Encontraría una
madre para Holly. La madre perfecta. Crearía un círculo de personas que la
rodeara.
Lo normal era que
un niño fuera el fruto de una familia. En su caso, sin embargo, la familia
sería el fruto del niño.
****
Las cuatro islas
principales del archipiélago, San Juan, Oreas, López y Shaw, eran accesibles a
través de la línea de ferry estatal de Washington. Se podía aparcar el coche en
el ferry, subir a una de las cubiertas superiores y sentarse con los pies en
alto la hora y media que se tardaba en recorrer la distancia entre la isla de
San Juan y Anacortes, en el continente. El agua estaba en calma y las vistas
eran espectaculares tanto en verano como en otoño.
Demi condujo el
coche hasta la terminal del ferry en Friday Harbor después de dejar a su perro
en la residencia canina local. Aunque podría haber tomado el vuelo de media
hora que la dejaría directamente en Bellingham, prefería ir por mar a ir por
aire. Le gustaba contemplar las casas que se levantaban junto al mar y las
líneas costeras de las islas, y disfrutar de los avistamientos ocasionales de
los delfines o de los leones marinos. En ocasiones, se podía ver a los voraces
cormoranes en los rompientes de las olas, negros como la pimienta recién salida
de un molinillo.
Dado que una de
sus hermanas la recogería en la terminal de Anacortes y que no necesitaría el
coche durante los días que iba a pasar con su familia, Demi embarcó a pie en el
ferry. La embarcación era un ferry eléctrico de acero con capacidad para casi
mil pasajeros y ochenta y cinco vehículos, y una velocidad de treinta nudos.
Con el macuto a
cuestas, se dirigió a la zona cerrada de la cubierta principal de pasajeros.
Recorrió uno de los anchos bancos que flanqueaban las ventanas. El ferry del
viernes por la mañana estaba repleto de pasajeros que o bien iban a Seattle por
motivos laborales, o bien lo hacían para disfrutar del fin de semana. Encontró
un par de bancos que se miraban entre sí. Uno estaba ocupado por un hombre
vestido con pantalones chinos y un polo azul marino. El hombre estaba absorto
leyendo un periódico y tenía varias secciones descartadas a su lado.
—Perdone, ¿está
libre...? —le preguntó, pero se quedó sin voz cuando el hombre levantó la
cabeza para mirarla.
Lo primero que vio
fueron sus ojos azules. Sufrió una especie de descarga, como si su corazón
estuviera conectado a unos cables.
Era Joe Jonas...
afeitado, bien vestido, muy sexy y rezumando virilidad por todo su cuerpo. Sin
apartar la mirada de ella, dejó el periódico a un lado y se puso en pie, un
gesto muy anticuado que la desconcertó todavía más.
—Demi... ¿Vas a
Seattle?
—A Bellingham. —Se
habría dado de tortas por haber hablado como si le faltara el aire—. A visitar
a mi familia.
Joe señaló el
banco que tenía enfrente.
—Siéntate.
—Yo... —Demi meneó
la cabeza y echó un vistazo a su alrededor—. No quiero molestarte. —No pasa
nada.
—Gracias, pero...
no quiero hacer lo del avión contigo.
Joe enarcó las
cejas.
—¿Lo del avión?
—Sí, es que cuando
me siento junto a un desconocido en un avión, a veces acabo contándole un
montón de cosas... que jamás admitiría ni delante de mi mejor amiga. Pero nunca
me arrepiento, porque sé que no voy a encontrarme otra vez con esa persona.
—No estamos en un
avión.
—Pero sí en un
medio de transporte.
Joe Jonas se quedó
mirándola con un desconcertante brillo burlón en los ojos.
—El trayecto en
ferry no es tan largo. ¿Cuánto podrías contarme?
—Toda mi vida.
A Joe le costó
esbozar una sonrisa, como si no pudiera malgastarlas.
—Arriésgate.
Siéntate conmigo, Demi.
Era más una orden
que una invitación. Pero se descubrió obedeciéndola. Dejó su macuto en el suelo
y se sentó en el asiento opuesto. Mientras enderezaba la espalda, se percató de
que Joe la repasaba con la mirada de forma eficiente. Llevaba unos vaqueros
ajustados, una camiseta blanca y una americana corta negra.
—Estás distinta
—dijo él.
—Es por el pelo.
