–Ya hemos terminado, chicos y
chicas.
Modelos
y ayudantes emitieron un suspiro de alivio; el fotógrafo tendió la mano a Demi
y movió los dedos.
–Dámela,
encanto. Tengo que tener cuidado con las imágenes mías que haces de dominio
público.
–¿Con
alguien tan fotogénico como tú? –Demi le pasó una pequeña cámara digital.
Él
bajó la cabeza y pasó las imágenes.
–Esa
no. Esa tampoco. Cuando termine de borrar todas las que no apruebo, podemos
hablar de tu nuevo amigo.
–¿Qué
nuevo amigo?
–El
hombre que lleva quince minutos observando todos tus movimientos –Demi miró en
dirección a Joseph–. Obviamente, no trabaja en el mundo de la moda…
–No
–respondió ella–. Es…
–No
me lo digas. Es mucho más divertido imaginarlo.
Joseph
se acercó a ellos.
–Hola,
encanto.
–Hola,
guapo –el fotógrafo sonrió.
Demi
se mordió el labio inferior y reprimió una risita.
–Pórtate
bien. Christophe Devereaux, Joseph Jonas. Joe,
este es Chris.
–Explica
mucho la sonrisa que has tenido esta mañana –comentó el fotógrafo–. ¿Cuánto
tiempo lleváis saliendo? Porque en serio, querida, esa ropa…
–A
él le queda bien, ¿no te parece?
–Supongo…
Pero imagínatelo de Armani o Gucci o quizá un poco…
–Eso
no va a pasar –intervino Joseph con sequedad, cuando se cansó de que hablaran
de él como si no estuviera presente. Se había vestido solo desde los dos años y
no necesitaba ninguna ayuda en ese campo.
–No
le gustan las marcas –comentó Demi.
Christophe
parpadeó.
–Eso
debe de ser refrescante.
–¿Has
terminado ya? –preguntó Joseph a Demi.
–Sí
–ella besó a su amigo en las mejillas–. Te debo una por lo de hoy. Gracias por
dejarme estar presente.
–Te
lo debía por tu apoyo cuando era un desconocido. Una mención en tu blog sube
mucho el perfil –miró a Joseph–. Cuida de ella o tendrás que responder ante mí.
Joseph
asintió con la cabeza. Tomó a Demi de la mano.
–Vámonos.
–Solo
por curiosidad –preguntó ella cuando se alejaban–. ¿Qué habrías hecho si
hubiera quedado con Selena como era mi intención?
–Te
molesta, ¿verdad? –inquirió él.
–¿Ocultarle
algo a mi mejor amiga?
–Incluso
cuando lo hagamos público, habrá cosas que no podrás hablar con ella. Lo sabes,
¿verdad?
Ella
abrió mucho los ojos.
–¿Cuando
lo hagamos público?
–No
vamos a discutir hoy. Tengo planes para lo que queda del día.
–¿Adónde
vamos?
–Ya
lo verás.
–¿Es
una sorpresa?
Joseph
sonrió. Un rato después se detuvo en medio de un camino y ella alzó las cejas
con anticipación.
–Tienes
dos opciones. El zoo –él señaló con el pulgar por encima de su hombro–. O eso.
Ella
miró y se quedó un momento inmóvil. Después se le iluminó el rostro.
–¿Te
estás quedando conmigo? –se lanzó en sus brazos–. ¡Me encanta! –se apartó y le
tomó la mano.
Cuando
cruzaban las puertas, se volvió hacia él.
–Me
niego a disfrutar de mi sorpresa hasta que consientas en hacerlo todo conmigo
–lo miró a los ojos y sonrió–. Pero prometo compensarte si lo haces.
–¿Quieres
comer algodón de caramelo o algo razonable? –preguntó él.
–Algodón
–ella tiró de su mano–. Podemos comerlo en el tiovivo.
Lo
máximo que él estaba dispuesto a hacer era apoyarse en un ridículo caballo de
madera. Cuando la plataforma empezó a moverse, la vio chuparse los dedos antes
de arrancar otro trozo de algodón con los dientes. Joseph sonrió.
Varios
viajes más tarde, se sentía muy orgulloso de sí mismo por satisfacer sus ansias
de diversión. Ahora podía cuidarla, protegerla y satisfacer sus necesidades.
Hicieron
un descanso para comer un par de perritos calientes con mostaza. Demi compartió
el pan con una horda de bien alimentadas palomas y Joseph compartió la mostaza
con sus vaqueros. Ella intentó quitar la mancha con una servilleta de papel hasta
que él se vio obligado a recordarle que estaban en un lugar público y había
niños. Después de un beso con el que ella le prometió que le haría todo lo que
quisiera cuando llegaran a casa, él la vio que miraba a la gente y sonreía.
Siguió su mirada y descubrió a una niña que iba con una mujer que le hacía una
trenza en el pelo.
–¿La
recuerdas? –preguntó.
–¿A
mi madre?
–Sí.
Demi
pensó un momento, como hacía siempre que hablaban de un tema que le resultaba
difícil.
–Algunas
cosas –respondió–. Recuerdo cómo me cepillaba el pelo. Seguía el cepillo con la
mano –sonrió–. Yo todavía hago eso.
–Lo
sé –era parte de la rutina de ella por la mañana. Verla vestirse resultaba casi
tan fascinante como verla desnudarse–. Continúa.
Pasó
otro momento mientras Demi seleccionaba un recuerdo.
–Solía
tararear cuando hacía las labores de casa. Mi padre decía que una de las
razones por las que la amaba era porque tenía una canción en el corazón. Me
guiñaba un ojo y se acercaba por detrás para bailar con ella. Eso la volvía
loca si estaba haciendo algo, pero siempre se reía –Demi sonrió de nuevo–.
Tenía una risa fantástica.
–¿Cómo
era ella?
–A
veces, pocas, Jack me dice que me parezco mucho a ella –Demi se encogió de
hombros–. Creo que le resultaba difícil mirarme después de la muerte de ella.
Era
la primera vez que Joseph sentía alguna empatía por su padre. No quería
imaginarse un mundo sin Demi en él, pero sabía que sería un lugar más oscuro.
–¿Cuándo
empezaste a llamarle Jack?
–Cuando
dejó de ser mi padre –ella lo miró a los ojos–. ¿Cómo era tu padre?
Joseph
sabía que estaba cambiando de tema. Movió la cabeza y esquivó su mirada.
–Eso
ya lo sabes.
–Sé
lo que recuerdan los demás de tu familia.
–Pues
quédate con sus impresiones. Discutían menos con él.
–¿De
qué discutíais?
–Su
decepción conmigo era uno de los temas favoritos.
–¿Él
te decía eso? –preguntó ella con incredulidad.
–Con
motivo –él la miró por el rabillo del ojo, poco dispuesto a entrar en
detalles–. ¿Nadie te ha dicho lo cerca que estuve de ser el primer Jonas que
acabara en el lado equivocado de la ley?
Ella
abrió mucho los ojos.
–No
te creo.
Joseph
le tendió la mano.
–¿Qué
quieres hacer ahora?
Ella
sonrió.
–Termina
de hablar de esto. Quiero saber en qué líos te metías.
–¿Y
correr el riesgo de que cambies tu opinión de mí? –él frunció el ceño mientras
echaban a andar hacia una hilera de puestos.
–Eso
merece un castigo –a ella le brillaron los ojos–. Los marines sabéis disparar,
¿no?
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