sábado, 16 de marzo de 2013

┊εїз*~ El Hombre Ideal Cap: 9 *~┊εїз

Demi sonrió con languidez.
        –Tienen que ser las palabras apropiadas. Y creo que en eso llevo ventaja.
        –Ponme a prueba y lo veremos.
        El movimiento del tren balanceaba sus cuerpos y el pulgar de él trazaba círculos en la palma de ella. La cabeza de él se movió un poco.
        –¿Te estás echando atrás?
        Demi bajó la voz a un nivel todavía más íntimo.
        –Anticipación… anhelo… deseo –alzó la mano y la colocó en el brazo de él–. Intensidad… velocidad… –suspiró–. Tensar, agarrar, alcanzar… –inspiró, contuvo el aliento un segundo y lo soltó en un suspiro–. Liberación.
        –¡Demz!
        La advertencia hizo que ella echara atrás la cabeza para verle la cara. Los ojos de él se habían oscurecido como cielos tormentosos. Bajó la vista a la boca de ella y ella movió sin darse cuenta la lengua en preparación. Se preguntó cómo sería besarlo.
        Pero ya era suficiente. Tenía que dejar aquello. No podía entregarle una victoria así porque él jamás le permitiría olvidarlo. Joseph era su enemigo. Cualquier otro hombre que hubiera tenido el mismo efecto en ella podría haber sido candidato al tipo de sexo que ella obviamente necesitaba más de lo que creía.
        Bajó la barbilla y lo miró entre las pestañas.
        –Tengo otra palabra para ti –dijo.
        –¿Problemas?
        –Decepción. Yo en tu lugar aprendería a vivir con ella –sonrió con dulzura, bajó la mano de su cuello a su pecho y lo empujó. Miró por encima del hombro–. Mira eso, es nuestra parada. ¡Cómo vuela el tiempo cuando nos divertimos!
        Salió a la plataforma delante de él y extendió el brazo izquierdo a un lado para recuperar el equilibrio antes de soltarlo. Él tiró de ella hacia sí sin previo aviso. Ella se tambaleó. Una mano grande la sujetó por la parte de atrás del cuello y el mundo que conocía llegó bruscamente a su fin.
        Unos labios firmes aplastaron los de ella en un beso que le hizo tambalearse de nuevo. Soltó un gritito de sorpresa, parpadeó con los ojos muy abiertos y se agarró a los hombros de él para mantenerse erguida. Pero cuando él echó a un lado la cabeza, ella cerró los ojos. Su vena competitiva surgió como siempre con él. Joseph no podía encender su cuerpo como si fuera una vela sin que hubiera repercusiones.
        Absorbió la intensidad del beso y se lo devolvió. Entreabrió los labios y él deslizó la lengua en su boca y jugó con la de ella. Fue un beso airado y descoordinado y, sin ninguna duda, el beso más apasionado que ella había sentido nunca y lo odió por ello. No quería pasar el resto de su vida comparando todos los demás besos con aquel, y menos cuando el beso iba destinado a castigarla por lo que había hecho en el tren. ¿Por qué no podía dejarla ganar una vez?
        Porque no sabía cómo.
        Cuando el beso terminó tan bruscamente como había empezado, Demi abrió los ojos y lo miró fijamente. Para su sorpresa, él no parecía victorioso, sino tan enfadado como ella. La soltó sin decir nada y echó a andar hacia la salida. Demi apretó los dientes y lo siguió, frustrada porque sus tacones no le permitían seguirle el paso. Cuando Joseph llegó a la calle, miró por encima del hombro, volvió hasta ella y la alzó en vilo.
        –¡Bájame! –gritó ella.
        –Si vamos a tu paso, no llegaremos hasta Navidad –gruñó él–. Deja de moverte.
        Demi suspiró pesadamente y se agarró a su cuello. Un hombre que pasaba por la acera sonrió al verlos y ella se señaló los pies.
        –Ampollas –explicó.
        Cuando llegaron por fin al vestíbulo de su bloque de apartamentos, él se dirigió hacia las escaleras.
        –Si hubiéramos tomado el ascensor, no habrías tenido que seguir llevándome a cuestas –señaló ella en el segundo piso.
        –Ayer rescatamos a dos personas atrapadas en un ascensor. En ese momento se me ocurrió que, si alguna vez me quedo encerrado en ese antiguo artilugio, seré el hazmerreír de mis compañeros toda la vida.
        –Dos personas encerradas en un ascensor –comentó ella–. Me pregunto qué harían para pasar el tiempo.
        –Dos hombres encerrados en un ascensor.
        –Me pregunto qué harían para pasar el tiempo.
        Joseph la miró.
        –¿Ya me has perdonado por haberte seguido?
        A Demi no se le escapó que no le pedía perdón por haberla besado. Pero de todos modos, su respuesta era la misma.