—Se pasó los dedos con timidez por los mechones largos y lisos—. Me lo aliso
cada vez que voy a ver a mi familia. Si no lo hago, mis hermanos empiezan a
meterse conmigo y a tirarme del pelo... Soy la única de la familia que lo tiene
rizado. Rezo para que no llueva. En cuanto se moja... —Gesticuló, imitando una
explosión.
—Me gusta de las
dos maneras.
El halago fue
dicho con tal sinceridad que a Demi le resultó más enternecedor que otra cosa.
—Gracias. ¿Qué tal
Holly?
—Sigue hablando.
Cada vez más. —Hizo una pausa—. No tuve oportunidad de darte las gracias el
otro día. Lo que hiciste por Holly...
—Bah, fue una
tontería... Me refiero a que en realidad no hice nada.
—Para nosotros fue
mucho. —La miró a los ojos—. ¿Qué vas a hacer con tu familia este fin de
semana?
—Es una simple
reunión familiar. Cocinaremos, comeremos, beberemos... mis padres tienen una
casa enorme en Edgemoor y un millón de nietos. Somos ocho hermanos.
—Eres la pequeña
—dijo él.
—La segunda por la
cola. —Soltó una carcajada desconcertada—. Casi aciertas. ¿Cómo lo has
adivinado?
—Eres
extrovertida. Sonríes mucho.
—¿Y tú qué eres?
¿El mayor? ¿El mediano?
—El mayor.
Demi lo estudió
abiertamente.
—Lo que quiere
decir que te gusta imponer las reglas, que eres de fiar... pero que de vez en
cuando también puedes pecar de sabelotodo.
—Tengo razón casi
siempre —replicó él con modestia.
Demi contuvo una
carcajada.
—¿Por qué montaste
una juguetería en la isla? —quiso saber Joe.
—Se puede decir
que fue algo natural. Antes decoraba muebles infantiles. Así conocí a mi
marido. Tenía una fábrica de muebles rústicos donde solía comprar cosas, juegos
de mesas y sillas, cabeceros para las camas y esas cosas, pero después de que
nos casáramos, dejé de pintar durante un tiempo, por culpa de... ya sabes, el
cáncer que padecía. Y cuando volví a trabajar, me apeteció probar algo
distinto. Algo divertido. —Al ver que Joe estaba a punto de hacerle una
pregunta, seguramente sobre Eddie, se lo impidió con una pregunta de su propia
cosecha—: ¿A qué te dedicas?
—Tengo una
torrefactora de café.
—¿Es un negocio
familiar o...?
—Tengo dos socios
y la fábrica está en Friday Harbor. Contamos con una torrefactora industrial
capaz de producir cuarenta y cinco kilos por hora. Hemos desarrollado seis
tipos de café que comercializamos con nuestra propia marca, pero también
producimos para varias cadenas de supermercados, tanto en la isla como en
Seattle o Lynnwood... De hecho, también le servimos a un restaurante de
Bellingham.
—¿De verdad? ¿Cómo
se llama?
—Es un
vegetariano, Variedad de la Huerta.
—¡Me encanta ese
sitio! Pero nunca he probado el café.
—¿Por qué no?
—Dejé de tomarlo
hace años, después de leer un artículo que aseguraba que no era bueno para la
salud.
—¡Pero si es
prácticamente un tónico medicinal! —protestó Joe, indignado—. Está lleno de
antioxidantes y fitoquímicos. Reduce el riesgo de padecer ciertos tipos de
cáncer. ¿Sabías que la palabra «café» tiene su origen en una frase árabe que
podría traducirse como 'vino del grano'?
—Pues no lo sabía
—contestó Demi con una sonrisa—. Te tomas muy en serio tu café, ¿verdad?
—Todas las mañanas
enciendo la cafetera como un soldado que se reencontrara con su amor perdido
tras una guerra —contestó.
Demi sonrió de
nuevo al pensar en lo maravillosa que era su voz, grave pero muy clara.
—¿Cuándo empezaste
a beber café?
—En el instituto.
Mientras estudiaba para un examen. Probé mi primera taza de café porque creía
que me ayudaría a mantenerme despierto.
—¿Qué te gusta
más? ¿El sabor? ¿La cafeína?
—Me gusta empezar
el día con las noticias y con un Blue Mountain de Jamaica. Me gusta tomarme una
taza por la tarde mientras despotrico contra los Mariner o los Seahawk. Me
gusta saber que con una taza de café puedo disfrutar de los sabores de lugares
a los que nunca iré. Las faldas del Kilimanjaro en Tanzania, las islas de
Indonesia, Colombia, Etiopía, Brasil, Camerún... Me gusta que un camionero
pueda disfrutar de una taza de café tan buena como la de un millonario. Pero sobre
todo me gusta el ritual. Reúne a los amigos, es el colofón perfecto de
cualquier cena... y de vez en cuando te ayuda a convencer a una mujer guapa de
que suba a tu casa.
