La niña sonrió con
timidez, se puso de puntillas y alargó el brazo para darle la caracola a Demi.
Y después añadió en un murmullo perfectiblemente audible:
—Se llama Trébol.
—¿El hada?
—preguntó Demi en voz muy baja, con la piel de gallina por la emoción. Holly
asintió con la cabeza. Demi tragó saliva y se las arregló para replicar:
—Gracias por
decírmelo, Holly.
La impresión que
le produjo el susurro de Holly hizo que Joe se olvidara de todo: del lugar
donde se encontraba y de la mujer que estaba detrás del mostrador. Llevaban
seis meses intentando que Holly dijera algo, cualquier cosa. Ya analizaría más
tarde con Kevin el motivo por el que había sucedido en ese sitio y en ese
instante. De momento, tenía que controlarse para no agobiar a Holly con su
reacción. Pero... ¡Dios!
No pudo evitar
arrodillarse en el suelo para estrechar a la niña con fuerza. Holly le echó sus
delgados bracitos al cuello. Se escuchó pronunciar el nombre de su sobrina con
voz desgarrada. Le escocían los ojos y le espantó darse cuenta de que estaba a
punto de perder el control.
No obstante, le
era imposible detener los temblores provocados por el alivio de saber que Holly
estaba preparada para volver a hablar. Tal vez por fin podía permitirse pensar
que la niña se recuperaría.
Cuando notó que su
sobrina intentaba zafarse de sus brazos, le dio un cariñoso beso en la mejilla
y se obligó a apartarse de ella. Se puso en pie, comprobó el estado de su
garganta, aún afectada por la emoción, y comprendió que había muchas
posibilidades de que le fallara la voz si intentaba decir algo. Tragó saliva y
clavó la vista en la pared donde se encontraba la letra de la canción de Pink
Floyd. En realidad, no leyó el texto, se limitó a concentrarse en los colores y
en las irregularidades del yeso.
Por último, miró
con cautela a la pelirroja que seguía tras el mostrador, Demi, en cuyas manos
estaba la bolsa con todo lo que acababa de comprar. Se percató de que entendía
perfectamente la relevancia del momento.
No sabía muy bien
qué pensar de ella. Debía de medir un metro sesenta y tenía el pelo tan rizado
que parecía indomable. Era delgada y vestía de forma sencilla, con una camiseta
blanca de manga corta y unos vaqueros.
Su cara,
semioculta por culpa de los rizos, era bonita, de rasgos delicados y piel
clara, salvo en las mejillas, que tenía muy coloradas. Sus ojos eran oscuros,
del mismo color que el chocolate fundido, y tenía unas pestañas muy largas. Le
recordaba a las chicas con las que se relacionaba en la universidad. Chicas
alegres e interesantes con las que podía quedarse toda la noche hablando, pero
con las que no salía. Porque prefería salir con las tías buenas, para provocar
la envidia de los demás. Tardó mucho en comprender que tal vez se hubiera
perdido algo importante.
—¿Puedo hablar
contigo en algún momento? —le preguntó, con más brusquedad de la que pretendía.
—Me encontrarás
siempre aquí —contestó Demi con voz alegre, tuteándolo también—. Puedes pasarte
cuando quieras —añadió al tiempo que empujaba la caracola hacia Holly—. ¿Por
qué no te la llevas a casa? Sólo por si vuelves a necesitarla en algún momento.
—¡Hola, chicos!
—exclamó una voz cantarina y suave tras ellos.
Era Shelby
Daniels, una amiga de Seattle. Una chica lista y guapa, y una de las mejores
personas que Joe había conocido en la vida. Shelby era capaz de integrarse en
cualquier grupo y en cualquier lugar al que la llevaran.
Se acercó a ellos
mientras se colocaba un lustroso mechón de pelo rubio tras una oreja. Iba
vestida con unos pantalones capri de color caqui, una prístina camisa blanca y
unas bailarinas, sin más complementos que sus pendientes de perlas.
