sábado, 29 de diciembre de 2012

ღ ☆♥Una Navidad Magica♡★ღ Jemi Cap. 16


—¡Madre mía! ¿Qué es eso?

Nick clavó la vista en la puerta trasera con expresión imperturbable.

—Creo que ha sido el pavo.
 
La puerta trasera se abrió de golpe y por ella entró una enorme figura envuelta en una nube de humo. Era Joe, que llevaba gafas de seguridad y unos largos guantes acolchados que le llegaban hasta los codos. Se acercó al fregadero, rebuscó en el armario y sacó un extintor.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Nick.

—El pavo ha explotado en cuanto lo hemos metido en la freidora.

—¿Lo habéis descongelado antes?

—Ha estado dos días descongelándose en el frigorífico —contestó Joe, recalcando la parte del tiempo. Al ver a Demi, se quedó de piedra—. ¿Qué haces aquí?

—Eso no importa. ¿Kevin está bien?

—De momento. Pero no lo estará en cuanto le ponga las manos encima.

Se produjo otro nuevo fogonazo en el exterior, acompañado por unos cuantos improperios.

—Será mucho mejor que apagues el pavo —sugirió Nick.

Joe lo fulminó con la mirada.

—¿Te refieres al pajarraco o a Kevin? —Y desapareció rápidamente mientras cerraba la puerta al salir.

Demi fue la primera en hablar.

—Cualquier método culinario que implique vestirse con protección de los pies a la cabeza...

—Lo sé.

Nick se frotó los ojos. Parecía llevar bastante tiempo sin dormir bien.

Cuando dirigió la mirada al reloj que había en la pared, Demi se dio cuenta de que si se marchaba en ese preciso momento, tendría el tiempo justo para llegar al ferry.

Pensó en el Día de Acción de Gracias en casa de sus padres, en las hordas de niños, en la cocina abarrotada, en sus hermanos y sus respectivos cónyuges pelando, cortando y mezclando ingredientes. Y después pensó en la larga y amena cena... y en la conocida sensación de encontrarse sola rodeada por una multitud. Nadie la necesitaba en casa de sus padres. En Viñedos Sotavento, en cambio, saltaba a la vista que podría ser de cierta utilidad. Miró a Holly, que estaba apoyada en ella, y le dio unas palmaditas en la espalda para tranquilizarla.

—Nick —preguntó—, ¿podrá funcionar el horno hoy?

—Dame media hora —respondió él.

Demi se acercó al frigorífico, lo abrió y vio que había leche, huevos, mantequilla y verduras frescas. La alacena también estaba muy bien provista. Salvo por el pavo, parecían tener todo lo necesario para preparar una cena de Acción de Gracias. El problema era que no sabían qué hacer con todo eso.

—Holly, cariño, ve a por tu chaqueta —le dijo a la niña—. Te vienes conmigo.

—¿Adónde vamos?

—A hacer un par de recados.

Cuando la niña se fue en busca de su chaqueta, Demi le dijo a Nick:

—La traeré enseguida.

—A lo mejor ya no estoy aquí —replicó él—. En cuanto arregle esto, me vuelvo a mi casa.

—¿Vas a pasar el Día de Acción de Gracias con tu mujer?

—No, mi mujer está en San Diego con su familia. Nos estamos divorciando. Tengo planeado pasar el día bebiendo hasta que me sienta tan feliz como cuando era soltero.

—Lo siento —dijo Demi, y lo decía de corazón.

Nick se encogió de hombros.

—El matrimonio es una mierda —dijo con voz fría—. Cuando nos casamos, sabía que teníamos un cincuenta por ciento de probabilidades de que funcionara.

Demi lo miró con expresión pensativa.

—No creo que uno deba casarse a menos que esté seguro al cien por cien.

—Eso no es realista.

—No —admitió ella con una media sonrisa—. Pero es un buen comienzo. —Se volvió hacia Holly, que había regresado con su chaqueta.

—Antes de irte, ¿podrías hacer algo con ese perro? —le preguntó Nick antes de lanzarle una mirada asesina a Winston, que estaba sentado tan tranquilo.

—¿Te molesta?

—Cuando me mira con esos ojos de desquiciado, me entran ganas de vacunarme o algo.

—Así es como Winston mira a la gente, tío Nick —le explicó Holly—. Eso quiere decir que le gustas.

Demi cogió a Holly de la mano, salió de la casa y pulsó una tecla de marcación rápida en su móvil de camino al coche. Contestaron de inmediato.

—Feliz Día de Acción de Gracias —escuchó que decía su padre.

