Joe alargó un
brazo para tomarla de la mano y la escuchó contener el aliento.
—Ten cuidado, el
suelo está desnivelado en esta parte. Todavía no hemos acabado de reparar el
parquet.
Demi rodeó su mano
con los dedos y él la imitó, de modo que el gesto se convirtió en algo íntimo
mientras le permitía conducirla hasta la escalera.
—La casa está hecha un cuadro —comentó
Joe.
—Está genial.
Tiene una estructura maravillosa. Cuando acabéis de remodelarla, será la casa
más bonita de la isla.
—Creo que no
acabaremos en la vida —replicó Joe, y ella se echó a reír.
—He visto que ya
habéis acabado dos habitaciones, que están preciosas por cierto, el dormitorio
de Holly y su cuarto de baño. Eso dice mucho. —Lo soltó para aferrar el
pasamanos.
—Deja que yo baje
primero —dijo él.
—¿Por qué?
—Porque si te
caes, podré cogerte.
—No voy a caerme
—protestó ella, pero le permitió bajar en primer lugar.
Joe era muy
consciente del suave timbre de su voz mientras descendían los escalones.
—Te he traído el
termo —la oyó decir—. Por tu culpa, he vuelto a beber café. Aunque, de momento,
no he encontrado otro que esté tan bueno como el tuyo.
—Tengo un
ingrediente secreto.
—¿Cuál?
—No puedo
decírtelo.
—¿Por qué no?
—Porque si te lo
digo, ya no vendrás a por más café.
Sus palabras
fueron recibidas por un breve silencio mientras Demi trataba de interpretar el
comentario.
—Volveré mañana
por la mañana para ver cómo está Holly antes de abrir la tienda. ¿Eso significa
que podré llevarme el termo lleno otra vez?
—Siempre que
quieras.
Habían llegado al
pie de la escalera, de modo que Joe se volvió para coger a Demi justo antes de
que perdiera el equilibrio.
—¡Ay! —exclamó al
tiempo que alargaba un brazo para apoyarse en él, aunque más bien acabó pegada
por completo a su cuerpo.
Joe la ayudó a
recuperar el equilibrio aferrándole las caderas. Algunos rizos le rozaron una
mejilla, una caricia fresca y sedosa que lo excitó de inmediato. Demi estaba en
el último peldaño, apoyada en él, totalmente a su merced. Y era muy consciente
de ella, de esa deliciosa tensión que tanto ansiaba aliviar.
—El pasamanos
acaba antes de llegar al último escalón —le dijo. Era una de las rarezas de la
casa a las que tanto Kevin como él se habían acostumbrado, pero que pillaban
por sorpresa a las visitas.
—¿Por qué no me
has avisado? —susurró ella, cuyas manos seguían apoyadas en sus hombros.
Sería muy fácil
tirar de ella para besarla. Pero siguió sin moverse, sosteniéndola de forma que
parecían estar abrazados. Estaban tan cerca que notaba el roce de su aliento.
—A lo mejor porque
quería atraparte —contestó.
Demi soltó una
risilla nerviosa que puso de manifiesto lo desconcertada que se sentía. Joe
notó la suave presión de sus dedos, que lo exploraban con sutileza. Sin
embargo, no demostró señal alguna de que lo deseara, no hizo el menor
movimiento para acercarse a él ni para alejarse. Se limitó a esperar sin
moverse.
Joe se apartó y la
ayudó a bajar el último peldaño, tras lo cual caminaron hacia el suave
resplandor de la cocina.
Kevin había
apurado su copa de vino y se estaba sirviendo otra.
—Demi —dijo con
una nota afectuosa en la voz, como si se conocieran desde hacía años—, mi
copiloto.
Ella se echó a
reír.
—¿Hay mujeres
copilotos?
—Las mujeres son
los mejores copilotos del mundo —le aseguró Kevin—. ¿Te apetece una copa de
vino?
Ella negó con la
cabeza.
—Gracias, pero
necesito volver a casa. Tengo que sacar a mi perro.
—¿Tienes perro?
—le preguntó Joe.
—En realidad, lo
tengo en acogida. Una de mis amigas ha organizado un programa de rescate y
adopción de animales en la isla, y me convenció para que me hiciera cargo de él
hasta que le encuentre un hogar definitivo.
—¿De qué raza es?
—Es un bulldog. El
pobre tiene todos los problemas que puede desarrollar la raza: problemas en las
articulaciones, prognatismo, alergias cutáneas, ronquidos... y, para colmo, Winston no tiene rabo. Nació con el rabo
invertido y se lo tuvieron que amputar.
