sábado, 16 de marzo de 2013

┊εїз*~ El Hombre Ideal Cap: 13 *~┊εїз


–Tú hablas de sexo –ella frunció el ceño.
        –Yo hablo del beso en la estación de metro, pero si quieres hablar de…
        –Ni siquiera he pensado en eso –mintió ella.
        Joseph movió la cabeza.
        –Ya hemos establecido que no debes hacer eso porque no se te da bien.
        –¿Me estás diciendo que tú sí has pensado en eso?
        –Si te refieres a sexo… contigo…
        Ella achicó los ojos.
        –Soy un hombre; claro que he pensado en ello.
        Ella alzó la barbilla.
        –¿Y?
        Joseph se encogió de hombros y confió en que no se notara que se estaba excitando con solo hablar de ello.
        –Creo que dos personas que se arrancan chispas mutuamente como hacemos nosotros pueden tener un sexo espectacular. ¿Tú no?
        –Me refería al… Sí. No. Es decir, yo no sé mucho de…
        –¿Sexo espectacular? –él sonrió–. Deberías probarlo. Te lo recomiendo.
        –No iba a decir eso.
        –¿No?
        –¿Quieres dejarlo ya?
        –¿Qué hago ahora?
        –Me miras como mira un hombre a una mujer.
        –Es un poco difícil evitarlo –la mirada de él bajó por el cuerpo de ella y se detuvo en sus pechos.
        –En lo referente al beso en la estación de metro –dijo–, creo que podemos hacerlo mejor.
        Demi retrocedió un paso.
        –¿Tú y yo? Sería un gran error.
        Joseph le tomó la mano y la atrajo de nuevo hacia la puerta.
        –¿A quién intentas convencer?
        Antes de que pudiera contestar, le soltó la mano y le tomó la cara. Rozó los labios de ella con la lengua, humedeciéndolos en preparación para el beso mientras ella le miraba la boca. Cuando alzó la vista, había duda en sus ojos. Él bajó la cabeza, ella alzó la barbilla y sus bocas se encontraron antes de que Joseph estuviera preparado.
        Una corriente de electricidad recorrió su cuerpo. Le tomó primero el labio inferior con los suyos y después el superior. Si hubiera sabido que besarla sería tan fantástico, lo habría hecho mucho antes. Mientras ella se limitó a permanecer apoyada en la jamba de la puerta y a dejarle explorar, no le fue difícil controlar el ritmo y las exigencias de su cuerpo, pero cuando ella le puso las manos en el estómago y empezó a explorar a su vez, el control de él se vio puesto a prueba como nunca antes.
        La necesidad de frotarse con ella era acuciante, pero se obligó a conformarse con apretarla contra la jamba con su cuerpo. El deseo de tocarle uno de los pechos era una tortura, pero se conformó con ponerle una mano en la caja torácica. Pasaron los minutos y seguían besándose. Hasta que ella interrumpió el beso para decir:
        –Joe… el ascensor.
        Él escuchó y oyó que alguien se peleaba con la puerta. Demi se apartó y su voz sonó espesa por el efecto embriagador del deseo.
        –No somos los únicos que vivimos en este piso.
        –Ellos viven en el otro extremo del pasillo –respondió él con voz ronca–. Pero si lo dices porque te pone que nos pillen…
        –Eres malo –susurró ella.
        –Todavía no he empezado –repuso él.
        Para reforzar sus palabras, dejó que su mano subiera por la caja torácica de ella de modo que la punta del pulgar rozara la parte inferior de un pecho. Los labios de ella se abrieron al instante. Giró la cabeza para mirar pasillo abajo.
        –No pueden ver lo que hago –le aseguró Joseph.
        –Te estás adentrando en territorio de la segunda cita –musitó ella.
        Joseph apoyó la nariz en la sien de ella e inhaló el aroma a lavanda de su champú.
        –¿Cuándo quieres salir conmigo? –preguntó.
        Ella suspiró.
        –No podemos salir juntos. Casi no podemos tomar un café sin discutir.
