Joseph frunció el ceño y tensó la
mandíbula. Dio la impresión de que apretaba los dientes, pero antes de que ella
tuviera ocasión de preguntarle si le pasaba algo, se volvió y entró en su casa.
Demi miró la puerta cerrada de su apartamento y movió la cabeza.
El
primer día había sido genial.
Estaba
deseando que llegara el segundo.
*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~
«¿Es mi imaginación o el café sabe mejor
cuando hacen esos corazoncitos de amor en la espuma? Es curioso la cantidad de
cosas que pueden influir en lo que sentimos ».
Demetria
Lovato tenía pechos. Teniendo en cuenta que él era un hombre y ella una mujer,
una parte de su cerebro debía haberlo sabido siempre; por suerte, en el pasado,
esos pechos nunca se habían apretado contra su torso.
«Piensa
lo que te ayude a dormir por la noche».
Joseph
apretó el paso en la última manzana de una carrera de ocho kilómetros. Ella
había acertado, pero era imposible que supiera que él no podía dormir o que
estaba harto de despertarse bañado en sudor frío con la garganta ronca de
gritar. Tenía que parar aquello antes de que volviera a cometer otra estupidez
en el trabajo o tuviera que buscarse otro apartamento.
Pero
distraerse del problema pensando en los pechos de Demetria Lovato no era el
mejor modo.
Dejó
de correr y fue andando hasta una cafetería. Después de pedir, miró a su
alrededor y descubrió a una mujer sentada sola al lado del escaparate. Era
justo lo que necesitaba: otra mujer.
Pero
entonces ella se volvió y él movió la cabeza. En otro tiempo se le daba mejor
detectar la presencia del enemigo.
Ella
lo miró cuando él se acercó a tomar una servilleta en la mesa de al lado de la
suya.
–¿Te
estás quedando conmigo?
–¿Ahora
no puedo tomar un café?
–Puedes
tomarlo en otra parte.
–Esta
es la cafetería más cercana.
–Hay
otra a dos manzanas. Esta es mía –ella volvió su atención a la pantalla de su
portátil–. Es el lugar en el que trabajo los lunes, miércoles y viernes por la
mañana.
–No
he visto ningún cartel en la puerta –Joseph se sentó enfrente de ella–. Buenos
días.
Después
de un intento de seguir con lo que hacía mientras él miraba a través del
escaparate a la gente que se dirigía a su oficina, ella suspiró.
–Piensas
venir todos los lunes, miércoles y viernes, ¿verdad?
–Veo
que no estás de buen humor por la mañana.
–¿Ese
es tu plan? –ella enarcó las cejas–. ¿Vas a estar ahí siempre que me doy la
vuelta hasta que me agotes y tenga que mudarme? ¡Vaya! Eso es…
–¿Eficaz?
–Iba
a decir adolescente. No te imaginas la confianza que me produce saber que la
ciudad está en manos de un ejemplo tan maduro del Departamento de Policía de
Nueva York.
Volvió
a teclear en el ordenador y Joseph se dio cuenta de que no tenía ni la menor
idea de cómo se ganaba ella la vida.
–¿A
qué te dedicas? –preguntó.
Ella
no alzó la vista de la pantalla.
–¿Es
la primera vez que sientes la necesidad de hacer esa pregunta?
–No
tengo un periódico para pasar el tiempo.
–Están
al lado de la puerta.
–Es
algo de Internet, ¿verdad?
Ella
alzó la vista desde detrás de las gafas de trabajo.
–¿Qué
significa eso?
–Eres
una de esas personas que informan de todos sus movimientos cada cinco minutos
para que el universo sepa cuánto tiempo pasan haciendo la colada.
–Sí,
la gente solo usa Internet para eso –ella tomó su café–. Es porque trabajar en
la red no es un trabajo físico, ¿verdad? Todos los que no levantamos objetos
pesados ni hacemos algo con las manos estamos muy bajos en tu escala neandertal
de supervivencia de los mejores.
–Creo
que debes disminuir la cantidad de cafeína que tomas. Me parece que ya estás
cerca del límite legal.
