—Estar sola no te
garantiza la seguridad, Demi. Sólo te garantiza soledad.
Tras ese
comentario, Demi se subió al coche y él le cerró la puerta despacio. Y poco
después la vio alejarse por el camino.
Demi descubrió
aliviada que su relación con Joe volvió a la normalidad al día siguiente del de
Acción de Gracias. Le llevó café a la juguetería y se comportó con tanta
serenidad y simpatía que casi habría jurado que no había sucedido nada en su
porche.
El lunes, su día
libre, Joe le pidió que lo acompañara para comprar la decoración de Navidad,
dado que ni Kevin ni él tenían un solo adorno. Demi lo acompañó a varias
tiendas de Friday Harbor y le aconsejó comprar guirnaldas de flores frescas
para las repisas de las chimeneas y las puertas, una corona de acebo para la
entrada, un juego de velas con sus correspondientes candelabros de latón y un
poster de Papá Noel de estilo retro. Joe sólo protestó con una pirámide de
fruta ornamental de estilo colonial sureño, que sería el centro de mesa.
—Odio la fruta de
plástico —dijo.
—¿Por qué? Es
bonita. Es lo que usaban en la época Mileyna como decoración navideña.
—No me gusta ver
algo que parece que se puede comer pero que no es comestible. Preferiría que
estuviera hecha con fruta de verdad.
Demi sonrió
exasperada.
—No duraría el
tiempo necesario. Y si está hecha de fruta de verdad y te la comes, ¿luego qué?
—Compraría más
fruta.
Después de meter
toda la compra en su camioneta, Joe consiguió que aceptara su invitación a
cenar. Al principio, intentó negarse con la excusa de que se parecía demasiado
a una cita, pero él zanjó el asunto con un:
—Será como un
almuerzo, sólo que más tarde.
De modo que cedió.
Fueron a un restaurante íntimo a unos seis kilómetros de Friday Harbor, donde
ocuparon una mesa junto a la chimenea de piedra. A la luz de las velas,
comieron unas conchas de peregrino rellenas de paté de pato y queso de cabra, y
después un filet mignon con cobertura
de café.
—Si hubiera sido
una cita —le dijo Joe después de la cena—, habría sido la mejor de mi vida.
—Como ejercicio de
práctica ha sido estupendo —replicó Demi con una carcajada—, para cuando salgas
en serio con alguien.
Sin embargo,
incluso a ella le sonó falso y vacío de contenido.
A lo largo de las
semanas previas al día de Navidad, en la isla se sucedieron las actividades
festivas: conciertos, celebraciones, concursos para nombrar las mejores
iluminaciones y festivales. Lo que más ansiaba Holly era ver el desfile anual
de barcos. Patrocinado por el Club de Vela de Friday Harbor y el Club Náutico
de la isla de San Juan, consistía en una flotilla de barcos totalmente
iluminada que hacía el recorrido de ida y vuelta entre Shipyard Cove y el
puerto deportivo. Los dueños de los barcos que no participan en el desfile
también engalanaban sus embarcaciones. Cerraría el desfile el Barco de Papá
Noel, del que desembarcaría el propio Papá Noel en el muelle de Spring Street.
Allí lo recibirían los músicos y desde allí partiría hacia el sanatorio en un
camión de bomberos.
—Quiero verlo
contigo —le dijo Holly a Demi, que le prometió reunirse con ellos en el muelle
después de cerrar la juguetería.
Sin embargo, el
muelle y las zonas colindantes estaban atestados, y los espectadores y los
coros de villancicos resultaban ensordecedores. Demi deambuló entre la
multitud, abriéndose paso entre familias con sus hijos, parejas y grupos de
amigos. Los barcos iluminados relucían en la oscuridad, arrancando vítores a la
multitud. Se le cayó el alma a los pies al darse cuenta de que no podría
encontrar a Joe y a Holly con la facilidad que había previsto.
Daría igual, se
dijo. Se lo pasarían muy bien sin ella. Al fin y al cabo, no formaba parte de
su familia. Si
Holly se llevaba
una decepción porque no aparecía, se le olvidaría pronto.
Aunque eso no la
ayudó a deshacer el nudo que tenía en la garganta ni la presión que sentía en
el pecho. Siguió buscando entre la multitud, de familia en familia.
Le pareció
escuchar su nombre en el tumulto. Se detuvo, se volvió y miró bien a su alrededor.
