–De acuerdo –ella sonrió con
dulzura–. Podemos charlar por el camino. Mientras ayudo a Jack a acostarse,
¿por qué no piensas en las cosas que me quieres decir? –pasó un brazo alrededor
de la cintura de su padre–. Vamos.
Cuando
salieron, Joseph levantó los ojos al cielo y respiró hondo.
Iba
a ser el viaje en metro más largo de su vida.
-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~
«¿No te encanta cuando te encuentras algo
que compraste en las rebajas y no te acordabas? Es cierto lo que dice la gente:
si buscas con atención, puede que te sorprenda lo que encuentras».
–¿SABES
lo que me recuerda esto?
Joseph
se volvió a mirarla en el vagón del metro.
–¿Ahora
ya hablamos?
–No.
Hablo yo. Tú todavía no.
El
tren frenó y él miró por la ventanilla.
–Me
recuerda a las veces que he oído a mi mejor amiga quejarse de que sus hermanos
investigaban a todos los hombres con los que la veían –prosiguió ella–. Antes
lo encontraba gracioso, ahora ya no. ¿Qué os da derecho a entrometeros en la
vida de otras personas?
–Se
llama interés –respondió él.
–Se
llama acoso.
–No
me voy a disculpar por haberte seguido. Teniendo en cuenta dónde has terminado,
no me arrepiento de haberlo hecho. A partir de ahora, si tienes que ir allí de
noche, te acompañaré yo.
–Yo
no soy tu hermana.
–Eso
lo sé muy bien –repuso él.
–Tú
no puedes dictarme lo que tengo que hacer.
–No,
pero si te ocurre algo, no quiero tenerlo en mi conciencia. Ya está bastante
llena, gracias.
Demi
frunció el ceño. Agradecía el interés de él por su seguridad y también que Joseph
se hubiera disculpado con Jack y le hubiera mostrado respeto. Pero le molestaba
que supiera lo de su padre.
Todo
el mundo tenía cosas que no le apetecía que supieran otras personas y ella no
era una excepción, así que no lo había perdonado.
Pensó
en la última vez que había tenido que bregar con alguien que había descubierto
lo de Jack. La diferencia era que con Selena ella había decidido lo que quería
contar y su amiga no la había presionado. Selena jamás la seguiría, pero Demi
sabía que, incluso después de seis años y con una experiencia traumática
uniéndolas, le seguía ocultando cosas a su amiga. Era lo que había hecho casi
toda su vida y no creía que pudiera cambiar.
Joseph
se levantó.
–Hacemos
transbordo aquí.
Demi
hizo una mueca y se incorporó. Decidida a ocultar que sufría en nombre de la
moda, se agarró a una de las barras de metal mientras esperaban a que parara el
tren y se abrieran las puertas. Joseph echó a andar con rapidez hacia el otro
extremo de la plataforma, pero miró por encima del hombro y se detuvo.
–¿Qué
pasa?
–Nada
–respondió ella entre dientes.
Él
le miró los pies.
–Te
mataría pedir ayuda, ¿no?
–Son
ampollas, no piernas rotas –contestó Demi.
Se
sentó en un banco y él miró el túnel por el que llegaría el tren y se metió las
manos en los bolsillos. Como miró las botas de ella al volverse, Demi se echó
hacia atrás en el banco y dejó que se abriera el abrigo. Apoyó las manos en el
plástico y cruzó las piernas. Cuando él posó la vista en sus muslos, ella
reprimió una sonrisa. Siempre la había ayudado saber que podía provocarlo,
aunque probablemente no era buena idea descubrir el efecto que tenía en él en
aquel sentido.
Joseph
la miró a los ojos y ella enarcó las cejas.
Él
movió la cabeza.
–Asumo
que las mujeres no llevan esas botas por comodidad.
Demi
sintió carne de gallina al oír su voz profunda y rasposa.
–Estas
botas no se hicieron para andar –murmuró; balanceó las piernas cruzadas.
–¿Y
por qué no se te ocurrió cambiarte?
Demi
alzó la barbilla.
