sábado, 16 de marzo de 2013

┊εїз*~ El Hombre Ideal Cap: 10*~┊εїз

–¡Ay!
        Él sonrió.
        –Son ampollas, no piernas rotas.
        Demi apretó los dientes. Él le puso una tirita y ella retiró el pie.
        –Buenas noches, Joseph.
        Él se incorporó y se inclinó hacia ella mirándola a los ojos. Puso las manos a ambos lados de las caderas de ella. Demi alzó la barbilla inconscientemente, pero en vez de besarla, Joseph permaneció inmóvil y una sonrisa sexy se formó en su boca.
        –Buenas noches, muñeca –dijo con aquella voz ronca.
        Demi parpadeó cuando él cruzó la estancia y cerró la puerta. Ahora que sabía el efecto que tenía sobre ella, lo usaría siempre que tuviera ocasión. Tomó un cojín, se lo apretó contra la cara y gritó de frustración.
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        «Aunque adoro el verano, me encantan los colores del otoño. Si respiras hondo ahora, incluso en la ciudad puedes sentir la llegada de algo espectacular».
        HABÍA empezado ella. No había sido una respuesta muy madura, pero después de pasarse casi todas sus horas despierto reproduciendo en su mente el beso más apasionado de su vida, a Joseph no le importaba eso.
        Ni siquiera el hecho de que ella fuera quien era suponía ya ninguna diferencia, en particular cuando pensaba en su reacción a la caja que había visto en el armario de su cuarto de baño. No porque no creyera que fuera sensato guardarlos allí, pero por un momento le había costado mucho resistir el impulso de llevarse la cajita consigo, tirársela encima y exigir que le dijera con quién los había usado.
        Lo que hizo, en cambio, fue cerrar el armario con fuerza y jurar que solo había un hombre con el que los usaría en un futuro no muy lejano.
        Desgraciadamente, cuando él había sacado la artillería pesada, se había encontrado con una guerrilla enfrente. Ella había golpeado con fuerza, desaparecido detrás de la mujer que lo provocaba con muy poco esfuerzo y luego había vuelto a atacarlo cuando él había intentado un alto el fuego temporal haciendo algo amable.
        Le gustaba creer que había lanzado un contraataque efectivo antes de irse del apartamento. Ella estaba enfadada porque la había besado. Muy probablemente tampoco le gustaba haberle devuelto el beso. Pero había dejado patente que estaba abierta a que volviera a ocurrir. Y Joseph pensaba que, como no había habido mucha delicadeza en el primer beso, el siguiente paso sería enmendar ese error.
        Entró en la cafetería por la puerta más alejada de la mesa de ella. Mientras esperaba que le sirvieran, hizo una pequeña labor de reconocimiento. Descubrió que ese día ella llevaba una coleta, y un vestido blanco con lo que parecía un escote bajo. Tenía que estar en guardia con eso. Bajó más la vista y frunció el ceño mientras se preguntaba si había escasez de tela en el mercado. Recordó la suavidad de la piel de ella en la parte de atrás de los muslos y apartó la vista. No estaba seguro de poder resistir lo que ella llevaba en los pies.
        –Sabía que era demasiado bueno para durar –murmuró ella cuando él le puso una taza al lado del ordenador y se sentó.
        –¿Me echas de menos?
        –¿Por qué no pruebas a desaparecer más de treinta y dos horas y lo comprobamos? Una década podría servir.
        Joseph tomó un sorbo de su café.
        –¿Anoche fuiste de nuevo a ver a Jack? –preguntó. Como ella no contestó, asumió que la respuesta era afirmativa–. Creí que habíamos acordado que no irías sola allí.
        –Yo no recuerdo haber accedido a eso.
        Él extendió una mano.
        –Dame tu móvil.
        Ella alzó la vista hacia él.
        –¿También estoy castigada sin salir?
        –No. Pero te faltan cinco segundos para que te ponga un toque de queda. El teléfono.
        –¿Para qué lo quieres?
        –Te voy a anotar mi número. La próxima vez que tengas que ir allí de noche, llámame.
        –No lo haré. Y no te daré mi móvil. No necesito guardaespaldas y tú trabajas en turnos cambiados. No puedes dejarlo todo y salir corriendo en mi ayuda si estás trabajando.
