sábado, 16 de marzo de 2013

┊εїз*~ El Hombre Ideal Cap: 8 *~┊εїз

–De acuerdo –ella sonrió con dulzura–. Podemos charlar por el camino. Mientras ayudo a Jack a acostarse, ¿por qué no piensas en las cosas que me quieres decir? –pasó un brazo alrededor de la cintura de su padre–. Vamos.
        Cuando salieron, Joseph levantó los ojos al cielo y respiró hondo.
        Iba a ser el viaje en metro más largo de su vida.
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        «¿No te encanta cuando te encuentras algo que compraste en las rebajas y no te acordabas? Es cierto lo que dice la gente: si buscas con atención, puede que te sorprenda lo que encuentras».
        –¿SABES lo que me recuerda esto?
        Joseph se volvió a mirarla en el vagón del metro.
        –¿Ahora ya hablamos?
        –No. Hablo yo. Tú todavía no.
        El tren frenó y él miró por la ventanilla.
        –Me recuerda a las veces que he oído a mi mejor amiga quejarse de que sus hermanos investigaban a todos los hombres con los que la veían –prosiguió ella–. Antes lo encontraba gracioso, ahora ya no. ¿Qué os da derecho a entrometeros en la vida de otras personas?
        –Se llama interés –respondió él.
        –Se llama acoso.
        –No me voy a disculpar por haberte seguido. Teniendo en cuenta dónde has terminado, no me arrepiento de haberlo hecho. A partir de ahora, si tienes que ir allí de noche, te acompañaré yo.
        –Yo no soy tu hermana.
        –Eso lo sé muy bien –repuso él.
        –Tú no puedes dictarme lo que tengo que hacer.
        –No, pero si te ocurre algo, no quiero tenerlo en mi conciencia. Ya está bastante llena, gracias.
        Demi frunció el ceño. Agradecía el interés de él por su seguridad y también que Joseph se hubiera disculpado con Jack y le hubiera mostrado respeto. Pero le molestaba que supiera lo de su padre.
        Todo el mundo tenía cosas que no le apetecía que supieran otras personas y ella no era una excepción, así que no lo había perdonado.
        Pensó en la última vez que había tenido que bregar con alguien que había descubierto lo de Jack. La diferencia era que con Selena ella había decidido lo que quería contar y su amiga no la había presionado. Selena jamás la seguiría, pero Demi sabía que, incluso después de seis años y con una experiencia traumática uniéndolas, le seguía ocultando cosas a su amiga. Era lo que había hecho casi toda su vida y no creía que pudiera cambiar.
        Joseph se levantó.
        –Hacemos transbordo aquí.
        Demi hizo una mueca y se incorporó. Decidida a ocultar que sufría en nombre de la moda, se agarró a una de las barras de metal mientras esperaban a que parara el tren y se abrieran las puertas. Joseph echó a andar con rapidez hacia el otro extremo de la plataforma, pero miró por encima del hombro y se detuvo.
        –¿Qué pasa?
        –Nada –respondió ella entre dientes.
        Él le miró los pies.
        –Te mataría pedir ayuda, ¿no?
        –Son ampollas, no piernas rotas –contestó Demi.
        Se sentó en un banco y él miró el túnel por el que llegaría el tren y se metió las manos en los bolsillos. Como miró las botas de ella al volverse, Demi se echó hacia atrás en el banco y dejó que se abriera el abrigo. Apoyó las manos en el plástico y cruzó las piernas. Cuando él posó la vista en sus muslos, ella reprimió una sonrisa. Siempre la había ayudado saber que podía provocarlo, aunque probablemente no era buena idea descubrir el efecto que tenía en él en aquel sentido.
        Joseph la miró a los ojos y ella enarcó las cejas.
        Él movió la cabeza.
        –Asumo que las mujeres no llevan esas botas por comodidad.
        Demi sintió carne de gallina al oír su voz profunda y rasposa.
        –Estas botas no se hicieron para andar –murmuró; balanceó las piernas cruzadas.
