—Sé que está fuera
de mi alcance. Pero cuando nos vemos, da la impresión de que estemos tonteando,
aunque no es cierto.
—A mí no me parece
un problema —le aseguró Elizabeth.
—¿Ah, no?
—No. El problema
llegará cuando no tengas la impresión de que estáis tonteando. Así que,
adelante, sigue tonteando, a lo mejor ése es el motivo que te impide acostarte
con él.
En Halloween, Joe
insistió en que Kevin fuera el encargado de llevar a Holly a las actividades
que tendrían lugar en Friday Harbor, entre las que se incluía una sesión
cinematográfica en la biblioteca, la búsqueda de caramelos en las tiendas y una
fiesta infantil en el parque.
—Asegúrate de
pasarte por la juguetería para ver a Demi —añadió.
—¿Estás seguro?
—le preguntó Kevin, no muy convencido.
—Sí. Todo el mundo
quiere que os conozcáis, Demi incluida. Así que ve. Invítala a salir si te
gusta.
—No sé —dijo
Kevin—. Con la cara que has puesto...
—¿Qué cara?
—La que pones
justo antes de darle una paliza a alguien.
—No voy a darle
una paliza a nadie —replicó con calma—. No es mía. Estoy con Shelby.
—¿Y por qué tengo
la sensación de que invitar a salir a Demi sería como quitarte la novia?
—Ni de coña. Estoy
con Shelby.
Kevin se echó a
reír por lo bajo y se rascó la cabeza.
—Tu nuevo mantra.
Vale, le echaré un ojo.
Más tarde Kevin
volvió a casa con Holly, que se lo había pasado en grande durante los festejos
de Halloween y que había llenado una calabaza de plástico con caramelos. Con
mucha ceremonia, extendieron los caramelos en la mesa, los admiraron y Holly
escogió un par para comérselos en ese preciso momento.
—Vale, hora de
bañarse —dijo Joe, que se agachó para que Holly se le subiera a la espalda—.
Creo que eres el hada más sucia y pegajosa que he visto en la vida.
—Tú no crees en
las hadas —replicó Holly con una risilla mientras la llevaba a cuestas a la
planta superior.
—Claro que sí.
Tengo una aquí mismo.
Después de llenar
la bañera y dejarle un camisón limpio y una toalla sobre la tapa del inodoro,
Joe volvió a bajar. Kevin había terminado de guardar los caramelos en una bolsa
enorme y estaba recogiendo la cocina.
—¿Y bien?
—preguntó Joe con voz gruñona—. ¿Os pasasteis por la tienda?
—Nos hemos pasado por
una veintena de tiendas. El pueblo era un hervidero de gente.
—Me refiero a la
juguetería —puntualizó Joe entre dientes.
—Ah, que me
preguntabas por Demi. —Kevin sacó una cerveza del frigorífico—. Sí, y es un
bombón. Y Holly está loca por ella. Se sentó en el mostrador y ayudó a Demi a
dar caramelos a los niños. Creo que se habría quedado toda la noche si la dejo.
—Se detuvo con la cerveza a medio camino—. Pero no voy a invitarla a salir.
Joe lo miró con
expresión alerta.
—¿Por qué no?
—Me hizo el Heisman.
—¿El qué?
—Ya sabes...
—Kevin imitó la pose, con un brazo extendido y listo para bloquear a un rival,
del trofeo Heisman que todos los años se otorgaba al mejor jugador de fútbol
americano—. Fue muy simpática, pero no estaba interesada.
—Pues debería estarlo
—replicó Joe, molesto—. Estás soltero, no tienes mala planta... ¿Qué problema
tiene?
Kevin se encogió
de hombros.
—Es viuda. A lo
mejor sigue echando de menos a su marido.
—Ya es hora de que
lo olvide —protestó—. Han pasado dos años. Tiene que empezar a vivir de nuevo.
Tiene que arriesgarse con otra persona.
—¿Como tú?
—preguntó Kevin con sagacidad.
Joe lo fulminó con
la mirada.
—Estoy con Shelby.
—Sí, ya me lo has
dicho —repuso su hermano con una carcajada—. Sigue repitiéndolo, que a lo mejor
hasta te lo crees al final.
Joe subió de
nuevo, contrariado. Se había dicho que no era asunto suyo si Demi volvía a
salir con alguien, si acaso lo hacía. Entonces, ¿por qué le molestaba tanto la
situación?
Holly ya estaba en
su dormitorio, con su camisón rosa puesto y tumbada en la cama, a la espera de
que la arropase. La lamparita estaba encendida y su cálida luz se filtraba a
través de la pantalla rosa. Holly miraba fijamente las alas de su disfraz, que
estaban colgadas del respaldo de una silla. Su cara, de piel sedosa y blanca,
estaba enrojecida. A Joe se le encogió el corazón al darse cuenta de que la
niña tenía los ojos llenos de lágrimas.
