miércoles, 19 de diciembre de 2012

ღ ☆♥Una Navidad Magica♡★ღ Jemi Cap. 8


Se produjo un largo silencio mientras se lo pensaba.

—¿Quieres comer aquí? —acabó preguntándole.

Joe negó con la cabeza.

—Hay un restaurante aquí al lado. A dos minutos andando. Podemos dejar tu macuto en mi coche.

—No hay nada de malo en comer —dijo Demi, como si necesitara convencerse de ello.

—Yo lo hago casi todos los días. —Extendió la mano para coger el macuto—. Deja que te lo lleve.

Demi lo siguió al exterior del edificio.

—Me refería a que no hay nada de malo en que comamos. Los dos juntos. En la misma mesa.

—Si quieres, podemos comer en mesas separadas.

Demi contuvo una carcajada.

—Nos sentaremos a la misma mesa —repitió con firmeza—, pero nada de hablar. —Mientras caminaban por la carretera, la niebla se convirtió en llovizna y el aire, en una masa blanca y húmeda—. Es como atravesar una nube —dijo mientras tomaba una honda bocanada de aire—. Cuando era pequeña, creía que las nubes tenían un sabor maravilloso. Un día incluso pedí un cuenco de nubes como postre. Mi madre me puso un poco de nata montada en un plato. —Sonrió—. Y estaban tan buenas como siempre había imaginado.

—Pero ¿no te diste cuenta de que sólo era nata montada? —le preguntó, fascinado al ver que la niebla le rizaba los mechones que le enmarcaban la cara.

—Claro que sí. Pero eso daba igual... lo importante era la idea.

—No sé muy bien dónde trazar los límites para Holly —dijo Joe—. En la misma clase donde le enseñan que los dinosaurios existieron de verdad, también están escribiendo cartas a Papá Noel. ¿Cómo le explico lo que es real y lo que no lo es?

—¿Te ha preguntado ya por Papá Noel?

—Sí.

—¿Y qué le has dicho?

—Que todavía no estaba seguro de una cosa o de la otra, pero que mucha gente cree en él y que no pasa nada si ella también quiere hacerlo.

—Una respuesta estupenda —le aseguró Demi—. La imaginación y la fantasía son importantes para los niños. De hecho, los niños que son capaces de usar su imaginación saben distinguir mejor lo que es fantasía de lo que es realidad que aquellos que no lo son.

—¿Quién te ha dicho eso? ¿El hada que vive en tu pared?

Demi sonrió.

—Listillo —dijo—. No, Trébol no me lo ha dicho. Leo mucho. Me interesa todo lo que tenga que ver con niños.

—Tengo que aprender más. —La voz de Joe adquirió un matiz tristón—. Me estoy rompiendo los cuernos para no arruinarle a Holly lo que le queda de infancia.

—Por lo que he visto, creo que lo estás haciendo bien.

Llevada por un impulso, Demi le cogió la mano y le dio un ligero apretón para tranquilizarlo y ofrecerle un poco de consuelo. Joe estaba convencido de que así debía interpretar el gesto. Pero en ese momento le rodeó los dedos con los suyos y convirtió el contacto espontáneo en algo más. En algo íntimo. Posesivo.

Demi aflojó los dedos. Joe sintió su indecisión como si fuera propia, así como el involuntario placer que ella experimentaba por lo bien que encajaban sus manos.

La caricia de piel contra piel, una cosa normal y corriente. Sin embargo, había puesto su mundo patas arriba. No sabía hasta qué punto la reacción que ella le provocaba era física y hasta qué punto era... algo más. Las emociones se mezclaban entre sí formando algo nuevo y visceral.

Demi se soltó de repente.

Sin embargo, él seguía sintiendo la impronta de sus dedos, como si su piel hubiera comenzado a absorberla.

Ninguno de los dos habló cuando entraron en el restaurante, cuyo interior estaba decorado con madera oscura, muebles desgastados y un papel pintado de diseño indefinido. El aire olía a comida, alcohol y moqueta algo enmohecida. Era uno de esos restaurantes que sin duda se habían abierto con buenas intenciones, pero que había acabado cediendo a la inevitabilidad del trasiego de turistas y había rebajado el estándar de calidad. Aun así, parecía un lugar decente donde matar el tiempo y tenía buenas vistas del estrecho.

Una camarera con aire cansado se acercó a tomarles nota de las bebidas. Aunque Joe solía beber cerveza, se pidió un whisky. Demi pidió una copa de tinto de la casa, pero después cambió de opinión.

—No, espera —dijo—. Otro whisky para mí.

—¿Solo? —preguntó la camarera.

