—Ahora lo veo todo desde otra
perspectiva —contestó—. Empiezo a pensar en la clase de mundo en el que vivirá.
Me preocupan todas las chorradas subliminales que capta a través de la tele, y
también si hay cadmio o plomo en sus juguetes... —Hizo una breve pausa—.
¿Querías tener hijos con... él? —De repente, descubrió que no quería pronunciar
el nombre de su marido, como si las sílabas fueran separadores invisibles que
se interponían entre ellos.
—Hubo un tiempo
que sí. Ahora, no. Creo que es uno de los motivos por los que quiero tanto mi
tienda, porque es una manera de estar rodeada de niños sin cargar con la
responsabilidad.
—A lo mejor cuando te vuelvas a
casar...
—Es que no pienso
volver a casarme.
Joe ladeó la
cabeza a modo de silencioso interrogante, mirándola con detenimiento.
—Ya he pasado por
eso —explicó Demi—, y no me arrepentiré nunca, pero... he tenido bastante con
una vez. Eddie luchó contra el cáncer durante año y medio, y me costó la misma
vida estar a su lado, ser fuerte. Ya no tengo nada que ofrecerle a otra
persona. Puedo estar con alguien, pero no pertenecerle. ¿Tiene sentido lo que
digo?
Por primera vez
desde que Joe había alcanzado la mayoría de edad, quería abrazar a una mujer
sin motivos ulteriores. No lo movía la pasión, sino el deseo de consolarla.
—Tiene sentido si
es lo que sientes —respondió en voz baja—. Pero es posible que no sea siempre
así.
Terminaron de
comer y regresaron a la terminal del ferry bajo una llovizna tan leve que casi
se podían ver las gotas de agua suspendidas en el aire. Era como si el cielo
los aplastara contra el suelo. El mundo estaba pintado en azul acero y gris
claro, de modo que el pelo de Demi destacaba por su intenso tono rojo, y sus
rizos eran como una incitante curva que acababa en un perfecto tirabuzón.
Joe habría dado
cualquier cosa por poder juguetear con esos tirabuzones, por poder llenarse las
manos con ellos. Mientras caminaban, lo asaltó la tentación de cogerle la mano.
Pero un contacto inconsecuente ya no era posible... porque su deseo hacia ella
no tenía nada de inconsecuente.
Tal vez se sentía
atraído por Demi por el mero hecho de que acababa de comprometerse con Shelby,
de modo que su subconsciente buscaba una manera de escapar...
«Mantén el rumbo
—se ordenó—. No te distraigas.»
Su conversación se
vio interrumpida un momento, mientras embarcaba el coche en el ferry y buscaban
asientos en la cubierta principal de pasajeros. Una vez sentados en el mismo
banco, hablaron de todo y de nada en particular. Los ocasionales silencios eran
como los interludios tranquilos durante el sexo, cuando uno se quedaba tumbado,
bañado en sudor y pictórico de endorfinas.
Estaba intentando
por todos los medios no pensar en el sexo con Demi. No pensar en llevársela a
la cama y hacerle lo que le apeteciera, deprisa o despacio, improvisando si era
necesario, y después quedarse tumbados y descansar antes de empezar de nuevo.
La quería debajo de su cuerpo, encima, rodeándolo. Demi tendría la piel muy
blanca, salpicada por una constelación de lunares. Lunares que catalogaría, que
trazaría con los labios y los dedos hasta encontrar todos los mapas secretos,
todos los puntos de presión y de placer...
El ferry atracó.
Joe se quedó más tiempo del necesario en la cubierta principal de pasajeros,
renuente a separarse de Demi. Fue uno de los últimos en bajar a la zona
reservada para los coches. El cielo parecía una paleta de tonos anaranjados y
rosados, salpicada de nubes. Como de costumbre, sintió un enorme alivio al
regresar a la isla, donde el aire se podía respirar mejor y era más dulce,
donde el estrés del continente desaparecía. Los hombros de los pasajeros que
esperaban para desembarcar se relajaron de golpe, como si todos hubieran sido
reiniciados a la vez.
No podía tardar en
ir a buscar el coche o impediría desembarcar a los que tenía detrás, ganándose
así la comprensible ira de muchos pasajeros. Sin embargo, cuando miró a Demi,
todo su cuerpo se rebeló contra la idea de dejarla.
—¿Quieres que te
deje en algún sitio? —le preguntó.
La vio negar de
inmediato con la cabeza, haciendo que sus rizos pelirrojos se agitaran
alrededor de sus hombros.
—Tengo el coche
aparcado aquí cerca.
—Demi —dijo con
tiento—, algún día podríamos...
