La campanilla de
la puerta sonó cuando el hombre de los sueños de Demi entró en la tienda. O,
para ser más exactos, el hombre que pertenecía a la realidad de otra mujer, porque
llevaba de la mano a una niña pequeña que debía de ser su hija. La niña corrió
hacia el carrusel que giraba lentamente en un rincón de la juguetería, pero el
padre entró más despacio.
Los oblicuos rayos
del sol de septiembre acariciaron un pelo oscuro, cortado de forma impecable y
con las puntas un poco hacia fuera en la parte posterior del cuello. Tuvo que
agachar la cabeza para pasar por debajo de un móvil que colgaba del techo. Se
movía como un deportista, con tranquilidad pero pendiente de sus alrededores, y
daba la impresión de que si alguien le arrojaba algo de improviso, lo atraparía
sin titubear.
Al notar el
incontrolable interés de Demi, miró en su dirección. Su cara tenía rasgos
fuertes y masculinos, y sus ojos eran tan azules que el color se distinguía
desde el otro extremo de la tienda. Aunque era alto y su presencia,
arrolladura, no se movía con actitud chulesca. Emanaba una confianza tranquila
y poderosa. Lucía una barba de dos días y llevaba unos vaqueros tan desgastados
que parecían listos para tirarlos. Su aspecto era un tanto desastrado, pero muy
sexy.
Eso sí, estaba
pillado.
Demi dejó de
mirarlo al instante y se apresuró a coger el telar de madera para añadir unas
cuantas hebras elásticas más.
El hombre se
acercó a su hija, caminando con las manos en los bolsillos. El trenecito que
circulaba por toda la tienda, moviéndose sobre las vías que se habían emplazado
en una estantería cercana al techo, le llamó la atención.
Las ventas eran
muy buenas desde que El Espejo Mágico abrió sus puertas hacía ya tres meses.
Las mesas estaban llenas de juguetes tradicionales: prismáticos, yoyós hechos a
mano, cochecitos de madera, peluches, cometas resistentes...
—Ése es Joe Jonas
con su sobrina Holly —le dijo Elizabeth a Demi en voz baja.
Elizabeth era una
de las dependientas de la juguetería. Una jubilada muy vital que trabajaba a
media jornada en la tienda y que parecía conocer a todos los habitantes de San
Juan. Para Demi, que acababa de mudarse hacía escasos meses a la isla,
Elizabeth era una fuente de información valiosísima. Conocía a los clientes,
sus historias familiares y sus gustos personales, y recordaba los nombres de
los nietos de todo el mundo.
«Dentro de poco es
el cumpleaños de Zachary, ¿no?», podía preguntarle a alguna amiga que estuviera
echando un vistazo por la tienda. O: «He oído que el pequeño de Madison está un
poco pachucho. Tenemos algunos libros nuevos, perfectos para que los lea en la
cama.»
Cuando Elizabeth
trabajaba, nadie se iba de El Espejo Mágico con las manos vacías. De vez en
cuando, incluso llamaba a ciertos clientes si llegaban juguetes nuevos que
podían ser de su gusto. En una isla, la mejor publicidad era el boca a boca.
Demi abrió los
ojos por la sorpresa.
—¿Su sobrina?
—Sí, Joe la está
criando. La madre de la pobre criatura murió en un accidente de tráfico hace
unos seis meses. Así que Joe se la trajo de Seattle, y desde entonces están
viviendo en Viñedos Sotavento, en casa de su hermano Kevin. No me imaginaba a
esos dos intentando cuidar de una niña, pero de momento se las están
arreglando.
—¿Son solteros?
—Aunque dicha información no era de su incumbencia, la pregunta se le escapó
antes de que pudiera evitarlo.
Elizabeth asintió
con la cabeza.
—Tienen otro
hermano, Nick, que sí está casado, pero he oído que no le va demasiado bien.
—Miró a Holly con expresión triste—. Debería tener una mujer en su vida. Creo
que ése es uno de los motivos por los que no habla.
Demi frunció el
ceño.
—Te refieres a los
desconocidos, ¿no?
—No le habla a
nadie. Desde el accidente.
—¡Oh! —exclamó en
voz baja—. Uno de mis sobrinos se negaba a hablar con sus compañeros de clase y
con su maestra cuando empezó a ir al cole. Pero en casa hablaba sin problemas.
Elizabeth meneó la
cabeza con tristeza.
—Por lo que sé,
Holly se pasa el día sin hablar. —Se puso un capirote rosa con velo sobre sus
rizos blancos que se movían como si fueran las antenas de una mariposa y se
colocó la goma bajo la barbilla—. Esperan que se le pase pronto, pero el médico
les ha dicho que no la presionen. —Después de coger una varita mágica coronada
por una brillante estrella, volvió a la sala de fiestas, donde se estaba
celebrando un cumpleaños—. ¡Majestades, ha llegado la hora de la tarta!
—anunció, y su exclamación fue recibida con un coro de chillidos que quedó
ahogado cuando cerró la puerta.
Demi registró la
compra de un cliente, un conejito de peluche y un libro de ilustraciones, y
después echó un vistazo por la tienda en busca de Holly Jonas.
La niña estaba
contemplando una casita de hadas colocada en la pared. La había hecho ella y
había decorado el tejado con musgo seco y tapones de botellas pintados de
dorado. La puerta estaba hecha con la caja de un reloj de bolsillo estropeado.
Holly estaba de puntillas, mirando a través de una diminuta ventana.
Salió de detrás
del mostrador y se acercó a la niña, cuya espalda se tensó de forma sutil pero
evidente.
—¿Sabes lo que es?
—le preguntó Demi.
La niña negó con
la cabeza, sin mirarla siquiera.
—Casi todo el
mundo cree que es una casa de muñecas, pero se equivocan. Es una casa de hadas.
Holly la miró en
ese momento. Sus ojos la recorrieron desde las zapatillas Converse hasta su
melena rizada pelirroja.
Mientras se
estudiaban la una a la otra, a Demi la asaltó una inesperada oleada de ternura.
Porque reconoció la frágil seriedad de una niña que ya no confiaba en la
estabilidad de las cosas. Sin embargo, también percibió que seguía morando en
los rincones de su infancia, lista para dejarse tentar por cualquier cosa que
pareciera mágica.
—El hada que vive
en ella nunca está durante el día —siguió—. Pero vuelve por las noches. Estoy
segura de que no le importará que le eches un vistazo a su casa. ¿Te gustaría
verla?
Holly asintió con
la cabeza.
Demi se movió
despacio y levantó la aldabilla que cerraba la parte delantera de la casita. En
cuanto lo hizo, la fachada se abrió y dejó a la vista tres diminutas estancias
amuebladas. En una había una cama hecha con palitos; en otra, una bañera que no
era sino una tacita de café pintada de dorado; y en la tercera, una mesa con
forma de champiñón acompañada por el corcho de una botella a modo de silla.
Le encantó ver la
titubeante sonrisa que apareció en los labios de la niña, y que reveló una
simpática mella en la encía inferior.
—No tiene nombre.
Me refiero al hada —dijo con un tono confidencial mientras cerraba la parte
frontal de la casita—. Al menos no tiene un nombre humano. Tiene un nombre de
hada, que nosotros no podemos pronunciar, claro. Así que llevo un tiempo
intentando buscarle un nombre. Cuando lo decida, lo pintaré sobre la puerta. A
lo mejor la llamo Lavanda. O Rosa. ¿Te gustan?
Holly negó con la
cabeza y se mordió el labio inferior mientras contemplaba la casa con expresión
pensativa.
—Si se te ocurre
algún nombre —le sugirió—, puedes escribirlo para que yo lo lea.
En ese momento, se
les acercó el tío de la niña, que colocó una mano con gesto protector en el
frágil hombro de su sobrina.
—¿Estás bien,
Holly?
Su voz era
atractiva, ronca y suave. Sin embargo, sus ojos miraron a Demi con un brillo un
tanto amenazador. La intransigente presencia de ese hombre con su más de metro
ochenta de altura la hizo retroceder. Joe Jonas no era precisamente guapo, pero
esas facciones fuertes y su moreno atractivo hacían que la belleza resultara
una cuestión irrelevante. La pequeña cicatriz con forma de medialuna que tenía
en una mejilla, y que a la luz de la ventana parecía plateada, le daba un aire
de tío duro. Y los ojos... eran una rara mezcla de azul y verde, como el color
del océano en las fotos publicitarias de las islas tropicales. Parecía irradiar
peligro de alguna manera que permanecía oculta. Podría decirse que era el error
que ninguna mujer se arrepentiría de cometer.
Demi logró esbozar
una sonrisa neutral.
—Hola. Soy Demi Lovato.
La dueña de la juguetería.
Jonas ni se
molestó en decirle su nombre. Al percatarse de la fascinación que su sobrina
demostraba por la casita del hada, preguntó:
—¿Está a la venta?
—Me temo que no.
Forma parte de la decoración de la tienda. —Bajó la vista hacia Holly y
añadió—: Pero son muy fáciles de hacer. Si dibujas una y me traes el diseño, te
ayudaré a hacerla. —Se agachó para sentarse en los talones y así poder mirar
directamente a la carita de la niña—. Nunca se sabe si aparecerá un hada para
vivir en ella. Lo único que se puede hacer es esperar con los dedos cruzados.
—No creo... —dijo Joe
Jonas, pero dejó la frase en el aire en cuanto vio que Holly sonreía y
levantaba un brazo para tocar uno de los pendientes de cristal que colgaban de
las orejas de Demi, haciéndolo oscilar.
Había algo en la
niña, con su coleta torcida y su expresión ansiosa, que traspasó las defensas
de Demi. Sintió una punzada muy dulce y casi dolorosa en el pecho mientras se
miraban la una a la otra.
«Te entiendo
—quería decirle—. Yo también he perdido a alguien. Y no hay reglas para lidiar
con la muerte de un ser querido. Tienes que asumir que ese vacío siempre te
acompañará, como si fuera una etiqueta cosida al forro de tu chaqueta. Pero la
oportunidad de volver a ser feliz, incluso de volver a sentir alegría, siempre
estará ahí.» Ella se negaba a dudarlo.
—¿Te gustaría ver
un libro sobre las hadas? —le preguntó a la niña, y vio al instante el interés
que reflejaba su cara.
Nada más
incorporarse, notó el roce de la mano de Holly en la suya. Se la cogió con
mucho cuidado y sintió el frío de sus deditos en la palma.
Tras arriesgarse a
mirar de reojo a Joe Jonas, vio que tenía una expresión indescifrable y que su
antipática mirada se había clavado en sus manos unidas. Se daba cuenta de que
el gesto lo había sorprendido. Así como la disposición de su sobrina a darle la
mano a una desconocida. Al ver que no parecía dispuesto a objetar, se llevó a
la niña a la parte trasera de la tienda.
—La sección de...
de libros está aquí—dijo cuando llegaron al lugar donde se emplazaba una mesa
de tamaño infantil y un par de sillas pequeñas. Mientras Holly se sentaba, ella
cogió un libro voluminoso y colorido de la estantería—. ¡Aquí está! —exclamó
con alegría—. Todo lo que te apetezca saber sobre las hadas.
Era un libro lleno
de preciosas ilustraciones, algunas de ellas desplegables. Demi se sentó en la
diminuta silla situada junto a la de Holly y abrió el libro.