Ella
dejó la taza en la mesa y respiró hondo.
–Escribo
un blog.
–¿Te
puedes ganar la vida haciendo eso?
–Entre
otras cosas –repuso ella.
–¿De
qué trata?
–¿No
tienes nada que hacer?
–No.
–Está
bien –ella tomó de nuevo la taza de café y lo miró a los ojos–. Trabajo para
una revista de moda y parte de mi trabajo es escribir un blog diario sobre las
últimas tendencias y el tipo de cosas que pueden interesar a mujeres
veinteañeras.
–Eres
tan profunda como un charco superficial, ¿verdad?
–No
todo gira en torno al significado de la vida. A veces es más bien cuestión de
vivirla. Para algunas personas, eso implica encontrar placer en las cosas
pequeñas.
–¿Como
endeudarse comprando ropa?
–Como
llevar cosas que les hagan sentirse bien –ella se encogió de hombros–. Supongo
que es lo que sientes tú cuando te pones el uniforme que eliges.
–Yo
no llevo un uniforme porque esté de moda.
–¿Quieres
decir que no te sientes bien cuando lo llevas?
–Es
una cuestión de orgullo por lo que hago.
–¿Y
no hace que te sientas bien?
–No
es así de sencillo –respondió Joseph.
Ella
inclinó la cabeza a un lado y él miró sus gafas con curiosidad.
–¿Ahora
se lleva el look de bibliotecaria?
–Es
mejor que la imagen de atracador que das tú.
Joseph
bajó la cabeza y se miró la camiseta.
–La
tengo desde que empecé el entrenamiento básico. Tiene un valor sentimental.
–¿Eso
no sugeriría que tienes corazón?
–Sería
difícil caminar por ahí sin tener uno.
–¿Tan
difícil como sobrevivir sin dormir?
Joseph
la miró sin parpadear.
–Las
paredes son finas –dijo ella con suavidad–. Prueba a dormir sin la televisión
puesta, o al menos no veas algo con tantos gritos. ¿Qué era… la película de
terror de la semana?
–¿Ya
vuelves a preocuparte por mí? ¡Qué tierno! Ahora que sé que te pasas la noche
con un vaso pegado a la pared, buscaré algo en el canal de naturaleza donde
salga el canto de las ballenas –se levantó para alejarse, pero ella le rozó la
mano con la suya–. ¿Qué?
Demi
dejó caer la mano y esquivó su mirada.
–Nada.
–Si
tienes algo que decir, dilo. Tengo una cita con mi jefe dentro de una hora.
Ella
no contestó.
–Continúas
oxidada –Joseph movió la cabeza–. Tienes que seguir practicando.
–¿Cómo
va el desafío?
–¿Eh?
–Demi parpadeó; las dos noches de sueño interrumpido empezaban a afectarla.
Él
debía de haber movido la cama después de la conversación de la cafetería. Los gritos
sonaban ahora más lejos, pero eran una pura tortura. Demi dudaba de que nadie
pudiera oír a un ser humano sufrir así sin sentir su efecto emocional.
–El
desafío que te puso la revista –siguió Miley–. Ese en el que tienes que llevar
ropa de las páginas centrales y descubrir si las distintas imágenes cambian
cómo te ve la gente. Asumo que por eso pareces hoy una vendedora de cebollas
francesa. Aunque esa boina te favorece.
Sí,
a Demi le gustaba la boina; era algo que podía haber elegido para sí misma,
aunque esos días no podía llevar nada que no eligiera la revista.
Bajó
la cabeza y ordenó las migas de su plato con el tenedor. Si le preguntaba qué
causaba las pesadillas, él no se lo diría. Hasta ahí, todo normal. Lo raro era
que ella no había sentido la necesidad de hablarlo con su hermana. Su familia
lo quería. Si él luchaba con algo que había vivido durante su destino militar,
querrían ayudarlo todo lo posible. Aunque Joseph no se lo pondría fácil.

No hay comentarios:
Publicar un comentario