miércoles, 19 de diciembre de 2012

ღ ☆♥Una Navidad Magica♡★ღ Jemi Cap. 12


—Tengo que llamar a Kevin, ahora vuelvo —le dijo a Shelby—. Sólo quiero saber si le ha bajado la fiebre.

—Vale, si así dejas de preocuparte... —replicó Shelby—. A ver si podemos disfrutar del resto de la noche. —Le lanzó una mirada elocuente—. ¿Te parece?

—Por supuesto. —Se inclinó sobre ella y le dio un beso en la mejilla—. Perdonadme. —Se levantó de la mesa, salió al vestíbulo del restaurante y sacó el móvil. Sabía que Shelby y la otra pareja creían que se estaba pasando, pero le importaba una mierda. Tenía que averiguar si Holly se encontraba bien.

Su hermano cogió el teléfono.

—¿Joe?

—Sí. ¿Cómo está?

Su pregunta fue recibida con un silencio enervante.

—Pues no muy bien, la verdad.

Se quedó helado al escucharlo.

—¿Cómo que «no muy bien»?

—Empezó a vomitar poco después de que te fueras. Ha estado vomitando desde entonces. Te juro que es increíble que un cuerpo tan pequeño pueda soltar tanto vómito.

—¿Qué has hecho? ¿Has llamado al médico?

—Claro que lo he llamado.

—¿Y qué te ha dicho?

—Que probablemente sea la gripe y que le diera de beber líquidos en pequeños sorbos para rehidratarla. Me ha dicho que es posible que el ibuprofeno le haya sentado mal, de modo que ahora nos hemos pasado al paracetamol.

—¿Sigue con fiebre?

—Tenía casi treinta y nueve la última vez que le puse el termómetro. El problema es que no aguanta el medicamento lo suficiente como para que le haga efecto.

Joe apretó con fuerza el móvil. Nunca había deseado algo con tanta intensidad como deseaba en ese momento estar de regreso en la isla para poder cuidar de Holly.

—¿Tienes todo lo que necesitas?

—La verdad es que tengo que pasarme por una tienda para comprar algunas cosas que necesito como gelatina y caldo de pollo, así que voy a llamar a alguien para que la cuide mientras estoy fuera.

—Ahora mismo me vuelvo a casa.

—No, de eso nada. Tengo una lista larguísima de gente a la que puedo llamar. Y... Dios, otra vez está vomitando. Te dejo.

La llamada se cortó. Joe intentó pensar pese al pánico que lo atenazaba. Llamó a la compañía aérea para reservar un asiento en el próximo vuelo de vuelta a Friday Harbor, pidió un taxi por teléfono y regresó a la mesa.

—¡Gracias a Dios! —exclamó Shelby con una sonrisa tensa—. Ya me estaba preguntando por qué tardabas tanto.

—Lo siento. Pero Holly está muy enferma. Tengo que regresar a casa.

—¿Esta noche? —preguntó Shelby con el ceño fruncido—. ¿Ahora?

Joe asintió con la cabeza y describió la situación. Allison y Bill parecían entender el problema, pero Shelby parecía cada vez más preocupada. Esa muestra de preocupación por Holly hizo que experimentara una nueva conexión con ella. Se preguntó si consideraría la posibilidad de viajar con él. No se lo pediría, pero si ella se ofrecía...

Shelby se puso en pie y le tocó el brazo ligeramente.

—Vamos a hablar un momento en privado. —Le regaló una sonrisa forzada a Allison—. Ahora mismo volvemos.

—Claro. —Y las dos intercambiaron una de esas insondables miradas femeninas que anunciaba que algo se estaba barruntando.

Shelby lo acompañó hasta la entrada del restaurante y lo llevó a un rincón, donde nadie los molestaría.

—Shelby... —le dijo.

—Mira —lo interrumpió ella con suavidad—, no quiero ponerte en la tesitura de tener que elegir entre Holly y yo... pero ella estará bien sin ti. Yo, no. Quiero que me acompañes a la fiesta de esta noche y conozcas a mi familia. No vas a hacer nada por Holly que Kevin no esté haciendo ya.

Cuando por fin terminó de hablar, la sensación de calidez y de conexión que había sentido Joe había desaparecido por completo. Por mucho que hubiera afirmado lo contrario, quería que escogiera entre Holly y ella.

—Lo sé —repuso—. Pero quiero ser yo quien la cuide. Además, es imposible que me lo pase bien sabiendo que mi niña está enferma. Me pasaría todo el tiempo en un rincón con el móvil en la mano.

—Pero Holly no es tuya. No es tu hija.

Joe la miró como si no la hubiera visto en la vida. ¿Qué estaba insinuando? ¿Que la preocupación que sentía por Holly no era legítima porque no se trataba de su hija biológica? ¿Que no tenía derecho a preocuparse por ella hasta ese punto?

En ocasiones, las cosas más importantes se revelaban en los momentos más inesperados. Y con esas palabras, la relación entre Shelby y él acababa de sufrir un cambio radical. ¿Estaba siendo irracional? ¿Estaba exagerando? Le importaba una mierda. Su prioridad era Holly.

Cuando Shelby vio la expresión de Joe, alzó la vista con impaciencia.

—No quería decirlo de esa manera.

Joe reorganizó metódicamente las palabras para extraer una verdad mucho más certera. Shelby había querido decir lo que había dicho, sonara como sonase.

—No pasa nada. —Hizo una pausa mientras sentía que los lazos de su relación iban cayendo durante la conversación, cortados por el hachazo que había significado cada una de esas palabras—. Pero es mía, Shelby. Es mi responsabilidad.

—También la de Kevin.

Meneó la cabeza al escucharla.

—Kevin me está echando una mano. Pero yo soy su tutor legal.

—¿Me estás diciendo que necesita a dos adultos revoloteando a su alrededor?

Joe respondió con mucha delicadeza:

—Tengo que estar allí.

Shelby asintió con la cabeza.

—Vale. Salta a la vista que es una tontería discutir sobre el asunto ahora mismo. ¿Quieres que te lleve al aeropuerto?

—He llamado a un taxi.

—Me ofrecería para acompañarte, pero quiero estar con mi prima esta noche.

—Lo entiendo perfectamente. —Le colocó una mano en la base de la espalda en un gesto pensado para calmarla. Tenía la espalda muy tiesa y fría, como si estuviera hecha de hielo—. Yo me hago cargo de la cena. Le dejaré mi número de tarjeta de crédito a la maître.

—Gracias. Estoy segura de que Bill y Allison apreciarán el gesto. —Shelby parecía abatida—. Llámame más tarde para decirme qué tal está Holly. Aunque estoy segura de que estará perfectamente.

—De acuerdo.

Se inclinó para besarla y Shelby volvió la cara, de modo que acabó besándole la mejilla.

El trayecto en taxi hasta el aeropuerto se le hizo eterno. El vuelo de vuelta a Friday Harbor, tan lento que estaba convencido de que habría llegado antes en canoa. Cuando por fin llegó a la casa, eran casi las diez de la noche. Junto a la entrada había un coche desconocido, un Chrysler blanco.

Entró por la puerta trasera, por la que se accedía directamente a la cocina. Kevin estaba sirviéndose una copa de vino. Parecía estar hecho polvo. Tenía la parte delantera de la camiseta mojada y el pelo alborotado. En la encimera, había un montón de botes de medicamentos y vasos vacíos, así como una jarra de plástico con una bebida isotónica.

Kevin lo miró sorprendido y meneó la cabeza.

—Sabía que no debía decirte nada —dijo, resignado—. ¡Dios, Shelby debe de estar furiosa!

Joe soltó la bolsa de viaje y se quitó la chaqueta.

—Me da exactamente igual. ¿Cómo está Holly? ¿De quién es el coche que está en la entrada?

—De Demi. Y Holly está mejor. Lleva una hora y media sin vomitar.

—¿Por qué has llamado a Demi? —preguntó Joe, confundido.

—Porque a Holly le gusta. Y cuando la conocí en Halloween, me dijo que la llamara si alguna vez necesitaba ayuda con Holly. Primero llamé a Nick, pero no contestó. Así que la llamé a ella. Y vino al momento. Dios, es genial. Mientras yo iba a la farmacia, le dio a Holly un baño templado, lo limpió todo y logró que se tomara un poco de jarabe.

—¿Ya no tiene fiebre?

—De momento no. Pero le sube a ratos. Tenemos que seguir controlándola.

—Yo me quedaré con ella esta noche —dijo Joe—. Tú vete a descansar un poco.

Kevin le ofreció una sonrisa cansada antes de beber un sorbo de vino.

—Podría haberlo hecho solo, pero te agradezco que hayas vuelto.

—Tenía que hacerlo. Les habría amargado la fiesta, pues hubiese pasado la noche preocupado por Holly.

—¿Qué ha dicho Shelby?

—No le ha gustado un pelo.

—Se le pasará. Un ramo de flores y unas sentidas disculpas, y asunto arreglado.

