—Son para papá,
claro —dijo Jill.
—Aja.
—Mamá va a matarte
—le advirtió su hermana—. Está intentando que le baje el colesterol.
—Lo sé. Pero me mandó
un mensaje esta mañana suplicándome que llevara una caja.
—Demi, lo
consientes demasiado.
—Lo sé, por eso me
quiere más que a vosotros.
El largo camino de
acceso a la casa estaba ocupado por seis o siete coches y el jardín se
encontraba atestado de niños. Algunos se acercaron corriendo a Demi, entre
ellos uno que le enseñó orgulloso que se le había caído un diente mientras otro
intentaba convencerla de que jugara con ellos al escondite. Entre carcajadas,
les prometió que jugaría más tarde.
Nada más entrar en
casa, se dirigió a la cocina, donde su madre y algunos de sus hermanos se
afanaban preparando la comida. Le dio un beso a su madre, una mujer voluptuosa,
pero no gorda, con una melena corta canosa y un cutis envidiable que no
necesitaba de maquillaje. Llevaba un delantal que proclamaba: «Lo he visto,
oído y hecho todo. Pero no recuerdo nada.»
—Eso no será para
tu padre, ¿verdad? —le preguntó su madre, que miró la caja de donuts con
severidad.
—Está lleno de
palitos de apio y zanahoria —contestó Demi—. La caja es para engañar.
—Tu padre está en
el salón. Hemos instalado un sistema de sonido envolvente y desde entonces no
se despega del televisor. Dice que ahora los disparos suenan como los de
verdad.
—Si eso es lo que
quería, podías haberlo llevado a Tacoma —comentó uno de sus hermanos.
Demi sonrió
mientras iba hacia el salón.
Su padre estaba
sentado en uno de los rincones de un mullidísimo sofá con un bebé dormido en el
regazo. Al verla entrar, sus ojos volaron hacia la caja que llevaba en los
brazos.
—Mi hija preferida
—dijo.
—Hola, papá. —Demi
se inclinó para darle un beso en la cabeza y le colocó la caja en las piernas.
Su padre la abrió,
ojeó el contenido hasta localizar un bollo con beicon y sirope de arce y
procedió a devorarlo como si supiera a gloria bendita.
—Siéntate conmigo.
Y coge al bebé. Necesito las dos manos para esto.
Demi se colocó con
cuidado la cabecita del bebé dormido en el hombro.
—¿De quién es?
—quiso saber—. No lo reconozco.
—No tengo ni idea.
Alguien me lo ha dejado en brazos.
—¿Es uno de tus
nietos?
—Es posible.
Demi contestó sus
preguntas sobre la tienda, sobre los últimos acontecimientos que habían
sucedido en Friday Harbor y sobre si había conocido a alguien interesante
recientemente. Titubeó lo justo para que su padre la mirara con un brillo
interesado en los ojos.
—Aja. ¿Quién es y
a qué se dedica?
—Qué va, si no...
no es nadie. Está pillado. He estado hablando con él durante el trayecto en el
ferry. —Notó que el bebé se movía y le colocó la mano en la espalda para
tranquilizarlo con sus caricias—. Creo que he tonteado con él sin proponérmelo.
—¿Eso es malo?
—Quizá no, pero
hace que me pregunte... ¿cómo sabré si estoy preparada para volver a salir con
un hombre?
—Yo diría que es
una buena señal que hayas tonteado con él sin proponértelo.
—No sé, es un poco
raro. Me sentí atraída por él y eso que no se parece a Eddie en absoluto.
Antes de caer
enfermo, Eddie era un hombre alegre, gracioso y divertido. El hombre con el que
había compartido el trayecto en el ferry era sombrío, serio y reservado, y
parecía poseer una personalidad muy intensa. Como había sido incapaz de detener
su imaginación, en el rincón más profundo de su mente se había preguntado cómo
serían las relaciones físicas con él. La respuesta había sido tan explosiva que
la simple posibilidad la había asustado. Sin embargo, eso formaba parte de su
atractivo. Recordaba haberse sentido atraída por Eddie precisamente porque a su
lado parecía estar segura. No obstante, acababa de descubrir que deseaba a Joe
Jonas justo por lo contrario.
Inclinó la cabeza
para darle un beso al bebé. Parecía muy vulnerable y, sin embargo, notaba la
solidez de su cuerpecito. Su piel era increíblemente suave y estaba un poco
húmeda por el sudor. Recordó de forma fugaz un momento que tuvo lugar durante
los últimos días de la vida de Eddie, cuando sumida en la desesperación deseó
haber tenido un hijo con él. Para poder conservar una parte suya cuando se
fuera.
