miércoles, 19 de diciembre de 2012

ღ ☆♥Una Navidad Magica♡★ღ Jemi Cap. 5


Encontraría una madre para Holly. La madre perfecta. Crearía un círculo de personas que la rodeara.

Lo normal era que un niño fuera el fruto de una familia. En su caso, sin embargo, la familia sería el fruto del niño.

****

Las cuatro islas principales del archipiélago, San Juan, Oreas, López y Shaw, eran accesibles a través de la línea de ferry estatal de Washington. Se podía aparcar el coche en el ferry, subir a una de las cubiertas superiores y sentarse con los pies en alto la hora y media que se tardaba en recorrer la distancia entre la isla de San Juan y Anacortes, en el continente. El agua estaba en calma y las vistas eran espectaculares tanto en verano como en otoño.

Demi condujo el coche hasta la terminal del ferry en Friday Harbor después de dejar a su perro en la residencia canina local. Aunque podría haber tomado el vuelo de media hora que la dejaría directamente en Bellingham, prefería ir por mar a ir por aire. Le gustaba contemplar las casas que se levantaban junto al mar y las líneas costeras de las islas, y disfrutar de los avistamientos ocasionales de los delfines o de los leones marinos. En ocasiones, se podía ver a los voraces cormoranes en los rompientes de las olas, negros como la pimienta recién salida de un molinillo.

Dado que una de sus hermanas la recogería en la terminal de Anacortes y que no necesitaría el coche durante los días que iba a pasar con su familia, Demi embarcó a pie en el ferry. La embarcación era un ferry eléctrico de acero con capacidad para casi mil pasajeros y ochenta y cinco vehículos, y una velocidad de treinta nudos.

Con el macuto a cuestas, se dirigió a la zona cerrada de la cubierta principal de pasajeros. Recorrió uno de los anchos bancos que flanqueaban las ventanas. El ferry del viernes por la mañana estaba repleto de pasajeros que o bien iban a Seattle por motivos laborales, o bien lo hacían para disfrutar del fin de semana. Encontró un par de bancos que se miraban entre sí. Uno estaba ocupado por un hombre vestido con pantalones chinos y un polo azul marino. El hombre estaba absorto leyendo un periódico y tenía varias secciones descartadas a su lado.

—Perdone, ¿está libre...? —le preguntó, pero se quedó sin voz cuando el hombre levantó la cabeza para mirarla.

Lo primero que vio fueron sus ojos azules. Sufrió una especie de descarga, como si su corazón estuviera conectado a unos cables.

Era Joe Jonas... afeitado, bien vestido, muy sexy y rezumando virilidad por todo su cuerpo. Sin apartar la mirada de ella, dejó el periódico a un lado y se puso en pie, un gesto muy anticuado que la desconcertó todavía más.

—Demi... ¿Vas a Seattle?

—A Bellingham. —Se habría dado de tortas por haber hablado como si le faltara el aire—. A visitar a mi familia.

Joe señaló el banco que tenía enfrente.

—Siéntate.

—Yo... —Demi meneó la cabeza y echó un vistazo a su alrededor—. No quiero molestarte. —No pasa nada.

—Gracias, pero... no quiero hacer lo del avión contigo.

Joe enarcó las cejas.

—¿Lo del avión?

—Sí, es que cuando me siento junto a un desconocido en un avión, a veces acabo contándole un montón de cosas... que jamás admitiría ni delante de mi mejor amiga. Pero nunca me arrepiento, porque sé que no voy a encontrarme otra vez con esa persona.

—No estamos en un avión.

—Pero sí en un medio de transporte.

Joe Jonas se quedó mirándola con un desconcertante brillo burlón en los ojos.

—El trayecto en ferry no es tan largo. ¿Cuánto podrías contarme?

—Toda mi vida.

A Joe le costó esbozar una sonrisa, como si no pudiera malgastarlas.

—Arriésgate. Siéntate conmigo, Demi.

Era más una orden que una invitación. Pero se descubrió obedeciéndola. Dejó su macuto en el suelo y se sentó en el asiento opuesto. Mientras enderezaba la espalda, se percató de que Joe la repasaba con la mirada de forma eficiente. Llevaba unos vaqueros ajustados, una camiseta blanca y una americana corta negra.

—Estás distinta —dijo él.

