Ella sonrió.
–Termina
de hablar de esto. Quiero saber en qué líos te metías.
–¿Y
correr el riesgo de que cambies tu opinión de mí? –él frunció el ceño mientras
echaban a andar hacia una hilera de puestos.
–Eso
merece un castigo –a ella le brillaron los ojos–. Los marines sabéis disparar,
¿no?
Una
hora después, Joseph intentaba averiguar cómo había acabado siendo él el que
transportara un conejo de peluche por el parque. Si el objetivo de ella había
sido que se sintiera ridículo, había dado en el blanco. Lo agarró por las
largas orejas y lo miró con disgusto.
–Es
bizco.
–Nuestras
imperfecciones nos hacen únicos –respondió ella.
Joseph
miró el estanque.
–Me
pregunto si flotará.
–No
te atreverías.
Joseph
la alzó en vilo sin soltar el conejo.
–Puedes
usarlo como salvavidas.
Se
acercó al borde del agua y la columpió adelante y atrás. Sonrió cuando ella
protestó entre risas. La miró y se preguntó por qué había tardado tanto en ver
lo que tenía delante de sus narices. ¿Habría sido distinto si hubieran empezado
a salir antes? ¿Su vida volvería a ser la misma cuando terminaran? Quizá
debería intentar hablarle de…
–Esa
es nueva –murmuró ella.
–¿El
qué?
–La
mirada de tus ojos.
Antes
de que él tuviera tiempo de distraerla con un beso, sonó una música.
–Es
mi móvil –dijo ella.
–No
contestes.
–Tengo
que hacerlo –ella se retorció en sus brazos hasta que la dejó en el suelo.
Como
era de esperar, la llamada provocó la desaparición de Demi y la reaparición de
la Demi apagada y triste.
Antes
de que pudiera decir las palabras habituales del final de la llamada, él
extendió el brazo.
–No
pienso llevar esta cosa en el metro.
–Un
caballero lo haría.
–Entonces
es una lástima que salgas conmigo, ¿no crees?
Ella
no intentó impedir que la acompañara. Pero lo habría hecho de saber lo que él
se proponía. Joseph ya estaba harto y pensaba tener una charla con Jack a la
primera oportunidad.
-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~
«Cuando vas de compras, es importante ir con
la mente abierta. No siempre puedes encontrar lo que quieres, pero si tienes
paciencia, tal vez descubras justo lo que necesitas ».
–VOY
a hacerle algo de comer –dijo ella cuando llevaron a Jack a su apartamento
después de anochecer.
Joseph
asintió.
–¿Qué
más?
–Dejarle
comida.
–Tú
vete a comprar al supermercado de enfrente y yo le preparo algo de comer –al
ver que ella vacilaba, añadió con firmeza–: Vete, ya me ocupo yo.
Demi
tomó su bolso. En realidad, necesitaba un poco de espacio. No podía seguir
robando recuerdos y uniéndolos como cuentas brillantes de un collar precioso.
Tenía que decírselo, sobre todo porque ocultarlo la estaba matando. El problema
era que todavía no sabía por qué era tan complicado encontrar las palabras.
A
mitad de camino del supermercado, se dio cuenta de que no había mirado en el
frigorífico para ver lo que había. Cuando volvió al apartamento, oyó la voz de Joe.
–Creo
que es hora de que tengamos una conversación.
Demi
se quedó inmóvil en el umbral. ¿Qué pasaba allí?
–Solo
voy a decir esto una vez. Puede que a ti no te importe el efecto que tienen tus
actos en tu hija, pero a mí sí. Si la haces sufrir, me tendrás encima a todas
horas, ¿está claro?
Ella
estaba a punto de intervenir cuando Jack contestó:
–Yo
quiero a mi Demi.
–¿La
querías cuando acabó viviendo en la calle por tu culpa? –preguntó Joseph con
brusquedad–. Podía haber muerto. Alguien que ella conocía murió. ¿Te lo dijo?
–No.
–Claro
que no. Ella afronta las cosas por sí misma. No pide ayuda. Si supiera que
ahora estoy hablando contigo, me daría una patada en el trasero.
Demi
siguió paralizada en el sitio, sin interferir.
–Es
igual que su madre –dijo Jack.
–No
debió de ser fácil perderla así.
–No
lo fue.
–Lo
siento, Jack. Lo siento de verdad. Pero ¿crees que a tu esposa le gustaría
saber que Demi perdió a ambos padres aquel día?
Demi
abrió mucho los ojos. ¿Cómo sabía eso?
–Si
quieres honrar su memoria, este no es el modo. Un día tu hermosa hija conocerá
a alguien, se casará y tendrá hijos. ¿Quieres perderte también a tus nietos?
¿No querría tu esposa que buscaras la huella de vosotros dos en sus ojos?
Jack
carraspeó.
–Sí
querría –respondió.
El
dolor de su voz hizo que Demi lamentara no haber hablado más de ella con él.
Pero a los ocho años le había sido difícil enfrentarse al dolor y en años
posteriores había tenido muchas otras cosas a las que enfrentarse. Después
había creído que ya era demasiado tarde.
–Vas
a tener que cambiar –continuó Joseph–. Si yo fuera el padre de esos chicos, no
creo que quisiera confiártelos. Pero querría que te conocieran igual que
querría que supieran cosas de su abuela. Y estaría bien que se las contara el
hombre que la amó.
Demi
bajó la vista y se dio cuenta de que se había puesto la mano en el estómago. No
estaba embarazada, pero nunca había pensado en el hombre que querría que fuera
el padre de sus hijos. Y de pronto supo que Joseph sería un padre excelente.
–Todavía
la amo –repuso Jack en voz baja.
–¿Nunca
has pensado en ir a terapia? Conozco a alguien que lleva un grupo. No te hará
dejar de beber, eso solo puedes hacerlo tú, pero quizá te venga bien hablar con
ella –hubo una pausa–. Puede ser difícil batallar con las cosas que se guardan
dentro. Créeme, yo lo sé.
–Eres
un buen hombre –dijo Jack–. Me alegro de que estés con mi hija.
Ella
también. Había docenas de cosas que no olvidaría de aquel tiempo con él, pero
de pronto ya no le parecía suficiente.
–La
semana que viene te daré su tarjeta –dijo la voz de Joseph–. Y ahora vamos a
ver lo que podemos hacer antes de que vuelva Demi.
Esta
salió de la casa y cerró la puerta en silencio. Al pie de las escaleras se secó
las mejillas. Ella no lloraba nunca. ¿Qué narices le ocurría?
Cruzó
la calle como si estuviera en estado de shock. En la tienda tomó una cesta y
caminó como sonámbula por los pasillos. ¿Por qué le costaba tanto decirle a
Joseph que se marchaba? ¿Podía ser que estuviera enamorada? Pero si lo
estuviera, no se sentiría tan aturdida. ¿O sí?
De
no haber estado en aquel estado, quizá habría reaccionado con más rapidez al
doblar la esquina. Pero cuando se dio cuenta de lo que ocurría, era demasiado
tarde.
¿Dónde
estaba?
Jack
dormía profundamente en el sofá y Joseph tamborileaba con los dedos en la
encimera de la cocina. Miró el reloj. Ella tendría que haber vuelto ya.
Impaciente, decidió ir en su busca.
Bajó
corriendo las escaleras y cruzó la calle. Entró en el supermercado y miró en
los pasillos. No la vio. Caminó hasta donde asumía que estaba la caja y dobló
una esquina. Allí estaba. Lo embargó una sensación de alivio, pero cuando ella
lo miró y una expresión de agonía cubrió su rostro él supo que algo iba mal.
Se
quedó quieto y miró a su izquierda.
–¡No
te muevas!
Joseph
identificó el arma con la que apuntaban al hombre que se hallaba detrás del
mostrador y miró a los ojos del atracador que la sostenía.

No hay comentarios:
Publicar un comentario