—No me parece un
trato justo —dijo—. Un café especial a cambio de un día con Winston.
—Si consigo verte
dos veces en un día —replicó Joe—, estaré encantado de hacer tratos así.
A lo largo de las
dos semanas siguientes, Demi era consciente de que cada vez veía más a Joe Jonas.
Para su alivio, él pareció aceptar que sólo estaba interesada en su amistad. Se
pasaba mucho por la juguetería con el termo lleno de café y también le llevaba
pasteles que compraba en una pastelería cercana. Cruasanes bañados de chocolate
crujiente, tartaletas de albaricoque o barquillos cubiertos de azúcar glasé. De
vez en cuando, incluso la convencía para que almorzara con él. En una ocasión
fueron a Joeet Chef y en otra a un bar donde se demoraron hasta que se dio
cuenta de que llevaban dos horas hablando.
Era incapaz de
rechazar sus invitaciones porque era incapaz de señalar una sola ocasión en la
que Joe se le hubiera insinuado. De hecho, era más bien lo contrario. Se había
esforzado para que olvidara sus temores.
Nada de besos ni
de indirectas, nada que mostrara que estaba interesado en ella de otro modo que
no fuera amistoso.
Joe fue a Seattle
para cortar con Shelby, que al parecer se lo había tomado mejor de lo esperado.
Cuando le describió el momento, Joe no entró en detalles, pero sí le pareció
muy aliviado.
—Nada de lágrimas,
ni de llantos, ni de escenas dramáticas —le dijo. Y después de una pausa
perfectamente milimetrada añadió—: Y por parte de Shelby tampoco.
—Todavía sientes
algo por ella —le recordó Demi—. Es posible que podáis arreglar las cosas.
—No siento nada
por ella.
—Nunca se sabe.
¿Has borrado su número de teléfono ya?
—Aja.
—¿Le has devuelto
las cosas que tenía en tu casa?
—Nunca le di la
oportunidad de que dejara algo. Kevin y yo tenemos una regla: nada de invitadas
a dormir mientras Holly esté en casa.
—Entonces cuando
Shelby venía a verte, ¿dónde...?
—Nos quedábamos en
un Bed & Breakfast.
—Vaya...
—comentó—. Supongo que la ruptura es definitiva. ¿Seguro que no estás en una
fase de negación? Es normal sentirse triste cuando pierdes algo.
—No he perdido
nada. Nunca pienso en las relaciones fallidas como en una pérdida de tiempo.
Porque siempre se aprende algo.
—¿Qué has
aprendido de Shelby? —le preguntó Demi, fascinada.
Joe reflexionó en
profundidad.
—Al principio,
pensé que la falta de discusiones era algo bueno. Pero ahora me doy cuenta de
que era una señal de que no conectábamos.
Holly no tardó en
pedir otro día con Winston, y Demi
volvió a llevarlo a Viñedos Sotavento. Al acercarse a la casa, vio que habían
colocado una rampa desmontable sobre una parte de los escalones. El perro subió
la rampa con más facilidad que los estrechos y empinados escalones.
—¿Lo has hecho
para facilitarle las cosas a Winston?
—preguntó Demi cuando Joe abrió la puerta.
—¿Te refieres a la
rampa? Sí. ¿Ha funcionado?
—Perfectamente.
—Sonrió agradecida, al darse cuenta de que Joe había notado las dificultades
que tuvo el perro con los escalones y había ideado una forma de facilitarle la
entrada y la salida de la casa.
—¿Sigues buscando
un hogar para él? —preguntó Joe mientras sujetaba la puerta para que entraran.
Se inclinó para acariciar a Winston
cuando pasó por su lado, y el perro lo miró con la misma expresión que una
gárgola medieval, incluida la lengua colgando.
—Sí, pero de
momento no he tenido mucha suerte —contestó ella—. Tiene demasiados problemas.
Es posible que necesite una prótesis de cadera en algún momento, y luego está
su problema de prognatismo. Y el eccema. Un perro caro de mantener pero bonito
sería una cosa. Pero con el aspecto de Winston...
nadie lo quiere.
—En realidad, y si
no te importa—dijo Joe, hablando muy despacio—, nos gustaría quedarnos con él.
Demi se quedó
pasmada.
—¿Te refieres de
forma permanente?
—Sí. ¿Por qué te
sorprende tanto?
—No es tu tipo de
perro.
—¿Y cuál es mi
tipo de perro?
—Bueno, pues uno
normal. Un labrador o un springer spaniel. Un perro que pueda ir contigo a
correr y eso.