—Eso no tiene nada
que ver con el café. Convencerías a cualquier mujer con un vaso de agua del
grifo. —Un segundo después, y con los ojos como platos, se tapó la boca con una
mano—. No sé por qué he dicho eso —dijo a través de los dedos, avergonzada y
alucinada.
Sus ojos se
encontraron durante un electrizante momento. Y después Joe esbozó una sonrisa y
a Demi le dio un vuelco el corazón.
Joe meneó la
cabeza para decirle que no se lo había tomado a mal.
—Ya me lo
advertiste. —Señaló las paredes del ferry—. Los medios de transporte hacen que
pierdas las inhibiciones.
—Sí. —Hipnotizada
por esos cálidos ojos azules, intentó recuperar el hilo de la conversación—.
¿De qué estábamos hablando? Ah, sí, del café. Nunca he probado un café que sepa
tan bien como el olor de los granos.
—Algún día te
prepararé el mejor café que hayas probado en la vida. Me perseguirás taza en
mano rogándome que te dé más agua caliente filtrada a través de café robusta
molido.
Mientras se echaba
a reír, Demi se percató de que algo había cobrado vida entre ellos. Era
atracción, se dio cuenta de pronto. Hasta ese momento estaba convencida de que
había perdido la capacidad de percibir el atractivo físico de otra persona.
El ferry se estaba
moviendo. Ni siquiera se había dado cuenta de que la sirena había sonado. El
potente motor hacía vibrar la estructura de la embarcación, de modo que un leve
rumor recorría el suelo y los asientos, de forma tan constante como los latidos
de un corazón.
Demi supuso que
debería apreciar las vistas mientras cruzaban el estrecho, pero habían perdido
su capacidad para seducirla. Volvió a mirar al hombre que estaba sentado frente
a ella, su cuerpo relajado, con las piernas separadas y un brazo apoyado en el
respaldo del banco.
—¿Cómo vas a pasar
el fin de semana? —le preguntó.
—Voy a ver a una
amiga.
—¿La mujer que te
acompañaba en la tienda?
La expresión de Joe
se tornó cautelosa.
—Sí. Shelby.
—Me pareció
agradable.
—Lo es.
Demi sabía que
debería dejarlo tal cual. Pero la curiosidad que Joe le provocaba comenzaba a
traspasar todos los límites. Mientras intentaba recordar a Shelby, una rubia elegante
y guapa, recordó que en su momento creyó que hacían buena pareja. Como las que
se veían en los anuncios de joyas.
—¿La cosa va en
serio?
Joe meditó la
respuesta.
—No lo sé.
—¿Cuánto lleváis
saliendo?
—Unos meses. —Hizo
una pausa reflexiva antes de añadir—: Desde enero.
—Pues ya deberías
saber si la cosa va en serio.
Joe parecía
dividido entre el fastidio y la sorna.
—A algunos nos
cuesta descubrirlo más que a otros.
—¿Qué hay que
descubrir?
—Si soy capaz de
superar el miedo a la eternidad.
—Creo que debería
decirte cuál es mi lema. Es una frase de Emily Dickinson.
—Yo no tengo lema
—replicó él con aire pensativo.
—Todo el mundo
debería tener uno. Puedes usar el mío si te gusta.
—¿Cuál es?
—«Siempre está
compuesto de ahoras.» —Guardó silencio y su sonrisa adquirió un matiz tristón—.
No deberías preocuparte por la eternidad... el tiempo se acaba antes de que te
des cuenta.
—Sí. —En su tono
apacible había una nota desesperada—. Lo descubrí cuando perdí a mi hermana.
Demi lo miró con
expresión compasiva.
—¿Estabais muy
unidos?
Se produjo una
pausa larguísima.
—Los Jonas nunca
hemos sido lo que se dice una familia unida. Es como un plato horneado. Puedes
coger un montón de ingredientes que están muy buenos cada uno por su lado, pero
que si los juntas y los metes en el horno, sale un potingue asqueroso.
—No todos los
platos horneados están malos —replicó ella.
—Dime uno.
—El timbal de
macarrones con queso.
—Eso no es un
plato horneado.
—¿Y qué es?
—Es pasta.
Demi se echó a
reír.
—Buen
intento, pero se hace en el horno

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