Querido
Papá Noel:
Este año
sólo quiero una cosa
Una mamá
Por favor
no te olvides de que ahora vivo en Friday Harbor, gracias te quiere
HOLLY
Hasta la muerte de
su hermana Miley, Joe Jonas había tratado a Holly, su sobrina, con el cariñoso
desapego de un tío soltero. La había visto en las reuniones familiares durante
las vacaciones y siempre se había acordado de comprarle algo por su cumpleaños
y por Navidad. Normalmente, tarjetas de felicitación. En eso había consistido
su relación con Holly, y había sido más que suficiente.
Sin embargo, todo
cambió una lluviosa noche de abril en Seattle, cuando Miley murió en un
accidente de tráfico en la I-5. Dado que su hermana nunca había mencionado un
testamento ni los planes que había hecho para el futuro de Holly, Joe no tenía
ni idea de lo que le pasaría a su sobrina de seis años. El padre estaba
desaparecido del mapa. Miley nunca había revelado su identidad, ni siquiera a
sus amigas íntimas. Joe estaba casi seguro de que su hermana no le había
hablado al padre de la existencia de la niña.
Cuando Miley se
mudó a Seattle, se unió a un grupo bohemio, formado por músicos y otro tipo de
artistas. Como resultado, mantuvo una sucesión de relaciones muy cortas que le
proporcionaron toda la juerga creativa que ansiaba. Sin embargo, al final tuvo
que admitir que el afán por realizarse como persona debía estar respaldado por
un sueldo fijo. De modo que hizo una entrevista en una empresa de software y
consiguió un puesto en recursos humanos, con un sueldo decente y unos
beneficios sociales increíbles. Por desgracia, fue más o menos cuando descubrió
que estaba embarazada.
—Es mejor para
todos que el padre no se involucre —le dijo a Joe cuando le preguntó de quién
se trataba.
—Necesitas que
alguien te ayude —protestó él—. Qué menos que ese tío se haga cargo de su
responsabilidad económica. Tener un hijo no es barato.
—Me las puedo
apañar sola.
—Miley... ser
madre soltera no es moco de pavo.
—La idea de ser
padre, de la manera que sea, te acojona —replicó Miley—. Algo totalmente
comprensible dada nuestra infancia. Pero quiero a este bebé. Y lo haré bien.
Y lo había hecho. Miley
resultó ser una madre responsable, paciente y cariñosa con su única hija,
atenta sin caer en la sobreprotección. Sólo Dios sabía de dónde había sacado
sus habilidades maternales. Seguro que eran instintivas, porque desde luego no
las había aprendido de sus padres.
Joe sabía sin
lugar a dudas que él carecía de instinto paternal. Razón por la que se llevó un
susto de muerte al enterarse no sólo de que había perdido a su hermana, sino de
que también había adquirido una niña.
Que lo nombraran
tutor legal de Holly fue algo que no había previsto. Se sabía un hombre capaz
de hacer muchas cosas y sabía que podía apañárselas en los imprevistos, pero de
ahí a verse obligado a criar una niña... Eran palabras mayores.
Si Holly fuera un
niño, habría podido hacer algo. No era tan difícil entender a los niños. El
sexo femenino, en cambio, era un misterio. Hacía mucho tiempo que había
aceptado que las mujeres eran complicadas. Decían cosas como: «Si no lo sabes,
no pienso decírtelo.» Nunca pedían postre, y cuando pedían opinión sobre la
ropa que ponerse, al final siempre elegían lo contrario de lo que se les
sugería. Aun así, sin entenderlas, las adoraba. Le encantaba su carácter
esquivo, su capacidad para sorprender, sus fascinantes cambios de humor.
Pero tener que
criar a una... ¡Por Dios, no! Había demasiado en juego. Era imposible que él
sirviera de ejemplo. Y guiar a una hija por el traicionero laberinto de una
sociedad plagada de agujeros negros... No estaba preparado para hacerlo, ni
muchísimo menos.
