sábado, 16 de marzo de 2013

┊εїз*~ El Hombre Ideal Cap: 15 *~┊εїз

Demi buscó en sus recuerdos uno que asociara a Joseph con el tipo de diversión que ella asociaba con sus tres hermanos. Tenía docenas de recuerdos de ellos jugando al fútbol y tonteando, pero pocos de Joseph. ¿Qué hacía aparte de trabajar, correr a diario y utilizar todas las herramientas de su caja de seducción para convertirla en un amasijo de deseo?
        –Define tu idea de «divertido» –pidió cuando entraban en Washington Square Park y miró el arco que imitaba el Arco de Triunfo de París.
        Si él le preguntaba, ella le diría que almorzar al lado de su sombra era una de sus diversiones preferidas, especialmente un día glorioso de cielo azul como aquel. Le gustaba mirarlo e imaginarse sentada al lado del original.
        Y siempre se hacía la misma promesa: «Pronto».
        Y puesto que todos los años ascendía un poco en la revista, se sentía más cerca que nunca de cumplir esa promesa.
        Vio que Joseph la miraba con picardía.
        –Quiero decir fuera del sexo –aclaró ella–. ¿Qué haces para relajarte cuando no trabajas?
        –Correr, entrenar, ir al gimnasio; dedico largas horas a mantener esta forma física en la que por fin te has dignado fijarte.
        –Jugar al balón en el parque, gastar bromas a los compañeros de tu unidad o ir a tomar una cerveza con los amigos –ella enarcó las cejas–. ¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo así?
        –En el campamento militar jugábamos al fútbol. No había mucho más que hacer cuando no nos disparaban. No tenía miles de emails, ¿vale?
        Demi movió la cabeza.
        –Tú no querías tener noticias mías.
        –Te sorprendería lo que puede ser un email para un marine en una zona de guerra. Vi a hombres sonreír durante días por tener noticias de personas a las que apenas habían conocido en el instituto –Joseph buscó con la vista un lugar para sentarse y le puso una mano en la parte baja de la espalda para guiarla–. Te recuerda a casa. Algunos hombres necesitan eso.
        –¿Y tú?
        –Mi problema nunca ha sido olvidar –él frunció el ceño.
        Demi suavizó la voz al contestar:
        –No eres una máquina, Joe.
        –A veces sería más fácil si lo fuera.
        –A veces dices cosas muy estúpidas –comentó ella. Pero mientras se acercaban a un banco libre, se preguntó qué habría hecho de haber sabido que un mensaje podía ser importante para él entonces–. Si lo hubiera sabido, te habría escrito –le sonrió–. Te habría contado la vida diaria de Manhattan.
        –¿Con consejos diarios sobre moda para marines?
        –Creo que esta temporada se lleva mucho el camuflaje.
        –La próxima vez que vaya te dejaré escribirme.
        –¿Piensas volver?
        –Por el momento no –repuso él en un tono de voz que sugería que se sentía decepcionado–. Me quedan tres meses para decidir si quiero reengancharme.
        –Ya lo has decidido, ¿verdad?
        –El que es marine una vez, lo es siempre.
        Demi frunció el ceño por lo poco que le gustaba la idea de que él volviera a irse a otro país. Aunque la última vez no había perdido el sueño por eso, sabía que ahora sí lo haría.
        –También eres policía. ¿Eso no significa nada?
        –He sido ambas cosas mucho tiempo.
        –Lo sé, pero parece que estuvieras casado con los marines y tontearas con el Departamento de Policía a escondidas.
        –Yo no tonteo –repuso él.
        –Pero parece que eres más fiel a uno que al otro. El lema de los marines es «Siempre fiel», ¿no?
        –Los marines son mi primer amor –él sonrió–. Eso nunca se olvida. Ser policía es diferente. Es un matrimonio que arreglaron por mí antes de nacer.
        –¿Tú no querías ser policía?
        –Digamos que me costó un poco encontrar mi hueco.
        Demi, que siempre había asumido que todos los Jonas tenían la misma vocación, lo miró sorprendida.
        –¿Por qué dejaste los marines?
        –No los dejé.
        –Te pasaste a la reserva y volviste a casa.
        –Las cosas cambian.
        –¿Te arrepientes? –preguntó ella.
        –Los días buenos no –contestó él.
        Le tendió la caja de la pizza y ella lo miró a los ojos y vio en ellos una sombra. Intentó aligerar la atmósfera.
        –He decidido que te voy a hacer una sesión de relajación –dijo.
