Demi sonrió con languidez.
–Tienen
que ser las palabras apropiadas. Y creo que en eso llevo ventaja.
–Ponme
a prueba y lo veremos.
El
movimiento del tren balanceaba sus cuerpos y el pulgar de él trazaba círculos
en la palma de ella. La cabeza de él se movió un poco.
–¿Te
estás echando atrás?
Demi
bajó la voz a un nivel todavía más íntimo.
–Anticipación…
anhelo… deseo –alzó la mano y la colocó en el brazo de él–. Intensidad…
velocidad… –suspiró–. Tensar, agarrar, alcanzar… –inspiró, contuvo el aliento
un segundo y lo soltó en un suspiro–. Liberación.
–¡Demz!
La
advertencia hizo que ella echara atrás la cabeza para verle la cara. Los ojos
de él se habían oscurecido como cielos tormentosos. Bajó la vista a la boca de
ella y ella movió sin darse cuenta la lengua en preparación. Se preguntó cómo
sería besarlo.
Pero
ya era suficiente. Tenía que dejar aquello. No podía entregarle una victoria
así porque él jamás le permitiría olvidarlo. Joseph era su enemigo. Cualquier
otro hombre que hubiera tenido el mismo efecto en ella podría haber sido candidato
al tipo de sexo que ella obviamente necesitaba más de lo que creía.
Bajó
la barbilla y lo miró entre las pestañas.
–Tengo
otra palabra para ti –dijo.
–¿Problemas?
–Decepción.
Yo en tu lugar aprendería a vivir con ella –sonrió con dulzura, bajó la mano de
su cuello a su pecho y lo empujó. Miró por encima del hombro–. Mira eso, es
nuestra parada. ¡Cómo vuela el tiempo cuando nos divertimos!
Salió
a la plataforma delante de él y extendió el brazo izquierdo a un lado para
recuperar el equilibrio antes de soltarlo. Él tiró de ella hacia sí sin previo
aviso. Ella se tambaleó. Una mano grande la sujetó por la parte de atrás del
cuello y el mundo que conocía llegó bruscamente a su fin.
Unos
labios firmes aplastaron los de ella en un beso que le hizo tambalearse de
nuevo. Soltó un gritito de sorpresa, parpadeó con los ojos muy abiertos y se
agarró a los hombros de él para mantenerse erguida. Pero cuando él echó a un
lado la cabeza, ella cerró los ojos. Su vena competitiva surgió como siempre
con él. Joseph no podía encender su cuerpo como si fuera una vela sin que
hubiera repercusiones.
Absorbió
la intensidad del beso y se lo devolvió. Entreabrió los labios y él deslizó la
lengua en su boca y jugó con la de ella. Fue un beso airado y descoordinado y,
sin ninguna duda, el beso más apasionado que ella había sentido nunca y lo odió
por ello. No quería pasar el resto de su vida comparando todos los demás besos
con aquel, y menos cuando el beso iba destinado a castigarla por lo que había
hecho en el tren. ¿Por qué no podía dejarla ganar una vez?
Porque
no sabía cómo.
Cuando
el beso terminó tan bruscamente como había empezado, Demi abrió los ojos y lo
miró fijamente. Para su sorpresa, él no parecía victorioso, sino tan enfadado
como ella. La soltó sin decir nada y echó a andar hacia la salida. Demi apretó
los dientes y lo siguió, frustrada porque sus tacones no le permitían seguirle
el paso. Cuando Joseph llegó a la calle, miró por encima del hombro, volvió
hasta ella y la alzó en vilo.
–¡Bájame!
–gritó ella.
–Si
vamos a tu paso, no llegaremos hasta Navidad –gruñó él–. Deja de moverte.
Demi
suspiró pesadamente y se agarró a su cuello. Un hombre que pasaba por la acera
sonrió al verlos y ella se señaló los pies.
–Ampollas
–explicó.
Cuando
llegaron por fin al vestíbulo de su bloque de apartamentos, él se dirigió hacia
las escaleras.
–Si
hubiéramos tomado el ascensor, no habrías tenido que seguir llevándome a
cuestas –señaló ella en el segundo piso.
–Ayer
rescatamos a dos personas atrapadas en un ascensor. En ese momento se me
ocurrió que, si alguna vez me quedo encerrado en ese antiguo artilugio, seré el
hazmerreír de mis compañeros toda la vida.
–Dos
personas encerradas en un ascensor –comentó ella–. Me pregunto qué harían para
pasar el tiempo.
–Dos
hombres encerrados en un ascensor.
–Me
pregunto qué harían para pasar el tiempo.
Joseph
la miró.
–¿Ya
me has perdonado por haberte seguido?
A Demi
no se le escapó que no le pedía perdón por haberla besado. Pero de todos modos,
su respuesta era la misma.