Jonas se acercó a
ellas mientras fingía ojear los mensajes de texto de su móvil, aunque su
interés era evidente por mucho que disimulara. Estaba claro que la dejaría
relacionarse con su sobrina, pero bajo su supervisión.
Demi y Holly
comenzaron con la sección titulada TAREAS DE LAS HADAS DURANTE EL DÍA, donde
aparecían cosiendo arcoíris como si fueran largas cintas, atendiendo sus
jardines y tomando el té con mariposas y mariquitas.
De reojo, vio que Joe
Jonas sacaba de la estantería una de las copias del libro, todavía con la funda
de plástico, y la metía en una cesta. No pudo evitar fijarse en el musculoso
contorno de su cuerpo, en el movimiento de esos músculos ocultos por los
vaqueros desgastados y la camiseta gris descolorida.
Se dedicara a lo
que se dedicase, su apariencia era la de un tío trabajador, con zapatos muy
usados, unos Levi's y un reloj decente, pero en absoluto llamativo. Ésa era una
de las cosas que le agradaban de los isleños, a los que les gustaba denominarse
«sanjuaneros». Era imposible saber quién era un millonario y quién era un
simple paisajista.
Una anciana se
acercó al mostrador, de modo que Demi le dejó el libro a Holly.
—Tengo que ir a
atender a una clienta —dijo—. Puedes mirarlo todo el tiempo que quieras.
La niña asintió
con la cabeza mientras pasaba un dedo por el borde de un arcoíris desplegable.
Demi se colocó
tras el mostrador para atender a la anciana, una señora peinada con un moño muy
sofisticado y que llevaba unas gafas graduadas con cristales gruesos.
—Me gustaría que
me lo envolviera con papel de regalo —dijo la anciana al tiempo que empujaba
sobre el mostrador una caja que contenía un trenecito de madera.
—Es un buen conjunto
de vagones y vías para empezar —le informó ella—. Se pueden montar de cuatro
formas distintas. Y luego se le puede añadir el puente giratorio. Tiene unas
portezuelas que se abren y se cierran automáticamente.
—¿De verdad? A lo
mejor debería llevármelo también.
—Voy a enseñarle
uno. Lo tenemos expuesto cerca de la entrada.
Mientras Demi
acompañaba a la anciana hasta la mesa donde se exhibía el tren, vio que Holly y
su tío habían abandonado la zona de lectura y estaban ojeando las alas de hadas
expuestas en la pared. Jonas levantó a la niña en brazos para que viera mejor
las de la parte superior. Al ver cómo se le amoldaba la camiseta a la espalda, Demi
sintió algo extraño en la boca del estómago.
Se obligó a dejar
de mirarlo mientras envolvía la caja del tren con el papel de regalo.
Entretanto, la clienta se fijó en la frase escrita en la pared, detrás del
mostrador.
NO HAY SENSACIÓN COMPARABLE A ESTE VUELO EMBELESADO, A
ESTE ESTADO DE PLACIDEZ.
—Qué cita más
bonita—dijo la anciana—. ¿Es de algún poema?
—De una canción de
Pink Floyd —contestó Jonas, que en ese momento se acercó para dejar una cesta
cargada hasta arriba en el mostrador—. De «Aprendiendo a volar».
Demi enfrentó su
mirada y notó que se ponía colorada de la cabeza a los pies.
—¿Le gusta Pink
Floyd? —le preguntó.
Lo vio esbozar una
sonrisa fugaz.
—Me gustaba cuando
estaba en el instituto. Pasé una fase en la que sólo vestía de negro y no
paraba de quejarme sobre mi aislamiento emocional.
—La recuerdo
—afirmó la anciana—. Tus padres estuvieron a punto de llamar al gobernador para
alistarte en la Guardia Nacional.
—Menos mal que su
amor por la nación los frenó —replicó él.
Su sonrisa se
ensanchó, dejando a Demi hipnotizada, aunque no la estaba mirando siquiera.
Le costó cierto
trabajo meter el regalo ya envuelto en una bolsa con asas de cuerda.
—Aquí tiene —dijo
con voz alegre mientras le ofrecía la bolsa a la anciana.
Jonas alargó un
brazo para cogerla.
—Parece un poco
pesada, señora Borowitz. ¿Me permite que se la lleve hasta el coche?
La diminuta mujer
sonrió de oreja a oreja.
—Gracias, pero
puedo hacerlo yo sola. ¿Cómo están esos dos hermanos tuyos?
—Kevin está muy
bien. Casi siempre está ocupado en el viñedo. Y Nick... no lo veo mucho
últimamente.
—Está dejando su
huella en Roche Harbor, sí, señor.
—Sí —replicó él,
si bien torció el gesto con algo parecido a la ironía—. No descansará hasta
haber cubierto la isla con aparcamientos y edificios de apartamentos.
La anciana miró a
Holly.
—Hola, preciosa,
¿cómo estás?
La niña asintió
con la cabeza con gesto avergonzado, pero no dijo nada.
—Acabas de empezar
primero de Primaria, ¿verdad? ¿Te gusta tu maestra?
Otro tímido
asentimiento.
La señora Borowitz
chasqueó la lengua con cariño.
—¿Todavía no
hablas? Pues tendrás que empezar a hacerlo pronto. ¿Cómo van a saber los demás
lo que piensas si tú no lo dices?
Holly clavó la
mirada en el suelo.
Aunque la anciana
no había hecho el comentario con mala intención, Demi vio que Joe Jonas tensaba
la mandíbula.
—Ya lo superará
—dijo a la ligera—. Señora Borowitz, la bolsa es más grande que usted. Tendrá
que dejarme que se la lleve o me quitarán mi medalla de honor.
La anciana rio
entre dientes.
—Joe Jonas, sé de
buena tinta que no has ganado una medalla de honor en la vida.
—Eso es porque
nunca me deja ayudarla...
La pareja siguió
discutiendo a modo de broma mientras Jonas le quitaba la bolsa a la mujer y la
acompañaba hasta la puerta. Una vez allí, echó un vistazo por encima del
hombro.
—Holly, espérame
aquí dentro. Vuelvo enseguida.
—Aquí estará bien
—le aseguró Demi—. Yo estaré pendiente de ella.
La mirada de Jonas
se posó brevemente en ella.
—Gracias —replicó
antes de salir de la tienda.
Demi soltó el aire
que había contenido, sintiéndose como si acabara de bajar de una montaña rusa y
sus entrañas necesitaran volver a su sitio después de haber sido descolocadas.
Se apoyó en el
mostrador mientras observaba a la niña detenidamente. Holly mostraba una
expresión tensa, con los ojos brillantes pero la mirada apagada. Como un par de
cuentas de cristal mate. Intentó recordar algo más sobre la época en la que su
sobrino Aidan era incapaz de hablar en el colegio. Mutismo selectivo, lo
llamaban. Algunos creían que dicho comportamiento era deliberado, pero se
equivocaban. Aidan mejoró con el tiempo, y al final logró responder con éxito
al paciente estímulo de su familia y de su maestra.
—¿Sabes a quién me
recuerdas? —le preguntó a la niña—. A la Sirenita. Has visto la película,
¿verdad? —Se volvió para rebuscar bajo el mostrador hasta dar con una enorme
caracola de color rosa que formaba parte de la nueva decoración marina que
pronto colocarían en el escaparate—. Tengo una cosa para ti. Un regalo. —Se
enderezó para enseñarle la caracola a la niña—. Ya sé que es muy corriente,
pero tiene una cosa especial. Si te la pones en la oreja, podrás oír el mar.
—Le ofreció la caracola, y Holly se la acercó despacio a la oreja—. ¿Lo oyes?
La niña respondió
encogiéndose de hombros con gesto desinteresado. Era evidente que ya conocía el
truco de oír el mar en una caracola.