—Subiré a Winston a un monopatín. Kevin y Holly
estuvieron enseñándole a mantener el equilibrio en uno el otro día.
—Pero no podrás
llevártelo cuando salgas a pescar. Los bulldogs no saben nadar.
—Le pondremos un
chaleco salvavidas. —Joe le regaló una misteriosa sonrisa—. ¿Por qué te molesta
que quiera quedarme con él?
Entre tanto, Winston no paraba de mirarlos primero a
uno y luego al otro.
—No me molesta. Es
que no entiendo por qué lo quieres.
—Me gusta su
compañía. Es un perro tranquilo. Kevin dice que será estupendo para mantener el
viñedo libre de alimañas. Y lo más importante: Holly lo quiere.
—Pero necesita
muchos cuidados. Tiene alergias cutáneas. Necesita un pienso especial, un
champú especial y las facturas del veterinario serán numerosas. No sé si
entiendes todo lo que te espera.
—Sea lo que sea,
ya me las apañaré.
Por su parte, Demi
no entendía el porqué de la enorme emoción que la abrumaba. Se acuclilló al
lado del perro y empezó a acariciarlo, manteniendo la cara vuelta para que Joe
no la viera.
—Winston, parece que ya tienes un hogar
—dijo con la voz ronca.
Joe se arrodilló a
su lado y le aferró la barbilla con una mano para instarla a levantar la cabeza
y a mirarlo. Esos ojos azules la miraron con ternura y preocupación.
—Oye —le dijo—,
¿qué pasa? ¿Te arrepientes de separarte de él?
—No. Es que no me
lo esperaba.
—¿No me crees
capaz de mantener un compromiso porque sé que va a haber problemas en el
futuro? —Le acarició la mejilla con el pulgar—. Estoy aprendiendo a vivir la
vida tal como se presenta. Tener un perro como Winston va a suponer inconvenientes, problemas y gastos. Pero
merecerá la pena. Tenías razón. Hay algo noble en él. Es feo por fuera, pero
tiene una autoestima de narices. Es un buen perro.
Demi quería
sonreír, pero le tembló la barbilla y la emoción amenazó con volver a
abrumarla.
—Eres un buen
hombre —consiguió decir—. Espero que algún día encuentres a una mujer que sepa
apreciarte.
—Yo también lo
espero —replicó él con voz alegre—. ¿Ya podemos levantarnos del suelo?
Cuando Joe le
preguntó por los planes que tenía para el Día de Acción de Gracias, Demi le
dijo que todos los años lo pasaba en Bellingham con sus padres. Salvo por el
pavo, que lo preparaba su madre, el resto del menú consistía en una amplia
variedad de platos que cada cual aportaba a su gusto.
—Si quieres
quedarte este año en la isla, puedes pasarlo con nosotros —la invitó Joe.
Demi notó esa
sensación que experimentaba cada vez que se descubría anhelando algo que ya
había decidido rechazar: la última galleta del plato, la última copa de vino
porque ya había bebido demasiado... Pasar esos días de vacaciones con Joe y
Holly crearía un vínculo importante, supondría un exceso de cercanía.
—Gracias, pero
prefiero mantener la tradición —rehusó con una sonrisa forzada—. Mi familia
espera que lleve mi timbal de macarrones.
—¿Tu timbal de
macarrones? —preguntó Joe con voz apenada—. ¿La receta de tu abuela con cuatro
tipos de queso y los picatostes?
—¿Te acuerdas de
eso?
—¿Cómo voy a
olvidarlo? —La miró con una expresión suplicante—. ¿Traerás las sobras?
Demi se echó a
reír.
—No tienes
vergüenza. Haré un timbal extra. ¿Quieres que te haga también alguna tarta?
—¿En serio?
—¿De qué la
quieres? ¿De calabaza, de manzana, de nueces pacanas...?
—Sorpréndeme
—contestó, y le robó un beso con tal rapidez que Demi no tuvo tiempo para
reaccionar.
El día anterior a
Acción de Gracias, Demi fue a por Holly a Viñedos Sotavento y se la llevó a su
casa.
—¿Yo también estoy
invitado? —le preguntó Kevin antes de que se marcharan.
—No, es un día
sólo para chicas —contestó Demi entre risillas.
—¿Y si me pongo
peluca? ¿Y si hablo en falsete?
—Tío Kevin —dijo
la niña con alegría—, eres la peor chica del mundo.
—Y tú eres la
mejor —replicó Kevin, que le dio un sonoro beso—. Vale, iros sin mí. Pero será
mejor que me traigáis una tarta enorme.
