Joseph supuso que también se
había ganado su respeto por el camino. Le habría gustado conocerla entonces.
Pero cuando la Demi de catorce años sobrevivía en la jungla urbana, el Joseph
de veinte años estaba ya en los marines.
–¿Eso
consiguió frenarlo? –preguntó.
–No.
Yo le obligué a salir fuera del radio de ocho manzanas. Y él empezó a desaparecer.
Los
dedos de Joseph se pararon de nuevo.
–Él
es la razón de que fueras una persona sin techo cuando te conoció Selena.
Demi
se encogió de hombros como si eso no importara.
–No
podía pagar el alquiler. Él desapareció cuando ya teníamos problemas con el
casero. Cuando vi que no podía seguir allí, busqué un lugar seco cerca de la
escuela, guardé lo que pude llevarme y me fui. El resto ya lo sabes.
Joseph
sintió rabia.
–¿Por
qué no pediste ayuda? Hay personas que…
–Tenía
dieciocho años –repuso ella con una mirada de advertencia–. Podía cuidar de mí
misma. Solo necesitaba unas semanas para terminar el instituto y conseguir mi
diploma.
Joseph
miró al otro lado de la estancia. ¿Qué clase de hombre le hacía aquello a su
hija? ¿Por qué seguía ella cuidando de él?
–¿Dónde
estaba tu madre?
–Murió.
–¿Cuándo?
–En
un accidente cuando yo tenía ocho años.
–¿Qué
pasó?
–Un
atropello con fuga cuando volvía de la tienda.
Él
recordaba que Demi había dicho que había un mes al año en el que todo era peor.
–Este
mes es el aniversario de su muerte, ¿verdad?
–Sí
–Demi se encogió de hombros y apartó la mano de él–. Y ya hemos terminado de
hablar de esto.
–¿Alguna
vez ha sido violento contigo?
–He
dicho…
–Necesito
saberlo.
El
tono duro de la voz de él hizo que ella volviera la cabeza. Lo miró a los ojos
y su expresión se suavizó.
–No
es esa clase de borracho. Jack se pone alegre. Eso es parte del problema. La
gente lo invita a beber porque es divertido –sonaron más risas–. ¿Entiendes lo
que digo?
–Tuviste
suerte –repuso Joseph, que en realidad quería decir que Jack tenía suerte.
–Sí,
me pasé toda la adolescencia sintiéndome muy agradecida porque mi padre es un
alcohólico –respondió ella con sequedad.
–No
me refería a eso –dijo él.
–Él
jamás se pondría violento conmigo –le aseguró ella.
–¿Se
daría cuenta si te derribara o te hicieras daño cuando lo subes escaleras
arriba? ¿Y qué me dices de cuando limpias lo que ensucia o cuando no puedes
dormir preguntándote dónde está? No todas las heridas son visibles.
–Si
no dejas el tema, tendré que obligarte a irte.
–No
voy a fingir que no me importa.
–¿Te
he pedido yo eso? –ella frunció el ceño–. Pero tienes que recordar que esto no
es por mí, sino porque tú eres el tipo de hombre que siente que tiene que
ayudar a los demás.
–No
me conviertas en un héroe.
–Pues
deja de intentar serlo. No necesito que me rescates, necesito que confíes en
que sé lo que hago y creas que tengo mis razones para hacerlo.
–Dímelas.
Por
el rostro de ella cruzó una sombra.
–No
quiero pelearme contigo, pero si sigues así, no podré evitarlo.
–Dame
una buena razón por la que sigues haciendo esto y lo dejo.
–¿Por
qué necesitas saberlo? –ella enarcó las cejas–. Y no me digas que es parte de
lo de comunicarse mejor porque esto no tiene nada que ver con nosotros.
–Esto
es un buen ejemplo de que tú no ayudas a que la gente te conozca –respondió
Joseph.
–Conocerme
mejor no es una de tus prioridades cuando intentas llevarme a la cama.
–Si
no lo fuera, ya nos habríamos acostado.
–Dices
eso como si yo no tuviera nada que decir.
–Dime
que no me deseas –Joseph se inclinó hacia ella–. Yo puedo decirte cuánto te
deseo. Nunca dejo de pensar en ti. He pasado muchas horas pensando cosas que
quiero hacerte. Quiero explorar cada centímetro de tu cuerpo y descubrir todos
los lugares ocultos que tú ni siquiera sabes que tienes. Quiero…
–Basta.
–Dime
que no me deseas.
Los
ojos de ella se oscurecieron.
–Tú
sabes que sí.
–Si
te conozco más, la experiencia será mejor para los dos. Eso te lo puedo
prometer.
Ella
parpadeó.
–Esto
se te da bien.
–Solo
cuando creo que vale la pena el esfuerzo.
–No
me enamoraré de ti –declaró ella con firmeza.
Joseph
negó con la cabeza.
–No
quiero que lo hagas.
–Y
tú no te enamores de mí.
Él
sonrió.
–De
acuerdo.
–Una
de las razones por las que sigo haciendo esto…
–Solo
una –asintió él. «Por el momento».
–Coney
Island –ella miró al frente–. Yo tenía diez u once años. Jack dejó de beber lo
suficiente como para recordar que tenía una hija y fuimos a pasar el día a
Coney Island –sonrió–. Subimos en todas las atracciones, comimos algodón de
caramelo y perritos calientes hasta que vomité, y fue uno de los mejores días
de mi vida.
Algo
que Joseph no reconocía se expandió por su pecho haciendo que le costara
trabajo respirar.
–Es
una de las razones por las que hago esto –ella se encogió de hombros–. Porque
todavía recuerdo Coney Island y el día que recuperé a mi padre.
Joseph
la estrechó contra sí y ella apoyó la cabeza en su hombro. Lo miró con una
sonrisa trémula y él volvió a sentir en el pecho aquello que no reconocía e
intuyó problemas.
Respiró
hondo.
–¿Cuánto
tiempo más crees que estaremos aquí?
Ella
miró al otro lado del bar.
–Una
hora, tal vez dos. Pero si quieres irte…
–No
–respondió él con firmeza–. Estaba pensando que nos hemos saltado el almuerzo y
tú tienes que comer. Si no puede prepararnos un sándwich, iré a buscar
algo.
La
soltó y se puso en pie. Aunque había cosas que no podía darle, le gustaba creer
que podía compensarlas con otras. Quería cuidar de ella, no por un sentido del
deber unido a su trabajo ni de la responsabilidad por la relación de ella con
su familia. Curiosamente, tampoco era solo porque ella le importaba, aunque no
podía negar que le importaba. No, era simplemente porque ella era Demi.
Era
tan sencillo y tan complicado como eso.

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