Joe y sus hermanos
fueron criados por unos padres que veían el matrimonio como un campo de batalla
y a sus hijos como peones para usar a su antojo.
Como resultado,
los tres hermanos Jonas (Joe, Kevin y Nick) estuvieron encantados de tomar cada
cual su camino cuando alcanzaron la mayoría de edad. Miley, en cambio, siempre
había anhelado esa clase de relación que su familia nunca fue capaz de
mantener. La encontró por fin con Holly, cosa que hizo que se sintiera muy
afortunada.
Sin embargo, un
volantazo mal dado, un charco en la carretera, una breve pérdida de control...
y la vida que le quedaba a Miley Jonas se redujo cruelmente a nada.
Miley había dejado
una carta sellada, dirigida a Joe, en una carpeta, junto al testamento.
Eres la
única alternativa. Holly no ha visto ni a Kevin ni a Nick en la vida. Escribo
esta carta con la esperanza de que nunca tengas que leerla, pero si ése es el
caso... cuida de mi hija, Joe. Ayúdala. Te necesita.
Sé lo
abrumadora que debe parecerte esta responsabilidad. Lo siento. Sé que no te lo
esperabas. Pero puedes hacerlo. Encontrarás la manera de salir adelante.
Sólo
tienes que quererla. El resto vendrá rodado.
—¿Vas a hacerte
cargo de ella de verdad? —le preguntó Kevin el día del funeral, después de que
se reunieran en casa de Miley.
Le resultó muy
raro verlo todo tal como ella lo había dejado: los libros en la estantería, un
par de zapatos arrinconados de cualquier manera en el interior del armario, el
brillo de labios en el lavabo...
—Claro que voy a
hacerme cargo de ella —contestó—. ¿Qué voy a hacer si no?
—Siempre queda Nick.
Está casado. ¿Por qué no les ha dejado la niña a Darcy y a él?
Joe lo miró con
gesto elocuente. El matrimonio de su hermano menor era como un ordenador minado
de virus: no se podía encender en modo a prueba de fallos y se ejecutaban
programas aparentemente inocuos pero que en realidad llevaban a cabo toda clase
de tareas perniciosas.
—¿Dejarías un hijo
tuyo a su cargo? —le preguntó a su vez.
Kevin negó muy
despacio con la cabeza.
—Supongo que no.
—Pues Holly sólo
nos tiene a nosotros dos. Kevin lo miró con recelo.
—A quien han
fichado para esto es a ti, no a mí. Hay un motivo por el que Miley no me nombró
tutor legal de su hija. No se me dan bien los niños.
—De todas formas
eres el tío de Holly.
—Tú lo has dicho,
su tío. Mi responsabilidad se limita a hacer chistes escatológicos y a beber
demasiada cerveza en las barbacoas familiares. No soy muy paternal que digamos.
—Ni yo —confesó Joe
con seriedad—. Pero tenemos que intentarlo. A menos que quieras renunciar a la
custodia y dejarla en un hogar de acogida.
Kevin frunció el
ceño y se frotó la cara con las manos.
—¿Qué dice Shelby
de todo esto?
Joe meneó la
cabeza al escuchar el nombre de su novia, una decoradora de interiores a quien
conoció mientras decoraba la lujosa residencia que uno de sus amigos tenía en
Griffin Bay.
—Sólo llevamos
saliendo un par de meses. O acepta la situación o ya se puede ir largando, es
cosa suya. Pero no voy a pedirle ayuda. Es responsabilidad mía. Y tuya.
—A lo mejor puedo
quedarme con ella de vez en cuando. Pero no puedo ayudarte mucho, he invertido
todo lo que tenía en el viñedo.
—Justo lo que te
dije que no hicieras, genio.
Kevin entrecerró
los ojos, que eran del mismo azul intenso que los de su hermano.
—Si te hiciera
caso, cometería tus errores, no los míos. —Hubo un breve silencio—. ¿Dónde
guardaba Miley la bebida?