Una vez que
estuvieron en su casa, Demi puso música, encendió el fuego en la chimenea y le
colocó a Holly uno de sus delantales. Después, le enseñó a usar un rallador de
queso tradicional. Aunque había pensado utilizar una picadora para la mayor
parte del queso, quería que Holly aprendiera a rallar a mano. Fue entrañable
ver la alegría de la niña mientras se afanaba por hacer las sencillas tareas de
pesar las cantidades, remover la comida y probarla.
—Éstos son los
distintos tipos de queso que vamos a usar —dijo Demi—. Cheddar irlandés,
parmesano, gouda ahumado y gruyere. Una vez que lo rallemos todo, lo fundiremos
con la mantequilla y la leche...
La cocina olía de
forma deliciosa, a queso caliente, a azúcar y a harina. La compañía de la niña
le recordó el milagro que suponía transformar unos cuantos ingredientes
sencillos en algo maravilloso. Hicieron un timbal de macarrones como para
alimentar a un ejército y lo cubrieron con picatostes, que habían tostado
previamente en una sartén con mantequilla. Además hicieron dos tartas, una
rellena de calabaza y otra con nueces pacanas. Demi le enseñó a Holly a sellar
bien los bordes de pasta quebrada.
Cortaron el resto
de la pasta con moldes de distintas formas, la espolvorearon con azúcar y
canela, y la pusieron en el horno para hacer galletas.
—Mi madre las
llama galletas de las sobras —dijo Demi.
Holly miró las
galletas a través del cristal del horno.
—¿Tu madre todavía
está viva? —quiso saber.
—Sí. —Demi soltó
el rodillo de amasar que estaba manchado de harina y se acercó a la niña. Se
arrodilló a su lado, la rodeó con sus brazos y juntas contemplaron el interior
del horno—. ¿Qué tipo de tartas hacía tu madre? —le preguntó.
—No hacía tartas
—respondió Holly—. Hacía galletas.
—¿De chocolate?
—Aja. Y de canela
y nuez moscada.
Demi sabía que
ayudaba mucho poder hablar de los que se habían ido. Recordar era bueno. De
modo que siguieron hablando mientras horneaban, no a modo de larga
conversación, sino a ratitos, combinando los recuerdos con los deliciosos aromas
procedentes del horno.
Cuando por la
tarde devolvió a Holly a casa, la niña se despidió abrazándola por la cintura
durante un buen rato.
—¿Seguro que no
quieres pasar el Día de Acción de Gracias con nosotros? —le preguntó, y su voz
quedó sofocada porque tenía la cara pegada a su jersey.
La apesadumbrada
mirada de Demi se clavó en Joe, que estaba observándolas.
—No puede, Holly
—le recordó él con suavidad—. La familia de Demi necesita que esté con ellos.
Salvo que en
realidad sí podía, y su familia no la necesitaba.
La culpa y la
preocupación comenzaron a disipar los buenos sentimientos que habían ido
creciendo en su interior durante la tarde. Miró a Joe, que la contemplaba con
expresión compasiva, y se dio cuenta de lo fácil que sería enamorarse de él y de
Holly. Y de lo mucho que perdería si llegaba a suceder. Tanto que si los
perdiera, no podría sobrevivir. Sin embargo, si lograra mantenerse a cierta
distancia, no se arriesgaría a que le destrozaran por completo el corazón.
Le dio unas
palmaditas a Holly en la espalda y se zafó con delicadeza de su fervoroso
abrazo.
—De verdad que
tengo que ir mañana a Bellingham —le dijo—. Adiós, Holly. Me lo he pasado muy
bien hoy. —Se agachó y le dio un beso en una suave mejilla, ligeramente
perfumada con canela.
La mañana del Día
de Acción de Gracias, Demi se pasó la plancha por el pelo, se puso unos
vaqueros, unos botines, un jersey de color tostado y colocó la enorme fuente
con el timbal de macarrones en el coche.
Estaba a punto de
dejar atrás el camino de entrada a su casa cuando sonó su móvil. Detuvo el
coche, rebuscó en el bolso hasta dar con el teléfono entre los papeles, las
barras de labios y la calderilla.
—¿Diga?
—¿Demi?
—¿Holly?
—preguntó, alarmada—. ¿Cómo estás?
—Genial —fue la
alegre respuesta de la niña—. ¡Feliz Día de Acción de Gracias!
Demi sonrió, algo
más relajada.
—Feliz Día de
Acción de Gracias. ¿Qué estás haciendo?
—He dejado salir a
Winston para que haga pis y cuando ha
entrado le he echado pienso en el comedero y le he dicho que beba agua.
—Veo que lo estás
cuidando muy bien.