—Es por el pelo. —Se pasó los dedos con timidez por los mechones largos y lisos—. Me lo aliso cada vez que voy a ver a mi familia. Si no lo hago, mis hermanos empiezan a meterse conmigo y a tirarme del pelo... Soy la única de la familia que lo tiene rizado. Rezo para que no llueva. En cuanto se moja... —Gesticuló, imitando una explosión.

—Me gusta de las dos maneras.

El halago fue dicho con tal sinceridad que a Demi le resultó más enternecedor que otra cosa.

—Gracias. ¿Qué tal Holly?

—Sigue hablando. Cada vez más. —Hizo una pausa—. No tuve oportunidad de darte las gracias el otro día. Lo que hiciste por Holly...

—Bah, fue una tontería... Me refiero a que en realidad no hice nada.

—Para nosotros fue mucho. —La miró a los ojos—. ¿Qué vas a hacer con tu familia este fin de semana?

—Es una simple reunión familiar. Cocinaremos, comeremos, beberemos... mis padres tienen una casa enorme en Edgemoor y un millón de nietos. Somos ocho hermanos.

—Eres la pequeña —dijo él.

—La segunda por la cola. —Soltó una carcajada desconcertada—. Casi aciertas. ¿Cómo lo has adivinado?

—Eres extrovertida. Sonríes mucho.

—¿Y tú qué eres? ¿El mayor? ¿El mediano?

—El mayor.

Demi lo estudió abiertamente.

—Lo que quiere decir que te gusta imponer las reglas, que eres de fiar... pero que de vez en cuando también puedes pecar de sabelotodo.

—Tengo razón casi siempre —replicó él con modestia.

Demi contuvo una carcajada.

—¿Por qué montaste una juguetería en la isla? —quiso saber Joe.

—Se puede decir que fue algo natural. Antes decoraba muebles infantiles. Así conocí a mi marido. Tenía una fábrica de muebles rústicos donde solía comprar cosas, juegos de mesas y sillas, cabeceros para las camas y esas cosas, pero después de que nos casáramos, dejé de pintar durante un tiempo, por culpa de... ya sabes, el cáncer que padecía. Y cuando volví a trabajar, me apeteció probar algo distinto. Algo divertido. —Al ver que Joe estaba a punto de hacerle una pregunta, seguramente sobre Eddie, se lo impidió con una pregunta de su propia cosecha—: ¿A qué te dedicas?

—Tengo una torrefactora de café.

—¿Es un negocio familiar o...?

—Tengo dos socios y la fábrica está en Friday Harbor. Contamos con una torrefactora industrial capaz de producir cuarenta y cinco kilos por hora. Hemos desarrollado seis tipos de café que comercializamos con nuestra propia marca, pero también producimos para varias cadenas de supermercados, tanto en la isla como en Seattle o Lynnwood... De hecho, también le servimos a un restaurante de Bellingham.

—¿De verdad? ¿Cómo se llama?

—Es un vegetariano, Variedad de la Huerta.

—¡Me encanta ese sitio! Pero nunca he probado el café.

—¿Por qué no?

—Dejé de tomarlo hace años, después de leer un artículo que aseguraba que no era bueno para la salud.

—¡Pero si es prácticamente un tónico medicinal! —protestó Joe, indignado—. Está lleno de antioxidantes y fitoquímicos. Reduce el riesgo de padecer ciertos tipos de cáncer. ¿Sabías que la palabra «café» tiene su origen en una frase árabe que podría traducirse como 'vino del grano'?

—Pues no lo sabía —contestó Demi con una sonrisa—. Te tomas muy en serio tu café, ¿verdad?

—Todas las mañanas enciendo la cafetera como un soldado que se reencontrara con su amor perdido tras una guerra —contestó.

Demi sonrió de nuevo al pensar en lo maravillosa que era su voz, grave pero muy clara.

—¿Cuándo empezaste a beber café?

—En el instituto. Mientras estudiaba para un examen. Probé mi primera taza de café porque creía que me ayudaría a mantenerme despierto.

—¿Qué te gusta más? ¿El sabor? ¿La cafeína?

—Me gusta empezar el día con las noticias y con un Blue Mountain de Jamaica. Me gusta tomarme una taza por la tarde mientras despotrico contra los Mariner o los Seahawk. Me gusta saber que con una taza de café puedo disfrutar de los sabores de lugares a los que nunca iré. Las faldas del Kilimanjaro en Tanzania, las islas de Indonesia, Colombia, Etiopía, Brasil, Camerún... Me gusta que un camionero pueda disfrutar de una taza de café tan buena como la de un millonario. Pero sobre todo me gusta el ritual. Reúne a los amigos, es el colofón perfecto de cualquier cena... y de vez en cuando te ayuda a convencer a una mujer guapa de que suba a tu casa.

—Eso no tiene nada que ver con el café. Convencerías a cualquier mujer con un vaso de agua del grifo. —Un segundo después, y con los ojos como platos, se tapó la boca con una mano—. No sé por qué he dicho eso —dijo a través de los dedos, avergonzada y alucinada.

Sus ojos se encontraron durante un electrizante momento. Y después Joe esbozó una sonrisa y a Demi le dio un vuelco el corazón.

Joe meneó la cabeza para decirle que no se lo había tomado a mal.

—Ya me lo advertiste. —Señaló las paredes del ferry—. Los medios de transporte hacen que pierdas las inhibiciones.

—Sí. —Hipnotizada por esos cálidos ojos azules, intentó recuperar el hilo de la conversación—. ¿De qué estábamos hablando? Ah, sí, del café. Nunca he probado un café que sepa tan bien como el olor de los granos.

—Algún día te prepararé el mejor café que hayas probado en la vida. Me perseguirás taza en mano rogándome que te dé más agua caliente filtrada a través de café robusta molido.

Mientras se echaba a reír, Demi se percató de que algo había cobrado vida entre ellos. Era atracción, se dio cuenta de pronto. Hasta ese momento estaba convencida de que había perdido la capacidad de percibir el atractivo físico de otra persona.

El ferry se estaba moviendo. Ni siquiera se había dado cuenta de que la sirena había sonado. El potente motor hacía vibrar la estructura de la embarcación, de modo que un leve rumor recorría el suelo y los asientos, de forma tan constante como los latidos de un corazón.

Demi supuso que debería apreciar las vistas mientras cruzaban el estrecho, pero habían perdido su capacidad para seducirla. Volvió a mirar al hombre que estaba sentado frente a ella, su cuerpo relajado, con las piernas separadas y un brazo apoyado en el respaldo del banco.

—¿Cómo vas a pasar el fin de semana? —le preguntó.

—Voy a ver a una amiga.

—¿La mujer que te acompañaba en la tienda?

La expresión de Joe se tornó cautelosa.

—Sí. Shelby.

—Me pareció agradable.

—Lo es.

Demi sabía que debería dejarlo tal cual. Pero la curiosidad que Joe le provocaba comenzaba a traspasar todos los límites. Mientras intentaba recordar a Shelby, una rubia elegante y guapa, recordó que en su momento creyó que hacían buena pareja. Como las que se veían en los anuncios de joyas.

—¿La cosa va en serio?

Joe meditó la respuesta.

—No lo sé.

—¿Cuánto lleváis saliendo?

—Unos meses. —Hizo una pausa reflexiva antes de añadir—: Desde enero.

—Pues ya deberías saber si la cosa va en serio.

Joe parecía dividido entre el fastidio y la sorna.

—A algunos nos cuesta descubrirlo más que a otros.

—¿Qué hay que descubrir?

—Si soy capaz de superar el miedo a la eternidad.

—Creo que debería decirte cuál es mi lema. Es una frase de Emily Dickinson.

—Yo no tengo lema —replicó él con aire pensativo.

—Todo el mundo debería tener uno. Puedes usar el mío si te gusta.

—¿Cuál es?

—«Siempre está compuesto de ahoras.» —Guardó silencio y su sonrisa adquirió un matiz tristón—. No deberías preocuparte por la eternidad... el tiempo se acaba antes de que te des cuenta.

—Sí. —En su tono apacible había una nota desesperada—. Lo descubrí cuando perdí a mi hermana.

Demi lo miró con expresión compasiva.

—¿Estabais muy unidos?

Se produjo una pausa larguísima.

—Los Jonas nunca hemos sido lo que se dice una familia unida. Es como un plato horneado. Puedes coger un montón de ingredientes que están muy buenos cada uno por su lado, pero que si los juntas y los metes en el horno, sale un potingue asqueroso.

—No todos los platos horneados están malos —replicó ella.

—Dime uno.

—El timbal de macarrones con queso.

—Eso no es un plato horneado.

—¿Y qué es?

—Es pasta.

Demi se echó a reír.
—Buen intento, pero se hace en el horno

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