—Cariño —oyó que
le decía su padre—, no he pasado por todo lo que tú pasaste con Eddie. No sé
cuándo acaba el proceso del dolor, ni cómo sabes cuándo estás lista para seguir
adelante. Pero sí estoy seguro de algo: el próximo hombre de tu vida será
distinto.
—Lo sé. Ya lo
sabía. Creo que lo que me tiene preocupada es la certeza de que yo he cambiado.
Su padre la miró
con los ojos como platos, como si el comentario lo hubiera sorprendido.
—Por supuesto que
has cambiado. ¿Cómo no ibas a hacerlo?
—Pero es que en
parte no quiero cambiar. En parte quiero seguir siendo la misma persona que era
cuando estaba con Eddie. —Guardó silencio al ver la expresión de su padre—. ¿Te
parece muy descabellado? ¿Necesito terapia o algo?
—Creo que lo que
necesitas es una cita con alguien. Ponerte un vestido bonito y que te inviten a
una cena. Despedirte con un beso de buenas noches.
—Pero en cuanto
deje de ser la viuda de Eddie, ¿cómo voy a recordarlo? Será como perderlo de
nuevo,
—Cielo —le dijo su
padre con voz suave y serena—, aprendiste muchísimo de Eddie. Todo eso que te
hizo ser mejor persona... ésa será tu forma de recordarlo. Jamás lo
olvidaremos.
***
—Lo siento —dijo
Shelby mientras aceptaba la taza de té que le ofreció Joe. Estaba acurrucada en
el sofá, vestida con ropa cómoda de color gris e iba a añadir algo más cuando
la sorprendió un repentino estornudo.
—No pasa nada —le
aseguró Joe, que se sentó a su lado.
Shelby sacó un
pañuelo de papel de una caja para sonarse la nariz.
—Espero que sólo
sea un episodio de alergia y que no haya pillado nada grave. No hace falta que
te quedes conmigo. Ponte a salvo de un posible contagio.
Joe le sonrió.
—Unos cuantos
gérmenes no me asustan. —Abrió un bote de pastillas para el resfriado y le
ofreció dos.
Shelby cogió la
botella de agua que descansaba en la mesa, se tragó las pastillas y puso cara
de asco.
—Habíamos planeado
una fiesta genial —protestó—. Janya tiene un apartamento increíble en Seattle,
y yo estaba deseando presumir de pareja delante de todos.
—Ya presumirás
otro día —dijo Joe mientras la arropaba con una manta—. De momento, concéntrate
en ponerte mejor. Seré bueno y te dejaré el mando a distancia.
—Eres un sol.
—Shelby suspiró, se apoyó en él y se sonó otra vez la nariz—. Nuestro fin de
semana sensual se ha ido al traste.
—Nuestra relación
va más allá del sexo.
—Me alegro de que
digas eso. —Guardó silencio un momento y añadió—: Es la número tres en la
lista.
Joe estaba pasando
los canales de televisión con el mando.
—¿En qué lista?
—Creo que no
debería decírtelo. Pero hace poco leí una lista con las cinco señales que
indican que un hombre está listo para la palabra que empieza por «c».
Joe dejó lo que
estaba haciendo.
—¿Qué palabra?
—preguntó, extrañado.
—Compromiso. Y, de
momento, ya has hecho tres de las cosas que la lista asegura que hacen los
hombres cuando están listos para comprometerse.
—¿Ah, sí? —replicó
con cautela—. ¿Cuál es la número uno?
—Perder el interés
en bares y pubs.
—La verdad es que
nunca me han gustado mucho que digamos.
—La segunda es la
disposición a conocer a la familia y a los amigos. La tercera, acabas de decir
que nuestra relación es algo más que un alivio sexual.
—¿Y la cuarta y la
quinta?
—No puedo
decírtelo.
—¿Por qué no?
—Porque si te lo
digo, a lo mejor no lo haces.
Joe sonrió y le
pasó el mando a distancia.
—En fin, pues
avísame cuando lo haga. No me gustaría perdérmelo. —La abrazó mientras ella
buscaba alguna película en los canales de pago.
Los silencios
entre ellos solían ser cómodos. Sin embargo, ése fue tenso, interrogante. Joe
era consciente de que Shelby acababa de darle pie para avanzar en la relación.
Era consciente de que estaba ansiosa por extender los límites de su relación y
por discutir qué dirección iban a tomar.
Aunque pareciera
irónico, él también había pensado tratar el tema durante el fin de semana.
