Sospechaba que no podría meterse
en una pelea sin que salieran otras cosas en el calor del momento. Cosas de las
que no estaba preparada a hablar todavía. Evitó la mirada helada de él y señaló
el otro lado de la habitación.
–Estaré
en el sofá mientras tú decides si te quedas o te vas.
Era
la única elección que estaba dispuesta a darle. Su negativa a hablar de las
pesadillas cuando ella le había hablado de su pasado le parecía un rechazo.
Peor aún, le dolía. Tendría que haber cerrado la boca, y si la primera vez que
compartía cosas con alguien acababa sintiéndose como una tonta, no tendría
muchas ganas de volver a hacerlo.
Joseph
vaciló. Apretó los dientes cuando ella se sentó y puso la televisión. Pero ¿qué
importancia tenía decir desde cuándo tenía las pesadillas? Ella no podía
averiguar el resto sin su ayuda. Respiró hondo y decidió que podía darle
aquello. Se trataba de dar un poco para obtener un poco. Cuando contestara,
ella le diría lo que le preocupaba.
Se
acercó al sofá y se sentó a su lado.
–Ocho
años –le quitó el mando a distancia de la mano–. Y no vamos a ver cosas de
chicas.
–Tampoco
vamos a ver nada con explosiones y muertos –replicó ella.
–Persecuciones
de coches.
–No.
Él
empezó a pulsar botones.
–Invasión
alienígena. Eso está bien.
–No.
–Pues
atraco a un banco.
Ella
suspiró.
–Te
vas a pasar el rato criticando la actuación policial, ¿verdad?
–Sí
–él colocó el mando a distancia fuera del alcance de ella, se acomodó en el
sofá y le pasó un brazo por los hombros.
Cinco
minutos después, Demi se quitaba los zapatos y se apoyaba en él. Alzó la vista
y habló con suavidad.
–No
puedes llevar tanto tiempo sin dormir. No podrías tenerte en pie.
–Al
final tu cuerpo acaba decidiendo que ya es suficiente. A mí me toca un coma de
ocho horas pronto –él le colocó un mechón de pelo detrás de la oreja–. Con
suerte, será de noche y así no te despertaré.
Demi
hizo una mueca.
–A
pesar de lo que piensas, no lo he dicho para que te sientas culpable.
–Lo
sé –pero ahora le tocaba a él–. Dime qué es lo que te preocupa desde que he
llegado.
Demi
apoyó la cabeza en el brazo de él, cerró los ojos y soltó un sonido
estrangulado. Abrió los ojos y se volvió hacia él.
–¿Podemos
hablar antes de esa mezcla de consideración y protección que estás usando
conmigo?
–Vale.
–¿Podrías
dejar de hacerlo?
Joseph
reprimió una sonrisa.
–¿No
crees que llevas un poco lejos el tema de la independencia?
–¿Ves?
Ya estás otra vez. Es el tono que usas.
–Solo
tengo una voz.
–No
es verdad, tienes muchas –ella alzó una mano y empezó a contar–. Tienes la voz
considerada, la voz seductora, la voz de advertencia…
Él
le tomó la mano.
–Volvamos
al problema que tienes con lo de considerado y protector.
–No
me gusta.
–Proteger
es mi trabajo –razonó él–. Lo de considerado tengo que trabajármelo de vez en
cuando.
–No
–dijo ella con un mohín–. Eso también se te da bastante bien.
Joseph
respiró con fuerza.
–A
ver si lo entiendo. Tú quieres que no me importe lo que te pase y que sea más
desconsiderado.
Demi
alzó los ojos al cielo.
–Puesto
así, suena estúpido.
–Un
poco –asintió él.
Ella
cambió de postura sin avisar y se sentó a horcajadas sobre él. Cuando movió las
caderas, Joseph le puso las manos en la cintura para sostenerla inmóvil antes de
que sus cuerpos se alinearan. Ya era bastante difícil no perder el control sin
necesidad de tener que soportar aquellos movimientos que él había imaginado que
hacían desnudos.
–Habla
conmigo –ordenó ella.
–Sabes
que puedo quitarte de ahí si quiero terminar esta conversación.
–Pero
sigues aquí sentado, ¿no? –ella enarcó las cejas–. ¿Te sientes mal por jugar
conmigo?