Se sentó en la
cama y la estrechó entre sus brazos.
—¿Qué pasa?
—susurró—. ¿Por qué lloras?
Holly le respondió
con voz entrecortada:
—Me gustaría que
mamá pudiera verme con mi disfraz.
Joe besó esa
melena rubia y la delicada curva de una oreja. Se limitó a abrazarla con fuerza
un buen rato.
—Yo también la
echo de menos —dijo al final—. Creo que te está observando, aunque tú no puedas
verla ni oírla.
—¿Como un ángel?
—Sí.
—¿Crees en los
ángeles?
—Sí —contestó sin
vacilar, a pesar de que siempre había dicho y pensado todo lo contrario. Porque
no tenía motivos para cerrarse a la posibilidad, sobre todo si la idea
consolaba a Holly.
La niña se apartó
un poco para mirarlo a la cara.
—No sabía que
creías en los ángeles.
—Pues lo hago —le
aseguró—. La fe es una elección personal. Puedo creer en los ángeles si quiero.
—Yo también creo
en los ángeles.
Joe le acarició el
pelo.
—Nadie podrá
reemplazar jamás a tu madre. Pero yo te quiero tanto como ella y siempre te
cuidaré. Y Kevin también.
—Y el tío Nick.
—Y el tío Nick.
Pero estaba pensando una cosa... ¿Y si me caso con alguien para que me ayude a
cuidarte, alguien que te quiera como una madre? ¿Te gustaría?
—Mmmm.
—¿Qué te parece
Shelby? Te cae bien, ¿verdad?
Holly meditó la
respuesta.
—¿Te has enamorado
de ella?
—Le tengo cariño.
Mucho.
—Se supone que no
debes casarte con alguien si no estás enamorado.
—Bueno, el amor es
otra elección personal.
Holly meneó la
cabeza.
—Pues yo creo que
es algo que te pasa.
Joe sonrió al ver
esa carita ansiosa.
—A lo mejor es las
dos cosas —replicó antes de arroparla.
El fin de semana
siguiente Joe fue a Seattle para ver a Shelby. La fiesta de compromiso de su
prima se celebraría el viernes por la noche en el Club Náutico de Seattle, en
Portage Bay. Era otro paso en su progresiva relación: asistir a un evento
familiar y conocer a los padres de Shelby. Esperaba llevarse bien con ellos.
Por la descripción de Shelby, parecían personas decentes y muy normales.
—Los vas a querer,
ya lo verás —le dijo ella—. Y ellos te van a querer muchísimo.
El uso del verbo
«querer» hizo que Joe se tensara. De momento, ni Shelby ni él habían llegado a
decirse «Te quiero», pero estaba seguro de que ella se moría por hacerlo. Y eso
hacía que se sintiera muy culpable, porque no estaba esperando ansioso el
momento. Por supuesto, respondería en consonancia. Y lo diría en serio, pero
seguramente no con el sentido con el que ella soñaba.
Unos pocos meses
antes habría dicho que era incapaz de sentir amor. Sin embargo, Holly le había
demostrado todo lo contrario. Porque el sentimiento de querer proteger a Holly,
de querer dárselo todo, y ese atávico impulso de hacerla feliz... Era amor, no
le cabía la menor duda. Nada de lo que hubiera sentido hasta ese momento podía
comparársele.
El viernes por la
tarde, embarcó en un vuelo hacia Seattle, preocupadísimo porque Holly había
vuelto del colegio con un poco de fiebre. Treinta y siete con siete, para ser
exactos.
—Debería
cancelarlo —le dijo a Kevin.
—Estás de coña,
¿verdad? Shelby te mataría. Lo tengo todo bajo control. Holly estará bien.
—No dejes que se
acueste tarde —le ordenó con severidad—. No dejes que coma porquerías. Y como se
salte la siguiente dosis de ibuprofeno, te voy a...
—Que sí, que ya lo
sé. No va a pasar nada.
—Si Holly sigue
mal mañana, el pediatra pasa consulta los sábados hasta el mediodía...
—Lo sé. Sé todo lo
que tú sabes. Si no te vas ahora mismo, perderás el vuelo.
Se marchó a
regañadientes después de darle una dosis de ibuprofeno a Holly. La dejó tumbada
en el sofá, viendo una película. Parecía muy pequeña y frágil, con la cara muy
blanca. Le preocupaba dejarla, aunque Kevin le había asegurado que no pasaría nada.