Demi sonrió al oír los ruidos tan conocidos de fondo, una mezcla de ladridos, llantos de bebé, golpes de platos y cazuelas, y la melodía de Perry Como y su «En casa de vacaciones».

—Hola, papá. Feliz Acción de Gracias a ti también.

—¿Vienes de camino?

—Pues no. Y me estaba preguntando... ¿crees que este año podríais pasar sin mi timbal de macarrones con queso?

—Depende. ¿Por qué tendría que conformarme y pasar sin él?

—Estaba pensando en pasar Acción de Gracias con unos amigos, aquí en la isla.

—¿Uno de esos amigos es quizá don Trayecto en Ferry?

Demi sonrió a su pesar.

—¿Por qué siempre me voy de la lengua contigo?

Su padre se echó a reír.

—Que te lo pases bien y llámame después para contármelo. Y en cuanto a mi timbal de macarrones con queso, mételo en el congelador y tráemelo la próxima vez que vengas.

—No puedo, tengo que servirlo hoy. Mi amigo, que se llama Joe, ha incinerado las guarniciones y ha volado el pavo.

—¿Así ha conseguido que te quedes? Qué listo.

—No creo que lo hiciera a propósito —replicó con una carcajada—. Te quiero, papá. Dale a mamá un beso de mi parte. Y gracias por ser tan comprensivo.

—Pareces feliz, cariño... —dijo su padre—. Eso hace que me sienta más agradecido que nada de este mundo.

«Soy feliz», se dio cuenta Demi cuando cortó la llamada. Se sentía... eufórica. Sentó a Holly al asiento trasero del coche y se inclinó para abrocharle el cinturón de seguridad. Mientras ajustaba bien las cintas, recordó el fuego y el humo que había visto a través de la ventana de la cocina y fue incapaz de contener una carcajada.

—¿Te estás riendo porque mis tíos han volado el pavo? —preguntó Holly.

Demi asintió con la cabeza mientras intentaba, sin éxito, contener otra carcajada.

Holly comenzó a reírse. Sus ojos se encontraron y la niña dijo con inocencia:

—No sabía que los pavos volaban.

El comentario hizo que ambas se echaran a reír, y se abrazaron, entre carcajadas, hasta que Demi tuvo que secarse las lágrimas.

 

 

Cuando Demi y Holly volvieron a la casa, Joe y Kevin ya habían limpiado el desastre del patio trasero y estaban en la cocina, pelando patatas. Al ver a Demi, Joe se acercó a ella de inmediato para quitarle el pesado paquete que llevaba en las manos: un enorme recipiente de aluminio con pavo suficiente como para darle de comer a una familia de doce personas. Holly la seguía con un enorme tarro de salsa. El olor del pavo asado con salvia, ajo y albahaca se filtraba a través de la tapa.

—¿De dónde ha salido todo esto? —preguntó Joe, que dejó el recipiente en la encimera.

Demi lo miró con una sonrisa.

—Viene bien tener contactos. El yerno de Elizabeth tiene un restaurante en Roche Harbor Road y sirven menú de Acción de Gracias todo el día. Así que llamé y pedí pavo para llevar.

Joe apoyó una mano en la encimera y la observó con detenimiento. Recién duchado y afeitado, tenía un atractivo muy viril que provocó el despertar de sus sentidos.

Escuchar esa voz ronca le provocó un hormigueo en el estómago.

—¿Por qué no has cogido el ferry?

—He cambiado de opinión.

Joe inclinó la cabeza y la besó con ternura, pero de forma tan arrolladora que se ruborizó y se le aflojaron las rodillas. Mientras parpadeaba, Demi se dio cuenta de que Joe la había besado delante de su familia. Lo miró con el ceño fruncido y después clavó la vista más allá de su hombro para ver si los estaban mirando, pero Kevin estaba absorto pelando patatas y Nick se había puesto a preparar una ensalada en un enorme cuenco de madera. Holly estaba en el suelo con Winston, dejando que el perro lamiera la tapa del tarro de salsa.

—Holly, asegúrate de tirar esa tapa cuando Winston termine con ella —le dijo—. No vuelvas a ponérsela al tarro.

—Vale. Pero mi amigo Christian dice que la boca de un perro está mucho más limpia que la de un humano.

—Pregúntale a tu tío Joe —dijo Kevin— si prefiere besar a Demi o a Winston.

—Kevin —lo reprendió el aludido, pero su hermano se limitó a mirarlo con una sonrisa.

Con una risilla, Holly apartó la tapa de Winston y la tiró con mucha ceremonia al cubo de la basura.

