–¡Ay!
Él
sonrió.
–Son
ampollas, no piernas rotas.
Demi
apretó los dientes. Él le puso una tirita y ella retiró el pie.
–Buenas
noches, Joseph.
Él
se incorporó y se inclinó hacia ella mirándola a los ojos. Puso las manos a
ambos lados de las caderas de ella. Demi alzó la barbilla inconscientemente,
pero en vez de besarla, Joseph permaneció inmóvil y una sonrisa sexy se formó
en su boca.
–Buenas
noches, muñeca –dijo con aquella voz ronca.
Demi
parpadeó cuando él cruzó la estancia y cerró la puerta. Ahora que sabía el
efecto que tenía sobre ella, lo usaría siempre que tuviera ocasión. Tomó un
cojín, se lo apretó contra la cara y gritó de frustración.
*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*
«Aunque adoro el verano, me encantan los
colores del otoño. Si respiras hondo ahora, incluso en la ciudad puedes sentir
la llegada de algo espectacular».
HABÍA
empezado ella. No había sido una respuesta muy madura, pero después de pasarse
casi todas sus horas despierto reproduciendo en su mente el beso más apasionado
de su vida, a Joseph no le importaba eso.
Ni
siquiera el hecho de que ella fuera quien era suponía ya ninguna diferencia, en
particular cuando pensaba en su reacción a la caja que había visto en el
armario de su cuarto de baño. No porque no creyera que fuera sensato guardarlos
allí, pero por un momento le había costado mucho resistir el impulso de
llevarse la cajita consigo, tirársela encima y exigir que le dijera con quién
los había usado.
Lo
que hizo, en cambio, fue cerrar el armario con fuerza y jurar que solo había un
hombre con el que los usaría en un futuro no muy lejano.
Desgraciadamente,
cuando él había sacado la artillería pesada, se había encontrado con una
guerrilla enfrente. Ella había golpeado con fuerza, desaparecido detrás de la
mujer que lo provocaba con muy poco esfuerzo y luego había vuelto a atacarlo
cuando él había intentado un alto el fuego temporal haciendo algo amable.
Le
gustaba creer que había lanzado un contraataque efectivo antes de irse del
apartamento. Ella estaba enfadada porque la había besado. Muy probablemente
tampoco le gustaba haberle devuelto el beso. Pero había dejado patente que
estaba abierta a que volviera a ocurrir. Y Joseph pensaba que, como no había
habido mucha delicadeza en el primer beso, el siguiente paso sería enmendar ese
error.
Entró
en la cafetería por la puerta más alejada de la mesa de ella. Mientras esperaba
que le sirvieran, hizo una pequeña labor de reconocimiento. Descubrió que ese
día ella llevaba una coleta, y un vestido blanco con lo que parecía un escote
bajo. Tenía que estar en guardia con eso. Bajó más la vista y frunció el ceño
mientras se preguntaba si había escasez de tela en el mercado. Recordó la
suavidad de la piel de ella en la parte de atrás de los muslos y apartó la
vista. No estaba seguro de poder resistir lo que ella llevaba en los pies.
–Sabía
que era demasiado bueno para durar –murmuró ella cuando él le puso una taza al
lado del ordenador y se sentó.
–¿Me
echas de menos?
–¿Por
qué no pruebas a desaparecer más de treinta y dos horas y lo comprobamos? Una
década podría servir.
Joseph
tomó un sorbo de su café.
–¿Anoche
fuiste de nuevo a ver a Jack? –preguntó. Como ella no contestó, asumió que la
respuesta era afirmativa–. Creí que habíamos acordado que no irías sola allí.
–Yo
no recuerdo haber accedido a eso.
Él
extendió una mano.
–Dame
tu móvil.
Ella
alzó la vista hacia él.
–¿También
estoy castigada sin salir?
–No.
Pero te faltan cinco segundos para que te ponga un toque de queda. El teléfono.
–¿Para
qué lo quieres?
–Te
voy a anotar mi número. La próxima vez que tengas que ir allí de noche,
llámame.
–No
lo haré. Y no te daré mi móvil. No necesito guardaespaldas y tú trabajas en
turnos cambiados. No puedes dejarlo todo y salir corriendo en mi ayuda si estás
trabajando.
–Si
estoy de servicio, te acompañará Tyler.
