martes, 18 de diciembre de 2012

ღ ☆♥Una Navidad Magica♡★ღ Jemi Cap. 4


A fin de que Holly se lo pasara en grande, tanto Kevin como Joe se dedicaron a hacer acrobacias mientras se lanzaban el juguete. Habían llevado consigo la caña de pescar y la pequeña caja de aparejos de la niña, y Joe le había enseñado la mejor forma de lanzar el anzuelo para pescar escorpinas en la orilla.

—¿A qué te refieres? —le preguntó Joe, que abrió la puerta delantera y encendió las luces del porche.

—A vivir con un niño. —Y añadió un tanto avergonzado—: A que te quiera un niño.

La presencia de Holly en sus vidas había supuesto una bendición que ninguno había conocido hasta entonces. Era un recuerdo de la inocencia. Y descubrieron que algo cambiaba cuando se recibía el amor incondicional y la confianza de un niño.

Porque se ansiaba merecerlos.

 

 

Joe y Holly entraron en la casa a través de la cocina y dejaron las bolsas de la compra y la caracola en los bancos hechos a medida del anticuado office. Encontraron a Kevin en el salón, una estancia dolorosamente desnuda con las placas de yeso recién colocadas en las paredes y una chimenea agrietada con un revestimiento temporal de tela metálica. Kevin estaba justo al lado, construyendo un molde para verter el hormigón sobre el cual iría el nuevo hogar.

—Esto va a ser un quebradero de cabeza —dijo mientras medía—. Tengo que ver cómo me las apaño, porque quiero usar el mismo conducto para dos hogares diferentes. Este conducto pasa justo por el dormitorio de la planta de arriba. Increíble, ¿verdad? Joe se agachó y le dijo a Holly al oído: —Ve a preguntarle qué hay para cenar. La niña obedeció, se acercó a Kevin y después de pegar los labios a una de sus orejas, le susurró algo y se apartó.

Joe vio que su hermano se quedaba petrificado.

—Hablas —dijo Kevin mientras se volvía despacio para mirar a la niña, aunque su voz ronca traslucía un claro interrogante.

Holly negó con la cabeza. Estaba muy seria.

—Sí, has hablado. Acabas de hablarme al oído.

—No. —Y soltó una risilla al ver la expresión de Kevin.

—¡Lo has hecho otra vez, Dios! Di mi nombre. Dilo.

—Tío Herbert.

Kevin soltó una trémula carcajada y la abrazó para estrecharla contra su pecho.

—¿Herbert? Pues ahora cenaremos picos de pollo y patas de lagarto. —Sin soltar a Holly, miró a Joe mientras meneaba la cabeza, asombrado. Estaba sonrojado y tenía un brillo sospechoso en los ojos—. ¿Cómo? —fue lo único que consiguió preguntar.

—Luego te lo cuento —respondió Joe con una sonrisa.

—Bueno, dime qué ha pasado —insistió Kevin mientras removía la salsa de tomate que acompañaría a los espaguetis. Holly estaba ocupada en la estancia contigua, entretenida con su nuevo rompecabezas—. ¿Cómo lo has hecho?

Joe abrió una cerveza.

—Yo no he sido —contestó después de darle un trago, disfrutando del frescor—. Estábamos en la juguetería de Spring Street, esa nueva, hablando con la dueña, una pelirroja muy mona. Nunca la había visto, por cierto...

—La conozco. Demi no sé qué. Conner, Carter...

—Lovato. ¿La conoces?

—No personalmente. Pero Scolari ha intentado que quede con ella.

—A mí no me ha dicho ni pío —replicó Joe, ofendido al instante.

—Tú estás saliendo con Shelby.

—Shelby y yo no tenemos una relación exclusiva.

—Scolari cree que Demi es mi tipo. Tenemos casi la misma edad. ¿Has dicho que es mona? Me alegro. Creo que iré a echarle un vistazo antes de comprometerme a algo más.

