—Tengo que llamar
a Kevin, ahora vuelvo —le dijo a Shelby—. Sólo quiero saber si le ha bajado la
fiebre.
—Vale, si así
dejas de preocuparte... —replicó Shelby—. A ver si podemos disfrutar del resto
de la noche. —Le lanzó una mirada elocuente—. ¿Te parece?
—Por supuesto. —Se inclinó sobre ella y
le dio un beso en la mejilla—. Perdonadme. —Se levantó de la mesa, salió al
vestíbulo del restaurante y sacó el móvil. Sabía que Shelby y la otra pareja
creían que se estaba pasando, pero le importaba una mierda. Tenía que averiguar
si Holly se encontraba bien.
Su hermano cogió
el teléfono.
—¿Joe?
—Sí. ¿Cómo está?
Su pregunta fue
recibida con un silencio enervante.
—Pues no muy bien,
la verdad.
Se quedó helado al
escucharlo.
—¿Cómo que «no muy
bien»?
—Empezó a vomitar
poco después de que te fueras. Ha estado vomitando desde entonces. Te juro que
es increíble que un cuerpo tan pequeño pueda soltar tanto vómito.
—¿Qué has hecho?
¿Has llamado al médico?
—Claro que lo he
llamado.
—¿Y qué te ha
dicho?
—Que probablemente
sea la gripe y que le diera de beber líquidos en pequeños sorbos para
rehidratarla. Me ha dicho que es posible que el ibuprofeno le haya sentado mal,
de modo que ahora nos hemos pasado al paracetamol.
—¿Sigue con
fiebre?
—Tenía casi
treinta y nueve la última vez que le puse el termómetro. El problema es que no
aguanta el medicamento lo suficiente como para que le haga efecto.
Joe apretó con
fuerza el móvil. Nunca había deseado algo con tanta intensidad como deseaba en
ese momento estar de regreso en la isla para poder cuidar de Holly.
—¿Tienes todo lo
que necesitas?
—La verdad es que
tengo que pasarme por una tienda para comprar algunas cosas que necesito como
gelatina y caldo de pollo, así que voy a llamar a alguien para que la cuide
mientras estoy fuera.
—Ahora mismo me
vuelvo a casa.
—No, de eso nada.
Tengo una lista larguísima de gente a la que puedo llamar. Y... Dios, otra vez
está vomitando. Te dejo.
La llamada se
cortó. Joe intentó pensar pese al pánico que lo atenazaba. Llamó a la compañía
aérea para reservar un asiento en el próximo vuelo de vuelta a Friday Harbor,
pidió un taxi por teléfono y regresó a la mesa.
—¡Gracias a Dios!
—exclamó Shelby con una sonrisa tensa—. Ya me estaba preguntando por qué
tardabas tanto.
—Lo siento. Pero
Holly está muy enferma. Tengo que regresar a casa.
—¿Esta noche?
—preguntó Shelby con el ceño fruncido—. ¿Ahora?
Joe asintió con la
cabeza y describió la situación. Allison y Bill parecían entender el problema,
pero Shelby parecía cada vez más preocupada. Esa muestra de preocupación por
Holly hizo que experimentara una nueva conexión con ella. Se preguntó si
consideraría la posibilidad de viajar con él. No se lo pediría, pero si ella se
ofrecía...
Shelby se puso en
pie y le tocó el brazo ligeramente.
—Vamos a hablar un
momento en privado. —Le regaló una sonrisa forzada a Allison—. Ahora mismo
volvemos.
—Claro. —Y las dos
intercambiaron una de esas insondables miradas femeninas que anunciaba que algo
se estaba barruntando.
Shelby lo acompañó
hasta la entrada del restaurante y lo llevó a un rincón, donde nadie los
molestaría.
—Shelby... —le
dijo.
—Mira —lo
interrumpió ella con suavidad—, no quiero ponerte en la tesitura de tener que
elegir entre Holly y yo... pero ella estará bien sin ti. Yo, no. Quiero que me
acompañes a la fiesta de esta noche y conozcas a mi familia. No vas a hacer
nada por Holly que Kevin no esté haciendo ya.
Cuando por fin
terminó de hablar, la sensación de calidez y de conexión que había sentido Joe
había desaparecido por completo. Por mucho que hubiera afirmado lo contrario,
quería que escogiera entre Holly y ella.
—Lo sé —repuso—.
Pero quiero ser yo quien la cuide. Además, es imposible que me lo pase bien
sabiendo que mi niña está enferma. Me pasaría todo el tiempo en un rincón con
el móvil en la mano.
—Pero Holly no es
tuya. No es tu hija.