—En la despensa. —Joe
se acercó a un armarito, cogió dos vasos y los llenó de hielo.
Kevin rebuscó en
la despensa.
—Se me hace raro
agenciarnos sus bebidas cuando ella... ya no está.
—Sería la primera
en decirnos que no nos cortáramos.
—Seguramente
tienes razón. —Kevin regresó a la mesa con una botella de whisky—. ¿Tenía
seguro de vida?
Joe meneó la
cabeza.
—Dejó de pagar las
cuotas.
Kevin lo miró con
cierta preocupación.
—Supongo que vas a
poner la casa en venta.
—Sí. Aunque dudo
de que saquemos mucho tal como está el mercado. —Le pasó un vaso—. Llénalo
bien.
—Estoy en ello. —Kevin
no levantó la botella hasta que los vasos estuvieron bien llenos.
Se sentaron de
nuevo el uno frente al otro, hicieron un silencioso brindis y bebieron. Era un
buen whisky que Joe se tragó con facilidad y que le provocó un agradable
calorcillo en el pecho.
La presencia de su
hermano lo reconfortaba de un modo inesperado. Parecía que su tormentosa
infancia (las peleas y las pequeñas traiciones) ya no se interpondrían en su
camino. Eran adultos, con una amistad en potencia que no fue posible mientras
sus padres estuvieron vivos.
Con Nick, en
cambio, era imposible acercarse lo suficiente como para apreciarlo o para
odiarlo. Su mujer, Darcy, y él habían asistido al funeral, se habían pasado
después por la casa y se habían quedado unos quince minutos, y luego se habían
marchado sin apenas dirigirle la palabra a nadie.
—¿Ya se han ido?
—había preguntado Joe, sin dar crédito, al descubrir su ausencia.
—Si querías que se
quedaran más tiempo —fue la respuesta de Kevin—, haber celebrado el funeral en
Nordstrom.
Era normal que la
gente se preguntara por qué tenían tan poca relación entre ellos si residían en
una isla de poco más de siete mil habitantes. Nick vivía con Darcy en Roche
Harbor, en la zona norte. Cuando no estaba ocupado con su constructora, asistía
con su mujer a eventos sociales en Seattle. Joe, en cambio, se mantenía ocupado
con la torrefactora de café que había montado en Friday Harbor. Y Kevin, que no
salía de su viñedo, cuidando y mimando sus viñas, se sentía más unido a la
Naturaleza que a las personas.
Lo único que
tenían en común era su amor por la isla de San Juan. Formaba parte de un
archipiélago compuesto por unas doscientas islas, algunas de ellas rodeadas por
los condados de Whatcom y Skagit, pertenecientes al estado de Washington. Los Jonas
habían pasado la infancia a los pies de Olympic Mountains, un lugar a salvo en
su mayor parte del clima tan gris que predominaba en el resto de la costa
Noroeste del Pacífico.
Los Jonas habían
crecido respirando el aire húmedo del océano, con los pies descalzos llenos del
lodo de los bajíos. Habían disfrutado de mañanas perfumadas por la lavanda
húmeda, de días despejados y secos, y de los atardeceres más hermosos de toda
la Tierra. Nada podía compararse a una agachadiza sorteando las olas. O a un
águila de cabeza blanca lanzándose en picado en pos de su presa. O al baile de
las oreas, con sus escurridizas figuras saltando, respirando o surcando el mar
de Salish mientras daban buena cuenta de la profusión de salmones.
Los hermanos
habían recorrido cada centímetro de la isla, subiendo y bajando colinas
azotadas por el viento junto a la costa, atravesando los sombríos bosques y
cruzando prados cuajados de hierba forrajera y flores salvajes de sugerentes e
intensos colores que iban desde el marrón chocolate, pasando por el rosa más
exuberante hasta acabar en el blanco luminoso. Era imposible encontrar una
mezcla de agua, tierra y cielo más proporcionada y perfecta.