        –No.
        Tres pisos más arriba llegaban a la puerta de ella.
        –La llave –ordenó él.
        –Ya puedes bajarme.
        –La llave.
        Ella retiró el brazo del cuello de él, abrió su bolso y sacó el llavero. Lo agitó delante de la cara de él.
        –¿Ya estás contento?
        –Lo estaré cuando la pongas en la puerta.
        –¿Y cómo voy a hacer eso desde aquí arriba? –él se acercó más y ella murmuró–: ¿Piensas meterme también en la cama?
        –¿Eso es una invitación?
        –No puedo creer que hayas dicho eso en voz alta –Demi se metió el pelo detrás de la oreja y se concentró en introducir la llave en la cerradura y hacerla girar.
        Joseph la llevó dentro, esperó a que encendiera la luz y cerró la puerta con el pie. La depositó sin ceremonias en los cojines del sofá, se sentó en el baúl que usaba ella como mesita de café y alzó la mano.
        –Dame tu pie.
        Demi se apartó el pelo de los ojos.
        –Estás de broma, ¿verdad?
        –No me iré hasta que vea lo que te has hecho. Dame el pie.
        –¿Seguro que lo que quieres no es tocar la bota? Sabes que hay terapias para esas cosas, ¿verdad?
        –Es increíble que hayas vivido tanto tiempo sin que alguien te estrangule –él movió los dedos–. Cuanto antes me des el pie, antes podrás librarte de mí.
        Demi alzó el pie y lo puso en la rodilla de él. Joseph pasó la mano a lo largo de la bota. Cuando llegó arriba, Demi apretó los labios al ver su expresión.
        –¿Problemas? –preguntó.
        –No.
        –La cremallera está detrás.
        –Lo sé.
        –¿También sabes que para quitármela tendrás que tocarme? –a Demi le parecía que eso no había sido un problema antes de que la tirara en el sofá.
        Él la miró a los ojos. Puso la mano en la parte de atrás del muslo de ella, que dio un respingo.
        –No puede subir más –advirtió Demi.
        Él abrió la cremallera, deslizó los dedos bajo el borde, bajó el cuero por la pierna y le alzó el pie con la otra mano. Mientras descendía la bota, la mano de él rozaba su piel, distrayéndola del dolor agudo del tobillo con una caricia gentil.
        A pesar de que estaba enfadada con él por el beso, no había ni un solo centímetro de su cuerpo que no anhelara aquel contacto. Su cabeza no podía entenderlo, pues se trataba de Joseph, y el corazón le latía con fuerza. ¿Había cambiado él o ella? El calor le empapó la piel y le subió por la pierna. ¿Cuándo había ocurrido? ¿Cómo había ocurrido? Su pulso cantaba con un placer intenso. ¿Qué importaba eso si la sensación era tan buena?
        Él dejó la bota a un lado y pasó la mano por la pantorrilla. Demi tragó saliva en un esfuerzo por humedecerse la boca seca y se mordió el labio inferior para reprimir un gemido. Se dijo que pararía aquello en un minuto más.
        Él le alzó la pierna para mirarle el tobillo.
        –¿El otro está tan mal como este?
        La voz de él volvía a sonar ronca.
        –Probablemente –repuso ella. Y su voz sonaba también diferente.
        –Déjame ver –ordenó él.
        Demi puso el pie en el suelo, alzó la otra pierna y contuvo el aliento mientras él repetía el proceso. Y ella no estaba preparada para aquella especie de ternura, sobre todo partiendo de un hombre como él. Si Joseph añadía ternura a un beso, ¿seguiría siendo apasionado?
        –¿Tienes un botiquín? –preguntó él –Sí.
        Él alzó la vista.
        –¿Quieres decirme dónde está?
        –En el baño.
        –Ya lo busco yo. Tú no te muevas.
        Cuando se alejó, Demi respiró hondo. El tiempo parecía escapársele junto con la cordura. Ya debía de haber pasado un buen rato. Abrió mucho los ojos al recordar lo que había en el baño al lado del botiquín. Confió en que él no se lo tomara como una invitación.
        Pero cuando Joseph volvió, simplemente dejó el botiquín en el baúl y volvió a tomarle el pie.
        –Puedo hacerlo yo –intervino Demi cuando pudo hablar.
        Él eligió lo que necesitaba, abrió un paquetito blanco y le puso una mano bajo la pantorrilla.
        –A pesar de lo que me encanta tu calzado, deberías considerar llevar zapato plano de vez en cuando. Puede que esto te duela.
        –¡Ay!
        Él sonrió.
        –Son ampollas, no piernas rotas.
        Demi apretó los dientes. Él le puso una tirita y ella retiró el pie.
        –Buenas noches, Joseph.

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