–Tú hablas de sexo –ella frunció
el ceño.
–Yo
hablo del beso en la estación de metro, pero si quieres hablar de…
–Ni
siquiera he pensado en eso –mintió ella.
Joseph
movió la cabeza.
–Ya
hemos establecido que no debes hacer eso porque no se te da bien.
–¿Me
estás diciendo que tú sí has pensado en eso?
–Si
te refieres a sexo… contigo…
Ella
achicó los ojos.
–Soy
un hombre; claro que he pensado en ello.
Ella
alzó la barbilla.
–¿Y?
Joseph
se encogió de hombros y confió en que no se notara que se estaba excitando con
solo hablar de ello.
–Creo
que dos personas que se arrancan chispas mutuamente como hacemos nosotros
pueden tener un sexo espectacular. ¿Tú no?
–Me
refería al… Sí. No. Es decir, yo no sé mucho de…
–¿Sexo
espectacular? –él sonrió–. Deberías probarlo. Te lo recomiendo.
–No
iba a decir eso.
–¿No?
–¿Quieres
dejarlo ya?
–¿Qué
hago ahora?
–Me
miras como mira un hombre a una mujer.
–Es
un poco difícil evitarlo –la mirada de él bajó por el cuerpo de ella y se detuvo
en sus pechos.
–En
lo referente al beso en la estación de metro –dijo–, creo que podemos hacerlo
mejor.
Demi
retrocedió un paso.
–¿Tú
y yo? Sería un gran error.
Joseph
le tomó la mano y la atrajo de nuevo hacia la puerta.
–¿A
quién intentas convencer?
Antes
de que pudiera contestar, le soltó la mano y le tomó la cara. Rozó los labios
de ella con la lengua, humedeciéndolos en preparación para el beso mientras
ella le miraba la boca. Cuando alzó la vista, había duda en sus ojos. Él bajó
la cabeza, ella alzó la barbilla y sus bocas se encontraron antes de que Joseph
estuviera preparado.
Una
corriente de electricidad recorrió su cuerpo. Le tomó primero el labio inferior
con los suyos y después el superior. Si hubiera sabido que besarla sería tan
fantástico, lo habría hecho mucho antes. Mientras ella se limitó a permanecer
apoyada en la jamba de la puerta y a dejarle explorar, no le fue difícil
controlar el ritmo y las exigencias de su cuerpo, pero cuando ella le puso las
manos en el estómago y empezó a explorar a su vez, el control de él se vio
puesto a prueba como nunca antes.
La
necesidad de frotarse con ella era acuciante, pero se obligó a conformarse con
apretarla contra la jamba con su cuerpo. El deseo de tocarle uno de los pechos
era una tortura, pero se conformó con ponerle una mano en la caja torácica.
Pasaron los minutos y seguían besándose. Hasta que ella interrumpió el beso
para decir:
–Joe…
el ascensor.
Él
escuchó y oyó que alguien se peleaba con la puerta. Demi se apartó y su voz
sonó espesa por el efecto embriagador del deseo.
–No
somos los únicos que vivimos en este piso.
–Ellos
viven en el otro extremo del pasillo –respondió él con voz ronca–. Pero si lo
dices porque te pone que nos pillen…
–Eres
malo –susurró ella.
–Todavía
no he empezado –repuso él.
Para
reforzar sus palabras, dejó que su mano subiera por la caja torácica de ella de
modo que la punta del pulgar rozara la parte inferior de un pecho. Los labios
de ella se abrieron al instante. Giró la cabeza para mirar pasillo abajo.
–No
pueden ver lo que hago –le aseguró Joseph.
–Te
estás adentrando en territorio de la segunda cita –musitó ella.
Joseph
apoyó la nariz en la sien de ella e inhaló el aroma a lavanda de su champú.
–¿Cuándo
quieres salir conmigo? –preguntó.
Ella
suspiró.
–No
podemos salir juntos. Casi no podemos tomar un café sin discutir.