—No —lo
interrumpió ella con una sonrisa amable y tristona—. No podemos ser amigos. No
sacaríamos nada.
Demi tenía razón.
Lo único que le
quedaba por hacer era despedirse de ella, cosa que se le daba muy bien. Sin
embargo, en esa ocasión era un tema espinoso. «Nos vemos» o «Cuídate» sonaban
demasiado impersonales, demasiado indiferentes. Pero si dejaba entrever lo
mucho que había significado esa tarde para él, Demi no se lo tomaría a bien.
Al final ella
resolvió su dilema eliminando la necesidad de una despedida. Sonrió al verlo
titubear y le colocó una mano en el pecho, dándole un empujoncito juguetón.
—Vete —le dijo.
Y la obedeció. Se
fue sin mirar atrás y bajó la escalerilla de acero mientras sus pasos resonaban
por la cubierta. Sentía que el corazón le latía desaforado justo donde ella
había colocado la mano. Se metió en el coche, cerró la puerta y se puso el
cinturón de seguridad. Mientras esperaba la señal para avanzar, tuvo la
irritante y persistente sensación de que acababa de perder algo importante.
Con la llegada de
octubre, se acabó lo de ir a ver ballenas o a montar en canoa. Aunque los
turistas seguían llegando a la isla de San Juan, su número era insignificante
comparado con el de los meses estivales. La pregunta más repetida era el origen
del nombre de la ciudad. Demi no tardó en aprenderse de memoria las dos
versiones que coexistían en la isla. La preferida por los isleños se basaba en
una teoría según la cual la isla obtuvo su nombre por un malentendido en una
conversación.
Sin embargo, la
isla recibía su nombre de un hawaiano llamado Joseph Friday, que trabajó para
la Hudson's Bay Company pastoreando ovejas a unos nueve kilómetros al norte del
puerto. Cuando los marineros se acercaban a la costa y veían la columna de humo
que se alzaba de su campamento, sabían que habían llegado a la bahía de Friday,
de ahí que los británicos acabaran otorgándole ese nombre al lugar.
La isla pasó a
dominio estadounidense en 1872, y a partir de ese momento comenzó a florecer la
industria. La isla de San Juan se convirtió en la mayor productora de fruta del
Noroeste. Además, había compañías madereras y fábricas de conserva de salmón.
En la actualidad, la costa estaba atestada de apartamentos de lujo y de tiendas
de artesanía, y no había ni rastro de las conserveras ni de las embarcaciones
donde se trasladaba la madera. El turismo era el motor económico de la isla, y
aunque la temporada alta era el verano, el flujo de visitantes no se detenía en
ningún momento del año.
Con el otoño a la
vuelta de la esquina y las hojas en pleno estallido de color otoñal, los
isleños comenzaron a prepararse para los inminentes días festivos. Se
celebrarían numerosos festivales de la cosecha, mercados de productos frescos,
catas de vino, exposiciones en las distintas galerías de arte y
representaciones teatrales. La tienda de Demi no parecía acusar un descenso en
las ventas, ya que los clientes habituales comenzaron a comprar disfraces y
accesorios para Halloween, y algunos incluso adelantaron las compras navideñas.
De hecho, acababa de contratar a tiempo parcial a Diane, una de las hijas de
Elizabeth, como dependienta.
—Así podrás
descansar un poco —le dijo Elizabeth a Demi—. No te vas a morir si te tomas un
día libre, ¿verdad?
—Me lo paso bien
trabajando en la tienda.
—Pues pásatelo
bien fuera de la tienda—le aconsejó Elizabeth—. Necesitas hablar con alguien
que mida más de un metro. —Se le ocurrió una idea—. Deberías ir a disfrutar de
un masaje en el spa de Roche Harbor. Tienen un nuevo masajista llamado Theron.
Una de mis amigas me ha asegurado que tiene manos de ángel —le comentó al
tiempo que meneaba las cejas con un gesto elocuente.
—Si es un hombre,
no sé yo si fiarme —replicó Demi—. En vez de darte un masaje, igual te da un
magreo.
—Pues yo
concertaba una cita semanal con él, fíjate lo que te digo. Si está soltero,
podrías invitarlo a salir.
—No puedes invitar
a salir a un masajista —protestó Demi—. Es como si fueras su paciente y él tu
médico.
—Pues yo salí con
mi médico —aseguró Elizabeth.
—¿Ah, sí?
—Fui a su consulta
y le dije que había decidido cambiar de médico. Eso lo dejó un poco preocupado
y me preguntó por qué. Y le dije: «Porque quiero que me invites a cenar el
viernes por la noche.»
Demi abrió los
ojos de par en par.
—¿Y te invitó?