—Pero después el
tío Joe nos obligó a salir de la cocina mientras ellos limpiaban el humo.
—¿El humo? —la
sonrisa de Demi se desvaneció—. ¿Por qué había humo?
—Porque el tío Kevin
estaba cocinando. Y después llamó al tío Nick y ahora está quitando la puerta
del horno.
Demi frunció el
ceño. ¿A santo de qué estaba Nick quitando la puerta del horno?
—Holly, ¿dónde
está el tío Joe?
—Está buscando sus
gafas protectoras.
—¿Para qué
necesita unas gafas protectoras?
—Para ayudar al tío
Kevin a preparar el pavo.
—Entiendo. —Demi
le echó un vistazo al reloj. Si se daba prisa, podía pasarse por Viñedos
Sotavento y llegaría con tiempo para coger el último ferry de la mañana a
Anacortes—. Holly, creo que voy a ir a tu casa a echar un vistazo antes de
coger el ferry.
—¡Bien! —exclamó
la niña con entusiasmo—. Pero es mejor que no digas que te he llamado. Porque a
lo mejor me riñen.
—Mis labios están
sellados —le aseguró.
Antes de que Demi
pudiera replicar, se escuchó una voz masculina de fondo.
—Holly, ¿con quién
hablas?
Demi le dijo:
—Dile que es una
encuesta.
—Una señora está
haciendo una encuesta —escuchó decir a la niña. Tras unos cuantos murmullos,
Holly añadió dándose mucha importancia—: Mi tío dice que no hacemos encuestas.
—Una pausa y más murmullos—. Y que nos borre de la base de datos —añadió con
voz firme.
Demi sonrió.
—En fin, en ese
caso tendré que ir en persona.
—Vale. ¡Adiós!
Hacía frío y un
poco de viento, el clima perfecto para celebrar el Día de Acción de Gracias
porque evocaba imágenes de chimeneas encendidas, de pavos en el horno y del
desfile de Macy's en televisión.
Vio que había un
flamante y lujoso BMW en el camino de acceso a Viñedos Sotavento. No le cupo
duda de que era el coche de Nick, el Jonas al que aún no conocía. Sintiéndose
como una intrusa, pero instigada por la preocupación, aparcó y subió los
escalones del porche.
Holly salió a
recibirla, vestida con unos pantalones de pana y una camiseta de manga larga
con un simpático pavo.
—¡Demi! —gritó la
niña, que comenzó a dar saltos mientras se abrazaban.
Winston salió a
recibirla, jadeando con gran alegría.
—¿Dónde están tus
tíos? —le preguntó a la niña.
—El tío Nick está
en la cocina. Winston y yo lo estamos
ayudando. No sé dónde están los demás.
En el aire flotaba
el conocido hedor a algo quemado, que se intensificó a medida que se acercaban
a la cocina. Un hombre moreno estaba intentando quitar la puerta del horno, con
un destornillador en una mano y una gigantesca caja de herramientas al lado.
Nick Jonas era una
versión más pulida y sofisticada de sus hermanos mayores. Era guapo, pero tenía
una expresión distante, y sus ojos eran de un gélido y cristalino azul. Al igual
que Kevin, era delgado y musculoso, pero no tan corpulento como Joe. El polo
que llevaba y los pantalones chinos eran informales, pero indudablemente caros.
—Hola —dijo—.
¿Quién es, Holly?
—Es Demi.
—Por favor, no te
levantes —se apresuró a decirle ella al verlo soltar el destornillador para
incorporarse—. Es evidente que estás muy... ocupado. ¿Puedo preguntar qué ha
pasado?
—Kevin metió algo
en el horno y en vez de seleccionar la temperatura adecuada, seleccionó el
programa de auto-limpieza. El horno ha incinerado la comida y ha bloqueado la
puerta automáticamente, así que no podían abrirla y sacar la bandeja.
—Lo normal es que
el horno permita abrir la puerta cuando baja la temperatura.
Nick meneó la
cabeza.
—Ya se ha
enfriado, pero no hay manera de abrirla. Es nuevo y es la primera vez que se
usa el programa de auto-limpieza. Al parecer, tiene un fallo, así que me toca
desarmar la puerta.
Antes de que
pudiera hacerle otra pregunta, le sorprendió un repentino fogonazo y una
especie de llamarada, acompañada por una humareda, que se produjo al otro lado
de la ventana del patio. De forma instintiva, Demi se volvió para proteger a
Holly y agachó la cabeza.
—¡Madre mía! ¿Qué
es eso?
Nick clavó la
vista en la puerta trasera con expresión imperturbable.
—Creo que ha sido
el pavo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario