—No todos los
platos horneados están malos —replicó ella.
—Dime uno.
—El timbal de
macarrones con queso.
—Eso no es un
plato horneado.
—¿Y qué es?
—Es pasta.
Demi se echó a
reír.
—Buen intento,
pero se hace en el horno.
—Si tú lo dices...
Pero entonces es el único que me gusta. Los demás saben como si hubieras
vaciado la despensa en el horno.
—Yo hago la receta
de mi abuela para el timbal de macarrones con queso. Con cuatro variedades
distintas de queso. Y picatostes por encima.
—Vas a tener que
preparármelo algún día.
Claro que eso
nunca sucedería. Pero la idea de que pudiera suceder hizo que el rubor se le
extendiera desde el cuello hasta la raíz del pelo.
—A Shelby no le
gustaría.
—No. Shelby no
come carbohidratos.
—Me refería a que
yo cocine para ti.
Joe guardó
silencio y se limitó a mirar por la ventana con expresión distraída. ¿Estaría
pensando en Shelby? ¿Estaría emocionado porque pronto iba a verla?
—¿Con qué los
acompañarías? —le preguntó Joe al cabo de un momento.
La sonrisa de Demi
se convirtió en otra carcajada.
—Lo serviría como
plato principal acompañado de espárragos a la plancha y tal vez de una ensalada
de rúcula y tomate. —Tenía la sensación de que había pasado una eternidad desde
la última vez que cocinó algo más elaborado que las comidas sencillas que se
preparaba para ella, ya que cocinar para una sola persona no merecía la pena—.
Me encanta cocinar.
—Ya tenemos algo
en común.
—¿También te
encanta cocinar?
—No, me encanta
comer.
—¿Quién cocina en
tu casa?
—Mi hermano Kevin
y yo nos turnamos. A los dos se nos da fatal.
—Tengo que
preguntártelo: ¿cómo es que os decidisteis a criar juntos a Holly?
—Sabía que yo no
podría hacerlo solo. Pero no había nadie más dispuesto y era incapaz de dejar a
Holly en un hogar de acogida. Así que pinché la conciencia de Kevin hasta que
accedió a ayudarme.
—¿Te arrepientes?
Joe negó con la
cabeza sin pensárselo siquiera.
—Perder a mi
hermana ha sido lo peor que me ha pasado, pero tener a Holly en mi vida es lo
mejor. Kevin te diría lo mismo.
—¿Ha sido como
esperabas que fuera?
—No sabía qué
esperar. Aprendemos a vivir día a día. Hay momentos geniales... como la primera
vez que Holly pescó un pez en el lago Egg o la mañana en que Kevin y ella
decidieron construir una torre de plátanos y malvaviscos para desayunar...
Deberías haber visto la cocina. Pero hay otros momentos, como cuando salimos y
vemos a una familia... —Titubeó—. En esos momentos lo veo en la cara de Holly,
veo que se pregunta cómo sería tener una familia.
—Sois una familia
—le recordó ella.
—¿Dos tíos y una
niña?
—Sí, eso es una
familia.
Mientras seguían
hablando adquirieron de alguna forma el ritmo agradable y cómodo de una
conversación entre dos buenos amigos, cada cual dejando correr el asunto cuando
lo creía conveniente.
Demi le habló de
lo que se sentía al crecer en una familia numerosa, de las interminables
competiciones por el agua caliente, por recibir atención, por disfrutar de
intimidad. Pero pese a las peleas y a la rivalidad, habían gozado de cariño y felicidad,
y se habían cuidado los unos a los otros. Cuando Demi estaba en cuarto curso,
ya sabía preparar la cena para diez personas. Sólo había usado ropa heredada de
sus hermanos y no le había importado en lo más mínimo. Lo único que le había
molestado era que las cosas se perdieran o se rompieran.
—Llegas a un punto
en el que no puedes dejar que te afecte —dijo—. Así que desde que era muy
pequeña adopté una mentalidad muy budista acerca de mis juguetes y no les tomé
demasiado cariño. Se me da bien eso de desprenderme de las cosas.
Aunque no se podía
decir que Joe hablara por los codos de su familia, sí dejó caer unos cuantos
comentarios muy significativos. Según entendió, sus padres habían estado
absortos en su guerra matrimonial mientras que sus hijos recibían los daños
colaterales. Vacaciones, cumpleaños, reuniones familiares eran los escenarios
perfectos para las discusiones rutinarias.
—Dejamos de
celebrar la Navidad cuando yo tenía catorce años —le dijo Joe.
Demi puso los ojos
como platos.
—¿Por qué?
—Todo comenzó por
una pulsera que mi madre vio en el escaparate de una tienda mientras estaba de
compras con Miley. Entraron, mi madre se la probó y le dijo a Miley que tenía
que ser suya. Así que volvieron a casa entusiasmadas y a partir de ese momento sólo
hablaba para decir lo mucho que le gustaría que le regalaran esa pulsera por
Navidad. Le dio todos los datos a mi padre y se pasaba el día preguntándole si
la había comprado, insistiendo para que fuera a por ella porque era una ganga.
Y llegó el día de Navidad y no había ni rastro de la pulsera.
—¿Qué le regaló?
—preguntó Demi, fascinada y pasmada.
—No me acuerdo.
Una licuadora o algo así. El asunto es que mi madre se cabreó tanto que se negó
a que volviéramos a celebrar la Navidad en familia.
—¿No la celebrasteis
más?
—Aja. Creo que
llevaba un tiempo buscando una excusa y eso le dio pie. Y supuso un alivio para
todos. A partir de ese momento cada uno celebraba la Navidad por su lado, la
pasábamos en casas de amigos, íbamos al cine o hacíamos cualquier otra cosa.
—Al ver la expresión de Demi, se sintió obligado a añadir—: Era estupendo. Las
Navidades nunca significaron para nosotros lo que debían significar. Pero lo
más raro de todo es que Miley se sentía tan mal por todo el asunto que nos dio
la tabarra a Kevin, a Nick y a mí hasta que reunimos el dinero entre todos y le
compramos la pulsera a mi madre por su cumpleaños. Tuvimos que trabajar y
ahorrar para comprársela, y Miley se la envolvió en un papel muy elegante con
un lazo. Y cuando mi madre lo abrió, todos esperábamos que se llevara las manos
a la cabeza o que se pusiera a llorar de la alegría, algo por el estilo. Pero
en vez de eso... fue como si no se acordara de la pulsera. Dijo: «¡Qué bonita!»
y «Gracias», y se acabó. Ni siquiera recuerdo habérsela visto puesta.
—Porque, en
realidad, no se trataba de la pulsera.
—Sí. —La miró con
expresión alucinada—. ¿Cómo lo has adivinado?
—Cuando las
parejas discuten, siempre hay una razón oculta que no tiene nada que ver con lo
que haya sucedido en el momento concreto de la discusión.
—Pues cuando yo
discuto con alguien, siempre es por algo que ha sucedido en ese momento. Soy
así de superficial.
—¿Sobre qué
discutís Shelby y tú?
—No discutimos.
—¿Nunca discutís?
¿Por nada?
—¿Es malo?
—No, no, claro que
no.
—Crees que es
malo.
—Bueno... depende
del motivo. ¿No hay discusiones porque da la casualidad de que estáis de
acuerdo absolutamente en todo? ¿O es porque ninguno de los dos está realmente
volcado en la relación?
Joe meditó sus
palabras.
—Voy a discutir
con ella en cuanto llegue a Seattle y así lo sabré.
—No lo hagas, por
favor —le suplicó con una sonrisa.
Aunque parecía que
apenas llevaban hablando diez o quince minutos, Demi acabó por darse cuenta de
que los demás pasajeros estaban recogiendo sus pertenencias y preparándose para
desembarcar en Anacortes. El ferry estaba cruzando el estrecho de Rosario. El
lúgubre aullido de la sirena hizo que se percatara con irritación de que había
transcurrido una hora y media con una velocidad vertiginosa. Tuvo la sensación de
estar saliendo de una especie de trance. Y se dijo que ese trayecto en ferry
había sido lo más divertido que había hecho en meses. Tal vez en años.
Joe se puso en pie
y la miró con una irresistible sonrisa torcida.
—Una cosa... —Su
voz ronca le provocó a Demi un agradable escalofrío en el cuello—. ¿Vas a
volver en el ferry del domingo por la tarde?
Lo imitó y se puso
en pie, demasiado consciente de su presencia y deseando empaparse de todos los
detalles de su persona: la calidez que irradiaba su piel por debajo del polo de
algodón; el punto donde esos mechones oscuros, relucientes como el satén, se
rizaban ligeramente al rozar la piel bronceada de su cuello...
—Es posible —le
contestó.
—¿Volverás en el
de las tres menos cuarto o en el de las cuatro y media?
—Todavía no lo sé.
Joe asintió y dejó
de insistir.
Cuando se marchó,
Demi fue consciente de una especie de alegría muy inquietante teñida por cierto
anhelo. Se recordó que Joe Jonas estaba vedado. Y que ella también lo estaba.
No sólo desconfiaba de la intensa atracción que sentía por él, sino que además
no estaba preparada para el tipo de riesgo que él representaba.
Nunca estaría
preparada.
Algunos riesgos
sólo se podían correr una vez en la vida.
Puesto que habían
crecido en el vecindario de Edgemoor, en Bellingham, Demi y sus hermanos habían
explorado todos los caminos del monte Chuckanut y habían jugado en las playas
de la bahía de Bellingham. La zona, un lugar muy tranquilo, ofrecía vistas de
las islas San Juan y de las montañas canadienses. Además, estaba muy cerca de
Fairhaven, con sus tiendas exclusivas y sus galerías de arte, con esos
restaurantes donde los camareros explicaban a los comensales las delicias de
las piezas de caza o pesca más frescas y su procedencia.
Bellingham tenía fama
de ser una ciudad de pocas emociones y se enorgullecía de ello. Era un lugar
tranquilo y acogedor. El tipo de ciudad donde la gente podía ser todo lo
excéntrica que le apeteciera sin temor a que le dieran la espalda. Los coches
estaban cubiertos de pegatinas de todos los colores. En los jardines, brotaban
los carteles políticos de diversas ideologías cual bulbos primaverales
florecidos. Se toleraban todas las ideologías siempre y cuando no se expusieran
de modo agresivo.
Después de que
Jill, una de sus hermanas, la recogiera en Anacortes, fueron a almorzar a
Fairhaven District, el barrio histórico. Puesto que Demi y Jill eran las más
pequeñas de la familia y sólo se llevaban un año y medio de edad, siempre
habían estado muy unidas. En el colegio, sólo las separaba un curso, iban a los
mismos campamentos de verano y se enamoraron de los mismos ídolos en la
adolescencia. Jill fue la dama de honor en la boda de Demi, y le había pedido a
ésta que lo fuera en la suya, que se celebraría en breve. Iba a casarse con un
bombero de la localidad llamado Danny Stroud.
—Me alegro de
poder disfrutar de un ratito a solas —dijo Jill mientras se tomaban unas tapas
en Flats, un restaurante español con inmensos ventanales de increíbles vistas y
un patio chiquitín adornado con muchas flores . En cuanto lleguemos a casa de
papá y mamá, todos te rodearán y ya no podré hablar contigo. Pero mañana por la
noche tendrás que dedicarme un poco de tiempo porque voy a presentarte a
alguien.
Demi dejó a medio
camino el vaso de sangría que iba a llevarse a los labios.
—¿A quién?
—preguntó con recelo—. ¿Por qué?
—Es un amigo de
Danny —contestó Jill a la ligera—. Un tío monísimo, muy dulce y...
—¿Has quedado con
él a mis espaldas?
—No, antes quería
mencionártelo, pero...
—Me alegro. Porque
no quiero conocerlo.
—¿Por qué? ¿Estás
saliendo con alguien?
—Jill, ¿se te ha
olvidado por qué he venido a Bellingham este fin de semana? Es el segundo
aniversario de la muerte de Eddie. Lo último que me apetece es conocer a un
tío.
—He pensado que
sería el momento perfecto. Han pasado dos años. Estoy segura de que no has
salido con nadie desde que Eddie murió, ¿verdad?
—Todavía no estoy
preparada.
La camarera
interrumpió la conversación cuando les llevó un bocadillo bayona, consistente
en una salchicha asada, pimientos y queso, todo ello entre dos lonchas de
crujiente pan rústico. Siempre lo servían cortado en tres trozos, y el del
centro era el más apetitoso porque en él el queso estaba más derretido.
—¿Cómo sabrás que
estás preparada? —le preguntó Jill después de que la camarera se marchara—.
¿Tienes un temporizador que te avise o algo?
Demi la miró con
una mezcla de cariño y exasperación mientras cogía el bocadillo.
—Conozco a un
montón de tíos guapos y solteros en la ciudad —siguió su hermana—. Podría concertarte
una cita sin problemas. Pero insistes en esconderte en Friday Harbor. Al menos,
podrías haber abierto un bar o una tienda de artículos deportivos donde
pudieras conocer hombres. ¿Crees que vas a conseguirlo en una juguetería?
—Adoro mi tienda.
Adoro Friday Harbor.
—Pero ¿eres feliz?
—Lo soy —contestó
Demi con gesto reflexivo después de probar el delicioso bocadillo—. De verdad
que estoy bien.
—Me alegro, porque
ha llegado el momento de que sigas con tu vida. Sólo tienes veintiocho años y
deberías abrirte a la posibilidad de conocer a alguien.
—No quiero verme
obligada a tener que repetir el proceso otra vez. Las posibilidades de
encontrar el amor verdadero son de una entre mil millones. Ya lo encontré una
vez, así que es imposible que vuelva a suceder.
—¿Sabes lo que
necesitas? Un novio provisional.
—¿Provisional?
—Sí, como un
carnet de conducir provisional que te permita mejorar tus habilidades al
volante antes de conseguir el definitivo. No pienses en encontrar a un tío con
el que puedas mantener una relación seria. Limítate a elegir a alguien
divertido con quien puedas volver a circular.
—Supongo que eso
equivaldría a ser un conductor menor de dieciocho años —replicó Demi, siguiendo
la broma—. ¿Necesito que me acompañe un adulto o puedo conducir sola?
—Desde luego que
puedes, siempre y cuando lo hagas con precaución.
Después del
almuerzo, realizaron una parada en Rocket Donuts por insistencia de Demi. Pidió
una selección variada que incluía algunos bollos alargados cubiertos con azúcar
glasé caramelizado y crujientes tiras de beicon, otros con trocitos de galletas
Oreo y unos cuantos bañados de chocolate.
—Son para papá,
claro —dijo Jill.
—Aja.
—Mamá va a matarte
—le advirtió su hermana—. Está intentando que le baje el colesterol.
—Lo sé. Pero me mandó
un mensaje esta mañana suplicándome que llevara una caja.
—Demi, lo
consientes demasiado.
—Lo sé, por eso me
quiere más que a vosotros.

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