Elizabeth asintió
con la cabeza.
—Nos casamos seis
meses después.
Demi sonrió.
—Qué historia más
bonita.
—Estuvimos juntos
cuarenta y un años, hasta que murió.
—Lo siento mucho.
—Era un hombre muy
bueno. Me habría gustado pasar más tiempo con él. Pero eso no significa que no
pueda divertirme saliendo con mis amigos. Vamos de viaje, nos comunicamos a
través del correo electrónico... no sé qué haría sin ellos.
—Yo también tengo
muy buenos amigos —dijo Demi—. Pero todos están casados, y fueron una parte tan
importante de mi vida con Eddie que a veces...
—Los recuerdos se
interponen —la interrumpió Elizabeth, demostrando así su percepción.
—Exacto.
Elizabeth asintió
con la cabeza.
—Tienes una vida
nueva. Es bueno que conserves a tus antiguos amigos, pero también te conviene
añadir nuevas amistades. A ser posible, que sean solteros. Por cierto, ¿te han
presentado ya los Scolari a Kevin Jonas?
—¿Y tú qué sabes
de eso?
La expresión de la
anciana se tornó muy ufana.
—Demi, vivimos en
una isla. Así que las habladurías viajan en círculo. ¿Te lo han presentado ya o
no?
Demi fingió estar
ocupada colocando las ramas de lavanda de un jarrón en forma de jarra de leche.
La idea de salir con el hermano pequeño de Joe le resultaba intolerable.
Cualquier parecido, como la forma de los ojos o su timbre de voz, convertiría
la experiencia en un triste mal trago.
Cosa que sería
injusta para Kevin. Nunca podría apreciar sus virtudes porque siempre estaría
buscando aquello que no era.
Más concretamente,
siempre tendría presente que no era Joe.
—Ya les he dicho a
Brad y a Ellen que ahora mismo no estoy interesada —contestó.
—Pero, Demi
—protestó Elizabeth, preocupada—, Kevin Jonas es el muchacho más simpático y
agradable del mundo. Además, hace tiempo que no se le conoce novia, porque está
muy ocupado con el viñedo. Es productor de vinos. Un romántico. No puedes dejar
pasar una oportunidad como ésta.
Demi le ofreció
una sonrisa escéptica.
—¿De verdad crees
que este muchacho tan simpático y agradable querrá salir conmigo?
—¿Por qué no iba a
querer hacerlo?
—Soy viuda. Tengo
un pasado.
—¿Y quién no lo
tiene? —Elizabeth chasqueó la lengua a modo de reprimenda—. Por Dios, ser viuda
no es nada del otro mundo. Te aporta ese toque de experiencia, la certeza de
que sabes lo que es el amor. Las viudas amamos la vida, apreciamos el buen
humor, disfrutamos de nuestra independencia. Hazme caso, a Kevin Jonas no le
importará en absoluto que seas viuda.
Demi sonrió y
meneó la cabeza.
—Voy a dar un
paseo hasta Joeet Chef y a comprar unos bocadillos para almorzar —dijo mientras
sacaba su bolso de debajo del mostrador—. ¿De qué lo quieres?
—De pastrami con
doble de queso fundido. Y doble de cebolla también. ¡Que sea doble de todo!
—añadió con alegría antes de que Demi saliera por la puerta.
Joeet Chef era una
charcutería familiar donde hacían los mejores bocadillos y ensaladas de la
isla. A la hora del almuerzo siempre estaba a rebosar, pero la espera merecía
la pena. Estuvo tentada de pedir un poco de todo mientras observaba en el
expositor de cristal las ensaladas frescas, la pasta, el embutido en lonchas y
las porciones de quiche de verdura. Al final, se decidió por un bocadillo de
pan casero tostado con cangrejo, alcachofas y queso fundido. Y pidió el de
pastrami para Elizabeth.
—¿Para comer aquí
o para llevar? —le preguntó la chica que atendía detrás del mostrador.
—Para llevar, por
favor. —Y añadió después de ver un tarro de gruesas galletas de chocolate cerca
de la caja registradora—: Y que no se te ocurra añadir galletas de ésas.
La chica sonrió.
—¿Quiere una o
dos?
—Sólo una.
—Siéntese mientras
le traigo los bocadillos, no tardaré nada.
Demi se sentó
junto a la ventana y se entretuvo mirando a la gente.
La dependienta no
tardó en volver con los bocadillos en una bolsa de papel.
—Aquí tiene.
—Gracias.
—Ah, y una persona
me ha pedido que le dé esto —dijo la chica, ofreciéndole una servilleta.
—¿Quién? —quiso
saber, pero la dependienta ya se había alejado para atender a un nuevo cliente.

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