miércoles, 19 de diciembre de 2012

ღ ☆♥Una Navidad Magica♡★ღ Jemi Cap. 7


—Son para papá, claro —dijo Jill.

—Aja.

—Mamá va a matarte —le advirtió su hermana—. Está intentando que le baje el colesterol.

—Lo sé. Pero me mandó un mensaje esta mañana suplicándome que llevara una caja.

—Demi, lo consientes demasiado.

—Lo sé, por eso me quiere más que a vosotros.

El largo camino de acceso a la casa estaba ocupado por seis o siete coches y el jardín se encontraba atestado de niños. Algunos se acercaron corriendo a Demi, entre ellos uno que le enseñó orgulloso que se le había caído un diente mientras otro intentaba convencerla de que jugara con ellos al escondite. Entre carcajadas, les prometió que jugaría más tarde.

Nada más entrar en casa, se dirigió a la cocina, donde su madre y algunos de sus hermanos se afanaban preparando la comida. Le dio un beso a su madre, una mujer voluptuosa, pero no gorda, con una melena corta canosa y un cutis envidiable que no necesitaba de maquillaje. Llevaba un delantal que proclamaba: «Lo he visto, oído y hecho todo. Pero no recuerdo nada.»

—Eso no será para tu padre, ¿verdad? —le preguntó su madre, que miró la caja de donuts con severidad.

—Está lleno de palitos de apio y zanahoria —contestó Demi—. La caja es para engañar.

—Tu padre está en el salón. Hemos instalado un sistema de sonido envolvente y desde entonces no se despega del televisor. Dice que ahora los disparos suenan como los de verdad.

—Si eso es lo que quería, podías haberlo llevado a Tacoma —comentó uno de sus hermanos.

Demi sonrió mientras iba hacia el salón.

Su padre estaba sentado en uno de los rincones de un mullidísimo sofá con un bebé dormido en el regazo. Al verla entrar, sus ojos volaron hacia la caja que llevaba en los brazos.

—Mi hija preferida —dijo.

—Hola, papá. —Demi se inclinó para darle un beso en la cabeza y le colocó la caja en las piernas.

Su padre la abrió, ojeó el contenido hasta localizar un bollo con beicon y sirope de arce y procedió a devorarlo como si supiera a gloria bendita.

—Siéntate conmigo. Y coge al bebé. Necesito las dos manos para esto.

Demi se colocó con cuidado la cabecita del bebé dormido en el hombro.

—¿De quién es? —quiso saber—. No lo reconozco.

—No tengo ni idea. Alguien me lo ha dejado en brazos.

—¿Es uno de tus nietos?

—Es posible.

Demi contestó sus preguntas sobre la tienda, sobre los últimos acontecimientos que habían sucedido en Friday Harbor y sobre si había conocido a alguien interesante recientemente. Titubeó lo justo para que su padre la mirara con un brillo interesado en los ojos.

—Aja. ¿Quién es y a qué se dedica?

—Qué va, si no... no es nadie. Está pillado. He estado hablando con él durante el trayecto en el ferry. —Notó que el bebé se movía y le colocó la mano en la espalda para tranquilizarlo con sus caricias—. Creo que he tonteado con él sin proponérmelo.

—¿Eso es malo?

—Quizá no, pero hace que me pregunte... ¿cómo sabré si estoy preparada para volver a salir con un hombre?

—Yo diría que es una buena señal que hayas tonteado con él sin proponértelo.

—No sé, es un poco raro. Me sentí atraída por él y eso que no se parece a Eddie en absoluto.

Antes de caer enfermo, Eddie era un hombre alegre, gracioso y divertido. El hombre con el que había compartido el trayecto en el ferry era sombrío, serio y reservado, y parecía poseer una personalidad muy intensa. Como había sido incapaz de detener su imaginación, en el rincón más profundo de su mente se había preguntado cómo serían las relaciones físicas con él. La respuesta había sido tan explosiva que la simple posibilidad la había asustado. Sin embargo, eso formaba parte de su atractivo. Recordaba haberse sentido atraída por Eddie precisamente porque a su lado parecía estar segura. No obstante, acababa de descubrir que deseaba a Joe Jonas justo por lo contrario.

Inclinó la cabeza para darle un beso al bebé. Parecía muy vulnerable y, sin embargo, notaba la solidez de su cuerpecito. Su piel era increíblemente suave y estaba un poco húmeda por el sudor. Recordó de forma fugaz un momento que tuvo lugar durante los últimos días de la vida de Eddie, cuando sumida en la desesperación deseó haber tenido un hijo con él. Para poder conservar una parte suya cuando se fuera.