A lo lejos, vio a una niña ataviada con un abrigo rosa y un gorro rojo. Era
Holly, que estaba junto a Joe y le hacía señas. Con un gemido aliviado, se
abrió paso hasta ellos.
—Te has perdido
algunos barcos —le dijo Holly al tiempo que se cogía de su mano.
—Lo siento —se
disculpó casi sin aliento—. Me ha costado encontraros.
Joe sonrió y le
pasó un brazo por los hombros, pegándola a su costado. La miró a la cara cuando
se percató de que inspiraba hondo.
—¿Estás bien? —le
preguntó.
Demi sonrió y
asintió con la cabeza, aunque estaba al borde del llanto.
«No —pensó—. No
estoy bien.»
Tenía la sensación
de que había despertado de uno de esos sueños en los que se corría con
desesperación en busca de algo o de alguien que nunca se alcanzaba, una de esas
pesadillas de las que no se podía escapar. Y en ese momento se encontraba donde
más le apetecía estar, con las dos personas con las que más anhelaba estar.
Era una sensación
tan maravillosa que la embargó el pánico.
—¿Estás segura de
que no quieres un árbol? —le preguntó Joe a Demi al lunes siguiente, mientras
ella lo ayudaba a meter un abeto perfecto en su camioneta.
—No me hace falta
—contestó con alegría mientras olía la resina fresca que se le había quedado en
los guantes y Joe aseguraba el abeto—. Siempre paso la Navidad en Bellingham.
—¿Cuándo te vas?
—En Nochebuena.
—Al percatarse de que Joe fruncía el ceño, añadió—: Antes de irme, dejaré un
regalo bajo el árbol para Holly, así podrá abrirlo el día de Navidad.
—Holly preferiría
abrirlo contigo delante.
Demi parpadeó, sin
saber muy bien cómo contestar. ¿Le estaba diciendo que quería que pasara la
Navidad con él? ¿Tenía pensado invitarla?
—Siempre paso el
día de Navidad con mi familia —dijo con cierta inseguridad.
Joe asintió con la
cabeza y lo dejó estar. Regresaron a Viñedos Sotavento y juntos consiguieron
meter el árbol por la puerta.
En la casa reinaba
el silencio, ya que Holly estaba en el colegio. Kevin había ido a Seattle para
visitar a unos amigos y para hacer algunas compras.
Demi sonrió al ver
la proliferación de copos de nieve de papel que colgaban de las puertas y de
los techos.
—Alguien ha estado
muy ocupado.
—Holly ha
aprendido a hacerlos en clase —dijo Joe—. Ahora se ha convertido en una fábrica
unipersonal de hacer copos de nieve.
Joe encendió la
chimenea mientras ella abría las cajas de luces para adornar el árbol.
En cuestión de una
hora, habían colocado el árbol en su sitio y lo habían adornado con las luces.
—Ahora viene la
parte mágica —dijo ella, que se metió en el estrecho hueco que quedaba detrás
del árbol para enchufar las luces. El árbol comenzó a brillar y a parpadear.
—No es magia
—replicó Joe, pero estaba sonriendo mientras contemplaba el árbol.
—¿Y qué es?
—Un sistema de
bombillas minúsculas iluminadas por el movimiento de los electrones a través de
un material semiconductor.
—Sí. —Demi levantó
el índice con gesto elocuente mientras se acercaba a él—. Pero ¿qué las hace
parpadear?
—La magia —cedió,
resignado, con una sonrisa en los labios.
—Exacto. —Lo miró
con una expresión satisfecha. Joe le pasó las manos por el pelo y le sujetó la
cabeza mientras la miraba a los ojos. —Te necesito en mi vida.
Demi fue incapaz
de moverse o de respirar. La declaración era sorprendente por su sinceridad,
por su claridad. No podía apartarse, no podía hacer nada salvo mirarlo,
hipnotizada por la expresión de esos ojos azules.
—Hace poco tiempo
le dije a Holly que el amor es una elección —continuó Joe—. Me equivoqué. El
amor no es una elección. La única elección posible es lo que vas a hacer con
él.
—Por favor
—susurró.
—Comprendo tus
miedos. Comprendo por qué es tan duro para ti. Y puedes elegir no arriesgarte.
Pero yo te querré de todas formas.
Demi cerró los
ojos.
—Tendrás todo el
tiempo del mundo —siguió él—. Puedo esperar hasta que estés preparada. Pero
tenía que decirte lo que siento.
