sábado, 16 de marzo de 2013

┊εїз*~ El Hombre Ideal Cap: 16 *~┊εїз

–¡Mírame, Demi!
        Ella parpadeó y obedeció.
        –Estamos bien en este momento, ¿verdad?
        Demi asintió. Lo estaban. Por eso no quería llevarlo con ella.
        –Vamos allí, haces lo que tengas que hacer y nos vamos a disfrutar del resto del día.
        Dicho así, sonaba muy sencillo.
        Joseph la besó en la comisura de los labios.
        –Se me ocurren al menos media docena de cosas que podemos hacer cuando volvamos.
        Demi le sonrió y él volvió a besarla. Ella sabía por qué lo hacía él, pero cuando el resto del mundo desaparecía a su alrededor, notaba que su resistencia iba cediendo.
        –Solo piensas en una cosa –dijo.
        –Hay una razón para eso.
        La besó en los labios. Cuando apartó la cara y miró el tráfico, ella lo observó a él.
        ¡Si pudiera saber qué era lo que no estaba antes allí, lo que le hacía verlo de otro modo y desearlo tanto que los recuerdos de todas las veces que habían discutido se perdían en la distancia!
        –Vámonos, muñeca.

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        «¿Esa chaqueta que nunca te ponías? ¿Los pantalones que juraste que volverían a valerte algún día? A veces tienes que ser firme con las cosas que guardas y las que tiras».
        JO SE inclinó sobre la barra de madera para saludar al hombre que estaba enfrente con un beso encima de la barba gris.
        –¡Vaya, pareces un cuadro! –dijo él con una sonrisa.
        Ella retrocedió, colocó las manos a ambos lados de la cintura e hizo una pose.
        –¿Te gusta?
        –Sí.
        El sonido de una risa atrajo los ojos de ella hasta el otro lado de la estancia. Dejó caer las manos.
        –¿Cómo es de serio?
        Joseph notó el cambio en su voz; como si fuera una pregunta que había hecho un centenar de veces y ya supiera la respuesta. Guardó esa información en su mente junto con la reacción de ella a la llamada de teléfono. Su cambio entonces también había sido inmediato; y él había tenido la sensación de que le robaban algo.
        Demi lo miró.
        –Perdón –agitó una mano en el aire–. Joseph, te presento a Stu. Stu, te presento a Joseph.
        Los dos hombres se estrecharon la mano a través de la barra.
        –Es la primera vez que viene con alguien en diez años –Stu sonrió–. ¿Quieres tomar algo?
        Joseph negó con la cabeza.
        –Soy el que conduce.
        –Más vale que pidas algo si te vas a quedar –Demi miró de nuevo al otro lado de la habitación–. Esto puede tardar un rato.
        –Hay que elegir el momento –explicó Stu cuando Demi se alejó–. Si lo lleva a casa demasiado pronto, él vuelve a salir. O aquí o a otro sitio.
        Joseph asintió con la cabeza y vio al padre de Demi saludarla y pasarle un brazo por los hombros antes de hacer las presentaciones. Joseph deseó tomarla en brazos y devolverla a donde estaban antes de que se produjera la llamada. Pero tenía que tratar aquello como una misión de reconocimiento. Con eso en mente, dejaría que ella se las apañara con Jack a su modo. Por el momento.
        –Podría probar a no servirle –dijo con sequedad.
        Miró a Stu y vio que él lo observaba con cautela.
        –Demi me dijo que prefiere que la llame por teléfono a pasar tiempo buscándolo.
        –Es bueno saber que tiene gente que hace eso –respondió Joseph con sinceridad.
        El otro hombre se relajó visiblemente.
        –Antes éramos más, pero los bares cambian mucho de mano con los años.
        Cuando volvió Demi, alzó la barbilla y miró a Joseph a los ojos.
        –¿Sirve de algo que te diga que te vayas a casa?
        –No.
        –Lo suponía –ella sonrió a Stu–. Tomaré uno de tus famosos cafés si tienes una cafetera puesta.
        –¿El conductor está seguro de que no quiere uno?
        –Él lo toma solo.
        –Enseguida los traigo.
        Se sentaron a una mesa de un rincón.
        –¿Cuántos dueños de bares tienen tu teléfono?
        –Joe…
        –Solo es una pregunta.
        –No, no lo es –ella suspiró pesadamente–. Es el principio de una discusión. No hagas que me arrepienta de haberte traído aquí.
        Llegó Stu con los cafés. Joseph esperó a que se alejara y bajó la voz.
        –No voy a discutir contigo.
        –Me alegra oírlo.
        –Pero no me voy a callar.
        –Si pretendes echarme un sermón sobre cómo tratar con Jack, olvídalo. Llevo mucho tiempo haciendo esto y no necesito tu ayuda –ella tomó un sorbo de café.
        Joseph alzó la mano y le acarició el cuello para relajar sus músculos tensos con un firme movimiento circular. Tardó un minuto, pero al fin la cabeza de ella se volvió pesada contra su mano.
        –Umm, eso sienta bien.
        Él sonrió.
        –Dedos mágicos.
        Demi suspiró.
        –Hay cosas de las que no me importa hablar.
        –Pues empieza por esas.
        –Pero antes, quiero tu palabra de que no te entrometerás –lo miró a los ojos–. Lo digo en serio. Ni consejos ni folletos de lugares en los que pueda buscar ayuda y, cuando nos vayamos de aquí, no volveremos a hablar de esto.
        –No soy la primera persona a la que le dices eso.
        –No eres el primer Jonas al que le digo eso –ella se encogió de hombros–. Selena intentó ayudarme una vez.
        Joseph respiró hondo.
        –No puedo darte mi palabra.
        –Entonces no hablaremos de ello. Lo que ocurre entre nosotros no tiene nada que ver con esto.
        –Tú no permites que tu antigua vida invada a la nueva ni al contrario, ¿verdad?
        –No si puedo evitarlo –admitió ella.
        –¿Y te funciona?
        –Iba bastante bien hasta…
        –Hasta ahora.
        La expresión de ella se suavizó.
        –Hasta ahora.
        Joseph volvió a masajearle la tensión del cuello.
        –Empieza por algo sencillo. Dime cómo conociste a Stu.
        Demi miró hacia el otro lado de la estancia, donde sonaban risas.
        –Tenía catorce años –dijo–. Pensé que si no podía conseguir que dejara de beber, se lo pondría más difícil. Fui por todos los bares en un radio de ocho manzanas para ver dónde debía dinero. El trato era que ellos dejarían de fiarle y yo les pagaría unos cuantos dólares a la semana. A los que me dieron más problemas les pagué primero. Los pacientes como Stu podían pasar semanas sin cobrar –respiró hondo–. Me costó dos trabajos de media jornada y unos cuantos años, pero lo conseguí. Hasta hice algunos amigos por el camino.
        Joseph supuso que también se había ganado su respeto por el camino. Le habría gustado conocerla entonces. Pero cuando la Demi de catorce años sobrevivía en la jungla urbana, el Joseph de veinte años estaba ya en los marines.

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