estemos tonteando,
aunque no es cierto.
—A mí no me parece
un problema —le aseguró Elizabeth.
—¿Ah, no?
—No. El problema
llegará cuando no tengas la impresión de que estáis tonteando. Así que,
adelante, sigue tonteando, a lo mejor ése es el motivo que te impide acostarte
con él.

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