        –Si tiene que ver con burbujas de baño y velas aromáticas, olvídalo.
        Ella le dio un puñetazo en el hombro.
        –No te burles de lo que no has probado.
        Joseph se miró el brazo.
        –Llevas años queriendo hacer eso, ¿eh?
        –No lo sabes tú bien.
        Él le tomó la mano y pasó el pulgar por los nudillos de ella. Repitió la caricia y Demi sintió oleadas de calor subir por su brazo. A esa parte casi se había acostumbrado. Le costaba más el mensaje que podía leer en los ojos de él cuando lo hacía. Al principio pensaba que era su imaginación. Luego lo achacó a uno de los numerosos mensajes sexuales que él le transmitía en silencio. Pero allí, a la luz del sol, le parecía que había algo más.
        «Yo cuidaré de ti», decía aquella mirada.
        A Demi no le gustó. Podía cuidar de sí misma.
        Él hizo algo inesperado; bajó la cabeza para besar la piel que había acariciado. Demi observó embrujada que levantaba la barbilla y sonreía.
        –Avísame si necesitas que luego te bese otras partes.
        –¡Vaya, qué lástima! –Demi suspiró y tomó un trozo de pizza de la caja–. Con lo raras que son las oportunidades de ser galante hoy en día y tú acabas de estropear la tuya.
        Joseph se echó a reír. Ella sonreía también cuando sonó su teléfono. Lo sacó del bolso, miró el número que llamaba y frunció el ceño.
        –Hola, Stu… No, te lo agradezco –miró a Joseph por el rabillo del ojo–. ¿Puedes intentar que no salga de allí? Gracias –guardó el teléfono, dejó la pizza en la caja y se limpió la mano con la servilleta–. Tengo que irme.
        –Voy contigo.
        Demi negó con la cabeza.
        –Es tu día libre. Tienes que hacer algo divertido.
        –La idea era pasarlo juntos –repuso él–. Da igual lo que hagamos.
        Demi suspiró. Él se había mostrado muy paciente con la dificultad de encajar sus días libres con el trabajo de ella. Por un segundo lamentó aquella intrusión del pasado más que de costumbre, pero él había tenido razón la noche que la había sorprendido en el pasillo. Durante un mes al año, estaba resignada a hacer lo que tenía que hacer.
        Se inclinó y lo besó en la mejilla.
        –Prometo compensarte cuando vuelva.
        –Buen intento –él se levantó del banco–. Yo te llevaré. Será más rápido.
        Con el tráfico de Manhattan, no lo sería.
        –Sé lo que estás haciendo y no es que no…
        Joseph puso una mano en el cinturón rojo de ella.
        –¿Vamos a tener una discusión? –preguntó.
        –Yo no quiero –confesó ella.
        Esquivó su mirada y le quitó una mota invisible del jersey. Le gustaba tocarlo. Le gustaba el calor que sentía a través de su ropa, la solidez de su presencia. Pero como no estaría bien acostumbrarse a que él estuviera allí, bajó el brazo.
        –Cuanto antes nos vayamos, antes volveremos –dijo él con firmeza.
        Demi intentó buscar el modo de evitarlo. La idea de que él se adentrara un poco más en su viejo mundo le producía escalofríos en la columna vertebral. Jack era la llave a una puerta que ella no quería abrir.
        Detrás estaba la antigua Demi, la niña invisible que había estado sola y perdida. Demi conocía el riesgo que conllevaba aceptar ayuda. Había visto el efecto que había tenido en algunos de sus iguales; cómo personas con buenas intenciones empezaban a tomar decisiones por ellos hasta que perdían el control de su vida. La nueva Demi suponía que no era muy distinto a la lucha que mantenían en todas partes los adolescentes independientes. Pero a ella le servía para recordar que no debía apoyarse en un hombre como Joseph ni siquiera un momento.
        «Un gran error», repetía la vocecita interior.
        Cuando vio la camioneta de él, le entró algo parecido al pánico.
        –Joe –cuando se pararon a cruzar la calle, intentó soltarse la mano–. Yo…
        –Sé que no quieres que vaya contigo –él le apretó la mano y se volvió a mirarla–. Pero si quieres que yo ceda un poco de vez en cuando, tú tienes que hacer lo mismo. Lo sabes, ¿verdad?
        Demi le miró el pecho. Si se tratara de otro tema que no fuera Jack, podía intentar ceder, pero…
        –¡Mírame, Demi!
        Ella parpadeó y obedeció.
        –Estamos bien en este momento, ¿verdad?
        Demi asintió. Lo estaban. Por eso no quería llevarlo con ella.

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