        –Si estoy de servicio, te acompañará Tyler.
        –No necesito guardaespaldas –repitió ella–. Pero si lo necesitara, ya tengo el número de Tyler.
        Joseph frunció el ceño cuando su cerebro decidió establecer una relación entre su hermano y la cajita del cuarto de baño.
        –Dame el maldito teléfono, Demi.
        Ella alzó la vista de nuevo. Lo que vio en los ojos de él hizo que suavizara la voz.
        –Puedo cuidar de mí misma.
        Joseph movió los dedos.
        –Que tengas mi número no te obliga a usarlo.
        Ella alzó la barbilla.
        –¿Te irás si te lo doy?
        –Cuando me termine el café.
        –¿Y puedes tomártelo más deprisa?
        –¿Hay alguna razón para que te sientas incómoda conmigo aquí? –preguntó él.
        Ella se encogió de hombros.
        –No más que de costumbre.
        Joseph sonrió. Ella mentía muy mal.
        –Si no me das tu móvil, puedo hacer durar esta taza todo el día –bajó la voz–. Ir despacio tiene muchas ventajas.
        Ella frunció el ceño, alzó unos papeles, tomó el móvil y se lo puso en la mano.
        Joseph introdujo su número y se envió un mensaje a su móvil para tener el de ella. Tendió la mano con el móvil encima.
        Ella lo tomó con un suspiro. Cuando sus uñas rozaron la piel de él, todos los músculos de su cuerpo se sobresaltaron.
        Joseph cerró los dedos alrededor de los de ella. Demi entreabrió los labios y lo miró a los ojos.
        –Dime que me llamarás –dijo él.
        –Joseph…
        –¿Por qué te seguí, Demi?
        –Ya me dijiste por qué.
        –Te dije que, si te pasaba algo, no quería tenerlo en mi conciencia. Y es verdad. Pero eso te lo dije después de ver adónde habías ido. Pregúntame por qué te seguí allí en primer lugar.
        –Es lo que haces tú –ella miró sus manos unidas.
        –No con todo el mundo.
        –No me refería a eso. Eres policía y marine; toda tu vida se basa en una sensación de deber hacia los demás. Pensaste que tenías que llegar al fondo de eso debido a mi relación con tu familia.
        Joseph asintió.
        –Eso mismo me dije yo.
        Demi liberó su mano y alzó la barbilla.
        –Agradezco tu preocupación…
        –La preocupación es una parte. La misma que sentiste tú el día que me solté el arnés –Joseph respiró hondo–. Puede que hayamos discutido desde el día en que nos conocimos, pero hace casi seis años que nos conocemos. Es difícil sentir indiferencia por alguien que lleva tanto tiempo estando ahí. Si ocurre algo, notas el hueco que deja. Puede que tardaras una década en echarme de menos, pero me gusta pensar que lo harías si supieras que no iba a volver.
        Ella fijó la mirada al frente, en un punto invisible unos centímetros por encima de su ordenador.
        –¿Por qué me dices esto?
        Joseph pensó la respuesta.
        Una explicación podía ser que llegaran al punto en el que ambos aceptaran la conclusión inevitable de su volátil atracción. Si él no hubiera sentido la necesidad de continuar donde lo habían dejado, habría intentado irse a dormir antes de ir en su busca.
        Demasiado tarde.
        Reprimió un bostezo, que sirvió para recordarle que su cuerpo tenía un límite y no podía funcionar solo a base de adrenalina. Eso lo encontraba en el trabajo y también con Demi, con la electricidad de su atracción chispeando continuamente en el aire entre ambos. Pero si apartaba aquellas cosas, estaba exhausto y era una sombra de sí mismo.
        –Tú me preguntaste si nunca me cansaba de esto –era lo máximo que podía acercarse al corazón del problema sin revelar demasiado–. Quizá tenías razón –se levantó–. Y dicho eso, teniendo en cuenta que he hecho medio turno de otra persona esta mañana y vuelvo a entrar a las cuatro, creo que me voy a dormir.
        Estaba ya en la puerta cuando ella lo detuvo.
        –¿Joe?
        Él se volvió.
        –¿Sí?
        –Si necesito ayuda, te llamaré –después de esa confesión enarcó las cejas para indicar que era el turno de él.
        –No irás allí sola de noche.
        –Eso no puedo prometerlo.

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