Demi buscó en sus recuerdos uno
que asociara a Joseph con el tipo de diversión que ella asociaba con sus tres
hermanos. Tenía docenas de recuerdos de ellos jugando al fútbol y tonteando,
pero pocos de Joseph. ¿Qué hacía aparte de trabajar, correr a diario y utilizar
todas las herramientas de su caja de seducción para convertirla en un amasijo
de deseo?
–Define
tu idea de «divertido» –pidió cuando entraban en Washington Square Park y miró
el arco que imitaba el Arco de Triunfo de París.
Si
él le preguntaba, ella le diría que almorzar al lado de su sombra era una de
sus diversiones preferidas, especialmente un día glorioso de cielo azul como
aquel. Le gustaba mirarlo e imaginarse sentada al lado del original.
Y
siempre se hacía la misma promesa: «Pronto».
Y
puesto que todos los años ascendía un poco en la revista, se sentía más cerca
que nunca de cumplir esa promesa.
Vio
que Joseph la miraba con picardía.
–Quiero
decir fuera del sexo –aclaró ella–. ¿Qué haces para relajarte cuando no
trabajas?
–Correr,
entrenar, ir al gimnasio; dedico largas horas a mantener esta forma física en
la que por fin te has dignado fijarte.
–Jugar
al balón en el parque, gastar bromas a los compañeros de tu unidad o ir a tomar
una cerveza con los amigos –ella enarcó las cejas–. ¿Cuándo fue la última vez
que hiciste algo así?
–En
el campamento militar jugábamos al fútbol. No había mucho más que hacer cuando
no nos disparaban. No tenía miles de emails, ¿vale?
Demi
movió la cabeza.
–Tú
no querías tener noticias mías.
–Te
sorprendería lo que puede ser un email para un marine en una zona de guerra. Vi
a hombres sonreír durante días por tener noticias de personas a las que apenas
habían conocido en el instituto –Joseph buscó con la vista un lugar para
sentarse y le puso una mano en la parte baja de la espalda para guiarla–. Te
recuerda a casa. Algunos hombres necesitan eso.
–¿Y
tú?
–Mi
problema nunca ha sido olvidar –él frunció el ceño.
Demi
suavizó la voz al contestar:
–No
eres una máquina, Joe.
–A
veces sería más fácil si lo fuera.
–A
veces dices cosas muy estúpidas –comentó ella. Pero mientras se acercaban a un
banco libre, se preguntó qué habría hecho de haber sabido que un mensaje podía
ser importante para él entonces–. Si lo hubiera sabido, te habría escrito –le
sonrió–. Te habría contado la vida diaria de Manhattan.
–¿Con
consejos diarios sobre moda para marines?
–Creo
que esta temporada se lleva mucho el camuflaje.
–La
próxima vez que vaya te dejaré escribirme.
–¿Piensas
volver?
–Por
el momento no –repuso él en un tono de voz que sugería que se sentía
decepcionado–. Me quedan tres meses para decidir si quiero reengancharme.
–Ya
lo has decidido, ¿verdad?
–El
que es marine una vez, lo es siempre.
Demi
frunció el ceño por lo poco que le gustaba la idea de que él volviera a irse a
otro país. Aunque la última vez no había perdido el sueño por eso, sabía que
ahora sí lo haría.
–También
eres policía. ¿Eso no significa nada?
–He
sido ambas cosas mucho tiempo.
–Lo
sé, pero parece que estuvieras casado con los marines y tontearas con el
Departamento de Policía a escondidas.
–Yo
no tonteo –repuso él.
–Pero
parece que eres más fiel a uno que al otro. El lema de los marines es «Siempre
fiel», ¿no?
–Los
marines son mi primer amor –él sonrió–. Eso nunca se olvida. Ser policía es
diferente. Es un matrimonio que arreglaron por mí antes de nacer.
–¿Tú
no querías ser policía?
–Digamos
que me costó un poco encontrar mi hueco.
Demi,
que siempre había asumido que todos los Jonas tenían la misma vocación, lo miró
sorprendida.
–¿Por
qué dejaste los marines?
–No
los dejé.
–Te
pasaste a la reserva y volviste a casa.
–Las
cosas cambian.
–¿Te
arrepientes? –preguntó ella.
–Los
días buenos no –contestó él.
Le
tendió la caja de la pizza y ella lo miró a los ojos y vio en ellos una sombra.
Intentó aligerar la atmósfera.
–He
decidido que te voy a hacer una sesión de relajación –dijo.
–Si
tiene que ver con burbujas de baño y velas aromáticas, olvídalo.