—¿Sabes por qué
puedes oírlo? —le preguntó.
Holly negó con la
cabeza, al parecer interesada.
—Algunas personas,
científicos muy sabios, dicen que la caracola captura los sonidos del exterior
y los hace resonar en su cavidad. Sin embargo, otra gente —añadió al tiempo que
se señalaba a sí misma y le lanzaba una mirada cómplice a Holly— cree que es
por arte de magia.
Después de sopesar
un momento la idea, Holly le devolvió la mirada y se llevó un dedo al pecho
para mostrarle su acuerdo.
Demi sonrió.
—Tengo una idea.
¿Por qué no te llevas la caracola a casa y practicas lo de guardar sonidos en
ella? Puedes cantarle o tararear así... —Comenzó a cantar moviendo sólo los
labios mientras se acercaba la caracola a la boca—. Tal vez algún día tu voz
vuelva. Como le pasó a la Sirenita.
Holly alargó los
brazos y cogió la caracola entre las manos.
En ese momento, se
abrió la puerta y Joe Jonas entró de nuevo en la tienda. Su mirada se clavó de
inmediato en su sobrina, que estaba contemplando con expresión intensa la
abertura de la caracola. Al ver que comenzaba a tararear en voz muy baja y
titubeante, se quedó paralizado. Le cambió la cara. Y en ese instante de
sorpresa Demi atisbo la multitud de emociones que cruzó por su rostro:
preocupación, miedo, esperanza.
—¿Qué haces,
Holly? —preguntó a la ligera mientras se acercaba a ellas con las cejas
enarcadas.
La niña se detuvo
y le enseñó la caracola.
—Es una caracola
mágica —dijo Demi—. Le he dicho a Holly que puede llevársela a casa.
Jonas compuso una
expresión irritada.
—Es una caracola bonita
—replicó—. Pero no tiene ni pizca de magia.
—Sí que la tiene
—lo contradijo Demi—. La magia está a veces en las cosas más corrientes... sólo
hay que saber buscarla.
Los labios de Jonas
esbozaron una sonrisa irónica.
—Claro —dijo con
sorna—. Gracias.
Demi comprendió
demasiado tarde que pertenecía a ese grupo de gente que no alentaba la
imaginación de sus hijos. Y era un grupo numeroso. Muchos padres creían que era
mejor que sus hijos crecieran enfrentándose a la realidad en vez de
confundirlos con cuentos de criaturas fantásticas, animales parlanchines o Papá
Noel. En su opinión, sin embargo, la fantasía permitía que los niños
desarrollaran su imaginación y encontraran consuelo e inspiración. Claro que
ella no tenía ni voz ni voto en la educación de los hijos de los demás.
Se parapetó tras
el mostrador, avergonzada, y se dispuso a registrar las ventas. El libro de las
hadas, un rompecabezas, un saltador con mangos de madera y unas alitas de hada
iridiscentes.
Holly se alejó del
mostrador mientras le tarareaba a la caracola. Jonas siguió a su sobrina con la
mirada antes de mirar a Demi.
—Sin ánimo de
ofender... —comenzó con voz irritada.
Justo el comienzo
de una frase que casi siempre acababa ofendiendo.
—... prefiero ser
sincero con los niños, señorita...
—Señora —lo
corrigió Demi—. Señora Lovato. Yo también lo prefiero.
—Entonces ¿por qué
le ha dicho que es una caracola mágica? ¿O que hay un hada que vive en esa casa
colgada en la pared?
Demi frunció el
ceño mientras arrancaba el tique de compra de la caja registradora.
—La imaginación.
Los juegos. No entiende mucho de niños, ¿verdad?
Al instante,
comprendió que su comentario había dado en el clavo con mucha más fuerza de la
que pretendía. La expresión de Jonas no cambió, pero vio que se le sonrojaban
las mejillas y el puente de la nariz.