Aunque habían ido
a la universidad y habían intentado vivir en otras partes, la isla siempre los
había instado a regresar. Incluso Nick, con su ambición y su avaricia, había
regresado. Era un estilo de vida natural, ya que se conocía a los agricultores
que cultivaban los productos frescos que se consumían; al fabricante del jabón
con el que uno se lavaba; e incluso se tuteaba a los dueños de los restaurantes
donde se comía. Se podía hacer autoestop sin peligro, ya que los amables
isleños se ayudaban los unos a los otros siempre que hiciera falta.
Miley era la única
de la familia que había encontrado algo por lo que mereciera la pena abandonar
la isla. Se había enamorado de las montañas de cristal y de los valles de
cemento de Seattle, del ambiente cultureta y urbano, de la sutil elegancia de
los restaurantes que seducían las papilas gustativas y del laberinto sensorial
que era el mercado de Pike Place.
En respuesta a un
comentario de Kevin con el que se quejó de que la gente hablaba y pensaba
demasiado en la ciudad, Miley le soltó que Seattle la hacía más lista.
—No necesito ser
más listo —replicó Kevin—. Cuanto más listo eres, más motivos tienes para ser
un desgraciado.
—Eso explica por
qué los Jonas estamos siempre de tan buen humor —le dijo Joe a Miley, arrancándole
una carcajada.
—Nick no —comentó
ella, cuando dejó de reírse al cabo de un momento—. No creo que Nick haya sido
feliz un solo día de su vida.
—Nick no quiere
ser feliz —replicó Joe—. Se conforma con los sucedáneos de la felicidad.
Joe abandonó los
recuerdos y regresó al presente, preguntándose qué diría Miley si supiera que
pensaba criar a Holly en la isla de San Juan. No se había dado cuenta de que
había hecho la pregunta en voz alta hasta que Kevin le contestó.
—¿Crees que se
habría sorprendido? Miley sabía qué nunca te irías de la isla. Tu negocio, tu
casa y tus amigos están allí. Estoy seguro de que sabía que te llevarías a
Holly a Friday Harbor si a ella le sucedía algo.
Joe asintió con la
cabeza, aunque se sentía vacío y desolado. No quería reflexionar mucho sobre la
magnitud de la pérdida que había sufrido la niña.
—¿Ha dicho algo
hoy? —preguntó Kevin—. No la he escuchado decir ni pío.
Desde que le
dijeron que su madre había muerto, Holly había estado en silencio y sólo
respondía a las preguntas que le hacían moviendo la cabeza. Tenía una expresión
distante y desconcertada, como si se hubiera refugiado en un mundo interior
donde nadie podía entrar. La noche que Miley murió, Joe fue directo a casa de
su hermana después de abandonar el hospital. Holly estaba al cuidado de una
canguro. Le dio la mala noticia a la pequeña por la mañana y desde entonces
apenas se había movido de su lado.
—Nada —contestó Joe—.
Si mañana no empieza a hablar, la llevaré al pediatra. —Soltó un suspiro
entrecortado antes de añadir—: Ni siquiera sé quién es su médico.
—Hay una lista en
la puerta del frigorífico —dijo Kevin—. Tiene varios números, incluido el del
médico de Holly. Supongo que Miley la hizo para la canguro, por si se
presentaba una emergencia.
Joe se acercó al
frigorífico, quitó la nota que había pegada y se la guardó en la cartera.
—Genial —replicó
con sorna—. Ahora sé tanto como la canguro.
—Por algo se
empieza.
Tras regresar a la
mesa, Joe le dio un largo trago al whisky.
—Por cierto,
quería comentarte una cosa. No podré vivir en mi apartamento de Friday Harbor
con Holly. Sólo tiene un dormitorio y no tiene patio para jugar.
—¿Vas a venderlo?
—A lo mejor lo
alquilo.
—¿Y Adónde te
irás?