—¿Winston? ¿Como el sirviente de Drácula
que comía bichos? —preguntó Joe.
—Sí, estoy
tratando de encontrarle un lado bueno a su fealdad. De hecho, creo que tiene un
puntito de nobleza. El pobre no tiene ni idea de lo feo que es, pero espera que
lo quieran de todas formas. Sin embargo, mucha gente ni siquiera es capaz de
acariciarlo. —Le brillaban los ojos y acababa de esbozar una sonrisa tristona—.
Empiezo a desesperarme. Me veo cargando con él de por vida.
Joe la miró
fascinado. Había una bondad en ella que resultaba tan seductora como
entrañable. Parecía una mujer nacida para ser feliz, para dar amor a espuertas,
para cuidar a un perro que nadie quería.
En ese momento
recordó que le había dicho que, después del calvario que supuso la muerte de su
marido, no le quedaba nada que ofrecer. No obstante, lo cierto era que tenía
muchísimo que ofrecer.
Kevin se había
acercado a ella y le había echado un brazo por los hombros.
—Esta noche has
salvado una vida —le aseguró.
—La vida de Holly
no ha peligrado en ningún momento —replicó ella.
—Me refería a la
mía. —Kevin miró a Joe con una sonrisa—. Creo que eres consciente de que uno de
los dos tiene que casarse con ella.
—No sois mi tipo
—le soltó Demi, a la que se le escapó una risilla tonta cuando Kevin la echó
hacia atrás, en una pose al más puro estilo Valentino.
—Contigo se llena
el vacío de mi alma —dijo Kevin con fingida pasión.
—Como me dejes
caer, te mato —le advirtió ella.
Joe observó la
escena consumido por los celos. Porque parecían muy cómodos el uno con el otro,
como si se hubieran hecho amigos al instante. Y el fingido cortejo de su
hermano le pareció una burla hacia los sentimientos que albergaba por Demi.
—Tiene que irse a
casa —le recordó a Kevin con brusquedad.
Su hermano captó
el deje de su voz y le lanzó una mirada ladina mientras ensanchaba la sonrisa.
Enderezó a Demi, le dio un abrazo fugaz y, después de soltarla, cogió su copa
de vino.
—Mi hermano te
acompañará al coche —dijo—. Lo haría yo, pero tengo que apurar el vino.
—Puedo ir sola
—protestó ella.
Joe la acompañó de
todas formas.
La noche de
noviembre era fría y desagradable, y las nubes cubrían gran parte del cielo
oscuro. Caminaron hacia el coche por el camino de gravilla, que se les clavaba
en la suela de los zapatos.
—Quiero
preguntarte una cosa —le dijo Joe cuando llegaron junto al coche.
—¿El qué? —replicó ella con cierto recelo.
—¿Y si nos dejas a
Winston mañana por la mañana? Podría
pasar el día con Holly. Y yo podría llevármelo a hacer unas cuantas cosas. Lo
cuidaremos bien.
Estaba demasiado
oscuro como para ver su expresión, pero la sorpresa teñía la voz de Demi cuando
dijo:
—¿De verdad? Estoy
segura de que a Winston le encantará.
Aunque no creo que te guste que te vean con él.
Estaban junto al
coche, el uno frente al otro, mirándose gracias a la tenue luz que les llegaba
desde las ventanas de la cocina. Los ojos de Joe ya se habían adaptado a la
penumbra.
—La verdad es que
sacar a pasear a Winston es un poco
bochornoso —siguió ella—. La gente siempre te mira. Y te pregunta si se ha
peleado con una cortadora de césped o algo.
¿Lo tenía por un
intolerante? ¿Por un tío estrecho de miras? ¿Lo creía incapaz de pasar por lo
menos un día en compañía de una criatura que carecía de atractivo físico porque
no cumplía sus expectativas? ¡Joder! ¿Acaso no había visto la casa donde vivía?
—Tráelo —le dijo
sin más.
—Vale. —Soltó una
risilla y después recuperó la seriedad—. Supuestamente ibas a pasar el fin de
semana con Shelby.
—Sí.
—¿Por qué no ha
venido contigo?
—Quería quedarse
para asistir a la fiesta de compromiso de su prima.
—¡Ah! —exclamó con
un hilo de voz—. Espero que no... haya problemas.
—Yo no lo llamaría
así. Pero las cosas no van bien entre nosotros.
Sus palabras
fueron recibidas por un largo silencio. Hasta que Demi comentó:
—Pero si hacéis
una pareja perfecta...
