martes, 12 de marzo de 2013

┊εїз*~ El Hombre Ideal Cap: 4 *~┊εїз

 
Joseph frunció el ceño y tensó la mandíbula. Dio la impresión de que apretaba los dientes, pero antes de que ella tuviera ocasión de preguntarle si le pasaba algo, se volvió y entró en su casa. Demi miró la puerta cerrada de su apartamento y movió la cabeza.
        El primer día había sido genial.
        Estaba deseando que llegara el segundo.
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        «¿Es mi imaginación o el café sabe mejor cuando hacen esos corazoncitos de amor en la espuma? Es curioso la cantidad de cosas que pueden influir en lo que sentimos ».
        Demetria Lovato tenía pechos. Teniendo en cuenta que él era un hombre y ella una mujer, una parte de su cerebro debía haberlo sabido siempre; por suerte, en el pasado, esos pechos nunca se habían apretado contra su torso.
        «Piensa lo que te ayude a dormir por la noche».
        Joseph apretó el paso en la última manzana de una carrera de ocho kilómetros. Ella había acertado, pero era imposible que supiera que él no podía dormir o que estaba harto de despertarse bañado en sudor frío con la garganta ronca de gritar. Tenía que parar aquello antes de que volviera a cometer otra estupidez en el trabajo o tuviera que buscarse otro apartamento.
        Pero distraerse del problema pensando en los pechos de Demetria Lovato no era el mejor modo.
        Dejó de correr y fue andando hasta una cafetería. Después de pedir, miró a su alrededor y descubrió a una mujer sentada sola al lado del escaparate. Era justo lo que necesitaba: otra mujer.
        Pero entonces ella se volvió y él movió la cabeza. En otro tiempo se le daba mejor detectar la presencia del enemigo.
        Ella lo miró cuando él se acercó a tomar una servilleta en la mesa de al lado de la suya.
        –¿Te estás quedando conmigo?
        –¿Ahora no puedo tomar un café?
        –Puedes tomarlo en otra parte.
        –Esta es la cafetería más cercana.
        –Hay otra a dos manzanas. Esta es mía –ella volvió su atención a la pantalla de su portátil–. Es el lugar en el que trabajo los lunes, miércoles y viernes por la mañana.
        –No he visto ningún cartel en la puerta –Joseph se sentó enfrente de ella–. Buenos días.
        Después de un intento de seguir con lo que hacía mientras él miraba a través del escaparate a la gente que se dirigía a su oficina, ella suspiró.
        –Piensas venir todos los lunes, miércoles y viernes, ¿verdad?
        –Veo que no estás de buen humor por la mañana.
        –¿Ese es tu plan? –ella enarcó las cejas–. ¿Vas a estar ahí siempre que me doy la vuelta hasta que me agotes y tenga que mudarme? ¡Vaya! Eso es…
        –¿Eficaz?
        –Iba a decir adolescente. No te imaginas la confianza que me produce saber que la ciudad está en manos de un ejemplo tan maduro del Departamento de Policía de Nueva York.
        Volvió a teclear en el ordenador y Joseph se dio cuenta de que no tenía ni la menor idea de cómo se ganaba ella la vida.
        –¿A qué te dedicas? –preguntó.
        Ella no alzó la vista de la pantalla.
        –¿Es la primera vez que sientes la necesidad de hacer esa pregunta?
        –No tengo un periódico para pasar el tiempo.
        –Están al lado de la puerta.
        –Es algo de Internet, ¿verdad?
        Ella alzó la vista desde detrás de las gafas de trabajo.
        –¿Qué significa eso?
        –Eres una de esas personas que informan de todos sus movimientos cada cinco minutos para que el universo sepa cuánto tiempo pasan haciendo la colada.
        –Sí, la gente solo usa Internet para eso –ella tomó su café–. Es porque trabajar en la red no es un trabajo físico, ¿verdad? Todos los que no levantamos objetos pesados ni hacemos algo con las manos estamos muy bajos en tu escala neandertal de supervivencia de los mejores.