Tenía todos los motivos del mundo para comprometerse con Shelby y para decirle
que sus intenciones eran serias. Porque era cierto.
Si el matrimonio
con ella iba a desarrollarse en la misma tónica que su relación actual, estaba
dispuesto a firmar sin pensárselo. No había locuras, ni gritos, ni peleas. Sus
expectativas generales eran razonables. No creía en el destino ni en el amor
predestinado. Quería una mujer agradable y normal, como Shelby, con quien las
sorpresas serían mínimas. Con quien existía compañerismo.
Formarían una
familia. Por Holly.
—Shelby —dijo,
pero tuvo que carraspear para aclararse la garganta antes de seguir—, ¿qué
opinas de tener una relación exclusiva?
Ella volvió la
cabeza, que tenía apoyada en uno de sus brazos, para mirarlo.
—¿Te refieres a
tener una relación de pareja de verdad? ¿A no quedar con terceras personas?
—Sí.
Shelby esbozó una
sonrisa satisfecha.
—Acabas de hacer
la cuarta cosa de la lista —dijo, acurrucándose contra él.
Como cualquier
persona familiarizada con la línea de ferry estatal de Washington, sabía que
los retrasos en los ferris podían deberse a un sinfín de razones, entre las que
se incluía el mal estado de la mar, la marea baja, los accidentes en el
embarque de coches, una emergencia médica o los problemas de mantenimiento. Por
desgracia, estaban anunciando «reparaciones necesarias para la seguridad de la
embarcación» como motivo para retrasar la salida el domingo por la tarde.
Dado que había
llegado una hora antes para conseguir un lugar decente en la extensa zona de
aparcamiento cercana al muelle de atraque del ferry, Joe se quedó con mucho
tiempo libre. La gente bajaba de sus coches, sacaba a pasear a sus perros o iba
a la terminal en busca de refrescos o de algo que leer. El cielo estaba nublado
y había niebla, y de vez en cuando incluso chispeaba.
Inquieto y
molesto, se encaminó a la terminal. Estaba muerto de hambre. Shelby no había
querido salir a desayunar esa mañana y en su casa sólo tenía cereales.
Había pasado un
buen fin de semana con ella. Se habían quedado en casa, habían hablado, habían
visto algunas películas y el sábado por la noche habían pedido la comida en un
chino.
El viento soplaba
desde el estrecho de Rosario, llevando consigo el olor salado y limpio del mar
que se le colaba por el cuello de la chaqueta como unos dedos helados. Sintió
un escalofrío en la nuca. Aspiró el aroma marino, deseando estar en casa,
deseando... algo.
Al entrar en la
terminal, se dirigió hacia la cafetería y vio a una mujer arrastrando un macuto
hacia una máquina expendedora cercana. Esbozó una sonrisa al ver esa melena
pelirroja.
Demi Lovato.
Había estado
pensando en ella todo el fin de semana. Cuando menos se lo esperaba, se
descubría preguntándose cuándo volvería a verla o cómo. La curiosidad que le
despertaba era insaciable. ¿Qué le gustaría desayunar? ¿Tendría alguna mascota?
¿Le gustaba nadar? Cada vez que intentaba desterrar esas preguntas, su
curiosidad por aquello que ignoraba las hacía recurrentes.
Se acercó a ella
por un costado y se percató de que estaba mirando el contenido de la máquina
expendedora con el ceño fruncido. Al darse cuenta de su presencia, Demi lo
miró. La alegre y vivaracha energía que recordaba había sido reemplazada por
una vulnerabilidad que le atravesó el corazón. La intensidad de su reacción lo
pilló desprevenido.
¿Qué le había
sucedido durante el fin de semana? Demi había estado con su familia. ¿Habían
discutido? ¿Había surgido algún problema?
—Ni se te ocurra
comerte eso —le dijo al tiempo que señalaba con la cabeza la oferta de comida
basura.
—¿Por qué no?
—Ni uno solo de
esos productos tiene fecha de caducidad.
Demi examinó los
paquetes como si quisiera verificar sus palabras.
—Es una leyenda
que las Panteras Rosas duran eternamente —dijo—. Tienen una vida útil de
veinticinco días.
—En mi casa tienen
una vida útil de unos tres minutos. —La miró a los ojos—. ¿Puedo invitarte a
comer? Tenemos dos horas como mínimo, según el operario del ferry.
Se produjo un
largo silencio mientras se lo pensaba.
—¿Quieres comer
aquí? —acabó preguntándole.
Joe negó con la
cabeza.

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