—No voy a
separarme del móvil —le dijo a Holly—. Si quieres hablar conmigo o me
necesitas, llámame cuando quieras. ¿Vale, cariño?
—Vale. —Y Holly le
regaló esa sonrisa mellada que siempre le derretía el corazón.
Se inclinó sobre
ella, le dio un beso en la frente y luego se frotaron la nariz.
Le sentaba mal
salir de la casa y dirigirse al aeropuerto. Su instinto le gritaba que se
quedase. Pero sabía lo importante que era ese fin de semana para Shelby y no
quería hacerle daño ni avergonzarla al no acudir a un evento familiar.
Una vez en
Seattle, Shelby fue a recogerlo al aeropuerto en su BMW Z4. Llevaba un vestido
negro muy elegante, tacones negros y el pelo rubio suelto. Una mujer guapa y
elegante. Cualquier hombre tendría suerte de estar con ella, pensó. Le gustaba
Shelby. La admiraba. Disfrutaba de su compañía. Pero la falta de discordia y de
intensidad entre ellos, que hasta ese momento le parecía estupenda, había
comenzado a preocuparlo.
—Vamos a cenar con
Bill y Allison antes de la fiesta —dijo ella.
Allison era la
mejor amiga de Shelby desde la universidad y en ese momento era la madre de
tres niños.
—Estupendo. —Joe
esperaba poder olvidarse de Holly lo suficiente como para disfrutar de la cena.
Se sacó el móvil del bolsillo para comprobar si tenía mensajes de Kevin.
Nada.
Al percatarse de
que tenía el ceño fruncido, Shelby le preguntó:
—¿Cómo está Holly?
¿Sigue pachucha?
Joe asintió con la
cabeza.
—Hasta ahora nunca
se había puesto enferma. Al menos, no desde que está conmigo. Tenía fiebre
cuando salí de casa.
—Se le pasará —fue
la respuesta tranquilizadora de Shelby. Tenía una sonrisa en los labios
ligeramente maquillados—. Me resulta enternecedor que estés tan preocupado por
ella.
Se dirigieron a un
restaurante minimalista del centro de Seattle, cuya estancia principal estaba
dominada por una pirámide de botellas de vino de seis metros de alto. Pidieron
un excelente pinot noir y Joe apuró su copa a toda prisa con la esperanza de
que lo ayudara a relajarse.
Había comenzado a
llover y el agua golpeaba los ventanales. La lluvia caía con tranquilidad, pero
de forma continua, y las nubes se movían por el cielo como si fueran sábanas
recién sacadas de la secadora. Los edificios aguardaban pacientes a que
terminase el azote de los elementos, dejando que la tormenta formara cascadas
sobre el pavimento, las cunetas cubiertas de vegetación y las zonas
ajardinadas. Seattle era una ciudad que sabía qué hacer con el agua.
Mientras observaba
los dibujos que creaban los chorros de agua que se deslizaban por las fachadas
de piedra y cristal de los edificios, Joe no dejaba de pensar en la noche
lluviosa de hacía menos de un año que lo había cambiado todo. Comprendió que
antes de que Holly llegara a su vida, había medido sus emociones como si fueran
una sustancia finita. En ese momento no tenía posibilidad alguna de
contenerlas. ¿Lo de ser padre mejoraba con el tiempo? ¿Llegaba un momento en el
que uno dejaba de preocuparse?
—Es una faceta
nueva —dijo Shelby con una sonrisa curiosa cuando lo vio comprobar su móvil por
enésima vez durante la cena—. Cariño, si Kevin no te ha llamado, quiere decir
que todo está bien.
—A lo mejor quiere
decir que algo va mal y que no ha tenido tiempo para llamarme —replicó.
Allison y Bill, la
otra pareja, se miraron con la sonrisa y la expresión de superioridad de los
padres experimentados.
—Es más duro con
el primero —afirmó Allison—. Te llevas un susto de muerte cada vez que les da
fiebre... pero con el segundo o el tercero ya dejas de preocuparte tanto.
—Los niños son muy
resistentes —añadió Bill.
Aunque sabía que
esas palabras estaban pensadas para tranquilizarlo, no le sirvieron de nada.
—Será un buen
padre algún día —le dijo Shelby a Allison con una sonrisa.
Ese halago, que
seguramente había pronunciado para complacerlo, sólo consiguió despertar su
irritación. ¿Algún día? Ya era padre. Ser padre implicaba algo más que la mera
contribución biológica... De hecho, eso era lo de menos.
—Tengo que llamar
a Kevin, ahora vuelvo —le dijo a Shelby—. Sólo quiero saber si le ha bajado la
fiebre.

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