—Siento haber
llegado tarde. Quería probarme unas cosillas en una tienda que hay aquí al
lado, pero no me han convencido. Holly, veo que habéis comprado muchas cosas.
La niña asintió,
en silencio como de costumbre.
Joe comprendió con
una mezcla de preocupación y buen humor que su sobrina no diría ni pío delante
de Shelby. ¿Debería contarle lo que acababa de suceder? No, porque tal vez eso
sería como presionar a Holly. Mejor dejar las cosas tal como estaban.
Shelby echó un
vistazo a su alrededor y comentó:
—¡Qué tiendecita
más mona! La próxima vez que venga, compraré algo para mis sobrinos. Antes de
que nos demos cuenta, estaremos en Navidad. —Tomó a Joe del brazo y le sonrió—.
Será mejor que nos vayamos ya si quiero coger el avión.
—Claro. —Joe cogió
la bolsa del mostrador y alargó la mano para quitarle la caracola a Holly—.
¿Quieres que la lleve?
Su sobrina la
aferró con más fuerza, dejando claro que la llevaría ella.
—Vale —dijo Joe—,
pero ten cuidado de que no se te caiga. —Volvió a mirar a la pelirroja de
detrás del mostrador y la vio colocando los bolígrafos que descansaban en una
taza junto a la caja registradora, tras lo cual enderezó una fila de diminutos
peluches. Ambas cosas eran innecesarias. La luz del sol que entraba por las
ventanas le arrancaba brillantes destellos rojos a su pelo—. Adiós —le dijo—. Y
gracias.
Demi Lovato se
despidió con un gesto de la mano, pero no lo miró. Una reacción que le indicó
que estaba tan desconcertada como él.
Después de dejar a
Shelby en el pequeño aeropuerto de la isla, con su única pista, Joe regresó a
Viñedos Sotavento con Holly. Los viñedos de Kevin estaban a unos nueve
kilómetros de Friday Harbor, en el suroeste de la isla, en False Bay. Los
domingos había que conducir con cuidado, porque la carretera estaba plagada de
ciclistas y jinetes. Y también era frecuente encontrarse con ciervos de cola
negra, tan mansos como perros, que atravesaban las carreteras tranquilamente
tras atravesar los zarzales y los pastizales.
Joe dejó bajada la
ventanilla de su camioneta para que entrara la brisa del mar.
—¿Has visto eso?
—le preguntó a Holly, señalando un águila de cabeza blanca que planeaba sobre
ellos.
—Aja.
—¿Ves lo que lleva
en las garras?
—¿Un pez?
—Posiblemente. O
lo ha pescado en el mar o se lo ha quitado a otro pájaro.
—¿Adónde lo lleva?
—Holly hablaba con voz titubeante, como si a ella también le sorprendiera
escucharse.
—A su nido, a lo
mejor. Los machos se hacen cargo de las crías, de la misma forma que las
hembras.
Holly respondió
asintiendo con la cabeza; un gesto prosaico. Según le había enseñado la vida,
lo que acababa de decirle su tío era plausible.
A Joe le costó la
misma vida no aferrar el volante con todas sus fuerzas. Estaba pletórico de
alegría. Hacía tanto tiempo que Holly no hablaba que se le había olvidado cómo
era su voz.
El psicólogo de la
niña les había recomendado empezar con respuestas no verbales, como pedirle que
señalara lo que quería comer, hasta conseguir que dijera una palabra.
Hasta ese momento,
la única vez que Joe había logrado que la niña emitiera un sonido fue durante
un reciente trayecto por la carretera de Roche Harbor, durante el cual Holly
vio a Mona, la camella, en su pastizal. El animal, una isleña muy famosa, había
sido adquirido a un tratante de animales exóticos en Mili Creek, hacía cosa de
ocho o nueve años, y desde entonces residía en la isla. Joe se dedicó a
entretener a Holly haciendo sonidos semejantes a los de un camello, un
comportamiento por el que se sintió un poco tonto, y sus esfuerzos se vieron
recompensados cuando la niña se animó a participar brevemente.