Joe hizo una pausa
deliberada.
—Tú tienes espacio
de sobra.
Kevin puso los
ojos como platos.
—No, de eso nada.
Dos años antes Kevin
había comprado una propiedad de seis hectáreas buscando hacer realidad su
añorado sueño de montar su propio viñedo. La propiedad, con su suelo pedregoso
y permeable, y su clima fresco, era perfecta para un viñedo. Además de la
tierra, había comprado una enorme casa de estilo Mileyno medio derruida, que
contaba con un porche, con varios miradores, con una gran torre en una de las
esquinas y con tejas planas de distintos colores.
«Para reformar»
era un término que se quedaba corto referido a la casa, que crujía por todos
lados, tenía el suelo desnivelado, goteras en los lugares más insólitos y
charcos sin origen aparente. Los antiguos residentes habían dejado su huella,
ya que habían instalado cuartos de baño donde no estaba previsto; habían
levantado tabiques de madera muy endebles; habían instalado estrechos armarios
empotrados con puertas correderas y, además, habían estropeado unas estanterías
de cerezo y las molduras pintándolas con pintura blanca barata. Habían cubierto
el parquet original con placas de linóleo y en otras zonas con una moqueta tan
gruesa que era posible hacer ángeles en ella como si fuera un manto de nieve.
Sin embargo, la
casa tenía tres elementos a su favor: había espacio más que de sobra para dos
solteros y una niña de seis años; tenía un patio enorme con un huerto; y se
encontraba en False Bay, el lugar que Joe prefería de toda la isla.
—No vais a vivir
conmigo —sentenció Kevin—. Me gusta vivir solo.
—¿Qué vas a perder
si nos vamos a vivir contigo? No interferiríamos en absoluto con tu vida. —En
plural, ya que al parecer y a partir de ese momento, tendría que dejar de
hablar en singular.
—Estás de coña,
¿verdad? ¿Sabes lo que les pasa a los solteros con niños? Todas las tías buenas
pasarán de ti porque no querrán que las engatusen para hacer de canguro y
tampoco querrán criar a la hija de otra. Aunque consigas milagrosamente liarte
con una tía buena, no podrás conservarla mucho tiempo. Se acabaron las
escapadas a Portland o a Vancouver, se acabó el sexo salvaje, se acabó lo de
trasnochar. Para siempre.
—Tampoco lo haces
ahora —señaló Joe—. Te pasas todo el tiempo en el viñedo.
—Pero es por
decisión propia. Cuando hay un crío de por medio, ya no hay decisiones propias.
Mientras tus amigos se van de cervezas para ver el partido, tú estás en el
supermercado comprando quitamanchas y galletitas para niños.
—No es para
siempre.
—No, claro, sólo
para lo que me queda de juventud. —Kevin bajó la cabeza como si fuera a
golpeársela con la mesa, pero acabó apoyando la frente en un brazo.
—¿Qué es para ti
la juventud, Kevin? Porque no sé, pero yo diría que la dejaste atrás hace un
par de años.
Kevin se quedó
quieto salvo por el dedo corazón de la mano derecha que le enseñó a su hermano.
—Tenía planes para
los treinta —dijo con voz apagada—. Y ninguno incluía niños.
—Los míos tampoco.
—No estoy
preparado para esto.
—Ni yo. Por eso
necesito tu ayuda. —Joe soltó un suspiro exasperado—. Kevin, ¿cuándo te he
pedido algo?
—Nunca. Pero ¿por
qué tienes que empezar ahora?
Joe insistió con
tono persuasivo:
—Míralo de esta
forma... iremos muy despacio. Seremos los guías turísticos de Holly por la
vida. Guías turísticos campechanos que nunca se sacarán de la manga chorradas
como «castigos razonables» o «porque lo digo yo». Ya tengo asumido que no soy
el mejor para criar a un niño... pero a diferencia de papá, mis errores serán
buenos. No voy a darle un bofetón cuando no limpie su dormitorio. No voy a
obligarla a comer apio si no le gusta. No voy a hacer cosas que le creen
confusión o inseguridad. Si todo sale bien, acabará con una visión del mundo
bastante decente y un trabajo que le permita ser independiente. Sabes muy bien
que si lo hacemos, le irá mejor que si la mandamos a vivir con desconocidos. O,
peor, con nuestros familiares.