–Solo
tenemos que aprender a comunicarnos mejor –contestó él.
En
su opinión, estaban avanzando mucho en ese sentido.
Movió
la nariz a la otra sien e inhaló de nuevo. La lavanda no tenía un efecto
tranquilizador en su cuerpo, pero el hecho de que a ella le costara resistirse
a él sí le procuraba cierta sensación de bienestar.
Ella
negó con la cabeza.
–No
podemos.
–Esforzarnos
por no arrancarnos la cabeza puede ser un buen modo de empezar.
–Me
refiero a esto.
–No
te refieres a eso –contestó él.
–Sí
–él alzó la cabeza y ella lo miró por debajo del flequillo–. ¿Quieres dejar de
actuar como si me conocieras mejor que yo misma?
Joseph
se negó a retroceder.
–¿Tú
habrías venido a besarme a mi puerta? –dijo.
–No.
–¿Lamentas
que haya venido a besarte a tu puerta? Y recuerda que no sabes mentir.
–No
–confesó ella de mala gana–. No lo lamento –suspiró–. Pero debería.
Él
levantó la mano de la cintura de ella y le apartó un mechón de pelo de la
mejilla.
–Dime
por qué.
–En
mi vida no hay lugar para una relación.
–Olvidas
que estás hablando con el hombre que nunca se queda tanto tiempo en un lugar
como para que resulte complicado –él le apartó el pelo del hombro para acceder
a su cuello.
–No
puedo pensar cuando haces eso.
–Mejor.
–Pero
tenemos que ser sensatos un momento –ella le puso las manos en el pecho y
empujó.
Joseph
la miró a los ojos y descubrió en ellos una determinación que sugería que él no
era lo único a lo que ella se resistía.
–Dame
espacio, Joseph. Lo digo en serio. Por favor.
La
muestra de vulnerabilidad de ella, combinada con el ruego que nunca había usado
antes con él lo hicieron retroceder, pero solo hasta la jamba opuesta de la
puerta.
Dejó
caer los brazos y se metió las manos en los bolsillos de los vaqueros.
–Te
escucho.
–No
hagas eso –le advirtió ella–. Si quieres que nos comuniquemos mejor, tenemos
que empezar por alguna parte.
–Nos
comunicábamos muy bien hasta que tú has empezado a pensar demasiado.
–No
podemos acostarnos sin más –protestó ella.
–¿No?
–No.
Porque para ser amigos con derecho a algo más, tendríamos que empezar por ser
amigos y no lo somos. Y aunque lo fuéramos, los dos sabemos que esto es
complicado. Tu hermana es mi mejor amiga y tu familia…
–Lo
que ocurra entre nosotros solo es asunto nuestro –repuso él–. Los dos somos
adultos.
–¿Estás
diciendo que nos escondamos para acostarnos?
–Eso
tiene sus ventajas.
–No
puedo mentirle a tu hermana.
–Yo
no te he dicho que lo hagas. Digo que veamos adónde nos lleva esto antes de
complicarlo con opiniones de fuera.
–Los
dos sabemos adónde nos llevará esto.
–A
veces estas cosas son únicamente un chisporroteo en la sartén, algo que arde y
se consume deprisa.
Pero
Joseph sabía que no decía la verdad. Con ella no bastaría con una sola vez,
igual que no bastaba con un solo beso. Él buscaba compromiso tan poco como
ella. Era algo que no podía ni contemplar hasta que controlara mejor su subconsciente.
Pero de pronto le parecía una buena terapia pasar tiempo con Demi.
–No
puede hacer daño si conseguimos comunicarnos mejor, ¿verdad? Si seguimos esto
hasta su conclusión natural, será nuestra decisión. No voy a enviar un mensaje
colectivo para que la gente que nos conoce nos dé su opinión. Si tú eliges
contárselo a Selena, es cosa tuya. Mi familia no te atacará a ti, sino a mí, y
yo puedo enfrentarme a eso.

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