        –Solo tenemos que aprender a comunicarnos mejor –contestó él.
        En su opinión, estaban avanzando mucho en ese sentido.
        Movió la nariz a la otra sien e inhaló de nuevo. La lavanda no tenía un efecto tranquilizador en su cuerpo, pero el hecho de que a ella le costara resistirse a él sí le procuraba cierta sensación de bienestar.
        Ella negó con la cabeza.
        –No podemos.
        –Esforzarnos por no arrancarnos la cabeza puede ser un buen modo de empezar.
        –Me refiero a esto.
        –No te refieres a eso –contestó él.
        –Sí –él alzó la cabeza y ella lo miró por debajo del flequillo–. ¿Quieres dejar de actuar como si me conocieras mejor que yo misma?
        Joseph se negó a retroceder.
        –¿Tú habrías venido a besarme a mi puerta? –dijo.
        –No.
        –¿Lamentas que haya venido a besarte a tu puerta? Y recuerda que no sabes mentir.
        –No –confesó ella de mala gana–. No lo lamento –suspiró–. Pero debería.
        Él levantó la mano de la cintura de ella y le apartó un mechón de pelo de la mejilla.
        –Dime por qué.
        –En mi vida no hay lugar para una relación.
        –Olvidas que estás hablando con el hombre que nunca se queda tanto tiempo en un lugar como para que resulte complicado –él le apartó el pelo del hombro para acceder a su cuello.
        –No puedo pensar cuando haces eso.
        –Mejor.
        –Pero tenemos que ser sensatos un momento –ella le puso las manos en el pecho y empujó.
        Joseph la miró a los ojos y descubrió en ellos una determinación que sugería que él no era lo único a lo que ella se resistía.
        –Dame espacio, Joseph. Lo digo en serio. Por favor.
        La muestra de vulnerabilidad de ella, combinada con el ruego que nunca había usado antes con él lo hicieron retroceder, pero solo hasta la jamba opuesta de la puerta.
        Dejó caer los brazos y se metió las manos en los bolsillos de los vaqueros.
        –Te escucho.
        –No hagas eso –le advirtió ella–. Si quieres que nos comuniquemos mejor, tenemos que empezar por alguna parte.
        –Nos comunicábamos muy bien hasta que tú has empezado a pensar demasiado.
        –No podemos acostarnos sin más –protestó ella.
        –¿No?
        –No. Porque para ser amigos con derecho a algo más, tendríamos que empezar por ser amigos y no lo somos. Y aunque lo fuéramos, los dos sabemos que esto es complicado. Tu hermana es mi mejor amiga y tu familia…
        –Lo que ocurra entre nosotros solo es asunto nuestro –repuso él–. Los dos somos adultos.
        –¿Estás diciendo que nos escondamos para acostarnos?
        –Eso tiene sus ventajas.
        –No puedo mentirle a tu hermana.
        –Yo no te he dicho que lo hagas. Digo que veamos adónde nos lleva esto antes de complicarlo con opiniones de fuera.
        –Los dos sabemos adónde nos llevará esto.
        –A veces estas cosas son únicamente un chisporroteo en la sartén, algo que arde y se consume deprisa.
        Pero Joseph sabía que no decía la verdad. Con ella no bastaría con una sola vez, igual que no bastaba con un solo beso. Él buscaba compromiso tan poco como ella. Era algo que no podía ni contemplar hasta que controlara mejor su subconsciente. Pero de pronto le parecía una buena terapia pasar tiempo con Demi.
        –No puede hacer daño si conseguimos comunicarnos mejor, ¿verdad? Si seguimos esto hasta su conclusión natural, será nuestra decisión. No voy a enviar un mensaje colectivo para que la gente que nos conoce nos dé su opinión. Si tú eliges contárselo a Selena, es cosa tuya. Mi familia no te atacará a ti, sino a mí, y yo puedo enfrentarme a eso.

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