sábado, 23 de marzo de 2013

┊εїз*~ El Hombre Ideal Cap: 19 *~┊εїз

Sospechaba que no podría meterse en una pelea sin que salieran otras cosas en el calor del momento. Cosas de las que no estaba preparada a hablar todavía. Evitó la mirada helada de él y señaló el otro lado de la habitación.
        –Estaré en el sofá mientras tú decides si te quedas o te vas.
        Era la única elección que estaba dispuesta a darle. Su negativa a hablar de las pesadillas cuando ella le había hablado de su pasado le parecía un rechazo. Peor aún, le dolía. Tendría que haber cerrado la boca, y si la primera vez que compartía cosas con alguien acababa sintiéndose como una tonta, no tendría muchas ganas de volver a hacerlo.
        Joseph vaciló. Apretó los dientes cuando ella se sentó y puso la televisión. Pero ¿qué importancia tenía decir desde cuándo tenía las pesadillas? Ella no podía averiguar el resto sin su ayuda. Respiró hondo y decidió que podía darle aquello. Se trataba de dar un poco para obtener un poco. Cuando contestara, ella le diría lo que le preocupaba.
        Se acercó al sofá y se sentó a su lado.
        –Ocho años –le quitó el mando a distancia de la mano–. Y no vamos a ver cosas de chicas.
        –Tampoco vamos a ver nada con explosiones y muertos –replicó ella.
        –Persecuciones de coches.
        –No.
        Él empezó a pulsar botones.
        –Invasión alienígena. Eso está bien.
        –No.
        –Pues atraco a un banco.
        Ella suspiró.
        –Te vas a pasar el rato criticando la actuación policial, ¿verdad?
        –Sí –él colocó el mando a distancia fuera del alcance de ella, se acomodó en el sofá y le pasó un brazo por los hombros.
        Cinco minutos después, Demi se quitaba los zapatos y se apoyaba en él. Alzó la vista y habló con suavidad.
        –No puedes llevar tanto tiempo sin dormir. No podrías tenerte en pie.
        –Al final tu cuerpo acaba decidiendo que ya es suficiente. A mí me toca un coma de ocho horas pronto –él le colocó un mechón de pelo detrás de la oreja–. Con suerte, será de noche y así no te despertaré.
        Demi hizo una mueca.
        –A pesar de lo que piensas, no lo he dicho para que te sientas culpable.
        –Lo sé –pero ahora le tocaba a él–. Dime qué es lo que te preocupa desde que he llegado.
        Demi apoyó la cabeza en el brazo de él, cerró los ojos y soltó un sonido estrangulado. Abrió los ojos y se volvió hacia él.
        –¿Podemos hablar antes de esa mezcla de consideración y protección que estás usando conmigo?
        –Vale.
        –¿Podrías dejar de hacerlo?
        Joseph reprimió una sonrisa.
        –¿No crees que llevas un poco lejos el tema de la independencia?
        –¿Ves? Ya estás otra vez. Es el tono que usas.
        –Solo tengo una voz.
        –No es verdad, tienes muchas –ella alzó una mano y empezó a contar–. Tienes la voz considerada, la voz seductora, la voz de advertencia…
        Él le tomó la mano.
        –Volvamos al problema que tienes con lo de considerado y protector.
        –No me gusta.
        –Proteger es mi trabajo –razonó él–. Lo de considerado tengo que trabajármelo de vez en cuando.
        –No –dijo ella con un mohín–. Eso también se te da bastante bien.
        Joseph respiró con fuerza.
        –A ver si lo entiendo. Tú quieres que no me importe lo que te pase y que sea más desconsiderado.
        Demi alzó los ojos al cielo.
        –Puesto así, suena estúpido.
        –Un poco –asintió él.
        Ella cambió de postura sin avisar y se sentó a horcajadas sobre él. Cuando movió las caderas, Joseph le puso las manos en la cintura para sostenerla inmóvil antes de que sus cuerpos se alinearan. Ya era bastante difícil no perder el control sin necesidad de tener que soportar aquellos movimientos que él había imaginado que hacían desnudos.
        –Habla conmigo –ordenó ella.
        –Sabes que puedo quitarte de ahí si quiero terminar esta conversación.