—Hace seis meses
que me convertí en el tutor legal de Holly. Estoy aprendiendo. Pero una de mis
reglas es no dejarla creer en cosas que no son reales.
—Lo siento —se
disculpó con sinceridad—. No pretendía ofenderlo. Pero el hecho de que no pueda
ver algo no significa que no sea real. —Le ofreció una sonrisa contrita—.
¿Quiere el tique o lo dejo en la bolsa?
Esos hipnóticos
ojos azules la miraron con una intensidad que hizo que su cerebro se
desconectara al instante.
—En la bolsa —lo
oyó decir.
Estaban tan cerca
que captó su olor, una maravillosa mezcla de jabón y mar con una pizca de café.
Lo vio ofrecerle la mano por encima del mostrador.
—Joe Jonas.
Aceptó su mano y
descubrió que era una mano fuerte, cálida y encallecida por el trabajo. Su
contacto le provocó una punzada muy reveladora que comenzó en el abdomen antes
de extenderse por todo su cuerpo.
Para su alivio, la
campanilla de la puerta sonó, anunciando la llegada de otro cliente. Se zafó de
su mano al instante.
—Hola —dijo,
fingiendo una nota de alegría—. Bienvenido a El Espejo Mágico.
Jonas, Joe Jonas,
seguía mirándola.
—¿De dónde es?
—De Bellingham.
—¿Por qué se ha
mudado a Friday Harbor?
—Me pareció el
lugar perfecto para abrir mi tienda —contestó al tiempo que se encogía de
hombros a fin de darle a entender que no había mucho que explicar.
Sin embargo, el
gesto no pareció convencerlo. Sus preguntas se sucedían con rapidez, en cuanto
ella le daba una respuesta.
—¿Tiene familia
aquí?
—No.
—En ese caso,
seguro que ha venido siguiendo a un hombre.
—No. ¿Por qué dice
eso?
—Cuando una mujer
como usted se muda, normalmente lo hace por un tío.
Demi negó con la
cabeza.
—Soy viuda.
—Lo siento.
Esa mirada tan
intensa le provocó una emoción candente y titubeante, no del todo desagradable.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace casi
dos años. No puedo... no puedo hablar de eso.
—¿Un accidente?
—Cáncer. —Era tan
consciente de él, de esa presencia tan vital y tan masculina, que de repente
volvió a sonrojarse de la cabeza a los pies. Hacía mucho tiempo que no sentía
ese tipo de atracción, tan exagerada por su intensidad, y no sabía muy bien
cómo manejarla—. Tengo unos amigos que viven en Smugglers Cove, en el lado
occidental de la isla...
—Sé dónde está.
—¡Ah! Sí, claro,
usted creció aquí. Bueno, el caso es que mi amiga Ellen sabía que quería
comenzar de cero en algún sitio después de que mi marido... después de...
—¿Ellen Scolari?
¿La mujer de Brad?
Demi enarcó las
cejas, sorprendida.
—¿Los conoce?
—No hay mucha
gente en esta isla a quien no conozca —respondió él, entrecerrando los ojos con
expresión pensativa—. No te han mencionado —añadió, tuteándola—. ¿Cuánto...?
Y en ese momento
los interrumpió una vocecilla titubeante.
—Tío Joe...
—Espera un
momento, Holl... —dejó la frase en el aire y se quedó paralizado. Su gesto fue
casi cómico cuando por fin miró a la niña que estaba a su lado—. ¿Holly? —dijo
con un hilo de voz.
La niña sonrió con
timidez, se puso de puntillas y alargó el brazo para darle la caracola a Demi.
Y después añadió en un murmullo perfectiblemente audible:
—Se llama Trébol.
—¿El hada?
—preguntó Demi en voz muy baja, con la piel de gallina por la emoción. Holly
asintió con la cabeza. Demi tragó saliva y se las arregló para replicar:
—Gracias por
decírmelo, Holly.

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