Se produjo un
largo silencio mientras se lo pensaba.
—¿Quieres comer
aquí? —acabó preguntándole.
Joe negó con la
cabeza.
—Hay un restaurante aquí al lado. A dos minutos andando.
Podemos dejar tu macuto en mi coche.
—No hay nada de
malo en comer —dijo Demi, como si necesitara convencerse de ello.
—Yo lo hago casi
todos los días. —Extendió la mano para coger el macuto—. Deja que te lo lleve.
Demi lo siguió al
exterior del edificio.
—Me refería a que
no hay nada de malo en que comamos. Los dos juntos. En la misma mesa.
—Si quieres,
podemos comer en mesas separadas.
Demi contuvo una
carcajada.
—Nos sentaremos a
la misma mesa —repitió con firmeza—, pero nada de hablar. —Mientras caminaban
por la carretera, la niebla se convirtió en llovizna y el aire, en una masa
blanca y húmeda—. Es como atravesar una nube —dijo mientras tomaba una honda
bocanada de aire—. Cuando era pequeña, creía que las nubes tenían un sabor
maravilloso. Un día incluso pedí un cuenco de nubes como postre. Mi madre me
puso un poco de nata montada en un plato. —Sonrió—. Y estaban tan buenas como
siempre había imaginado.
—Pero ¿no te diste
cuenta de que sólo era nata montada? —le preguntó, fascinado al ver que la
niebla le rizaba los mechones que le enmarcaban la cara.
—Claro que sí.
Pero eso daba igual... lo importante era la idea.
—No sé muy bien
dónde trazar los límites para Holly —dijo Joe—. En la misma clase donde le
enseñan que los dinosaurios existieron de verdad, también están escribiendo
cartas a Papá Noel. ¿Cómo le explico lo que es real y lo que no lo es?
—¿Te ha preguntado
ya por Papá Noel?
—Sí.
—¿Y qué le has
dicho?
—Que todavía no
estaba seguro de una cosa o de la otra, pero que mucha gente cree en él y que
no pasa nada si ella también quiere hacerlo.
—Una respuesta
estupenda —le aseguró Demi—. La imaginación y la fantasía son importantes para
los niños. De hecho, los niños que son capaces de usar su imaginación saben
distinguir mejor lo que es fantasía de lo que es realidad que aquellos que no
lo son.
—¿Quién te ha
dicho eso? ¿El hada que vive en tu pared?
Demi sonrió.
—Listillo —dijo—.
No, Trébol no me lo ha dicho. Leo mucho. Me interesa todo lo que tenga que ver
con niños.
—Tengo que
aprender más. —La voz de Joe adquirió un matiz tristón—. Me estoy rompiendo los
cuernos para no arruinarle a Holly lo que le queda de infancia.
—Por lo que he
visto, creo que lo estás haciendo bien.
Llevada por un
impulso, Demi le cogió la mano y le dio un ligero apretón para tranquilizarlo y
ofrecerle un poco de consuelo. Joe estaba convencido de que así debía
interpretar el gesto. Pero en ese momento le rodeó los dedos con los suyos y
convirtió el contacto espontáneo en algo más. En algo íntimo. Posesivo.
Demi aflojó los
dedos. Joe sintió su indecisión como si fuera propia, así como el involuntario
placer que ella experimentaba por lo bien que encajaban sus manos.
La caricia de piel
contra piel, una cosa normal y corriente. Sin embargo, había puesto su mundo
patas arriba. No sabía hasta qué punto la reacción que ella le provocaba era
física y hasta qué punto era... algo más. Las emociones se mezclaban entre sí
formando algo nuevo y visceral.
Demi se soltó de
repente.
Sin embargo, él
seguía sintiendo la impronta de sus dedos, como si su piel hubiera comenzado a
absorberla.
Ninguno de los dos
habló cuando entraron en el restaurante, cuyo interior estaba decorado con
madera oscura, muebles desgastados y un papel pintado de diseño indefinido. El
aire olía a comida, alcohol y moqueta algo enmohecida. Era uno de esos
restaurantes que sin duda se habían abierto con buenas intenciones, pero que
había acabado cediendo a la inevitabilidad del trasiego de turistas y había
rebajado el estándar de calidad. Aun así, parecía un lugar decente donde matar
el tiempo y tenía buenas vistas del estrecho.
Una camarera con
aire cansado se acercó a tomarles nota de las bebidas. Aunque Joe solía beber
cerveza, se pidió un whisky. Demi pidió una copa de tinto de la casa, pero después
cambió de opinión.
—No, espera
—dijo—. Otro whisky para mí.
—¿Solo? —preguntó
la camarera.
Demi lo miró con
expresión interrogante.