—Cariño —oyó que le decía su padre—, no he pasado por todo lo que tú pasaste con Eddie. No sé cuándo acaba el proceso del dolor, ni cómo sabes cuándo estás lista para seguir adelante. Pero sí estoy seguro de algo: el próximo hombre de tu vida será distinto.

—Lo sé. Ya lo sabía. Creo que lo que me tiene preocupada es la certeza de que yo he cambiado.

Su padre la miró con los ojos como platos, como si el comentario lo hubiera sorprendido.

—Por supuesto que has cambiado. ¿Cómo no ibas a hacerlo?

—Pero es que en parte no quiero cambiar. En parte quiero seguir siendo la misma persona que era cuando estaba con Eddie. —Guardó silencio al ver la expresión de su padre—. ¿Te parece muy descabellado? ¿Necesito terapia o algo?

—Creo que lo que necesitas es una cita con alguien. Ponerte un vestido bonito y que te inviten a una cena. Despedirte con un beso de buenas noches.

—Pero en cuanto deje de ser la viuda de Eddie, ¿cómo voy a recordarlo? Será como perderlo de nuevo,

—Cielo —le dijo su padre con voz suave y serena—, aprendiste muchísimo de Eddie. Todo eso que te hizo ser mejor persona... ésa será tu forma de recordarlo. Jamás lo olvidaremos.
 
***
 
—Lo siento —dijo Shelby mientras aceptaba la taza de té que le ofreció Joe. Estaba acurrucada en el sofá, vestida con ropa cómoda de color gris e iba a añadir algo más cuando la sorprendió un repentino estornudo.

—No pasa nada —le aseguró Joe, que se sentó a su lado.

Shelby sacó un pañuelo de papel de una caja para sonarse la nariz.

—Espero que sólo sea un episodio de alergia y que no haya pillado nada grave. No hace falta que te quedes conmigo. Ponte a salvo de un posible contagio.

Joe le sonrió.

—Unos cuantos gérmenes no me asustan. —Abrió un bote de pastillas para el resfriado y le ofreció dos.

Shelby cogió la botella de agua que descansaba en la mesa, se tragó las pastillas y puso cara de asco.

—Habíamos planeado una fiesta genial —protestó—. Janya tiene un apartamento increíble en Seattle, y yo estaba deseando presumir de pareja delante de todos.

—Ya presumirás otro día —dijo Joe mientras la arropaba con una manta—. De momento, concéntrate en ponerte mejor. Seré bueno y te dejaré el mando a distancia.

—Eres un sol. —Shelby suspiró, se apoyó en él y se sonó otra vez la nariz—. Nuestro fin de semana sensual se ha ido al traste.

—Nuestra relación va más allá del sexo.

—Me alegro de que digas eso. —Guardó silencio un momento y añadió—: Es la número tres en la lista.

Joe estaba pasando los canales de televisión con el mando.

—¿En qué lista?

—Creo que no debería decírtelo. Pero hace poco leí una lista con las cinco señales que indican que un hombre está listo para la palabra que empieza por «c».

Joe dejó lo que estaba haciendo.

—¿Qué palabra? —preguntó, extrañado.

—Compromiso. Y, de momento, ya has hecho tres de las cosas que la lista asegura que hacen los hombres cuando están listos para comprometerse.

—¿Ah, sí? —replicó con cautela—. ¿Cuál es la número uno?

—Perder el interés en bares y pubs.

—La verdad es que nunca me han gustado mucho que digamos.

—La segunda es la disposición a conocer a la familia y a los amigos. La tercera, acabas de decir que nuestra relación es algo más que un alivio sexual.

—¿Y la cuarta y la quinta?

—No puedo decírtelo.

—¿Por qué no?

—Porque si te lo digo, a lo mejor no lo haces.

Joe sonrió y le pasó el mando a distancia.

—En fin, pues avísame cuando lo haga. No me gustaría perdérmelo. —La abrazó mientras ella buscaba alguna película en los canales de pago.

Los silencios entre ellos solían ser cómodos. Sin embargo, ése fue tenso, interrogante. Joe era consciente de que Shelby acababa de darle pie para avanzar en la relación. Era consciente de que estaba ansiosa por extender los límites de su relación y por discutir qué dirección iban a tomar.