        –Pero sigues aquí sentado, ¿no? –ella enarcó las cejas–. ¿Te sientes mal por jugar conmigo?
        Joseph frunció el ceño.
        –¿Cuándo hago yo eso?
        –Todas esas cosas consideradas en las que dices que tienes que trabajar son parte de tu campaña para llevarme a la cama.
        –Teniendo en cuenta mis muchas habilidades en el arte de la seducción, me siento insultado –él movió la cabeza–. Un hombre no puede hacer el esfuerzo de ser amable contigo, ¿verdad?
        –Ser amable no tiene que ser un esfuerzo.
        –Eso es lo que pasa con la resistencia. Que lo pone todo más difícil.
        –Pues deja de resistirte y dime lo que pasó ayer.
        Joseph buscó un camino seguro por el campo de minas en el que estaban entrando y optó por un poco de sinceridad.
        –¿Crees que a ti te resultará más difícil contarme por qué sigues teniendo dudas que a mí esto?
        –No –admitió ella–. ¿Por qué tú no tienes dudas?
        –En lo referente a acostarme contigo, creí que había dejado clara mi posición –él subió la mano de la cadera a la cintura de ella–. Puedo repetirlo si quieres.
        Los ojos de ella se oscurecieron.
        –No es necesario.
        –En ese caso… –él bajó la mano y deslizó los dedos bajo el dobladillo de la falda de ella. Tocó la suave piel del muslo y observó la reacción de ella.
        Demi entreabrió los labios y respiró despacio. Bajó las pestañas y miró la boca de él. Joseph sabía que podía perderse en ella, pero percibía que un pequeño rincón de la mente de ella no estaría allí. Egoístamente, él quería que estuviera. Quería que ella viera la parte de él que veía poca gente fuera de su entorno laboral… antes de que se cometieran errores o empezaran las recriminaciones.
        –¿Tú piensas en cuando acabe esto? –preguntó ella–. ¿En el desastre que podríamos dejar atrás?
        –Sí.
        –Yo también –susurró ella. Le lamió los labios–. En el mejor de los casos, estaremos mejor que antes. En el peor…
        –Acabaremos diciéndonos cosas que no podremos retirar –terminó él.
        –Sí.
        Joseph la miró a los ojos y encontró en ellos vulnerabilidad suficiente para hacerle un agujero en el pecho. Ella no solo tenía dudas, sino que estaba aterrorizada. ¿De él? ¿Qué había hecho para asustar a la intrépida Demi? ¿Qué podía ser?
        Pensó en voz alta.
        –Quizá el problema que tenemos ahora es de confianza.
        Ella bajó la vista al pecho de él.
        –Estás diciendo que no confías en mí.
        –No, muñeca, no es eso lo que digo –él respiró hondo y eligió las palabras con cuidado–. No puedo prometerte que esto no sea un desastre cuando termine.
        –Lo sé.
        –¿Sabes que yo jamás haría nada intencionadamente para hacerte daño? –le asombró lo mucho que necesitaba que ella supiera aquello–. Si algo de lo que he dicho o hecho en el pasado…
        –Calla –ella le puso un momento el dedo índice en la boca–. Lo entiendo. Tú crees que no confío en ti.
        –¿Por qué ibas a confiar? No he hecho nada para ganarme tu confianza.
        Demi pensó un momento.
        –No es que no confíe en ti, es solo…
        –Recelo –musitó él.
        –Sí.
        –Yo no estoy seguro de que debas confiar en mí –declaró él–. Cuando estoy contigo, no me fío de mí mismo.
        –¿Por qué no? Mírame a los ojos; cuando me lo digas, necesito ver si están ahí.
        –¿El qué?
        –El azul se nubla. Tienes sombras –ella le rozó la barbilla con los dedos–. Así es como sé que hay algo que no me dices.
        Joseph sintió un fuerte peso en el pecho; le costaba un gran esfuerzo respirar.
        Demi ladeó la cabeza y lo miró a los ojos.
        –Dime por qué no te fías de ti mismo cuando estás conmigo.
        –Llevo mucho equipaje. Y no estoy dispuesto a descargarlo sobre ti –él frunció el ceño, tanto por la confesión como por lo ronco de su voz. No le gustaba ser tan débil.

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