Joe la miró como
si no la hubiera visto en la vida. ¿Qué estaba insinuando? ¿Que la preocupación
que sentía por Holly no era legítima porque no se trataba de su hija biológica?
¿Que no tenía derecho a preocuparse por ella hasta ese punto?
En ocasiones, las
cosas más importantes se revelaban en los momentos más inesperados. Y con esas
palabras, la relación entre Shelby y él acababa de sufrir un cambio radical.
¿Estaba siendo irracional? ¿Estaba exagerando? Le importaba una mierda. Su
prioridad era Holly.
Cuando Shelby vio
la expresión de Joe, alzó la vista con impaciencia.
—No quería decirlo
de esa manera.
Joe reorganizó
metódicamente las palabras para extraer una verdad mucho más certera. Shelby
había querido decir lo que había dicho, sonara como sonase.
—No pasa nada.
—Hizo una pausa mientras sentía que los lazos de su relación iban cayendo
durante la conversación, cortados por el hachazo que había significado cada una
de esas palabras—. Pero es mía, Shelby. Es mi responsabilidad.
—También la de
Kevin.
Meneó la cabeza al
escucharla.
—Kevin me está
echando una mano. Pero yo soy su tutor legal.
—¿Me estás
diciendo que necesita a dos adultos revoloteando a su alrededor?
Joe respondió con
mucha delicadeza:
—Tengo que estar
allí.
Shelby asintió con
la cabeza.
—Vale. Salta a la
vista que es una tontería discutir sobre el asunto ahora mismo. ¿Quieres que te
lleve al aeropuerto?
—He llamado a un
taxi.
—Me ofrecería para
acompañarte, pero quiero estar con mi prima esta noche.
—Lo entiendo
perfectamente. —Le colocó una mano en la base de la espalda en un gesto pensado
para calmarla. Tenía la espalda muy tiesa y fría, como si estuviera hecha de
hielo—. Yo me hago cargo de la cena. Le dejaré mi número de tarjeta de crédito
a la maître.
—Gracias. Estoy
segura de que Bill y Allison apreciarán el gesto. —Shelby parecía abatida—.
Llámame más tarde para decirme qué tal está Holly. Aunque estoy segura de que
estará perfectamente.
—De acuerdo.
Se inclinó para
besarla y Shelby volvió la cara, de modo que acabó besándole la mejilla.
El trayecto en
taxi hasta el aeropuerto se le hizo eterno. El vuelo de vuelta a Friday Harbor,
tan lento que estaba convencido de que habría llegado antes en canoa. Cuando
por fin llegó a la casa, eran casi las diez de la noche. Junto a la entrada
había un coche desconocido, un Chrysler blanco.
Entró por la
puerta trasera, por la que se accedía directamente a la cocina. Kevin estaba
sirviéndose una copa de vino. Parecía estar hecho polvo. Tenía la parte
delantera de la camiseta mojada y el pelo alborotado. En la encimera, había un
montón de botes de medicamentos y vasos vacíos, así como una jarra de plástico
con una bebida isotónica.
Kevin lo miró
sorprendido y meneó la cabeza.
—Sabía que no
debía decirte nada —dijo, resignado—. ¡Dios, Shelby debe de estar furiosa!
Joe soltó la bolsa
de viaje y se quitó la chaqueta.
—Me da exactamente
igual. ¿Cómo está Holly? ¿De quién es el coche que está en la entrada?
—De Demi. Y Holly
está mejor. Lleva una hora y media sin vomitar.
—¿Por qué has
llamado a Demi? —preguntó Joe, confundido.
—Porque a Holly le
gusta. Y cuando la conocí en Halloween, me dijo que la llamara si alguna vez
necesitaba ayuda con Holly. Primero llamé a Nick, pero no contestó. Así que la
llamé a ella. Y vino al momento. Dios, es genial. Mientras yo iba a la
farmacia, le dio a Holly un baño templado, lo limpió todo y logró que se tomara
un poco de jarabe.
—¿Ya no tiene
fiebre?
—De momento no.
Pero le sube a ratos. Tenemos que seguir controlándola.
—Yo me quedaré con
ella esta noche —dijo Joe—. Tú vete a descansar un poco.
Kevin le ofreció
una sonrisa cansada antes de beber un sorbo de vino.
—Podría haberlo
hecho solo, pero te agradezco que hayas vuelto.
—Tenía que
hacerlo. Les habría amargado la fiesta, pues hubiese pasado la noche preocupado
por Holly.
—¿Qué ha dicho
Shelby?
—No le ha gustado
un pelo.
—Se le pasará. Un
ramo de flores y unas sentidas disculpas, y asunto arreglado.