Demi lo miró con expresión interrogante.

—Para ella un combinado de whisky sour —dijo, y la camarera asintió con la cabeza y se marchó.

A esas alturas, el pelo de Demi había recuperado los exuberantes rizos por culpa de la humedad. Si no tenía cuidado, se obsesionaría con ellos. Estaba claro que cualquier intento por su parte de luchar contra la atracción que sentía por ella estaba condenado al fracaso. Tenía la sensación de que todo lo que le gustaba en una mujer, incluidas cualidades que ni siquiera se había dado cuenta de que le gustaban, estaba reunido en un único y perfecto paquete.

Antes de que la camarera se fuera, Joe le pidió prestado un bolígrafo, y la mujer le dio el que tenía en la mano.

Demi observó con las cejas ligeramente enarcadas cómo escribía algo en una servilleta de papel que después le dio.

«¿Qué tal el fin de semana?»

Demi esbozó una sonrisa.

—No tenemos que ceñirnos a la regla de no hablar —le dijo. Soltó la servilleta y lo miró mientras la sonrisa desaparecía. Se le escapó un corto suspiro, como si acabara de correr cien metros—. La verdad es que no lo sé. —Hizo una mueca y puso las palmas hacia arriba, como si quisiera indicar que el asunto era complicadísimo e irremediable—. ¿Qué tal el tuyo?

—Tampoco lo sé.

La camarera regresó con las bebidas y les tomó nota de lo que iban a comer. En cuanto se marchó, Demi probó el cóctel.

—¿Te gusta? —le preguntó él.

Demi asintió y se lamió los restos salados que se le habían quedado en el labio inferior, con una delicada pasada de su lengua que hizo que a Joe se le acelerara el pulso.

—Háblame de tu fin de semana.

—El sábado fue el segundo aniversario de la muerte de mi marido. —Los ojos oscuros de Demi lo miraron por encima del vaso—. No quería estar sola. Pensé en visitar a sus padres, pero... él era lo único que teníamos en común, así que... al final me quedé con mi familia. He estado rodeada por un montón de gente todo el fin de semana, pero me sentía sola. Cosa que no tiene sentido.

—No —replicó en voz baja—. Yo lo entiendo perfectamente.

—El segundo aniversario ha sido distinto al primero. El primero... —Meneó la cabeza y volvió a gesticular con las manos, como para desterrar el pensamiento—. El segundo... ha hecho que sea consciente de que hay días en los que me olvido de pensar en él. Y eso hace que me sienta culpable.

—¿Qué diría tu marido al respecto?

Con una sonrisa titubeante, Demi clavó la mirada en su cóctel. Y por un instante Joe se sintió escandalosamente celoso del hombre capaz de arrancarle una sonrisa a esa mujer.

—Eddie me diría que no me sintiera culpable —contestó ella—. Intentaría hacerme reír.

—¿Cómo era?

Demi bebió otro sorbo antes de contestar:

—Era un optimista. Siempre le encontraba el lado positivo a todo. Incluso al cáncer.

—Yo soy un pesimista —dijo—. Con algún que otro lapso de optimismo.

Demi volvió a sonreír.

—Me gustan los pesimistas. Son los que siempre llevan el chaleco salvavidas. —Cerró los ojos—. Ah, ya se me está subiendo a la cabeza.

—No te preocupes. Me encargaré de que embarques sin problemas.

Demi movió la mano por encima de la mesa y rozó con el dorso sus dedos medio encogidos, en un gesto titubeante que Joe no supo cómo interpretar.

—Este fin de semana he hablado con mi padre —dijo—. Nunca ha sido de esa clase de padres que te dice lo que tienes que hacer; de hecho, creo que me habría ido mejor con un poco más de control paterno mientras crecía. Pero me ha dicho que debería empezar a tener citas. Citas. Ya ni siquiera se llaman así.

—¿Y cómo se llama?

—Supongo que la gente dice que ha quedado con alguien. ¿Qué sueles decirle a Shelby cuando quieres pasar el fin de semana con ella?

—Le pregunto si puedo pasar el fin de semana con ella. —Giró la mano, extendiendo los dedos—. ¿Y vas a seguir el consejo de tu padre?

Demi asintió con la cabeza a regañadientes.

—Nunca me ha gustado el proceso —dijo con convicción y la vista clavada en la bebida—. Conocer a gente nueva, la incomodidad, la desesperación de tener que pasar con alguien toda una noche cuando a los cinco minutos de conocerlo ya sabes que es un capullo... Ojalá fuera como las citas rápidas y se pudiera pasar al siguiente al cabo de cinco minutos. Lo peor es quedarse sin tema de conversación por las dos partes.