Joseph
frunció el ceño.
–¿Cuándo
hago yo eso?
–Todas
esas cosas consideradas en las que dices que tienes que trabajar son parte de
tu campaña para llevarme a la cama.
–Teniendo
en cuenta mis muchas habilidades en el arte de la seducción, me siento
insultado –él movió la cabeza–. Un hombre no puede hacer el esfuerzo de ser
amable contigo, ¿verdad?
–Ser
amable no tiene que ser un esfuerzo.
–Eso
es lo que pasa con la resistencia. Que lo pone todo más difícil.
–Pues
deja de resistirte y dime lo que pasó ayer.
Joseph
buscó un camino seguro por el campo de minas en el que estaban entrando y optó
por un poco de sinceridad.
–¿Crees
que a ti te resultará más difícil contarme por qué sigues teniendo dudas que a
mí esto?
–No
–admitió ella–. ¿Por qué tú no tienes dudas?
–En
lo referente a acostarme contigo, creí que había dejado clara mi posición –él
subió la mano de la cadera a la cintura de ella–. Puedo repetirlo si quieres.
Los
ojos de ella se oscurecieron.
–No
es necesario.
–En
ese caso… –él bajó la mano y deslizó los dedos bajo el dobladillo de la falda
de ella. Tocó la suave piel del muslo y observó la reacción de ella.
Demi
entreabrió los labios y respiró despacio. Bajó las pestañas y miró la boca de
él. Joseph sabía que podía perderse en ella, pero percibía que un pequeño
rincón de la mente de ella no estaría allí. Egoístamente, él quería que
estuviera. Quería que ella viera la parte de él que veía poca gente fuera de su
entorno laboral… antes de que se cometieran errores o empezaran las
recriminaciones.
–¿Tú
piensas en cuando acabe esto? –preguntó ella–. ¿En el desastre que podríamos
dejar atrás?
–Sí.
–Yo
también –susurró ella. Le lamió los labios–. En el mejor de los casos,
estaremos mejor que antes. En el peor…
–Acabaremos
diciéndonos cosas que no podremos retirar –terminó él.
–Sí.
Joseph
la miró a los ojos y encontró en ellos vulnerabilidad suficiente para hacerle
un agujero en el pecho. Ella no solo tenía dudas, sino que estaba aterrorizada.
¿De él? ¿Qué había hecho para asustar a la intrépida Demi? ¿Qué podía ser?
Pensó
en voz alta.
–Quizá
el problema que tenemos ahora es de confianza.
Ella
bajó la vista al pecho de él.
–Estás
diciendo que no confías en mí.
–No,
muñeca, no es eso lo que digo –él respiró hondo y eligió las palabras con
cuidado–. No puedo prometerte que esto no sea un desastre cuando termine.
–Lo
sé.
–¿Sabes
que yo jamás haría nada intencionadamente para hacerte daño? –le asombró lo
mucho que necesitaba que ella supiera aquello–. Si algo de lo que he dicho o
hecho en el pasado…
–Calla
–ella le puso un momento el dedo índice en la boca–. Lo entiendo. Tú crees que
no confío en ti.
–¿Por
qué ibas a confiar? No he hecho nada para ganarme tu confianza.
Demi
pensó un momento.
–No
es que no confíe en ti, es solo…
–Recelo
–musitó él.
–Sí.
–Yo
no estoy seguro de que debas confiar en mí –declaró él–. Cuando estoy contigo, no
me fío de mí mismo.
–¿Por
qué no? Mírame a los ojos; cuando me lo digas, necesito ver si están ahí.
–¿El
qué?
–El
azul se nubla. Tienes sombras –ella le rozó la barbilla con los dedos–. Así es
como sé que hay algo que no me dices.
Joseph
sintió un fuerte peso en el pecho; le costaba un gran esfuerzo respirar.
Demi
ladeó la cabeza y lo miró a los ojos.
–Dime
por qué no te fías de ti mismo cuando estás conmigo.
–Llevo
mucho equipaje. Y no estoy dispuesto a descargarlo sobre ti –él frunció el ceño,
tanto por la confesión como por lo ronco de su voz. No le gustaba ser tan
débil.

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