—No. Ahora no. No
puedo... —La tensión de su voz era palpable, como si estuviera al borde de las lágrimas.
Entró en el coche y lo puso en marcha.
Mientras la
observaba desde el camino de gravilla, ella condujo hasta la carretera
principal y se marchó sin mirar atrás.
La alarma despertó
a Demi con sus indignantes pitidos, que comenzaron a intervalos regulares y
fueron aumentando de frecuencia y de volumen hasta convertirse casi en una
sirena que la obligó a salir de la cama. Con un gemido y a trompicones, llegó a
la cómoda y apagó el despertador. Lo había colocado lejos a propósito, ya que
hacía mucho que había aprendido que, si lo dejaba en la mesita de noche, era
capaz de pulsar el botón para desconectar la alarma sin llegar a despertarse
del todo.
Escuchó los
rasguños de unas patas sobre el suelo de madera instantes antes de que la
puerta del dormitorio se abriera para dejar paso a la enorme cabeza cuadrada de
Winston, con su evidente prognatismo.
«¡Tachan!», parecía decir su expresión, como si ver a un bulldog medio calvo,
jadeante y con problemas de mandíbula fuera la mejor manera de comenzar el día.
Las calvas eran el resultado de un eccema, que los antibióticos y una dieta
especial habían conseguido controlar. Pero de momento no le había vuelto a
crecer el pelo. La mala estructura ósea le confería un aspecto extraño cuando
caminaba o corría, como si fuera en diagonal.
—Buenos días,
monstruito —dijo Demi, que se agachó para acariciarlo—. Menuda nochecita.
—Apenas había dormido. Y se había pasado la noche dando vueltas y soñando.
En ese momento,
recordó por qué no había dormido bien.
Se le escapó un
gemido y su mano se quedó quieta en la cabeza pelona de Winston.
El beso de Joe...
Así como su respuesta al beso de Joe...
Y no le quedaban
demasiadas alternativas, tendría que verlo al cabo de un rato. Si no lo hacía, Joe
podría sacar conclusiones equivocadas. La única alternativa era ir a Viñedos
Sotavento y comportarse como si tal cosa. Tendría que mostrarse alegre e
indiferente.
Entró a
trompicones en el cuarto de baño de su bungalow de un dormitorio, se lavó la
cara y se la secó con una toalla. Y se dejó la toalla apretada contra la cara
cuando sintió el escozor de las lágrimas. Por un instante, se permitió
rememorar el beso. Había pasado muchísimo tiempo desde que alguien la abrazó
con pasión, desde que un hombre la abrazó con fuerza y la estrechó contra su
cuerpo. Y Joe era tan fuerte... era tan vital... Que resultaba casi un milagro
que no hubiera caído en la tentación. Cualquier otra lo habría hecho.
Algunas de las
sensaciones le resultaron conocidas, pero otras fueron totalmente novedosas. No
recordaba haber sentido ese deseo tan arrollador, ni la pasión que la recorrió
por entero y que le pareció una traición... y una fuente de peligro. Era
demasiado alarmante para una mujer cuya vida ya sufrió un vuelco espantoso.
Nada de aventuras apasionadas, alocadas y potencialmente dolorosas para ella...
No deseaba más heridas, ni más pérdidas... Necesitaba paz y tranquilidad.
Aunque todo eso
era pensar por pensar. Tenía todos los motivos del mundo para creer que Joe
haría las paces con Shelby muy pronto. Ella sólo había sido una distracción
pasajera, un tonteo sin importancia. Era imposible que Joe quisiera lidiar con
todos los problemas que arrastraba; unos problemas que ni ella misma quería
analizar. Joe no le daría la menor importancia a lo de la noche anterior.
Y ella tenía que
convencerse, como fuera, de que también carecía de importancia.
Soltó la toalla y
miró a Winston, que jadeaba y roncaba
a su lado.
—Soy una mujer de
mundo —le dijo—. Puedo enfrentarme a esto. Vamos a ir al viñedo y te dejaré
allí para que pases el día. Y tú vas a intentar ser el perro más normal del
mundo.
Después de ponerse
una falda vaquera, botas de tacón bajo y una chaqueta entallada, se maquilló un
poco. Un toque de colorete, la máscara de pestañas, el brillo labial y el
corrector consiguieron finalmente camuflar los estragos de una noche sin
dormir. Pero ¿se había pasado? ¿Creería Joe que estaba intentando llamar su
atención? Puso los ojos en blanco y meneó la cabeza para desechar semejantes
pensamientos.
Winston estaba
fuera de sí cuando lo metió en el coche, ya que le encantaba visitar sitios
nuevos. El perro intentó sacar la cabeza por la ventanilla, pero ella sujetó la
correa con inusitada fuerza, ya que temía que su regordete amigo pudiera caerse
del coche accidentalmente.
El día era fresco
y despejado; el cielo tenía un azul muy claro veteado en algunas partes por
unas diáfanas nubes. Al darse cuenta de que su nerviosismo iba en aumento
conforme se acercaba al viñedo, Demi inspiró hondo una vez, y luego otra, y
repitió el proceso hasta que su respiración se tornó casi tan jadeante como la
de Winston.
Kevin y sus
empleados estaban trabajando entre las viñas, podando los vástagos del año
anterior y dándole forma a las cepas a fin de prepararlas para el invierno. Demi
condujo hasta la casa, aparcó y miró a Winston.
—Vamos a
comportarnos con naturalidad y con seguridad —le dijo—. Sin problemas.
El bulldog la
acarició con la cabeza, exigiéndole que le rascara. Demi hizo lo que le pedía y
suspiró.
—Vamos allá.
Llevó al perro
hasta la puerta principal, sin llegar a soltar la correa de la mano, aunque se
detuvo con paciencia mientras el pobre hacía un descanso entre escalón y
escalón. Antes de que pudiera llamar, la puerta se abrió y apareció Joe en
vaqueros y camisa de franela. Estaba para comérselo con la camisa arrugada y el
pelo alborotado, tanto era así que sintió una punzada en el estómago.
—Pasa. —Su voz,
muy ronca por la mañana, le resultó agradable.
Demi tiró del
perro para obligarle a entrar en la casa.
Los ojos de Joe lo
miraron con expresión de regocijo.
—Winston —dijo, y se puso en cuclillas.
El perro se acercó
a él de inmediato. Joe lo acarició con más fuerza de lo que ella solía hacerlo,
de modo que la piel del cuello comenzó a moverse con vigor. Winston estaba en la gloria. Como no
tenía rabo, se puso a menear los cuartos traseros, consiguiendo en el proceso
una buena imitación de Shakira.
—Pareces un cuadro
de Picasso —le dijo Joe—. Del periodo cubista.
Jadeando
extasiado, Winston le lamió las muñecas
y se tumbó en el suelo, despatarrado completamente.
Pese al
nerviosismo, Demi se vio obligada a echarse a reír al verlo tumbado de esa
manera.
—¿Estás seguro de
que no vas a cambiar de opinión? —le preguntó a Joe.
Él la miró con la
misma expresión alegre.
—Segurísimo
—contestó.
Acto seguido, Joe
apartó la correa del collar, se levantó para mirarla a la cara y le quitó la
correa de las manos con infinita delicadeza. Cuando sus dedos se rozaron, Demi
sintió que el pulso se le disparaba y que empezaban a temblarle las rodillas.
Por un instante, se imaginó la maravillosa sensación de poder dejarse caer al
suelo tal como lo había hecho Winston.
—¿Cómo está Holly?
—consiguió preguntar.
—Genial. Está
comiendo gelatina y viendo dibujos animados. La fiebre le subió otra vez
durante la noche, pero después desapareció. Está un poco débil. —Joe la observó
con detenimiento, como si quisiera memorizar todos los detalles de su persona—.
Demi... no fue mi intención asustarte.
Demi sintió el
corazón a punto de salírsele del pecho.
—No me asustaste.
No sé por qué sucedió. Seguro que fue por el vino.
—No bebimos vino.
El del vino fue Kevin.
Sus palabras
tuvieron el efecto de provocarle un ardiente sonrojo.
—En fin, el caso
es que se nos fue la cabeza. Seguramente por la luna llena.
—No había luna.
—Era tarde.
Alrededor de medianoche...
—Eran las diez.
—... y tú estabas
agradecido porque había ayudado a cuidar a Holly y...
—No estaba
agradecido. Bueno, sí estaba agradecido, pero no te besé por eso.
La voz de Demi
adquirió un deje desesperado para añadir:
—En resumen, que
no siento eso por ti.
Joe la miró con
gesto escéptico.
—Me devolviste el
beso.
—Un gesto
amistoso... Fue un beso amistoso... —Frunció el ceño al darse cuenta de que Joe
no se lo tragaba—. Te devolví el beso por educación.
—¿Algo
protocolario?
—Sí.
Joe extendió los
brazos, la pegó contra su cuerpo y la estrechó con fuerza. Demi se quedó tan
sorprendida que ni siquiera protestó. En ese momento, Joe inclinó la cabeza y le
dio un beso tan lento y demoledor que se echó a temblar de la cabeza a los
pies. El deseo se apoderó de ella, y la dejó débil y a su merced.