—¿Qué te ha
ayudado a encontrar tu voz, cariño? ¿Demi ha tenido algo que ver? ¿La pelirroja
de la juguetería?
—Fue la caracola
mágica —contestó la niña, mirando la caracola que acunaba entre las manos.
—Pero es que no
es... —Joe guardó silencio.
Lo importante no
era que la caracola fuera mágica o no. Lo importante era que Holly había
captado la idea y que se la habían propuesto en el momento preciso para
ayudarla a salir de su mutismo. Magia, hadas... todo formaba parte de un
vocabulario infantil desconocido para él, de un territorio ubicado en la
imaginación que hacía mucho que había abandonado. No podía decirse lo mismo de Demi
Lovato.
Nunca había visto
a Holly conectar de esa forma con una mujer, ni con las antiguas amigas de Miley,
ni con su maestra, ni siquiera con Shelby, con quien había pasado mucho tiempo.
¿Quién era la tal Demi Lovato? ¿Por qué se mudaba una veinteañera a una isla
donde la mayoría de los residentes sobrepasaba la barrera de los cuarenta?
¡Para abrir una juguetería, por el amor de Dios!
Quería volver a
verla. Quería saber todo lo que hubiera que saber sobre ella.
El sol del
atardecer dominical era intenso y su luz dorada hacía brillar las charcas y los
estrechos canales de False Bay. El hábitat de la bahía, que comprendía unas
ochenta hectáreas de playa, parecía de lo más normal hasta que bajaba la marea.
En ese momento, la arena se llenaba de gaviotas, garzas y águilas en busca del
banquete marino que quedaba en las charcas: cangrejos, gusanos, camarones y
almejas. Se podía caminar casi un kilómetro sobre el rico sedimento que quedaba
al descubierto con la marea baja.
Giró al llegar al
camino de gravilla privado por el que se accedía a Viñedos Sotavento. Si se
contemplaba el exterior de la casa, aún parecía destartalada y en muy malas
condiciones, pero el interior se había sometido a una reforma estructural
completa. Lo primero que hizo Joe fue arreglar el dormitorio de Holly. Pintó
las paredes de color azul celeste con una cenefa en blanco roto. Trasladó los
muebles del que había sido hasta entonces el dormitorio de la niña, e incluso
volvió a colocar las mariposas en el dosel de la cama.
El proyecto más
complicado hasta la fecha había sido el del cuarto de baño, empeñado como
estaba en que Holly tuviera uno decente. Kevin y él habían dejado los tabiques
desnudos, tan sólo con el armazón de madera, para instalar tuberías nuevas.
Después habían nivelado el suelo y habían colocado sanitarios nuevos. El lavabo
contaba con una encimera de mármol. Una vez que los tabiques estuvieron
recubiertos de nuevo por las placas de yeso, dejaron que Holly escogiera el
color de las paredes. Evidentemente, se decantó por el rosa.
—Es apropiado para
el diseño de la casa —dijo Joe, recordándole así a Kevin que las muestras de
color procedían de una paleta empleada en la época Mileyna.
—Es... de niñas
—protestó Kevin—. Cada vez que entro en ese cuarto de baño de color rosa, salgo
con ganas de hacer algo muy masculino.
—Sea lo que sea,
hazlo fuera para que no te veamos.
El siguiente
proyecto fue la cocina, donde Joe instaló una placa nueva con seis fuegos y un
nuevo frigorífico. Se vio obligado a rascar al menos seis capas de pintura
antigua de los marcos de las ventanas y de las puertas, para lo cual utilizó un
aparato de infrarrojos y una lijadora que le prestó Nick, que se mostró muy
generoso a la hora de ofrecerles herramientas, suministros y consejos. De
hecho, empezó a pasarse por la casa al menos una vez por semana, posiblemente
porque era un experto en reformas y en construcción, y porque saltaba a la
vista que necesitaban su ayuda. En sus manos, cualquier trozo de madera
inservible se convertía en algo útil e ingenioso.