        –¿Y por qué no se te ocurrió cambiarte?
        Demi alzó la barbilla.
        –A ti te molesta mi ropa, ¿verdad? No me digas que prefieres a las mujeres con miriñaque. ¿Y que lleven una sombrilla, tal vez? Una mujer que deje caer el pañuelo cuando tú pasas y que se muestre eternamente agradecida si acudes en su rescate.
        –¿De verdad quieres entrar en eso?
        Demi se encogió de hombros.
        –Es la mitad de tu problema conmigo. Hombre neandertal conoce a mujer moderna e independiente y no sabe qué hacer con ella.
        La sonrisa de él fue lenta, y cargada de sensualidad.
        –Tienes mucho que aprender sobre un hombre como yo, muñeca. Cuando estés lista para descubrirlo, avísame.
        Ella lo miró a los ojos.
        –¿Se supone que eso me va a asustar?
        –¿Qué te hace pensar que esa es mi intención?
        –¿Crees que no puedo aceptar tu reto y ganar, Joe?
        Él volvió a sonreír.
        –¿Ahora soy Joe?
        Ella sonrió a su vez sin darse cuenta y él, al verlo, sonrió más todavía.
        Demi alzó la barbilla, estiró los brazos a los costados y arqueó la espalda. Empujó los pechos hacia delante de un modo que sabía que tensaría los botones de la blusa hasta casi romperlos, separó los labios y respiró hondo. Para completar el gesto, se apartó el pelo de los hombros, se mordió el labio inferior y lo soltó muy despacio. Cuando hubo terminado, lo miró.
        La mirada intensa de él bajó por el cuerpo de ella y volvió a subir. Se detuvo un momento en los pechos y cuando sus ojos llegaron a la altura de los de ella, hizo un gesto de asentimiento.
        –Te gusta vivir al límite.
        Allí estaba otra vez la voz profunda y rasposa.
        Demi se disponía a preguntarle qué pensaba hacer al respecto, pero la interrumpió el sonido del tren.
        Joseph se acercó al banco y le tendió la mano.
        –Arriba.
        Ella tomó la mano tendida y sintió subir por su brazo el mismo calor eléctrico que había sentido la primera vez que la había tocado. Cuando él la ayudó a incorporarse, el calor se extendió por todo el cuerpo. Demi respiró hondo y esquivó su mirada. Miró el tren y dio un paso hacia él. Su tobillo dio un giro raro y ella hizo una mueca.
        Él le sujetó la mano con firmeza.
        –¿Estás bien?
        Ella sonrió.
        –Dímelo tú.
        Joseph se adelantó y pulsó el botón que abría las puertas del tren.
        –Sé lo que estás haciendo –le informó él cuando estuvieron dentro.
        El tren se puso en marcha y ella cayó hacia delante y dio un respingo cuando sus pechos entraron en contacto con el torso de él. Intentó retroceder, pero él la sujetó por la cintura y la mantuvo en el sitio. Bajó la cabeza y le susurró al oído.
        –¿Cuánto te quieres acercar a ese límite?
        A Demi se le aceleró el corazón y su sangre se transformó en fuego líquido.
        Joseph le acarició la palma de la mano con el pulgar y le puso la otra mano en la cadera.
        –Si sientes curiosidad por saber lo que hay al otro lado, yo puedo llevarte allí.
        Su voz ronca hizo que sus palabras sonaran como una promesa de éxtasis y Demi acercó la parte inferior de su cuerpo al de él. Joseph se puso tenso y ella sintió una oleada de poder femenino.
        Volvió la cabeza, alzó la barbilla y le susurró al oído:
        –Esto iría mucho mejor si guardaras silencio.
        –Una mujer que se gana la vida con las palabras, sabe lo que pueden conseguir –la mano que él tenía en la cadera de ella bajó peligrosamente cerca de la curva del trasero–. Solo se necesitan unas pocas y nuestras mentes suplen el resto.
        Demi sonrió con languidez.
        –Tienen que ser las palabras apropiadas. Y creo que en eso llevo ventaja.
        –Ponme a prueba y lo veremos.

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