Ella
le dio un puñetazo en el hombro.
–No
te burles de lo que no has probado.
Joseph
se miró el brazo.
–Llevas
años queriendo hacer eso, ¿eh?
–No
lo sabes tú bien.
Él
le tomó la mano y pasó el pulgar por los nudillos de ella. Repitió la caricia y
Demi sintió oleadas de calor subir por su brazo. A esa parte casi se había
acostumbrado. Le costaba más el mensaje que podía leer en los ojos de él cuando
lo hacía. Al principio pensaba que era su imaginación. Luego lo achacó a uno de
los numerosos mensajes sexuales que él le transmitía en silencio. Pero allí, a
la luz del sol, le parecía que había algo más.
«Yo
cuidaré de ti», decía aquella mirada.
A Demi
no le gustó. Podía cuidar de sí misma.
Él
hizo algo inesperado; bajó la cabeza para besar la piel que había acariciado. Demi
observó embrujada que levantaba la barbilla y sonreía.
–Avísame
si necesitas que luego te bese otras partes.
–¡Vaya,
qué lástima! –Demi suspiró y tomó un trozo de pizza de la caja–. Con lo raras
que son las oportunidades de ser galante hoy en día y tú acabas de estropear la
tuya.
Joseph
se echó a reír. Ella sonreía también cuando sonó su teléfono. Lo sacó del
bolso, miró el número que llamaba y frunció el ceño.
–Hola,
Stu… No, te lo agradezco –miró a Joseph por el rabillo del ojo–. ¿Puedes
intentar que no salga de allí? Gracias –guardó el teléfono, dejó la pizza en la
caja y se limpió la mano con la servilleta–. Tengo que irme.
–Voy
contigo.
Demi
negó con la cabeza.
–Es
tu día libre. Tienes que hacer algo divertido.
–La
idea era pasarlo juntos –repuso él–. Da igual lo que hagamos.
Demi
suspiró. Él se había mostrado muy paciente con la dificultad de encajar sus
días libres con el trabajo de ella. Por un segundo lamentó aquella intrusión
del pasado más que de costumbre, pero él había tenido razón la noche que la
había sorprendido en el pasillo. Durante un mes al año, estaba resignada a
hacer lo que tenía que hacer.
Se
inclinó y lo besó en la mejilla.
–Prometo
compensarte cuando vuelva.
–Buen
intento –él se levantó del banco–. Yo te llevaré. Será más rápido.
Con
el tráfico de Manhattan, no lo sería.
–Sé
lo que estás haciendo y no es que no…
Joseph
puso una mano en el cinturón rojo de ella.
–¿Vamos
a tener una discusión? –preguntó.
–Yo
no quiero –confesó ella.
Esquivó
su mirada y le quitó una mota invisible del jersey. Le gustaba tocarlo. Le
gustaba el calor que sentía a través de su ropa, la solidez de su presencia.
Pero como no estaría bien acostumbrarse a que él estuviera allí, bajó el brazo.
–Cuanto
antes nos vayamos, antes volveremos –dijo él con firmeza.
Demi
intentó buscar el modo de evitarlo. La idea de que él se adentrara un poco más
en su viejo mundo le producía escalofríos en la columna vertebral. Jack era la
llave a una puerta que ella no quería abrir.
Detrás
estaba la antigua Demi, la niña invisible que había estado sola y perdida. Demi
conocía el riesgo que conllevaba aceptar ayuda. Había visto el efecto que había
tenido en algunos de sus iguales; cómo personas con buenas intenciones
empezaban a tomar decisiones por ellos hasta que perdían el control de su vida.
La nueva Demi suponía que no era muy distinto a la lucha que mantenían en todas
partes los adolescentes independientes. Pero a ella le servía para recordar que
no debía apoyarse en un hombre como Joseph ni siquiera un momento.
«Un
gran error», repetía la vocecita interior.
Cuando
vio la camioneta de él, le entró algo parecido al pánico.
–Joe
–cuando se pararon a cruzar la calle, intentó soltarse la mano–. Yo…
–Sé
que no quieres que vaya contigo –él le apretó la mano y se volvió a mirarla–.
Pero si quieres que yo ceda un poco de vez en cuando, tú tienes que hacer lo
mismo. Lo sabes, ¿verdad?
Demi
le miró el pecho. Si se tratara de otro tema que no fuera Jack, podía intentar
ceder, pero…
–¡Mírame,
Demi!
Ella
parpadeó y obedeció.
–Estamos
bien en este momento, ¿verdad?
Demi
asintió. Lo estaban. Por eso no quería llevarlo con ella.

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