Durante su segunda
visita, incluyó una serie de compartimentos en el armario de Holly para que la
niña colocara sus zapatos. Le encantó descubrir que algunos estaban ocultos,
como si fueran un escondite secreto. En otra ocasión, después de que Kevin y Joe
se percataran de que algunas de las vigas del porche estaban cediendo e incluso
descomponiéndose por la carcoma, Nick llegó acompañado por una cuadrilla de
trabajadores. Se pasaron todo el día colocando postes nuevos, sustituyendo las
vigas antiguas e instalando canalones. Joe y Kevin no habrían podido hacerlo
solos, de modo que le agradecieron la ayuda. Claro que conociendo a Nick...
—¿Qué crees que
quiere? —le preguntó Kevin a Joe.
—¿Evitar que su
sobrina acabe aplastada por un derrumbe?
—No, de esa forma
le estás atribuyendo motivaciones humanas, y recuerda que acordamos no hacerlo.
Joe intentó
contener una sonrisa en vano. Nick era tan frío y tan distante desde el punto
de vista emocional que a veces se planteaba si tendría pulso.
—A lo mejor se
siente culpable por no haberse relacionado más con Miley antes de que muriera.
—A lo mejor está
utilizando cualquier excusa para mantenerse alejado de Darcy. En el hipotético
caso de que no odiara tanto la idea del matrimonio, ver el de Nick me habría
hecho aborrecerla.
—Es obvio que un Jonas
no debe casarse con alguien que se parezca a nosotros —apostilló Joe.
—Yo creo que un Jonas
no debería casarse con una mujer que esté dispuesta a aceptarlo tal como es.
Fuera cual fuese
su motivo, Nick siguió ayudando con las reformas. Gracias a los esfuerzos de
los tres, la casa comenzó a tener mejor aspecto. O al menos a parecer habitable
para una familia normal.
—Como intentes
darnos la patada después de esto —le dijo Joe a Kevin—, te juro que acabas
enterrado en el patio.
Ambos sabían que
era imposible que Kevin los echara. Porque Kevin, para su sorpresa, adoraba a
la niña desde el primer día. Al igual que Joe, daría su vida por ella si fuera
necesario. Holly merecía lo mejor que pudieran darle.
Aunque al
principio Holly se mostró cauta, no tardó en encariñarse con sus tíos. Pese a
los consejos bienintencionados de muchas personas que les advertían que no la
malcriaran, ni Kevin ni Joe veían muestras de que su actitud indulgente le
estuviera ocasionando daño alguno. De hecho, les habría encantado ver a Holly
haciendo travesuras. Era una niña tan buena que siempre hacía lo que le decían.
En los días que no
había colegio, acompañaba a Joe a su empresa en Friday Harbor y observaba cómo
los granos de café arábica de color amarillo claro acababan con un brillante
tono marrón después de salir de la gigantesca torrefactora. A veces, Joe le
compraba un helado en la heladería situada cerca del puerto y después iban a
ver las embarcaciones y paseaban entre las hileras de yates, lanchas y barcos
de pesca.
Kevin solía
llevársela cuando iba a inspeccionar los viñedos, o a False Bay en busca de
erizos y estrellas de mar durante la marea baja. Se ponía los collares que
Holly hacía en el colegio con distintos tipos de pasta y colocaba sus dibujos
en las paredes de la casa.
—No tenía ni idea
de que esto fuera así —confesó Kevin una noche mientras entraba en casa con
Holly en brazos, ya que se había quedado dormida en el coche.
Habían pasado la
tarde en English Camp, el lugar donde los ingleses se asentaron durante la
ocupación británica antes de que la isla pasara a manos de los norteamericanos.
El parque nacional, con sus más de dos kilómetros de playa, era el lugar
perfecto para merendar al aire libre y jugar con el disco. A fin de que Holly
se lo pasara en grande, tanto Kevin como Joe se dedicaron a hacer acrobacias
mientras se lanzaban el juguete. Habían llevado consigo la caña de pescar y la
pequeña caja de aparejos de la niña, y Joe le había enseñado la mejor forma de
lanzar el anzuelo para pescar escorpinas en la orilla.

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