Joe hizo un gesto
irritado con la cabeza, negando las palabras de su hermano.
—No me importa
disculparme, pero lo mío con Shelby no va a funcionar.
Kevin abrió los
ojos de par en par.
—¿Vas a cortar con
ella por esto?
—No es por esto.
Es que llevo un tiempo... En fin, da igual. Luego te lo cuento. Tengo que ver a
Holly.
—Si lo dejáis, asegúrate de decirle que
me ofrezco para que se vengue de ti acostándose conmigo —dijo su hermano mientras
él caminaba hacia la escalera.
El pasillo que
llevaba al dormitorio de Holly olía a amoniaco y jabón. La luz de la lámpara
bañaba con suavidad el basto parquet del suelo. Joe intentó imaginar la
impresión que causaría la casa en un extraño. Las estancias sin terminar, el
suelo sin lijar, las paredes sin pintar... Las reformas estaban en pleno
proceso. En ese momento, concentraban sus esfuerzos en remodelar la estructura
para que la casa fuera segura y sólida, de modo que todavía no habían hecho
nada con respecto a la decoración. Seguro que Demi se había quedado espantada.
Llegó al
dormitorio de Holly, pero se quedó justo en la puerta. Demi estaba acostada con
su sobrina, que descansaba acurrucada contra ella. A su otro lado había un
nuevo peluche.
Demi parecía una
adolescente, con el pelo recogido en una coleta y sin rastro de maquillaje. Una
nube de pecas doradas le cubría la nariz y las mejillas. Le estaba leyendo a
Holly, que tenía los ojos muy brillantes, pero parecía tranquila.
Holly lo miró con
expresión adormilada y confusa.
—Has vuelto.
Joe se acercó a la
cama, se inclinó sobre ella y le acarició la frente, echándole el pelo hacia
atrás. Aprovechó el momento para comprobar su temperatura.
—Por supuesto que
he vuelto —murmuró—. No podía estar lejos si mi niña está malita.
—He vomitado —le
informó Holly con solemnidad.
—Lo sé, cariño.
—Y Demi me ha
traído un osito de peluche nuevo, y me ha bañado y...
—Chitón, se supone
que debes dormirte.
Miró a Demi y sus
ojos oscuros lo capturaron. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no alargar un
brazo y tocarla. Para no pasar las yemas de los dedos por esa alegre lluvia de
pecas que le salpicaba la nariz.
Demi sonrió.
—¿Una página más y
así acabamos el capítulo? —le preguntó, y él asintió con la cabeza.
Mientras ella
seguía con la lectura, Joe se apartó y se sentó en el borde de la cama. Clavó
la vista en Holly y vio cómo cerraba los ojos. Su respiración era tranquila y
acompasada. Notó una mezcla de ternura, alivio y ansiedad en el pecho.
—Tío Joe —susurró
la niña cuando el capítulo llegó a su fin al tiempo que movía una de sus
manitas por encima del cobertor para acercarla a él.
—¿Qué?
—Kevin me ha
dicho... —comenzó antes de hacer una pausa para bostezar— que puedo comerme un
polo para desayunar.
—Me parece bien. —Joe
le levantó la mano para darle un beso—. Duérmete —murmuró—. Esta noche me
quedaré contigo.
Holly se acurrucó
entre los almohadones y se durmió. Demi se apartó de ella con delicadeza para
salir de la cama. Llevaba unos vaqueros, zapatillas deportivas y una sudadera
de algodón rosa que se le había subido hasta la cintura, dejando a la vista un
trocito de piel clara. Se sonrojó al darse cuenta y tiró de la prenda para
bajársela, pero no antes de que Joe le hubiera echado un vistazo a esa íntima
extensión de piel.
Salieron juntos
del dormitorio después de apagar la lamparita, aunque dejaron encendida una luz
nocturna.
—Gracias —dijo Joe
en voz baja mientras precedía a Demi por el pasillo de camino a la escalera—.
Siento mucho que Kevin haya tenido que llamarte. No debería haberme movido de
aquí.
—No me ha supuesto
problema alguno. De todas formas, no tenía otra cosa que hacer.
—No es divertido
hacerse cargo de los niños enfermos de los demás.
—Estoy
acostumbrada a atender enfermos. Nada me molesta. Y Holly es tan cariñosa que
haría cualquier cosa por ella.
Joe alargó un
brazo para tomarla de la mano y la escuchó contener el aliento.
—Ten cuidado, el
suelo está desnivelado en esta parte. Todavía no hemos acabado de reparar el
parquet.
Demi rodeó su mano
con los dedos y él la imitó, de modo que el gesto se convirtió en algo íntimo
mientras le permitía conducirla hasta la escalera.

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