Bajo la batuta de Demi, el grupo consiguió preparar una cena de Acción de Gracias bastante aceptable, incluido el timbal de macarrones con queso, un gratinado de patatas, guisantes salteados, ensalada, pavo y una salsa sencilla a base de picatostes, nueces y salvia.

Kevin abrió una botella de vino tinto y llenó copas para los adultos. Y con mucha pompa llenó una copa con zumo de mosto para Holly.

—Yo haré el primer brindis —dijo—. Por Demi, gracias por haber salvado el Día de Acción de Gracias. —Todos se sumaron al brindis.

Demi miró de reojo a Holly. La niña imitaba a su tío agitando el mosto en su copa y oliéndolo antes de catarlo. Vio que Joe también se había percatado del gesto y que estaba conteniendo una sonrisa. La escena incluso había logrado que el taciturno Nick sonriera.

—No podemos brindar sólo por mí —protestó Demi—. Tenemos que brindar por todos.

Joe alzó su copa.

—Por el triunfo de la esperanza sobre la experiencia —dijo, y todos volvieron a brindar.

Demi lo miró con una sonrisa. Un brindis perfecto, pensó, para lo que se había convertido en un día perfecto.

Después de la cena y de un postre que consistió en tarta y café para los adultos, y tarta y leche para Holly, recogieron los platos y la cocina, y guardaron las sobras en el frigorífico. Kevin encendió el televisor, encontró un partido de fútbol y se tumbó en una hamaca. Hasta arriba de comida, Holly se acurrucó en una esquina del sofá y se quedó dormida enseguida. Demi la arropó con una manta y se sentó junto a Joe en el otro extremo del sofá. Winston se fue a su cama, que estaba en un rincón, y se dejó caer con un gruñido encantado.

Aunque no le gustaba demasiado el fútbol, sí le gustaba el ritual de ver un partido el Día de Acción de Gracias. Le recordaba todas las festividades que había pasado con su padre y sus hermanos, mientras todos vociferaban, chillaban, gemían y protestaban las decisiones arbitrales.

Nick apareció en la puerta.

—Me voy ya —dijo.

—Quédate a ver el partido —replicó Kevin. —Nos hará falta ayuda para acabar con las sobras —añadió Joe.

Nick meneó la cabeza.

—Gracias, pero ya he cumplido con mi cuota familiar. Encantado de conocerte, Demi.

—Lo mismo digo.

Kevin puso los ojos en blanco después de que Nick se fuera.

—Va repartiendo alegría y felicidad por donde pasa.

—Dado que su matrimonio está haciendo aguas —comentó ella—, es normal que esté pasando por una etapa sombría.

El comentario pareció hacerles mucha gracia.

—Cariño, Nick está pasando una etapa sombría desde que tenía dos años —le aseguró Joe.

Al final, se descubrió acurrucada contra Joe. Su cuerpo era duro y cálido, y su hombro era el apoyo perfecto para descansar la cabeza. Vio el partido sin prestarle demasiada atención, ya que la pantalla se convirtió en una amalgama de colores borrosos mientras disfrutaba de la sensación de estar tan cerca de Joe.

—El timbal estaba incluso mejor de lo que había imaginado —le oyó decir.

—Lleva un ingrediente secreto.

—¿Cuál?

—No te lo diré a menos que tú me digas el tuyo.

—Tú primero —insistió él con voz risueña.

—Le añado un poquito de aceite de trufa a la salsa. Ahora dime qué le echas al café.

—Una pizca de azúcar de arce.

Joe le había cogido una mano y le acariciaba los nudillos con el pulgar. La inocente sensualidad de sus caricias le provocó un escalofrío, aunque logró disimularlo. Sentía una mezcla de placer y desesperación, ya que en su fuero interno reconocía que para ser una mujer que había decidido no involucrarse, había tomado un montón de decisiones bastante cuestionables de un tiempo a esa parte.

¿Qué fue lo que dijo Elizabeth? Que el problema llegaba cuando la sensación de estar tonteando desaparecía. Era imposible negar que había traspasado las barreras del tonteo, que lo suyo con Joe trascendía lo superficial. Podría enamorarse de él si se lo permitía. Podría quererlo loca, apasionada y destructivamente.

Joe era la trampa que se prometió evitar a toda costa.

—Tengo que irme —susurró.

—No, quédate. —Joe la miró a la cara y lo que vio en sus ojos hizo que le acariciara la mejilla con el gesto más dulce que podía imaginar—. ¿Qué pasa? —murmuró.

Demi meneó la cabeza e intento sonreír mientras se apartaba de él. Todos sus músculos se tensaron en protesta al abandonar el consuelo de su cercanía. Se acercó a Holly, que seguía durmiendo plácidamente, y se inclinó para darle un beso.

