–No puede hacer daño si
conseguimos comunicarnos mejor, ¿verdad? Si seguimos esto hasta su conclusión
natural, será nuestra decisión. No voy a enviar un mensaje colectivo para que
la gente que nos conoce nos dé su opinión. Si tú eliges contárselo a Selena, es
cosa tuya. Mi familia no te atacará a ti, sino a mí, y yo puedo enfrentarme a
eso.
–No
quiero pasar por una víctima seducida –ella frunció el ceño–. Ya soy mayorcita.
Si ocurre algo, será en términos de igualdad.
–No
lo aceptaría de ningún otro modo –él sonrió–. Lo único que hago es contarte lo
que hay.
Ella
vaciló.
–O
sea, que intentemos comunicarnos mejor y ver lo que ocurre.
–Exacto.
–Sabiendo
que ninguno de los dos quiere una relación.
–Si
tú no quieres ataduras, yo soy tu hombre.
Sacó
las manos de los vaqueros, pero cuando alzaba los brazos para tocarla, ella le
miró las manos.
–¿Qué
te ha pasado en la mano? –la tomó para examinarla más de cerca.
Joseph
miró los arañazos rojos de los nudillos de los dedos como si hubiera olvidado
que estaban allí. Olvidaba muchas cosas cuando la besaba.
–Me
arañé con una pared.
–¿Te
duele?
–No.
–¿No
llevas guantes cuando trabajas?
–Me
estorbaban –Joseph no pensaba decir nada más sobre el tema. Entrelazó los dedos
con los de ella y deslizó la mano libre debajo del dobladillo de su blusa para
tocarle la piel del costado.
Demi
tembló y respiró con fuerza.
–No
sé lo que ha cambiado entre nosotros ni por qué, pero… –dijo él.
–Ha
cambiado –terminó ella–. Lo sé.
–Podemos
explorarlo, ¿no crees?
Demi
lo miró a los ojos.
–Sabes
que en algún momento preguntaré –bajó la vista hasta el pecho de él–. Lo digo
para que estés preparado la próxima vez.
Joseph
dudaba de que nunca estuviera preparado y se disponía a decirle que aquella
parte era zona prohibida cuando ella musitó:
–No
me puedo creer que esté considerando esto.
–No
irá a ninguna parte –repuso él con voz ronca.
–En
ese caso –dijo ella con suavidad–, si me vas a convencer de que haga esto en
contra de mi criterio, más vale que empieces ya –le puso una mano en el cuello
y fijó los ojos en su boca–. Y quiero que sepas que puedes necesitar mucha
persuasión.
Joseph
bajó la cabeza.
–La
persuasión se me da bien.
–Ya
veremos.
*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*~-*
«Siempre creí que mi helado favorito era el
de vainilla, pero hace poco me convencieron de que probara el de cerezas
silvestres y ¡Oh!, ¿cómo me he perdido eso todos estos años?».
–UN
TROZO de la de queso y una limonada light, por favor –dijo Demi con una sonrisa
antes de volverse a Joseph–. Terco. Ahora piensa tú una palabra para
describirme.
Y
sé amable.
–¿Porque
llamarme terco es un cumplido?
–¿Quieres
decir que no lo eres?
–Prefiero
llamarlo determinación.
–Si
admitieras más a menudo que te equivocas, podría considerarse determinación.
–Yo
puedo admitir que me equivoco.
–¿Y
puedes hacerlo en voz alta?
Joseph
respiró hondo y Demi reprimió una risita. Las conversaciones entre ellos no
habían cambiado mucho, los comentarios eran menos afilados que antes, pero
algunas veces ella se preguntaba cuánto podía durar aquello.
–Te
toca –dijo–. No se te ocurre ninguna palabra que no sea un insulto, ¿verdad?
–Después
de los últimos días, se me ocurren varias palabras que no son insultos –él
sonrió–. Acércate más y te las digo al oído.
–¿Tengo
que recordarte por qué estamos en un lugar público? –preguntó ella.
Desde
la noche de los besos en su puerta, había ignorado la vocecita interior que
pensaba todavía que aquello era un gran error. Cuando él no estaba presente, la
voz era más alta. Entonces ella yacía en la oscuridad, lo oía al otro lado de
la pared y solo podía pensar en hacer que se sintiera mejor cuando volviera a
verlo. Cierto que eso la hacía sentirse mejor también a ella, pero no había
conseguido silenciar la voz.
–Intrépida.
Ella
parpadeó.
–¿Qué?
–Es
la palabra que usaría para describirte –tomó el pedido de ambos, dio las
gracias con un movimiento de la cabeza y se volvió hacia la puerta–. Aquí
tienes.
–¿Tú
me ves así?
–¿Qué
tiene de malo?
–Es
un cumplido –repuso ella.
–¿Me
estás subestimando otra vez? –Joseph sujetó la puerta abierta y bajó la voz–.
Ser malo no es lo único que se me da bien.
–Nadie
es intrépido del todo –declaró ella–. Todos tenemos miedo de algo.
En
la acera, Joseph adaptó su paso al de ella.
–¿De
qué tienes miedo tú?
–No
pienso picar en eso –ella soltó una risita–. Si te digo que a las arañas,
empezarás a coleccionarlas.
–Tengo
más palabras –siguió él–. Traviesa. Tornado con tacones… Ahora te toca a ti.
Después de lo de terco, esfuérzate más. Puedo sentirme herido más fácilmente de
lo que tú crees.
Demi
se tomó tiempo pensando en otra palabra. Pararon en un semáforo y movió con
delicadeza la falda, que se prestaba mucho al movimiento. El tema del día era
el vintage y el vestido a rayas
blancas y negras de los años cincuenta era lo más «ella misma» que se había
sentido desde que empezara aquel desafío. Le recordaba lo que había sido su
vida antes de que todo cambiara tan deprisa que tuviera la sensación de que sus
pies apenas tocaban el suelo.
–No
puedes dejar de hacer eso, ¿verdad? –preguntó él.
–¿Qué?
–Eso
que haces con la falda.
Ella
movió las caderas un poco más.
–¿Te
molesta?
–No.
Solo pensaba si sabrías que lo estabas haciendo.
Demi
se encogió de hombros.
–Es
un vestido divertido; pero no sé si te das cuenta.
–¿Estás
diciendo que yo no soy divertido?
Demi
buscó en sus recuerdos uno que asociara a Joseph con el tipo de diversión que
ella asociaba con sus tres hermanos. Tenía docenas de recuerdos de ellos
jugando al fútbol y tonteando, pero pocos de Joseph. ¿Qué hacía aparte de
trabajar, correr a diario y utilizar todas las herramientas de su caja de
seducción para convertirla en un amasijo de deseo?

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