–A
ti te molesta mi ropa, ¿verdad? No me digas que prefieres a las mujeres con
miriñaque. ¿Y que lleven una sombrilla, tal vez? Una mujer que deje caer el
pañuelo cuando tú pasas y que se muestre eternamente agradecida si acudes en su
rescate.
–¿De
verdad quieres entrar en eso?
Demi
se encogió de hombros.
–Es
la mitad de tu problema conmigo. Hombre neandertal conoce a mujer moderna e
independiente y no sabe qué hacer con ella.
La
sonrisa de él fue lenta, y cargada de sensualidad.
–Tienes
mucho que aprender sobre un hombre como yo, muñeca. Cuando estés lista para
descubrirlo, avísame.
Ella
lo miró a los ojos.
–¿Se
supone que eso me va a asustar?
–¿Qué
te hace pensar que esa es mi intención?
–¿Crees
que no puedo aceptar tu reto y ganar, Joe?
Él
volvió a sonreír.
–¿Ahora
soy Joe?
Ella
sonrió a su vez sin darse cuenta y él, al verlo, sonrió más todavía.
Demi
alzó la barbilla, estiró los brazos a los costados y arqueó la espalda. Empujó
los pechos hacia delante de un modo que sabía que tensaría los botones de la
blusa hasta casi romperlos, separó los labios y respiró hondo. Para completar
el gesto, se apartó el pelo de los hombros, se mordió el labio inferior y lo
soltó muy despacio. Cuando hubo terminado, lo miró.
La
mirada intensa de él bajó por el cuerpo de ella y volvió a subir. Se detuvo un
momento en los pechos y cuando sus ojos llegaron a la altura de los de ella,
hizo un gesto de asentimiento.
–Te
gusta vivir al límite.
Allí
estaba otra vez la voz profunda y rasposa.
Demi
se disponía a preguntarle qué pensaba hacer al respecto, pero la interrumpió el
sonido del tren.
Joseph
se acercó al banco y le tendió la mano.
–Arriba.
Ella
tomó la mano tendida y sintió subir por su brazo el mismo calor eléctrico que
había sentido la primera vez que la había tocado. Cuando él la ayudó a
incorporarse, el calor se extendió por todo el cuerpo. Demi respiró hondo y
esquivó su mirada. Miró el tren y dio un paso hacia él. Su tobillo dio un giro
raro y ella hizo una mueca.
Él
le sujetó la mano con firmeza.
–¿Estás
bien?
Ella
sonrió.
–Dímelo
tú.
Joseph
se adelantó y pulsó el botón que abría las puertas del tren.
–Sé
lo que estás haciendo –le informó él cuando estuvieron dentro.
El
tren se puso en marcha y ella cayó hacia delante y dio un respingo cuando sus
pechos entraron en contacto con el torso de él. Intentó retroceder, pero él la
sujetó por la cintura y la mantuvo en el sitio. Bajó la cabeza y le susurró al
oído.
–¿Cuánto
te quieres acercar a ese límite?
A Demi
se le aceleró el corazón y su sangre se transformó en fuego líquido.
Joseph
le acarició la palma de la mano con el pulgar y le puso la otra mano en la
cadera.
–Si
sientes curiosidad por saber lo que hay al otro lado, yo puedo llevarte allí.
Su
voz ronca hizo que sus palabras sonaran como una promesa de éxtasis y Demi
acercó la parte inferior de su cuerpo al de él. Joseph se puso tenso y ella
sintió una oleada de poder femenino.
Volvió
la cabeza, alzó la barbilla y le susurró al oído:
–Esto
iría mucho mejor si guardaras silencio.
–Una
mujer que se gana la vida con las palabras, sabe lo que pueden conseguir –la
mano que él tenía en la cadera de ella bajó peligrosamente cerca de la curva
del trasero–. Solo se necesitan unas pocas y nuestras mentes suplen el resto.
Demi
sonrió con languidez.
–Tienen
que ser las palabras apropiadas. Y creo que en eso llevo ventaja.
–Ponme
a prueba y lo veremos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario