sábado, 23 de marzo de 2013

┊εїз*~ El Hombre Ideal Cap: 21 *~┊εїз

 
–Ya hemos terminado, chicos y chicas.
        Modelos y ayudantes emitieron un suspiro de alivio; el fotógrafo tendió la mano a Demi y movió los dedos.
        –Dámela, encanto. Tengo que tener cuidado con las imágenes mías que haces de dominio público.
        –¿Con alguien tan fotogénico como tú? –Demi le pasó una pequeña cámara digital.
        Él bajó la cabeza y pasó las imágenes.
        –Esa no. Esa tampoco. Cuando termine de borrar todas las que no apruebo, podemos hablar de tu nuevo amigo.
        –¿Qué nuevo amigo?
        –El hombre que lleva quince minutos observando todos tus movimientos –Demi miró en dirección a Joseph–. Obviamente, no trabaja en el mundo de la moda…
        –No –respondió ella–. Es…
        –No me lo digas. Es mucho más divertido imaginarlo.
        Joseph se acercó a ellos.
        –Hola, encanto.
        –Hola, guapo –el fotógrafo sonrió.
        Demi se mordió el labio inferior y reprimió una risita.
        –Pórtate bien. Christophe Devereaux, Joseph Jonas. Joe, este es Chris.
        –Explica mucho la sonrisa que has tenido esta mañana –comentó el fotógrafo–. ¿Cuánto tiempo lleváis saliendo? Porque en serio, querida, esa ropa…
        –A él le queda bien, ¿no te parece?
        –Supongo… Pero imagínatelo de Armani o Gucci o quizá un poco…
        –Eso no va a pasar –intervino Joseph con sequedad, cuando se cansó de que hablaran de él como si no estuviera presente. Se había vestido solo desde los dos años y no necesitaba ninguna ayuda en ese campo.
        –No le gustan las marcas –comentó Demi.
        Christophe parpadeó.
        –Eso debe de ser refrescante.
        –¿Has terminado ya? –preguntó Joseph a Demi.
        –Sí –ella besó a su amigo en las mejillas–. Te debo una por lo de hoy. Gracias por dejarme estar presente.
        –Te lo debía por tu apoyo cuando era un desconocido. Una mención en tu blog sube mucho el perfil –miró a Joseph–. Cuida de ella o tendrás que responder ante mí.
        Joseph asintió con la cabeza. Tomó a Demi de la mano.
        –Vámonos.
        –Solo por curiosidad –preguntó ella cuando se alejaban–. ¿Qué habrías hecho si hubiera quedado con Selena como era mi intención?
        –Te molesta, ¿verdad? –inquirió él.
        –¿Ocultarle algo a mi mejor amiga?
        –Incluso cuando lo hagamos público, habrá cosas que no podrás hablar con ella. Lo sabes, ¿verdad?
        Ella abrió mucho los ojos.
        –¿Cuando lo hagamos público?
        –No vamos a discutir hoy. Tengo planes para lo que queda del día.
        –¿Adónde vamos?
        –Ya lo verás.
        –¿Es una sorpresa?
        Joseph sonrió. Un rato después se detuvo en medio de un camino y ella alzó las cejas con anticipación.
        –Tienes dos opciones. El zoo –él señaló con el pulgar por encima de su hombro–. O eso.
        Ella miró y se quedó un momento inmóvil. Después se le iluminó el rostro.
        –¿Te estás quedando conmigo? –se lanzó en sus brazos–. ¡Me encanta! –se apartó y le tomó la mano.
        Cuando cruzaban las puertas, se volvió hacia él.
        –Me niego a disfrutar de mi sorpresa hasta que consientas en hacerlo todo conmigo –lo miró a los ojos y sonrió–. Pero prometo compensarte si lo haces.
        –¿Quieres comer algodón de caramelo o algo razonable? –preguntó él.
        –Algodón –ella tiró de su mano–. Podemos comerlo en el tiovivo.
        Lo máximo que él estaba dispuesto a hacer era apoyarse en un ridículo caballo de madera. Cuando la plataforma empezó a moverse, la vio chuparse los dedos antes de arrancar otro trozo de algodón con los dientes. Joseph sonrió.
        Varios viajes más tarde, se sentía muy orgulloso de sí mismo por satisfacer sus ansias de diversión. Ahora podía cuidarla, protegerla y satisfacer sus necesidades.
        Hicieron un descanso para comer un par de perritos calientes con mostaza. Demi compartió el pan con una horda de bien alimentadas palomas y Joseph compartió la mostaza con sus vaqueros. Ella intentó quitar la mancha con una servilleta de papel hasta que él se vio obligado a recordarle que estaban en un lugar público y había niños. Después de un beso con el que ella le prometió que le haría todo lo que quisiera cuando llegaran a casa, él la vio que miraba a la gente y sonreía. Siguió su mirada y descubrió a una niña que iba con una mujer que le hacía una trenza en el pelo.
        –¿La recuerdas? –preguntó.
        –¿A mi madre?
        –Sí.
        Demi pensó un momento, como hacía siempre que hablaban de un tema que le resultaba difícil.
        –Algunas cosas –respondió–. Recuerdo cómo me cepillaba el pelo. Seguía el cepillo con la mano –sonrió–. Yo todavía hago eso.
        –Lo sé –era parte de la rutina de ella por la mañana. Verla vestirse resultaba casi tan fascinante como verla desnudarse–. Continúa.
        Pasó otro momento mientras Demi seleccionaba un recuerdo.
        –Solía tararear cuando hacía las labores de casa. Mi padre decía que una de las razones por las que la amaba era porque tenía una canción en el corazón. Me guiñaba un ojo y se acercaba por detrás para bailar con ella. Eso la volvía loca si estaba haciendo algo, pero siempre se reía –Demi sonrió de nuevo–. Tenía una risa fantástica.
        –¿Cómo era ella?
        –A veces, pocas, Jack me dice que me parezco mucho a ella –Demi se encogió de hombros–. Creo que le resultaba difícil mirarme después de la muerte de ella.
        Era la primera vez que Joseph sentía alguna empatía por su padre. No quería imaginarse un mundo sin Demi en él, pero sabía que sería un lugar más oscuro.
        –¿Cuándo empezaste a llamarle Jack?
        –Cuando dejó de ser mi padre –ella lo miró a los ojos–. ¿Cómo era tu padre?
        Joseph sabía que estaba cambiando de tema. Movió la cabeza y esquivó su mirada.
        –Eso ya lo sabes.
        –Sé lo que recuerdan los demás de tu familia.
        –Pues quédate con sus impresiones. Discutían menos con él.
        –¿De qué discutíais?
        –Su decepción conmigo era uno de los temas favoritos.
        –¿Él te decía eso? –preguntó ella con incredulidad.
        –Con motivo –él la miró por el rabillo del ojo, poco dispuesto a entrar en detalles–. ¿Nadie te ha dicho lo cerca que estuve de ser el primer Jonas que acabara en el lado equivocado de la ley?
        Ella abrió mucho los ojos.
        –No te creo.
        Joseph le tendió la mano.
        –¿Qué quieres hacer ahora?
        Ella sonrió.
        –Termina de hablar de esto. Quiero saber en qué líos te metías.
        –¿Y correr el riesgo de que cambies tu opinión de mí? –él frunció el ceño mientras echaban a andar hacia una hilera de puestos.
        –Eso merece un castigo –a ella le brillaron los ojos–. Los marines sabéis disparar, ¿no?

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