—No sé yo si eso
es una buena base para una relación.
—¿Crees que es mejor
parecer muy distinto? —Bueno, eso da para más temas de conversación. Demi rio
entre dientes.
—En fin, espero
que lo solucionéis —le deseó mientras se volvía hacia el coche para abrir la
puerta. Una vez que arrojó el bolso al interior, se dio media vuelta para
mirarlo. La luz del salpicadero la iluminaba desde atrás.
—Gracias por
cuidar a Holly —susurró Joe—. Significa mucho para mí. Si alguna vez necesitas
algo, lo que sea, que sepas que puedes contar conmigo. Para cualquier cosa.
—Eres un encanto
—replicó ella con expresión tierna.
—No soy un
encanto.
—Sí que lo eres.
—Y, de forma impulsiva, se acercó a él y lo abrazó, al igual que había hecho
con Kevin.
Joe la rodeó con
los brazos. Por fin sabía lo que era tenerla entre sus brazos, pegada a él. Sus
pechos, sus caderas, sus piernas e incluso su cabeza, ya que se había puesto de
puntillas para apoyarla en uno de sus hombros. Se abrazaron en silencio un
rato, y después hicieron ademán de separarse a la vez.
Sin embargo, se
produjo un instante de tensión que no duró más de un segundo. Y luego volvieron
a abrazarse, un gesto que les pareció tan natural e inevitable como la fuerza
de las mareas. Se abrazaron de nuevo, y en esa ocasión fue un momento
apasionado, más sensual y excitante. Ansiaba sentirla por completo. Inclinó la
cabeza para acercarse a su pelo y la estrechó con fuerza.
Demi tenía la cara
parcialmente enterrada en su cuello y el roce de su aliento le quemaba la piel,
despertando deseos latentes, anhelos irresistibles, inoportunos por su
ferocidad. Sin ser consciente de lo que hacía, buscó la fuente de esa
atracción, la suavidad de sus labios. Y la besó, sólo una vez.
La notó temblar
mientras se pegaba más a él, como si buscara protegerse del frío. Se apartó de
sus labios y la besó detrás de la oreja, inhalando su perfume, disfrutando de
la suavidad de su piel. El deseo hizo que sus movimientos fueran torpes al
principio, pero de todas formas descendió por su cuello con los labios hasta
llegar al borde de la sudadera antes de volver a subir. Notó cómo se le erizaba
la piel a medida que sus labios la recorrían. La escuchó jadear. Al ver que no
se resistía, se apoderó de nuevo de su boca para besarla con toda la pasión que
requería el momento. Exploró sus labios, degustó su sabor y dejó que las
sensaciones se convirtieran en algo básico y descontrolado.
Demi respondió de
forma tímida al principio, sin mover apenas los labios. Sin embargo, su cuerpo
seguía amoldado al suyo, rendido y relajado. En un momento dado, notó que
perdía el equilibrio, de modo que le colocó una mano en las caderas para
acercarla aún más a él. Y siguió besándola con frenesí hasta que escuchó los
gemidos que brotaban del fondo de su garganta, hasta que notó sus dedos
acariciarle el pelo con delicadeza.
Sin embargo, al
cabo de un momento se apartó de él con un empujón. La palabra «no» flotó entre
ellos de forma tan etérea que no estuvo seguro de que Demi la hubiera
pronunciado.
La soltó sin
oponer resistencia, aunque su cuerpo acusó el enorme esfuerzo que le supuso
dejarla marchar.
Demi trastabilló
hacia atrás y se apoyó en su coche con una expresión tan horrorizada en la cara
que se habría echado a reír de no haber estado tan excitado. Respiró hondo unas
cuantas veces para recobrar el aliento mientras obligaba a su cuerpo a que se
relajara. Y mientras se obligaba a mantenerse alejado de ella.
Demi fue la
primera en hablar.
—No debería
haber... No quería... —Le falló la voz, y acabó meneando la cabeza con
desesperación—. ¡Ay, Dios!
Joe intentó que su
voz sonara normal.
—¿Volverás mañana por
la mañana?
—No lo sé. Sí. Es
posible.
—Demi...
—No. Ahora no. No
puedo... —La tensión de su voz era palpable, como si estuviera al borde de las
lágrimas. Entró en el coche y lo puso en marcha.
Mientras la
observaba desde el camino de gravilla, ella condujo hasta la carretera
principal y se marchó sin mirar atrás.

Hay se besaron pero Demi rechazo a Joe siguelaaaaaaaaaaa me encanta esta novela
ResponderEliminar