Seguía sin poder
mirarlo a la cara.
—Nunca estaré
preparada para la clase de compromiso que quieres. Si quisieras sexo sin
ataduras, no tendría problema. Podría hacerlo. Pero...
—Vale.
Demi abrió los
ojos de par en par.
—¿Cómo que vale?
—Que acepto el
sexo sin ataduras.
Lo miró,
alucinada.
—¡Acabas de decir
que ibas a esperar!
—Y puedo esperar
para el compromiso. Pero mientras tanto, me conformo con el sexo.
—¿Te conformas con
una relación física que tal vez no llegue a otra cosa?
—Si es tu mejor
oferta...
Lo miró por fin y
vio la expresión risueña de sus ojos.
—Te estás quedando
conmigo —dijo.
—Lo mismo que tú.
—No me crees capaz
de hacerlo, ¿verdad?
—Pues no —contestó
él en voz baja.
Demi estaba
demasiado confusa como para analizar la maraña que eran sus emociones. Sentía
indignación, miedo, alarma e incluso cierta sorna... pero nada de eso era
responsable del deseo abrasador y vibrante que le quemaba el cuerpo. La sensación
se intensificó en lugares que le provocaron un intenso rubor y que hicieron que
fuera muy consciente de la cercanía de Joe. Lo deseaba, en ese preciso
instante, con una pasión arrolladora y desaforada.
—¿Cuál es tu
dormitorio? —le preguntó, y le extrañó muchísimo que no le temblara la voz.
Experimentó la
satisfacción de verlo abrir los ojos de par en par al tiempo que desaparecía la
expresión risueña.
Joe la condujo
escaleras arriba, mirándola de vez en cuando para asegurarse de que lo seguía.
Entraron en su dormitorio, limpio y con pocos muebles, con las paredes pintadas
en un color neutro imposible de distinguir a la mortecina luz invernal.
Antes de que el
valor la abandonase, Demi se quitó los zapatos, los vaqueros y el jersey La
frialdad reinante en el dormitorio hizo que se estremeciera, ya que sólo
llevaba la ropa interior. Cuando Joe se acercó a ella, levantó la cabeza y se
dio cuenta de que él también se había quitado el jersey y la camiseta, dejando
al desnudo su musculoso torso. Se movía con elegancia y cierta cautela, como si
no quisiera asustarla. Su mirada se posó en su cara con la suavidad de una
caricia.
—¡Eres preciosa!
—exclamó al tiempo que le acariciaba un hombro con los dedos.
Demi creyó que
pasaba una eternidad hasta que por fin terminó de desnudarla, besando cada
centímetro de piel que iba dejando al descubierto.
Cuando por fin
estuvo en la cama, desnuda, extendió los brazos hacia él. Joe se quitó los
vaqueros y la abrazó con fuerza. Demi notó que le ardía la piel mientras lo
exploraba. Joe la besó, primero con exquisitez y luego con insistencia hasta
que se rindió y se entregó a él por completo.
La invadió una
oleada de nuevas sensaciones. Las suaves y expertas caricias de sus labios y
sus manos despertaron la pasión.
Joe se colocó sobre
ella y le apartó el pelo de la cara, húmeda por el sudor.
—¿De verdad creías
que iba a ser menos que esto? —le preguntó con ternura.
Demi lo miró,
estremecida hasta lo más hondo de su alma. Porque para ellos no podía haber
nada que no fuera amor, nada que no fuera la eternidad. La verdad latía en sus
desbocados corazones, en el palpitante deseo que compartían. Ya no podía seguir
negándolo.
—Hazme el amor
—susurró, porque lo necesitaba, porque deseaba ser suya.
—Siempre. Demi,
amor mío...
Joe se hundió en
ella con un movimiento certero que la llenó por entero. Notaba la fuerza de su
presencia rodeándola, poseyéndola. El placer la abrumó en oleadas cada vez más
intensas y más exquisitas hasta que gritó al alcanzar el clímax. Se aferró a su
espalda, y notó cómo se le contraían los músculos bajo la piel sudorosa. Joe no
tardó en alcanzar el clímax en el dulce puerto de sus brazos.
Después siguieron
acurrucados el uno junto al otro, sumidos en un silencio trascendental.
Habría más
preguntas que formular, más respuestas que descubrir. Pero eso podía esperar de
momento, pensó Demi, saturada por la novedad, por las posibilidades. Y por la
esperanza.

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