–No.
Tres
pisos más arriba llegaban a la puerta de ella.
–La
llave –ordenó él.
–Ya
puedes bajarme.
–La
llave.
Ella
retiró el brazo del cuello de él, abrió su bolso y sacó el llavero. Lo agitó
delante de la cara de él.
–¿Ya
estás contento?
–Lo
estaré cuando la pongas en la puerta.
–¿Y
cómo voy a hacer eso desde aquí arriba? –él se acercó más y ella murmuró–:
¿Piensas meterme también en la cama?
–¿Eso
es una invitación?
–No
puedo creer que hayas dicho eso en voz alta –Demi se metió el pelo detrás de la
oreja y se concentró en introducir la llave en la cerradura y hacerla girar.
Joseph
la llevó dentro, esperó a que encendiera la luz y cerró la puerta con el pie.
La depositó sin ceremonias en los cojines del sofá, se sentó en el baúl que
usaba ella como mesita de café y alzó la mano.
–Dame
tu pie.
Demi
se apartó el pelo de los ojos.
–Estás
de broma, ¿verdad?
–No
me iré hasta que vea lo que te has hecho. Dame el pie.
–¿Seguro
que lo que quieres no es tocar la bota? Sabes que hay terapias para esas cosas,
¿verdad?
–Es
increíble que hayas vivido tanto tiempo sin que alguien te estrangule –él movió
los dedos–. Cuanto antes me des el pie, antes podrás librarte de mí.
Demi
alzó el pie y lo puso en la rodilla de él. Joseph pasó la mano a lo largo de la
bota. Cuando llegó arriba, Demi apretó los labios al ver su expresión.
–¿Problemas?
–preguntó.
–No.
–La
cremallera está detrás.
–Lo
sé.
–¿También
sabes que para quitármela tendrás que tocarme? –a Demi le parecía que eso no
había sido un problema antes de que la tirara en el sofá.
Él
la miró a los ojos. Puso la mano en la parte de atrás del muslo de ella, que
dio un respingo.
–No
puede subir más –advirtió Demi.
Él
abrió la cremallera, deslizó los dedos bajo el borde, bajó el cuero por la
pierna y le alzó el pie con la otra mano. Mientras descendía la bota, la mano
de él rozaba su piel, distrayéndola del dolor agudo del tobillo con una caricia
gentil.
A
pesar de que estaba enfadada con él por el beso, no había ni un solo centímetro
de su cuerpo que no anhelara aquel contacto. Su cabeza no podía entenderlo,
pues se trataba de Joseph, y el corazón le latía con fuerza. ¿Había cambiado él
o ella? El calor le empapó la piel y le subió por la pierna. ¿Cuándo había
ocurrido? ¿Cómo había ocurrido? Su pulso cantaba con un placer intenso. ¿Qué
importaba eso si la sensación era tan buena?
Él
dejó la bota a un lado y pasó la mano por la pantorrilla. Demi tragó saliva en
un esfuerzo por humedecerse la boca seca y se mordió el labio inferior para
reprimir un gemido. Se dijo que pararía aquello en un minuto más.
Él
le alzó la pierna para mirarle el tobillo.
–¿El
otro está tan mal como este?
La
voz de él volvía a sonar ronca.
–Probablemente
–repuso ella. Y su voz sonaba también diferente.
–Déjame
ver –ordenó él.
Demi
puso el pie en el suelo, alzó la otra pierna y contuvo el aliento mientras él
repetía el proceso. Y ella no estaba preparada para aquella especie de ternura,
sobre todo partiendo de un hombre como él. Si Joseph añadía ternura a un beso,
¿seguiría siendo apasionado?
–¿Tienes
un botiquín? –preguntó él –Sí.
Él
alzó la vista.
–¿Quieres
decirme dónde está?
–En
el baño.
–Ya
lo busco yo. Tú no te muevas.
Cuando
se alejó, Demi respiró hondo. El tiempo parecía escapársele junto con la
cordura. Ya debía de haber pasado un buen rato. Abrió mucho los ojos al
recordar lo que había en el baño al lado del botiquín. Confió en que él no se
lo tomara como una invitación.
Pero
cuando Joseph volvió, simplemente dejó el botiquín en el baúl y volvió a
tomarle el pie.
–Puedo
hacerlo yo –intervino Demi cuando pudo hablar.
Él
eligió lo que necesitaba, abrió un paquetito blanco y le puso una mano bajo la
pantorrilla.
–A
pesar de lo que me encanta tu calzado, deberías considerar llevar zapato plano
de vez en cuando. Puede que esto te duela.
–¡Ay!
Él
sonrió.
–Son
ampollas, no piernas rotas.
Demi
apretó los dientes. Él le puso una tirita y ella retiró el pie.
–Buenas
noches, Joseph.

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