—Yo sólo soy dos años mayor que tú —le recordó Joe, indignado.

Kevin soltó la cuchara y cogió una copa de vino.

—¿La has invitado a salir?

—No. Estaba con Shelby en ese momento y, además...

—Reclamo mis derechos.

—No tienes derechos sobre ella —dijo Joe con voz cortante.

Kevin enarcó las cejas.

—Tú ya tienes novia. Y los derechos le pertenecen al que lleve más tiempo de sequía.

Joe se encogió de hombros con cierta irritación.

—Bueno, dime qué hizo Demi —insistió Kevin—. ¿Cómo consiguió que Holly hablara?

Joe le describió la escena que tuvo lugar en la juguetería, el detalle de la caracola mágica y cómo hizo el milagro la idea de que fingiera guardar su voz en ella.

—Alucinante —replicó Kevin—. En la vida se me habría ocurrido algo así.

—Fue más bien cuestión del momento. Holly estaba lista para hablar y Demi le ofreció una forma de hacerlo.

—Sí, pero... ¿es posible que Holly lo hubiera hecho hace semanas si se nos hubiera ocurrido algo así a ti o a mí?

—¿Quién sabe? ¿Adónde quieres llegar?

—¿Alguna vez te has parado a pensar cómo van a ser las cosas cuando crezca? —le preguntó su hermano a su vez en voz baja—. ¿Cuando necesite a alguien con quien hablar de cosas de chicas? ¿Cómo nos las vamos a apañar?

—Kevin, sólo tiene seis años. Ya nos preocuparemos por eso cuando llegue el momento.

—Me preocupa que ese momento llegue antes de lo que pensamos. Es que... —Kevin dejó la frase en el aire y se frotó la frente como si quisiera aliviar un inminente dolor de cabeza—. Tengo que enseñarte una cosa cuando Holly esté acostada.

—¿El qué? ¿Debo preocuparme?

—No lo sé.

—¡Joder, dímelo ahora!

—Vale —susurró su hermano—. Estaba ojeando la carpeta de Holly donde guarda las tareas del colegio para ver si había acabado de colorear un dibujo y encontré esto. —Se acercó a la encimera y cogió una hoja de papel—. La maestra les ha puesto deberes de Lengua esta semana. Tienen que escribirle una carta a Papá Noel. Y ésta es la que ha escrito Holly.

Joe lo miró sin comprender.

—¿Una carta a Papá Noel? ¡Si estamos a mediados de septiembre!

—Ya han empezado a poner anuncios navideños. Y ayer cuando fui a la ferretería oí a Chuck decir que empezarían a sacar los árboles de Navidad a final de mes.

—¿Antes del Día de Acción de Gracias? ¿¡Antes de Halloween!?

—Sí. Supongo que forma parte de un diabólico plan mundial para fomentar el consumo. No intentes luchar contra él. —Kevin le dio la hoja de papel—. Échale un vistazo.

 

Querido Papá Noel:

Este año sólo quiero una cosa

Una mamá

Por favor no te olvides de que ahora vivo en Friday Harbor, gracias te quiere

HOLLY

 

Joe guardó silencio durante un buen rato.

—Una mamá —dijo Kevin.

—Sí, ya veo. —Con los ojos clavados en la carta, Joe murmuró—: Menudo calcetín va a necesitar.

 

 

Después de cenar, Joe se sentó en el porche delantero con una cerveza. La mecedora de madera estaba hecha polvo, pero era muy cómoda. Kevin era el encargado de arropar a Holly y de leerle una de las historias del libro de cuentos que habían comprado esa tarde.

Los atardeceres todavía eran largos en esa época del año y pintaban el horizonte de la bahía con tonos rosados y naranjas. Con la vista clavada en los relucientes bajíos que se atisbaban entre los troncos de los madroños del Pacífico, intentó averiguar qué iba a hacer con Holly.

Una mamá.

Era normal que quisiera una madre. Por mucho que Kevin y él lo intentaran, había ciertas cosas que no podían hacer por ella. Y aunque el número de padres que criaban a solas a sus hijos era numeroso, nadie podía negar que existían miles de cosas para las que una niña necesitaba una madre.

Siguiendo el consejo del psicólogo, habían enmarcado unas cuantas fotos de Miley. Tanto Kevin como él se aseguraban de hablarle de ella, de ofrecerle un vínculo con su madre. Pero podían hacer mucho más y era muy consciente de ello. No había razón alguna por la que Holly tuviera que vivir su infancia sin una figura materna. Shelby casi rayaba en la perfección. Además, le había dejado muy claro que estaba dispuesta a ser paciente pese a la ambigüedad de sentimientos que le provocaba el matrimonio.

«Nuestro matrimonio no será como el de tus padres —le había señalado Shelby con ternura—. Será distinto porque será sólo nuestro.»

Joe entendía lo que quería decirle, incluso estaba de acuerdo con ella. Sabía que él no era como su padre, a quien no le importó cruzarles la cara a sus hijos. El hogar en el que crecieron fue tempestuoso, plagado de peleas, discusiones y melodrama. La versión matrimonial de los Jonas, con sus peleas a grito pelado y sus increíbles reconciliaciones, les había enseñado la cara más amarga de la vida en pareja, pero ninguna de sus alegrías.

Joe entendía que, si bien el matrimonio de sus padres había sido un completo desastre, no siempre tenía por qué ser así, y había intentado tener una opinión neutral sobre el tema. Siempre había pensado que cuando encontrara a la mujer adecuada, si acaso lo hacía, habría algún tipo de reconocimiento inmediato, una especie de certeza avalada por su corazón que despejaría todas las dudas. De momento, nada que se le pareciera le había sucedido con Shelby.

¿Y si no le pasaba con nadie? Intentó pensar en el matrimonio como un acuerdo práctico con alguien a quien apreciara. Tal vez ésa fuera la mejor forma de visualizarlo, sobre todo si había que tener muy presentes los intereses de una niña. Shelby poseía la personalidad adecuada (era tranquila, agradable y cariñosa) para convertirse en una madre estupenda.

Él no creía en el amor romántico ni en las almas gemelas. Era el primero en admitir que tenía una mentalidad demasiado pragmática y que sus ideas estaban bien asentadas en la cruda realidad. Le gustaba ser así. ¿Era injusto para Shelby que le propusiera un matrimonio basado en consideraciones prácticas? Tal vez no, siempre y cuando sus sentimientos fueran sinceros. O más bien su falta de sentimientos. Regresó al interior cuando apuró la cerveza. Una vez que tiró la lata al cubo de la basura para reciclar, se encaminó al dormitorio de Holly. Kevin ya la había acostado y había dejado la lamparita encendida.

Su sobrina tenía los ojos casi cerrados y estaba bostezando. A su lado, dormía un osito de peluche, cuyos brillantes ojos lo miraban expectantes.

Joe contempló a Holly y en ese instante experimentó uno de esos momentos en los que se toma conciencia del gran cambio que acaba de sufrir la vida en poco tiempo, de modo que la vida anterior queda ya muy atrás. Se inclinó para besarla en la frente como hacía todas las noches. Los delgados bracitos de la niña lo abrazaron por el cuello mientras la escuchaba murmurar con voz soñolienta:

—Te quiero. Te quiero. —Se dio media vuelta, abrazó a su osito y se quedó dormida.

Joe siguió donde estaba, parpadeando mientras intentaba asimilar el tremendo impacto que acababa de recibir. Por fin sabía lo que era que le rompieran el corazón. Y no de forma triste, ni en un sentido romántico. Hasta ese instante nunca había experimentado el deseo de cubrir de felicidad a otro ser humano.

Encontraría una madre para Holly. La madre perfecta. Crearía un círculo de personas que la rodeara.

Lo normal era que un niño fuera el fruto de una familia. En su caso, sin embargo, la familia sería el fruto del niño.

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