—Para ella un
combinado de whisky sour —dijo, y la camarera asintió con la cabeza y se
marchó.
A esas alturas, el
pelo de Demi había recuperado los exuberantes rizos por culpa de la humedad. Si
no tenía cuidado, se obsesionaría con ellos. Estaba claro que cualquier intento
por su parte de luchar contra la atracción que sentía por ella estaba condenado
al fracaso. Tenía la sensación de que todo lo que le gustaba en una mujer,
incluidas cualidades que ni siquiera se había dado cuenta de que le gustaban,
estaba reunido en un único y perfecto paquete.
Antes de que la
camarera se fuera, Joe le pidió prestado un bolígrafo, y la mujer le dio el que
tenía en la mano.
Demi observó con
las cejas ligeramente enarcadas cómo escribía algo en una servilleta de papel
que después le dio.
«¿Qué tal el fin
de semana?»
Demi esbozó una
sonrisa.
—No tenemos que
ceñirnos a la regla de no hablar —le dijo. Soltó la servilleta y lo miró
mientras la sonrisa desaparecía. Se le escapó un corto suspiro, como si acabara
de correr cien metros—. La verdad es que no lo sé. —Hizo una mueca y puso las
palmas hacia arriba, como si quisiera indicar que el asunto era complicadísimo
e irremediable—. ¿Qué tal el tuyo?
—Tampoco lo sé.
La camarera
regresó con las bebidas y les tomó nota de lo que iban a comer. En cuanto se
marchó, Demi probó el cóctel.
—¿Te gusta? —le
preguntó él.
Demi asintió y se
lamió los restos salados que se le habían quedado en el labio inferior, con una
delicada pasada de su lengua que hizo que a Joe se le acelerara el pulso.
—Háblame de tu fin
de semana.
—El sábado fue el
segundo aniversario de la muerte de mi marido. —Los ojos oscuros de Demi lo
miraron por encima del vaso—. No quería estar sola. Pensé en visitar a sus
padres, pero... él era lo único que teníamos en común, así que... al final me
quedé con mi familia. He estado rodeada por un montón de gente todo el fin de
semana, pero me sentía sola. Cosa que no tiene sentido.
—No —replicó en
voz baja—. Yo lo entiendo perfectamente.
—El segundo
aniversario ha sido distinto al primero. El primero... —Meneó la cabeza y
volvió a gesticular con las manos, como para desterrar el pensamiento—. El segundo...
ha hecho que sea consciente de que hay días en los que me olvido de pensar en
él. Y eso hace que me sienta culpable.
—¿Qué diría tu
marido al respecto?
Con una sonrisa
titubeante, Demi clavó la mirada en su cóctel. Y por un instante Joe se sintió
escandalosamente celoso del hombre capaz de arrancarle una sonrisa a esa mujer.
—Eddie me diría
que no me sintiera culpable —contestó ella—. Intentaría hacerme reír.
—¿Cómo era?
Demi bebió otro
sorbo antes de contestar:
—Era un optimista.
Siempre le encontraba el lado positivo a todo. Incluso al cáncer.
—Yo soy un
pesimista —dijo—. Con algún que otro lapso de optimismo.
Demi volvió a
sonreír.
—Me gustan los
pesimistas. Son los que siempre llevan el chaleco salvavidas. —Cerró los ojos—.
Ah, ya se me está subiendo a la cabeza.
—No te preocupes.
Me encargaré de que embarques sin problemas.
Demi movió la mano
por encima de la mesa y rozó con el dorso sus dedos medio encogidos, en un
gesto titubeante que Joe no supo cómo interpretar.
—Este fin de
semana he hablado con mi padre —dijo—. Nunca ha sido de esa clase de padres que
te dice lo que tienes que hacer; de hecho, creo que me habría ido mejor con un
poco más de control paterno mientras crecía. Pero me ha dicho que debería
empezar a tener citas. Citas. Ya ni siquiera se llaman así.
—¿Y cómo se llama?
—Supongo que la
gente dice que ha quedado con alguien. ¿Qué sueles decirle a Shelby cuando
quieres pasar el fin de semana con ella?
—Le pregunto si
puedo pasar el fin de semana con ella. —Giró la mano, extendiendo los dedos—.
¿Y vas a seguir el consejo de tu padre?
Demi asintió con
la cabeza a regañadientes.
—Nunca me ha
gustado el proceso —dijo con convicción y la vista clavada en la bebida—.
Conocer a gente nueva, la incomodidad, la desesperación de tener que pasar con
alguien toda una noche cuando a los cinco minutos de conocerlo ya sabes que es
un capullo... Ojalá fuera como las citas rápidas y se pudiera pasar al
siguiente al cabo de cinco minutos. Lo peor es quedarse sin tema de
conversación por las dos partes.