        –Creo que debes disminuir la cantidad de cafeína que tomas. Me parece que ya estás cerca del límite legal.
        Ella dejó la taza en la mesa y respiró hondo.
        –Escribo un blog.
        –¿Te puedes ganar la vida haciendo eso?
        –Entre otras cosas –repuso ella.
        –¿De qué trata?
        –¿No tienes nada que hacer?
        –No.
        –Está bien –ella tomó de nuevo la taza de café y lo miró a los ojos–. Trabajo para una revista de moda y parte de mi trabajo es escribir un blog diario sobre las últimas tendencias y el tipo de cosas que pueden interesar a mujeres veinteañeras.
        –Eres tan profunda como un charco superficial, ¿verdad?
        –No todo gira en torno al significado de la vida. A veces es más bien cuestión de vivirla. Para algunas personas, eso implica encontrar placer en las cosas pequeñas.
        –¿Como endeudarse comprando ropa?
        –Como llevar cosas que les hagan sentirse bien –ella se encogió de hombros–. Supongo que es lo que sientes tú cuando te pones el uniforme que eliges.
        –Yo no llevo un uniforme porque esté de moda.
        –¿Quieres decir que no te sientes bien cuando lo llevas?
        –Es una cuestión de orgullo por lo que hago.
        –¿Y no hace que te sientas bien?
        –No es así de sencillo –respondió Joseph.
        Ella inclinó la cabeza a un lado y él miró sus gafas con curiosidad.
        –¿Ahora se lleva el look de bibliotecaria?
        –Es mejor que la imagen de atracador que das tú.
        Joseph bajó la cabeza y se miró la camiseta.
        –La tengo desde que empecé el entrenamiento básico. Tiene un valor sentimental.
        –¿Eso no sugeriría que tienes corazón?
        –Sería difícil caminar por ahí sin tener uno.
        –¿Tan difícil como sobrevivir sin dormir?
        Joseph la miró sin parpadear.
        –Las paredes son finas –dijo ella con suavidad–. Prueba a dormir sin la televisión puesta, o al menos no veas algo con tantos gritos. ¿Qué era… la película de terror de la semana?
        –¿Ya vuelves a preocuparte por mí? ¡Qué tierno! Ahora que sé que te pasas la noche con un vaso pegado a la pared, buscaré algo en el canal de naturaleza donde salga el canto de las ballenas –se levantó para alejarse, pero ella le rozó la mano con la suya–. ¿Qué?
        Demi dejó caer la mano y esquivó su mirada.
        –Nada.
        –Si tienes algo que decir, dilo. Tengo una cita con mi jefe dentro de una hora.
        Ella no contestó.
        –Continúas oxidada –Joseph movió la cabeza–. Tienes que seguir practicando.
        –¿Cómo va el desafío?
        –¿Eh? –Demi parpadeó; las dos noches de sueño interrumpido empezaban a afectarla.
        Él debía de haber movido la cama después de la conversación de la cafetería. Los gritos sonaban ahora más lejos, pero eran una pura tortura. Demi dudaba de que nadie pudiera oír a un ser humano sufrir así sin sentir su efecto emocional.
        –El desafío que te puso la revista –siguió Miley–. Ese en el que tienes que llevar ropa de las páginas centrales y descubrir si las distintas imágenes cambian cómo te ve la gente. Asumo que por eso pareces hoy una vendedora de cebollas francesa. Aunque esa boina te favorece.
        Sí, a Demi le gustaba la boina; era algo que podía haber elegido para sí misma, aunque esos días no podía llevar nada que no eligiera la revista.
        Bajó la cabeza y ordenó las migas de su plato con el tenedor. Si le preguntaba qué causaba las pesadillas, él no se lo diría. Hasta ahí, todo normal. Lo raro era que ella no había sentido la necesidad de hablarlo con su hermana. Su familia lo quería. Si él luchaba con algo que había vivido durante su destino militar, querrían ayudarlo todo lo posible. Aunque Joseph no se lo pondría fácil.

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