Joe hizo un gesto irritado con la cabeza, negando las palabras de su hermano.

—No me importa disculparme, pero lo mío con Shelby no va a funcionar.

Kevin abrió los ojos de par en par.

—¿Vas a cortar con ella por esto?

—No es por esto. Es que llevo un tiempo... En fin, da igual. Luego te lo cuento. Tengo que ver a Holly.

—Si lo dejáis, asegúrate de decirle que me ofrezco para que se vengue de ti acostándose conmigo —dijo su hermano mientras él caminaba hacia la escalera.

El pasillo que llevaba al dormitorio de Holly olía a amoniaco y jabón. La luz de la lámpara bañaba con suavidad el basto parquet del suelo. Joe intentó imaginar la impresión que causaría la casa en un extraño. Las estancias sin terminar, el suelo sin lijar, las paredes sin pintar... Las reformas estaban en pleno proceso. En ese momento, concentraban sus esfuerzos en remodelar la estructura para que la casa fuera segura y sólida, de modo que todavía no habían hecho nada con respecto a la decoración. Seguro que Demi se había quedado espantada.

Llegó al dormitorio de Holly, pero se quedó justo en la puerta. Demi estaba acostada con su sobrina, que descansaba acurrucada contra ella. A su otro lado había un nuevo peluche.

Demi parecía una adolescente, con el pelo recogido en una coleta y sin rastro de maquillaje. Una nube de pecas doradas le cubría la nariz y las mejillas. Le estaba leyendo a Holly, que tenía los ojos muy brillantes, pero parecía tranquila.

Holly lo miró con expresión adormilada y confusa.

—Has vuelto.

Joe se acercó a la cama, se inclinó sobre ella y le acarició la frente, echándole el pelo hacia atrás. Aprovechó el momento para comprobar su temperatura.

—Por supuesto que he vuelto —murmuró—. No podía estar lejos si mi niña está malita.

—He vomitado —le informó Holly con solemnidad.

—Lo sé, cariño.

—Y Demi me ha traído un osito de peluche nuevo, y me ha bañado y...

—Chitón, se supone que debes dormirte.

Miró a Demi y sus ojos oscuros lo capturaron. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no alargar un brazo y tocarla. Para no pasar las yemas de los dedos por esa alegre lluvia de pecas que le salpicaba la nariz.

Demi sonrió.

—¿Una página más y así acabamos el capítulo? —le preguntó, y él asintió con la cabeza.

Mientras ella seguía con la lectura, Joe se apartó y se sentó en el borde de la cama. Clavó la vista en Holly y vio cómo cerraba los ojos. Su respiración era tranquila y acompasada. Notó una mezcla de ternura, alivio y ansiedad en el pecho.

—Tío Joe —susurró la niña cuando el capítulo llegó a su fin al tiempo que movía una de sus manitas por encima del cobertor para acercarla a él.

—¿Qué?

—Kevin me ha dicho... —comenzó antes de hacer una pausa para bostezar— que puedo comerme un polo para desayunar.

—Me parece bien. —Joe le levantó la mano para darle un beso—. Duérmete —murmuró—. Esta noche me quedaré contigo.

Holly se acurrucó entre los almohadones y se durmió. Demi se apartó de ella con delicadeza para salir de la cama. Llevaba unos vaqueros, zapatillas deportivas y una sudadera de algodón rosa que se le había subido hasta la cintura, dejando a la vista un trocito de piel clara. Se sonrojó al darse cuenta y tiró de la prenda para bajársela, pero no antes de que Joe le hubiera echado un vistazo a esa íntima extensión de piel.

Salieron juntos del dormitorio después de apagar la lamparita, aunque dejaron encendida una luz nocturna.

—Gracias —dijo Joe en voz baja mientras precedía a Demi por el pasillo de camino a la escalera—. Siento mucho que Kevin haya tenido que llamarte. No debería haberme movido de aquí.

—No me ha supuesto problema alguno. De todas formas, no tenía otra cosa que hacer.

—No es divertido hacerse cargo de los niños enfermos de los demás.

—Estoy acostumbrada a atender enfermos. Nada me molesta. Y Holly es tan cariñosa que haría cualquier cosa por ella.

Joe alargó un brazo para tomarla de la mano y la escuchó contener el aliento.

—Ten cuidado, el suelo está desnivelado en esta parte. Todavía no hemos acabado de reparar el parquet.

Demi rodeó su mano con los dedos y él la imitó, de modo que el gesto se convirtió en algo íntimo mientras le permitía conducirla hasta la escalera.

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