Unos cuantos tacos
pronunciados en voz baja brotaron de entre los brazos cruzados de Kevin. Tal
como Joe esperaba, el sentido de justicia de su hermano era su punto débil.
—Vale. —La espalda
de Kevin se movió por la fuerza de un suspiro antes de repetir—: Vale. Pero
tengo condiciones. Para empezar quiero que me des lo que saques por tu
apartamento cuando lo alquiles.
—Hecho.
—Y vas a tener que
ayudarme a arreglar la casa. Joe lo miró con recelo.
—No soy muy bueno
con las reformas. Puedo hacer lo básico, pero...
—Me conformo. Y
verte lijar mis suelos será como un bálsamo para mi alma. —Una vez apaciguado
con la promesa del dinero del alquiler y de la mano de obra barata, se disipó
parte de su hostilidad—. Probaremos durante un par de meses. Pero si la cosa no
me gusta, tendrás que llevarte a la niña a otra parte.
—Seis meses.
—Cuatro.
—Seis.
—¡Vale, joder!
Seis meses. —Kevin sirvió más whisky—. ¡Por el amor de Dios! —masculló—. Tres Jonas
viviendo bajo el mismo techo. Esto va a ser un desastre.
—El desastre ya ha
sucedido —replicó Joe con sequedad, y habría dicho más de no ser porque escuchó
algo en el pasillo.
Holly apareció en
la puerta de la cocina. Se había levantado de la cama y parecía aturdida y
medio dormida. Como una pequeña refugiada, vestida con un pijama rosa, con los
pies descalzos y vulnerables sobre el oscuro suelo de pizarra.
—¿Qué pasa,
cariño? —le preguntó Joe en voz baja al tiempo que se acercaba a ella. La cogió
en brazos (no pesaba ni veinte kilos) y la niña lo abrazó—. ¿No puedes dormir?
Lo invadió una
inquietante ternura en cuanto sintió el peso de su cabeza en el hombro, el roce
de su pelo rubio alborotado y el olor a plastilina y a champú de fresa.
Él era lo único
que tenía.
«Sólo tienes que
quererla.»
Eso sería lo más
sencillo. Era el resto lo que le preocupaba.
—Voy a meterte en
la cama, cariño —dijo—. Tienes que dormir. Nos esperan unos días muy
ajetreados.
Kevin lo siguió
mientras la llevaba a su dormitorio. La cama estaba cubierta por un dosel, del
que Miley había colgado una especie de cortinas formadas por mariposas de alas
transparentes. Después de dejarla en el colchón, Joe la arropó y se sentó en el
borde. Holly estaba callada y tenía los ojos abiertos de par en par.
Joe le apartó el
pelo de la frente mientras miraba esos atormentados ojos azules. Haría
cualquier cosa por ella... La fuerza de ese sentimiento lo sorprendió. No podía
darle todo lo que había perdido. No podía darle la vida que podría haber
tenido. Pero podía cuidarla. Nunca la abandonaría.
Todos esos
pensamientos, y muchos más, le inundaron la mente. Pero sólo dijo:
—¿Quieres que te
cuente un cuento?
Holly asintió con
la cabeza al tiempo que miraba de reojo a Kevin, que estaba apoyado en la jamba
de la puerta.
—Erase una vez
tres osos —comenzó Joe.
—Dos tíos osos
—añadió Kevin desde la puerta, con un deje un tanto resignado— y una osezna.
Joe esbozó una
sonrisa torcida mientras seguía acariciándole el pelo a Holly.
—Que vivían en una
casa enorme junto al mar...

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