Sin darse cuenta,
Demi había comenzado a jugar con su mano, recorriendo lentamente los recovecos
de sus dedos. Joe experimentó el placer de sus caricias por todo el brazo, como
si sus terminaciones nerviosas fueran las cuerdas de una guitarra que vibraran al
unísono.
—No te veo
quedándote sin temas de conversación —comentó.
—Pues me pasa.
Sobre todo cuando la persona con la que estoy hablando es demasiado agradable.
En una buena conversación siempre salen a relucir las quejas. Me gusta
estrechar lazos comentando odios compartidos y quejas insignificantes.
—¿Cuál es tu mayor
queja insignificante?
—Llamar al
servicio de atención al cliente y no poder hablar con una persona de carne y
hueso.
—Odio cuando los
camareros intentan memorizar un pedido en vez de anotarlo directamente. Porque
muy pocas veces atinan. Y aunque lo hagan, me pongo de los nervios hasta que
veo la comida en la mesa.
—Yo odio que la
gente hable a gritos por el móvil.
—Y yo eso de «Sin
ánimo de ofender». No tiene sentido.
—Yo lo digo de vez
en cuando.
—Pues no lo digas.
Me cabrea muchísimo.
Demi sonrió.
Después, al darse cuenta de que estaba jugueteando con sus dedos, se ruborizó y
apartó la mano.
—¿Shelby es
agradable?
—Sí. Pero lo llevo
bastante bien. —Cogió su vaso de whisky y lo apuró de un solo trago—. Tengo una
teoría acerca de conocer a gente nueva, según la cual lo mejor es no causar una
buena impresión la primera vez. Porque a partir de ahí todo va cuesta abajo.
Siempre hay que estar a la altura de esa primera impresión, que a fin de cuentas
no es más que una ilusión.
—Sí, pero si no
causas una buena impresión, a lo mejor no tienes la oportunidad de repetir la
experiencia.
—Soy un soltero
con un empleo fijo —le recordó—. Siempre consigo repetir la experiencia.
Demi soltó una
carcajada.
La camarera les
llevó la comida y recogió los vasos vacíos.
—¿Otra ronda?
—Ojalá pudiera
—contestó Demi con tristeza—, pero no puedo.
—¿Por qué no?
—quiso saber Joe.
—Estoy medio
borracha. —Para demostrarlo, se puso bizca.
—Sólo hay que
parar cuando se está borracho del todo —replicó él al tiempo que le hacía un
gesto a la camarera—. Otra ronda.
—¿Quieres
emborracharme? —le preguntó Demi en cuanto se fue la camarera, mirándolo con
recelo.
—Sí. Mi plan es
emborracharte para hacerte después lo que me dé la gana en un asiento del
ferry. —Le pasó un vaso de agua por encima de la mesa—. Bébete esto antes de
comenzar con el siguiente.
Mientras Demi
bebía agua, Joe le habló de su fin de semana con Shelby y de la lista sobre las
cosas que hacía un hombre cuando estaba preparado para el compromiso.
—Pero se negó a
decirme qué ocupaba el quinto puesto —dijo—. ¿Sabes lo que es?
Demi empezó a
darle vueltas a las posibilidades mientras su cara adoptaba una serie de
expresiones adorables: fruncía la nariz, bizqueaba o se mordía el labio
inferior.
—¿Estar dispuesto
a buscar casa? —sugirió—. ¿Hablar de la posibilidad de tener hijos?
—¡Por Dios! —Hizo
una mueca al pensar en esa posibilidad—. Ya tengo a Holly. De momento, es más
que suficiente.
—¿Y más adelante?
—No lo sé. Quiero asegurarme
de que lo he hecho bien con Holly antes de pensar siquiera en tener hijos.
Demi lo miró con
expresión comprensiva.
—La vida te ha
cambiado muchísimo, ¿verdad?
Joe buscó las
palabras adecuadas para describirlo, aunque el deseo de conectar con Demi lo
incomodaba mucho. Nunca había sido de los que confiaban en los demás, nunca lo
había creído necesario. Provocar la compasión de los demás era casi como dar
lástima, y a sus ojos ése era un destino peor que la muerte. Sin embargo, Demi
tenía un don para hacer preguntas de un modo que lo hacían querer contestar.
—Ahora lo veo todo
desde otra perspectiva —contestó—. Empiezo a pensar en la clase de mundo en el
que vivirá. Me preocupan todas las chorradas subliminales que capta a través de
la tele, y también si hay cadmio o plomo en sus juguetes... —Hizo una breve
pausa—. ¿Querías tener hijos con... él? —De repente, descubrió que no quería
pronunciar el nombre de su marido, como si las sílabas fueran separadores
invisibles que se interponían entre ellos.

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