–¡Mírame, Demi!
Ella
parpadeó y obedeció.
–Estamos
bien en este momento, ¿verdad?
Demi
asintió. Lo estaban. Por eso no quería llevarlo con ella.
–Vamos
allí, haces lo que tengas que hacer y nos vamos a disfrutar del resto del día.
Dicho
así, sonaba muy sencillo.
Joseph
la besó en la comisura de los labios.
–Se
me ocurren al menos media docena de cosas que podemos hacer cuando volvamos.
Demi
le sonrió y él volvió a besarla. Ella sabía por qué lo hacía él, pero cuando el
resto del mundo desaparecía a su alrededor, notaba que su resistencia iba
cediendo.
–Solo
piensas en una cosa –dijo.
–Hay
una razón para eso.
La
besó en los labios. Cuando apartó la cara y miró el tráfico, ella lo observó a
él.
¡Si
pudiera saber qué era lo que no estaba antes allí, lo que le hacía verlo de
otro modo y desearlo tanto que los recuerdos de todas las veces que habían
discutido se perdían en la distancia!
–Vámonos,
muñeca.
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«¿Esa chaqueta que nunca te ponías? ¿Los
pantalones que juraste que volverían a valerte algún día? A veces tienes que
ser firme con las cosas que guardas y las que tiras».
JO
SE inclinó sobre la barra de madera para saludar al hombre que estaba enfrente
con un beso encima de la barba gris.
–¡Vaya,
pareces un cuadro! –dijo él con una sonrisa.
Ella
retrocedió, colocó las manos a ambos lados de la cintura e hizo una pose.
–¿Te
gusta?
–Sí.
El
sonido de una risa atrajo los ojos de ella hasta el otro lado de la estancia.
Dejó caer las manos.
–¿Cómo
es de serio?
Joseph
notó el cambio en su voz; como si fuera una pregunta que había hecho un
centenar de veces y ya supiera la respuesta. Guardó esa información en su mente
junto con la reacción de ella a la llamada de teléfono. Su cambio entonces
también había sido inmediato; y él había tenido la sensación de que le robaban
algo.
Demi
lo miró.
–Perdón
–agitó una mano en el aire–. Joseph, te presento a Stu. Stu, te presento a
Joseph.
Los
dos hombres se estrecharon la mano a través de la barra.
–Es
la primera vez que viene con alguien en diez años –Stu sonrió–. ¿Quieres tomar
algo?
Joseph
negó con la cabeza.
–Soy
el que conduce.
–Más
vale que pidas algo si te vas a quedar –Demi miró de nuevo al otro lado de la
habitación–. Esto puede tardar un rato.
–Hay
que elegir el momento –explicó Stu cuando Demi se alejó–. Si lo lleva a casa
demasiado pronto, él vuelve a salir. O aquí o a otro sitio.
Joseph
asintió con la cabeza y vio al padre de Demi saludarla y pasarle un brazo por
los hombros antes de hacer las presentaciones. Joseph deseó tomarla en brazos y
devolverla a donde estaban antes de que se produjera la llamada. Pero tenía que
tratar aquello como una misión de reconocimiento. Con eso en mente, dejaría que
ella se las apañara con Jack a su modo. Por el momento.
–Podría
probar a no servirle –dijo con sequedad.
Miró
a Stu y vio que él lo observaba con cautela.
–Demi
me dijo que prefiere que la llame por teléfono a pasar tiempo buscándolo.
–Es
bueno saber que tiene gente que hace eso –respondió Joseph con sinceridad.
El
otro hombre se relajó visiblemente.
–Antes
éramos más, pero los bares cambian mucho de mano con los años.
Cuando
volvió Demi, alzó la barbilla y miró a Joseph a los ojos.
–¿Sirve
de algo que te diga que te vayas a casa?
–No.
–Lo
suponía –ella sonrió a Stu–. Tomaré uno de tus famosos cafés si tienes una
cafetera puesta.
–¿El
conductor está seguro de que no quiere uno?
–Él
lo toma solo.
–Enseguida
los traigo.
Se
sentaron a una mesa de un rincón.
–¿Cuántos
dueños de bares tienen tu teléfono?
–Joe…
–Solo
es una pregunta.
–No,
no lo es –ella suspiró pesadamente–. Es el principio de una discusión. No hagas
que me arrepienta de haberte traído aquí.
Llegó
Stu con los cafés. Joseph esperó a que se alejara y bajó la voz.
–No
voy a discutir contigo.
–Me
alegra oírlo.
–Pero
no me voy a callar.
–Si
pretendes echarme un sermón sobre cómo tratar con Jack, olvídalo. Llevo mucho
tiempo haciendo esto y no necesito tu ayuda –ella tomó un sorbo de café.
Joseph
alzó la mano y le acarició el cuello para relajar sus músculos tensos con un
firme movimiento circular. Tardó un minuto, pero al fin la cabeza de ella se
volvió pesada contra su mano.
–Umm,
eso sienta bien.
Él
sonrió.
–Dedos
mágicos.
Demi
suspiró.
–Hay
cosas de las que no me importa hablar.
–Pues
empieza por esas.
–Pero
antes, quiero tu palabra de que no te entrometerás –lo miró a los ojos–. Lo
digo en serio. Ni consejos ni folletos de lugares en los que pueda buscar ayuda
y, cuando nos vayamos de aquí, no volveremos a hablar de esto.
–No
soy la primera persona a la que le dices eso.
–No
eres el primer Jonas al que le digo eso –ella se encogió de hombros–. Selena
intentó ayudarme una vez.
Joseph
respiró hondo.
–No
puedo darte mi palabra.
–Entonces
no hablaremos de ello. Lo que ocurre entre nosotros no tiene nada que ver con
esto.
–Tú
no permites que tu antigua vida invada a la nueva ni al contrario, ¿verdad?
–No
si puedo evitarlo –admitió ella.
–¿Y
te funciona?
–Iba
bastante bien hasta…
–Hasta
ahora.
La
expresión de ella se suavizó.
–Hasta
ahora.
Joseph
volvió a masajearle la tensión del cuello.
–Empieza
por algo sencillo. Dime cómo conociste a Stu.
Demi
miró hacia el otro lado de la estancia, donde sonaban risas.
–Tenía
catorce años –dijo–. Pensé que si no podía conseguir que dejara de beber, se lo
pondría más difícil. Fui por todos los bares en un radio de ocho manzanas para
ver dónde debía dinero. El trato era que ellos dejarían de fiarle y yo les
pagaría unos cuantos dólares a la semana. A los que me dieron más problemas les
pagué primero. Los pacientes como Stu podían pasar semanas sin cobrar –respiró
hondo–. Me costó dos trabajos de media jornada y unos cuantos años, pero lo
conseguí. Hasta hice algunos amigos por el camino.
Joseph
supuso que también se había ganado su respeto por el camino. Le habría gustado conocerla
entonces. Pero cuando la Demi de catorce años sobrevivía en la jungla urbana,
el Joseph de veinte años estaba ya en los marines.

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