–No
necesito guardaespaldas –repitió ella–. Pero si lo necesitara, ya tengo el
número de Tyler.
Joseph
frunció el ceño cuando su cerebro decidió establecer una relación entre su
hermano y la cajita del cuarto de baño.
–Dame
el maldito teléfono, Demi.
Ella
alzó la vista de nuevo. Lo que vio en los ojos de él hizo que suavizara la voz.
–Puedo
cuidar de mí misma.
Joseph
movió los dedos.
–Que
tengas mi número no te obliga a usarlo.
Ella
alzó la barbilla.
–¿Te
irás si te lo doy?
–Cuando
me termine el café.
–¿Y
puedes tomártelo más deprisa?
–¿Hay
alguna razón para que te sientas incómoda conmigo aquí? –preguntó él.
Ella
se encogió de hombros.
–No
más que de costumbre.
Joseph
sonrió. Ella mentía muy mal.
–Si
no me das tu móvil, puedo hacer durar esta taza todo el día –bajó la voz–. Ir
despacio tiene muchas ventajas.
Ella
frunció el ceño, alzó unos papeles, tomó el móvil y se lo puso en la mano.
Joseph
introdujo su número y se envió un mensaje a su móvil para tener el de ella.
Tendió la mano con el móvil encima.
Ella
lo tomó con un suspiro. Cuando sus uñas rozaron la piel de él, todos los
músculos de su cuerpo se sobresaltaron.
Joseph
cerró los dedos alrededor de los de ella. Demi entreabrió los labios y lo miró
a los ojos.
–Dime
que me llamarás –dijo él.
–Joseph…
–¿Por
qué te seguí, Demi?
–Ya
me dijiste por qué.
–Te
dije que, si te pasaba algo, no quería tenerlo en mi conciencia. Y es verdad.
Pero eso te lo dije después de ver adónde habías ido. Pregúntame por qué te
seguí allí en primer lugar.
–Es
lo que haces tú –ella miró sus manos unidas.
–No
con todo el mundo.
–No
me refería a eso. Eres policía y marine; toda tu vida se basa en una sensación
de deber hacia los demás. Pensaste que tenías que llegar al fondo de eso debido
a mi relación con tu familia.
Joseph
asintió.
–Eso
mismo me dije yo.
Demi
liberó su mano y alzó la barbilla.
–Agradezco
tu preocupación…
–La
preocupación es una parte. La misma que sentiste tú el día que me solté el
arnés –Joseph respiró hondo–. Puede que hayamos discutido desde el día en que
nos conocimos, pero hace casi seis años que nos conocemos. Es difícil sentir
indiferencia por alguien que lleva tanto tiempo estando ahí. Si ocurre algo,
notas el hueco que deja. Puede que tardaras una década en echarme de menos,
pero me gusta pensar que lo harías si supieras que no iba a volver.
Ella
fijó la mirada al frente, en un punto invisible unos centímetros por encima de
su ordenador.
–¿Por
qué me dices esto?
Joseph
pensó la respuesta.
Una
explicación podía ser que llegaran al punto en el que ambos aceptaran la
conclusión inevitable de su volátil atracción. Si él no hubiera sentido la
necesidad de continuar donde lo habían dejado, habría intentado irse a dormir
antes de ir en su busca.
Demasiado
tarde.
Reprimió
un bostezo, que sirvió para recordarle que su cuerpo tenía un límite y no podía
funcionar solo a base de adrenalina. Eso lo encontraba en el trabajo y también
con Demi, con la electricidad de su atracción chispeando continuamente en el
aire entre ambos. Pero si apartaba aquellas cosas, estaba exhausto y era una
sombra de sí mismo.
–Tú
me preguntaste si nunca me cansaba de esto –era lo máximo que podía acercarse
al corazón del problema sin revelar demasiado–. Quizá tenías razón –se
levantó–. Y dicho eso, teniendo en cuenta que he hecho medio turno de otra
persona esta mañana y vuelvo a entrar a las cuatro, creo que me voy a dormir.
Estaba
ya en la puerta cuando ella lo detuvo.
–¿Joe?
Él
se volvió.
–¿Sí?
–Si
necesito ayuda, te llamaré –después de esa confesión enarcó las cejas para
indicar que era el turno de él.
–No
irás allí sola de noche.
–Eso
no puedo prometerlo.

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