Sin darse cuenta, Demi había comenzado a jugar con su mano, recorriendo lentamente los recovecos de sus dedos. Joe experimentó el placer de sus caricias por todo el brazo, como si sus terminaciones nerviosas fueran las cuerdas de una guitarra que vibraran al unísono.

—No te veo quedándote sin temas de conversación —comentó.

—Pues me pasa. Sobre todo cuando la persona con la que estoy hablando es demasiado agradable. En una buena conversación siempre salen a relucir las quejas. Me gusta estrechar lazos comentando odios compartidos y quejas insignificantes.

—¿Cuál es tu mayor queja insignificante?

—Llamar al servicio de atención al cliente y no poder hablar con una persona de carne y hueso.

—Odio cuando los camareros intentan memorizar un pedido en vez de anotarlo directamente. Porque muy pocas veces atinan. Y aunque lo hagan, me pongo de los nervios hasta que veo la comida en la mesa.

—Yo odio que la gente hable a gritos por el móvil.

—Y yo eso de «Sin ánimo de ofender». No tiene sentido.

—Yo lo digo de vez en cuando.

—Pues no lo digas. Me cabrea muchísimo.

Demi sonrió. Después, al darse cuenta de que estaba jugueteando con sus dedos, se ruborizó y apartó la mano.

—¿Shelby es agradable?

—Sí. Pero lo llevo bastante bien. —Cogió su vaso de whisky y lo apuró de un solo trago—. Tengo una teoría acerca de conocer a gente nueva, según la cual lo mejor es no causar una buena impresión la primera vez. Porque a partir de ahí todo va cuesta abajo. Siempre hay que estar a la altura de esa primera impresión, que a fin de cuentas no es más que una ilusión.

—Sí, pero si no causas una buena impresión, a lo mejor no tienes la oportunidad de repetir la experiencia.

—Soy un soltero con un empleo fijo —le recordó—. Siempre consigo repetir la experiencia.

Demi soltó una carcajada.

La camarera les llevó la comida y recogió los vasos vacíos.

—¿Otra ronda?

—Ojalá pudiera —contestó Demi con tristeza—, pero no puedo.

—¿Por qué no? —quiso saber Joe.

—Estoy medio borracha. —Para demostrarlo, se puso bizca.

—Sólo hay que parar cuando se está borracho del todo —replicó él al tiempo que le hacía un gesto a la camarera—. Otra ronda.

—¿Quieres emborracharme? —le preguntó Demi en cuanto se fue la camarera, mirándolo con recelo.

—Sí. Mi plan es emborracharte para hacerte después lo que me dé la gana en un asiento del ferry. —Le pasó un vaso de agua por encima de la mesa—. Bébete esto antes de comenzar con el siguiente.

Mientras Demi bebía agua, Joe le habló de su fin de semana con Shelby y de la lista sobre las cosas que hacía un hombre cuando estaba preparado para el compromiso.

—Pero se negó a decirme qué ocupaba el quinto puesto —dijo—. ¿Sabes lo que es?

Demi empezó a darle vueltas a las posibilidades mientras su cara adoptaba una serie de expresiones adorables: fruncía la nariz, bizqueaba o se mordía el labio inferior.

—¿Estar dispuesto a buscar casa? —sugirió—. ¿Hablar de la posibilidad de tener hijos?

—¡Por Dios! —Hizo una mueca al pensar en esa posibilidad—. Ya tengo a Holly. De momento, es más que suficiente.

—¿Y más adelante?

—No lo sé. Quiero asegurarme de que lo he hecho bien con Holly antes de pensar siquiera en tener hijos.

Demi lo miró con expresión comprensiva.

—La vida te ha cambiado muchísimo, ¿verdad?

Joe buscó las palabras adecuadas para describirlo, aunque el deseo de conectar con Demi lo incomodaba mucho. Nunca había sido de los que confiaban en los demás, nunca lo había creído necesario. Provocar la compasión de los demás era casi como dar lástima, y a sus ojos ése era un destino peor que la muerte. Sin embargo, Demi tenía un don para hacer preguntas de un modo que lo hacían querer contestar.

—Ahora lo veo todo desde otra perspectiva —contestó—. Empiezo a pensar en la clase de mundo en el que vivirá. Me preocupan todas las chorradas subliminales que capta a través de la tele, y también si hay cadmio o plomo en sus juguetes... —Hizo una breve pausa—. ¿Querías tener hijos con... él? —De repente, descubrió que no quería pronunciar el nombre de su marido, como si las sílabas fueran separadores invisibles que se interponían entre ellos.

 

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