Joe le enterró una
mano en el pelo y jugueteó con sus rizos antes de dejarla quieta. El mundo se
desvaneció y sólo quedó el placer, el deseo y ese anhelo tan doloroso y dulce
que la inundaba. Cuando por fin se separaron, Demi estaba temblando de la
cabeza a los pies.
Joe clavó la
mirada en sus ojos aturdidos y enarcó un poquito las cejas, como si quisiera
preguntarle con el gesto si había demostrado su postura.
Demi respondió la
silenciosa pregunta haciendo un sutil gesto de asentimiento.
Joe la instó a
apoyar la cabeza en su hombro con mucha delicadeza y esperó a que las piernas
dejaran de temblarle.
—Tengo que
ocuparme de unas cuantas cosas —lo oyó decir por encima de su cabeza—, entre
las que se incluye solucionar lo mío con Shelby.
Demi se apartó y
lo miró presa del nerviosismo.
—Por favor, no
cortes con ella por mi culpa.
—Tú no tienes nada
que ver. —Joe le rozó la punta de la nariz con los labios—. El problema es que
Shelby se merece muchísimo más que ser la mujer con la que alguien se conforma.
En un momento dado, creí que sería buena para Holly y que con eso bastaría.
Pero últimamente me he dado cuenta de que no puede ser buena para Holly si no
es buena para mí.
—Ahora mismo no
puedo enfrentarme a esto, es demasiado —le aseguró sin tapujos—. No estoy preparada.
Joe jugueteó con
su pelo, deslizando los dedos por sus rizos.
—¿Cuándo crees que
estarás preparada?
—No lo sé. Primero
necesito un hombre transitorio.
—Yo seré esa
transición.
Joe era capaz de
arrancarle una sonrisa aun estando confundida.
—¿Y quién vendrá
después? —le preguntó ella.
—Pues yo.
Se le escapó una
carcajada desesperada al escucharlo.
—Joe, yo no...
—Chitón —le dijo
él con suavidad—. Es demasiado pronto para tener esta conversación. No hay nada
por lo que debas preocuparte. Entra. Vamos a ver a Holly.
Winston se puso
en pie con mucho esfuerzo y los siguió.
Holly estaba en la
salita emplazada junto a la cocina, acurrucada en el sofá, envuelta en mantas y
cojines. Ya no tenía los ojos brillantes ni la cara desencajada del día
anterior, pero seguía muy débil y pálida. Al verla, la niña sonrió y extendió
los brazos.
Demi se acercó a
ella y la abrazó.
—¡Adivina a quién
he traído! —dijo contra los mechones enredados de Holly.
—¡Winston! —exclamó la niña.
Al reconocer su
nombre, el bulldog se acercó alegremente al sofá, con sus ojos saltones y su
sempiterna mueca. Holly lo miró con recelo y se apartó al ver que colocaba las
patas delanteras sobre el sofá y se levantaba sobre las traseras.
—Tiene una pinta
muy rara —le susurró a Demi.
—Sí, pero él no lo
sabe. Se cree guapísimo.
Holly soltó una
risilla y se inclinó hacia delante para acariciarlo.
Con un suspiro, Winston apoyó su enorme cabeza en Holly
y cerró los ojos, extasiado.
—Le encanta que le
presten atención —le explicó a Holly, que comenzó a hacerle carantoñas al
encantado bulldog y a hablarle como si fuera un bebé. Demi sonrió y le dio un
beso a la niña en la cabeza—. Tengo que irme. Gracias por cuidarlo hoy, Holly.
Cuando vuelva a recogerlo, te traeré una sorpresa de la juguetería.
Joe observaba la
escena desde la puerta con expresión tierna y pensativa.
—¿Quieres desayunar?
—le preguntó—. Tenemos huevos y tostadas.
—Gracias, pero ya
he comido unos cereales.
—¡Come un poco de
gelatina! —exclamó Holly—. El tío Joe ha hecho de tres colores. Me ha dado un
poco de cada y me ha dicho que era un cuenco de arcoíris.
—¿En serio? —Demi
lo miró con una sonrisa interrogante—. Me alegra saber que tu tío usa la
imaginación.
—No sabes hasta
qué punto... —replicó el susodicho.
Joe la acompañó a
la puerta y le dio el termo lleno de café. A Demi le preocupaba la sensación
tan hogareña que la había asaltado. El perro, la niña, el hombre con camisa de
franela, incluso la casa, una mansión Mileyna restaurada... todo era perfecto.
—No me parece un
trato justo —dijo—. Un café especial a cambio de un día con Winston.
—Si consigo verte
dos veces en un día —replicó Joe—, estaré encantado de hacer tratos así.

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