sábado, 23 de marzo de 2013

┊εїз*~ El Hombre Ideal Cap: 22 *~┊εїз

 
Ella sonrió.
        –Termina de hablar de esto. Quiero saber en qué líos te metías.
        –¿Y correr el riesgo de que cambies tu opinión de mí? –él frunció el ceño mientras echaban a andar hacia una hilera de puestos.
        –Eso merece un castigo –a ella le brillaron los ojos–. Los marines sabéis disparar, ¿no?
        Una hora después, Joseph intentaba averiguar cómo había acabado siendo él el que transportara un conejo de peluche por el parque. Si el objetivo de ella había sido que se sintiera ridículo, había dado en el blanco. Lo agarró por las largas orejas y lo miró con disgusto.
        –Es bizco.
        –Nuestras imperfecciones nos hacen únicos –respondió ella.
        Joseph miró el estanque.
        –Me pregunto si flotará.
        –No te atreverías.
        Joseph la alzó en vilo sin soltar el conejo.
        –Puedes usarlo como salvavidas.
        Se acercó al borde del agua y la columpió adelante y atrás. Sonrió cuando ella protestó entre risas. La miró y se preguntó por qué había tardado tanto en ver lo que tenía delante de sus narices. ¿Habría sido distinto si hubieran empezado a salir antes? ¿Su vida volvería a ser la misma cuando terminaran? Quizá debería intentar hablarle de…
        –Esa es nueva –murmuró ella.
        –¿El qué?
        –La mirada de tus ojos.
        Antes de que él tuviera tiempo de distraerla con un beso, sonó una música.
        –Es mi móvil –dijo ella.
        –No contestes.
        –Tengo que hacerlo –ella se retorció en sus brazos hasta que la dejó en el suelo.
        Como era de esperar, la llamada provocó la desaparición de Demi y la reaparición de la Demi apagada y triste.
        Antes de que pudiera decir las palabras habituales del final de la llamada, él extendió el brazo.
        –No pienso llevar esta cosa en el metro.
        –Un caballero lo haría.
        –Entonces es una lástima que salgas conmigo, ¿no crees?
        Ella no intentó impedir que la acompañara. Pero lo habría hecho de saber lo que él se proponía. Joseph ya estaba harto y pensaba tener una charla con Jack a la primera oportunidad.
-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~
        «Cuando vas de compras, es importante ir con la mente abierta. No siempre puedes encontrar lo que quieres, pero si tienes paciencia, tal vez descubras justo lo que necesitas ».
        –VOY a hacerle algo de comer –dijo ella cuando llevaron a Jack a su apartamento después de anochecer.
        Joseph asintió.
        –¿Qué más?
        –Dejarle comida.
        –Tú vete a comprar al supermercado de enfrente y yo le preparo algo de comer –al ver que ella vacilaba, añadió con firmeza–: Vete, ya me ocupo yo.
        Demi tomó su bolso. En realidad, necesitaba un poco de espacio. No podía seguir robando recuerdos y uniéndolos como cuentas brillantes de un collar precioso. Tenía que decírselo, sobre todo porque ocultarlo la estaba matando. El problema era que todavía no sabía por qué era tan complicado encontrar las palabras.
        A mitad de camino del supermercado, se dio cuenta de que no había mirado en el frigorífico para ver lo que había. Cuando volvió al apartamento, oyó la voz de Joe.
        –Creo que es hora de que tengamos una conversación.
        Demi se quedó inmóvil en el umbral. ¿Qué pasaba allí?
        –Solo voy a decir esto una vez. Puede que a ti no te importe el efecto que tienen tus actos en tu hija, pero a mí sí. Si la haces sufrir, me tendrás encima a todas horas, ¿está claro?
        Ella estaba a punto de intervenir cuando Jack contestó:
        –Yo quiero a mi Demi.
        –¿La querías cuando acabó viviendo en la calle por tu culpa? –preguntó Joseph con brusquedad–. Podía haber muerto. Alguien que ella conocía murió. ¿Te lo dijo?
        –No.
        –Claro que no. Ella afronta las cosas por sí misma. No pide ayuda. Si supiera que ahora estoy hablando contigo, me daría una patada en el trasero.
        Demi siguió paralizada en el sitio, sin interferir.
        –Es igual que su madre –dijo Jack.
        –No debió de ser fácil perderla así.
        –No lo fue.
        –Lo siento, Jack. Lo siento de verdad. Pero ¿crees que a tu esposa le gustaría saber que Demi perdió a ambos padres aquel día?
        Demi abrió mucho los ojos. ¿Cómo sabía eso?
        –Si quieres honrar su memoria, este no es el modo. Un día tu hermosa hija conocerá a alguien, se casará y tendrá hijos. ¿Quieres perderte también a tus nietos? ¿No querría tu esposa que buscaras la huella de vosotros dos en sus ojos?
        Jack carraspeó.
        –Sí querría –respondió.
        El dolor de su voz hizo que Demi lamentara no haber hablado más de ella con él. Pero a los ocho años le había sido difícil enfrentarse al dolor y en años posteriores había tenido muchas otras cosas a las que enfrentarse. Después había creído que ya era demasiado tarde.
        –Vas a tener que cambiar –continuó Joseph–. Si yo fuera el padre de esos chicos, no creo que quisiera confiártelos. Pero querría que te conocieran igual que querría que supieran cosas de su abuela. Y estaría bien que se las contara el hombre que la amó.
        Demi bajó la vista y se dio cuenta de que se había puesto la mano en el estómago. No estaba embarazada, pero nunca había pensado en el hombre que querría que fuera el padre de sus hijos. Y de pronto supo que Joseph sería un padre excelente.
        –Todavía la amo –repuso Jack en voz baja.
        –¿Nunca has pensado en ir a terapia? Conozco a alguien que lleva un grupo. No te hará dejar de beber, eso solo puedes hacerlo tú, pero quizá te venga bien hablar con ella –hubo una pausa–. Puede ser difícil batallar con las cosas que se guardan dentro. Créeme, yo lo sé.
        –Eres un buen hombre –dijo Jack–. Me alegro de que estés con mi hija.
        Ella también. Había docenas de cosas que no olvidaría de aquel tiempo con él, pero de pronto ya no le parecía suficiente.
        –La semana que viene te daré su tarjeta –dijo la voz de Joseph–. Y ahora vamos a ver lo que podemos hacer antes de que vuelva Demi.
        Esta salió de la casa y cerró la puerta en silencio. Al pie de las escaleras se secó las mejillas. Ella no lloraba nunca. ¿Qué narices le ocurría?
        Cruzó la calle como si estuviera en estado de shock. En la tienda tomó una cesta y caminó como sonámbula por los pasillos. ¿Por qué le costaba tanto decirle a Joseph que se marchaba? ¿Podía ser que estuviera enamorada? Pero si lo estuviera, no se sentiría tan aturdida. ¿O sí?
        De no haber estado en aquel estado, quizá habría reaccionado con más rapidez al doblar la esquina. Pero cuando se dio cuenta de lo que ocurría, era demasiado tarde.
        ¿Dónde estaba?
        Jack dormía profundamente en el sofá y Joseph tamborileaba con los dedos en la encimera de la cocina. Miró el reloj. Ella tendría que haber vuelto ya. Impaciente, decidió ir en su busca.
        Bajó corriendo las escaleras y cruzó la calle. Entró en el supermercado y miró en los pasillos. No la vio. Caminó hasta donde asumía que estaba la caja y dobló una esquina. Allí estaba. Lo embargó una sensación de alivio, pero cuando ella lo miró y una expresión de agonía cubrió su rostro él supo que algo iba mal.
        Se quedó quieto y miró a su izquierda.
        –¡No te muevas!
        Joseph identificó el arma con la que apuntaban al hombre que se hallaba detrás del mostrador y miró a los ojos del atracador que la sostenía.

No hay comentarios:

Publicar un comentario