Aunque pareciera irónico, él también había pensado tratar el tema durante el fin de semana. Tenía todos los motivos del mundo para comprometerse con Shelby y para decirle que sus intenciones eran serias. Porque era cierto.

Si el matrimonio con ella iba a desarrollarse en la misma tónica que su relación actual, estaba dispuesto a firmar sin pensárselo. No había locuras, ni gritos, ni peleas. Sus expectativas generales eran razonables. No creía en el destino ni en el amor predestinado. Quería una mujer agradable y normal, como Shelby, con quien las sorpresas serían mínimas. Con quien existía compañerismo.

Formarían una familia. Por Holly.

—Shelby —dijo, pero tuvo que carraspear para aclararse la garganta antes de seguir—, ¿qué opinas de tener una relación exclusiva?

Ella volvió la cabeza, que tenía apoyada en uno de sus brazos, para mirarlo.

—¿Te refieres a tener una relación de pareja de verdad? ¿A no quedar con terceras personas?

—Sí.

Shelby esbozó una sonrisa satisfecha.

—Acabas de hacer la cuarta cosa de la lista —dijo, acurrucándose contra él.

Como cualquier persona familiarizada con la línea de ferry estatal de Washington, sabía que los retrasos en los ferris podían deberse a un sinfín de razones, entre las que se incluía el mal estado de la mar, la marea baja, los accidentes en el embarque de coches, una emergencia médica o los problemas de mantenimiento. Por desgracia, estaban anunciando «reparaciones necesarias para la seguridad de la embarcación» como motivo para retrasar la salida el domingo por la tarde.

Dado que había llegado una hora antes para conseguir un lugar decente en la extensa zona de aparcamiento cercana al muelle de atraque del ferry, Joe se quedó con mucho tiempo libre. La gente bajaba de sus coches, sacaba a pasear a sus perros o iba a la terminal en busca de refrescos o de algo que leer. El cielo estaba nublado y había niebla, y de vez en cuando incluso chispeaba.

Inquieto y molesto, se encaminó a la terminal. Estaba muerto de hambre. Shelby no había querido salir a desayunar esa mañana y en su casa sólo tenía cereales.

Había pasado un buen fin de semana con ella. Se habían quedado en casa, habían hablado, habían visto algunas películas y el sábado por la noche habían pedido la comida en un chino.

El viento soplaba desde el estrecho de Rosario, llevando consigo el olor salado y limpio del mar que se le colaba por el cuello de la chaqueta como unos dedos helados. Sintió un escalofrío en la nuca. Aspiró el aroma marino, deseando estar en casa, deseando... algo.

Al entrar en la terminal, se dirigió hacia la cafetería y vio a una mujer arrastrando un macuto hacia una máquina expendedora cercana. Esbozó una sonrisa al ver esa melena pelirroja.

Demi Lovato.

Había estado pensando en ella todo el fin de semana. Cuando menos se lo esperaba, se descubría preguntándose cuándo volvería a verla o cómo. La curiosidad que le despertaba era insaciable. ¿Qué le gustaría desayunar? ¿Tendría alguna mascota? ¿Le gustaba nadar? Cada vez que intentaba desterrar esas preguntas, su curiosidad por aquello que ignoraba las hacía recurrentes.

Se acercó a ella por un costado y se percató de que estaba mirando el contenido de la máquina expendedora con el ceño fruncido. Al darse cuenta de su presencia, Demi lo miró. La alegre y vivaracha energía que recordaba había sido reemplazada por una vulnerabilidad que le atravesó el corazón. La intensidad de su reacción lo pilló desprevenido.

¿Qué le había sucedido durante el fin de semana? Demi había estado con su familia. ¿Habían discutido? ¿Había surgido algún problema?

—Ni se te ocurra comerte eso —le dijo al tiempo que señalaba con la cabeza la oferta de comida basura.

—¿Por qué no?

—Ni uno solo de esos productos tiene fecha de caducidad.

Demi examinó los paquetes como si quisiera verificar sus palabras.

—Es una leyenda que las Panteras Rosas duran eternamente —dijo—. Tienen una vida útil de veinticinco días.

—En mi casa tienen una vida útil de unos tres minutos. —La miró a los ojos—. ¿Puedo invitarte a comer? Tenemos dos horas como mínimo, según el operario del ferry.

Se produjo un largo silencio mientras se lo pensaba.

—¿Quieres comer aquí? —acabó preguntándole.

Joe negó con la cabeza.

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