—¿Te vas? —preguntó Kevin, que se levantó de la hamaca.

—No hace falta que te levantes —le dijo, pero Kevin se le acercó y le dio un abrazo fraternal.

—Que sepas que si pierdes interés por mi hermano —le dijo Kevin con jovialidad—, soy una alternativa interesante.

Demi soltó una carcajada y meneó la cabeza.

 

 

Joe acompañó a Demi al exterior, embargado por el deseo, el compañerismo y la comprensión, todo ello teñido de cierta frustración. Entendía el conflicto interior de Demi, seguramente mejor de lo que ella creía. Y era consciente de que debía obligarla, con mucha delicadeza, a hacer algo para lo que ella no se consideraba preparada. Si se tratase de una cuestión de paciencia, le habría concedido todo el tiempo del mundo. Pero la paciencia no bastaría para lograr que Demi superara sus miedos.

La detuvo en el porche delantero, ya que quería hablar con ella unos minutos antes de quedar expuestos a la fría brisa nocturna.

—¿Mañana vas a estar en la juguetería? —le preguntó.

Demi asintió con la cabeza sin mirarlo a los ojos.

—Hasta después de Navidad hay mucho ajetreo.

—¿Qué te parece si cenamos una noche esta semana?

La pregunta la instó a mirarlo. Demi tenía una expresión tierna en los ojos y en los labios, un rictus triste.

—Joe, yo... —Se detuvo y tragó saliva.

Parecía tan desolada que la abrazó de forma instintiva, pero ella se tensó y colocó sus brazos entre ellos. Joe siguió abrazándola de todas formas. Las volutas de vaho de sus alientos se mezclaban en el aire.

—¿Cómo es que Kevin puede abrazarte y yo no? —susurró.

—Es un abrazo diferente —consiguió decir Demi.

Joe inclinó la cabeza hasta que sus frentes se tocaron.

—Porque me deseas —murmuró.

Demi no lo negó.

Pasó un buen rato antes de que Demi moviera los brazos y le rodeara la cintura.

—No soy lo que necesitas —dijo, aunque su voz quedaba amortiguada por el jersey—. Necesitas a alguien que pueda comprometerse contigo y con Holly. Alguien que pueda formar parte de vuestra familia.

—Pues hoy lo has hecho muy bien.

—Te he estado dando señales contradictorias. Lo sé. Y lo siento. —Suspiró antes de continuar con un deje burlón—: Al parecer eres demasiado tentador para mí.

—Pues cede a la tentación —le dijo en voz baja.

Joe la sintió estremecerse por la risa. Pero cuando Demi lo miró, conteniendo otra carcajada, se percató de que tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Por Dios, ni se te ocurra —susurró. Una solitaria lágrima resbaló por su mejilla y él la atrapó con el pulgar—. Si no paras ahora mismo, tendré que hacerte el amor en este porche helado lleno de astillas.

Demi le enterró la cara en el pecho, inspiró hondo un par de veces y volvió a mirarlo a la cara.

—Seguramente te parezca cobarde —dijo—, pero sé cuáles son mis limitaciones. No sabes lo que pasé mientras veía a mi marido consumirse lentamente durante más de un año. Estuvo a punto de destruirme. No puedo volver a hacerlo. Nunca más. Ésa fue mi única oportunidad.

—Tuviste una oportunidad que se acabó poco después de que comenzara —señaló Joe, invadido por un anhelo impaciente y acicateado por el placer de tenerla entre sus brazos—. Tu matrimonio no tuvo ocasión de despegar. No tuvisteis una hipoteca, un perro, unos niños ni discusiones sobre quién tenía que encargarse de la colada. —Al ver la trémula curva de su labio inferior, fue incapaz de reprimir el impulso de besarla, aunque lo hizo con demasiada impulsividad y rapidez como para disfrutarlo—. Pero es mejor no hablar de eso ahora mismo. Vamos, te acompaño hasta el coche.

Los dos guardaron silencio de camino al coche. Demi se volvió para mirarlo a la cara y Joe se la tomó entre las manos y la besó de nuevo, aunque en esa ocasión dejó que el beso se alargara hasta que Demi gimió y empezó a devolvérselo.

Joe levantó la cabeza, le acarició esos rizos rebeldes y le dijo con voz ronca por la emoción:

—Estar sola no te garantiza la seguridad, Demi. Sólo te garantiza soledad.

Tras ese comentario, Demi se subió al coche y él le cerró la puerta despacio. Y poco después la vio alejarse por el camino.

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