La puerta de ella se cerró y
Joseph tomó una decisión. Tampoco podía hacer otra cosa. Si ella tenía
problemas y su familia sabía que no había hecho nada, le arrancarían la piel.
Respiró hondo, retrocedió y cerró la puerta. Necesitaría unas horas más de sueño,
con suerte ininterrumpido, para preparar la batalla.
Al
día siguiente se aventuraría en territorio enemigo.
«Todos sabemos que la ropa nueva puede
subirnos los ánimos. Pero ¿cuántas veces miramos a la persona que la lleva y
nos preguntamos si es una muestra de que algo importante le ocurre por
dentro?».
–VAMOS,
Jack, contesta.
Demi
se frotó la frente con los dedos para intentar espantar el dolor de cabeza.
Cerró el teléfono y lo dejó en la mesa al lado del ordenador. Tendría que ir
allí. Era el único modo de saber dónde estaba él.
Suspiró,
tomó la taza de café y frunció el ceño por lo flojo que era. Tenía que hacer el
trabajo del día en la mitad de tiempo, necesitaría un suministro continuo de
cafeína.
–Se
llama así, ¿verdad?
Otra
taza de café se posó en la mesa. Ella parpadeó.
–¿Te
gusta escuchar a escondidas?
–Llamémoslo
deformación profesional –Joseph señaló la taza–. ¿Lo quieres o no?
Demi
lo miró a los ojos.
–¿Por
qué me invitas un café?
–Tienes
pinta de necesitarlo –él apartó una silla de la mesa y se sentó.
–Hay
otras mesas, ¿sabes?
Joseph
no contestó. Tomó un sorbo de su café.
–No
vamos a seguir donde lo dejamos anoche, si es eso lo que estás pensando –dijo
ella.
–Técnicamente,
ha sido esta mañana.
–Yo
no me he metido en tus asuntos.
–Me
alegra oírlo.
–¿Por
qué no me devuelves el favor y haces lo mismo con los míos? –ella sonrió con
dulzura.
Joseph
tomó otro sorbo de café y no contestó.
–¿Qué
es lo que quieres? –preguntó ella.
–¿En
qué lío andas metida?
Ella
alzó la vista.
–¿Qué?
–Contesta.
–¿Por
qué te va a importar a ti si yo tengo algún problema? –ella enarcó las cejas–.
Yo creía que te haría feliz la idea de que pueda aparecer tirada en un
callejón.
–¿Hay
alguna posibilidad de que ocurra eso?
–No
sería la primera vez.
–Eso
no tiene gracia.
–No,
pero tengo docenas de chistes de ese periodo de mi vida si quieres reírte –alzó
la barbilla–. Ahí va uno. ¿Sabes qué es lo mejor de salir con una chica sin
techo? Que puedes dejarla donde te apetezca.
Joseph
no se rio.
–¿Le
debes dinero?
–¿A
quién?
–A
Jack.
–No.
–¿Entonces
qué ocurre?
Demi
soltó una risita.
–¿Tengo
que confiar en ti porque me has invitado a un café?
–Si
tienes algún problema, dímelo ahora y…
–¿Me
ayudarás? –preguntó ella–. No puedes. Y aunque pudieras, tú serías la última
persona a la que pediría ayuda.
–Eso
lo sé –respondió él.
–¿Y
por qué haces esto? –preguntó Demi.
–Dime
lo que ocurre –insistió él.
El
tono profundo de su voz le hizo más daño que nada de lo que había dicho o hecho
en cinco años y medio para provocarla y Demi lo odió por ello. Principalmente,
porque el tono fue acompañado de una suavidad nueva en sus ojos azules que
transmitía la impresión de que él comprendía. Como siempre que había la más
mínima posibilidad de que alguien pudiera ver a través de una de sus máscaras, Demi
combatió el fuego con fuego.
–Te
diré lo que pasa cuando tú me digas por qué no puedes dormir.
Demi
se arrepintió de sus palabras en cuanto los ojos azules de él se convirtieron
en un bloque de hielo. No debería haberle arrojado eso a la cara. Era mezquino.
–¿Por
qué crees que no duermo?
–Anoche
estabas despierto y todavía pareces cansado.
–Trabajo
en distintos turnos y no siempre es fácil adaptarse –respondió él–. Te toca a
ti.
–¿Cuántos
años hace que eres poli? ¿Ocho?
–Más
o menos.
–¿Cuánto
tiempo tardas en adaptarte?
–He
estado siete meses fuera. Solo hace uno que he vuelto.
–¿Qué
pasó cuando estabas allí?
–Nos
dispararon –él se llevó la taza a la boca y tomó un sorbo sin dejar de mirarla
a los ojos–. Esquiva el tema todo lo que quieras, pero los dos sabemos que si
quiero descubrir lo que ocultas, puedo hacerlo sin tu cooperación. Empezaré con
Selena.
Era
una amenaza hueca. Demi tomó su taza de café.
–Tu
hermana no te dirá nada.
–Eso
implica que sabe lo que es.
–Implica
que ella jamás traicionaría una confidencia.
Él
frunció los labios en un amago de sonrisa.
–Ya
conoces a mi familia. Si creen que algo va mal, actuarán. Y te aseguro que sus
intervenciones son una verdadera juerga. No sabes lo que es estar cinco contra
uno en esa familia. Y he dicho que empezaría por Selena.
–¿Qué
te hace pensar que no eres el único que no lo sabe?
–Si
lo soy, acabas de ponérmelo más fácil.
Demi
no había tenido experiencia con una unidad familiar hasta que había conocido a
los Jonas. Para ella, eran todo lo que debía ser una familia. Eso era parte del
motivo por el que nunca había entendido por qué Joseph no los apreciaba más.
Pero el comentario que había hecho sobre las intervenciones familiares
explicaba por qué él prefería combatir a sus demonios solo.
Se
llevó la taza de café a los labios.
–Cuando
hables con ellos, no olvides mencionarles los problemas que tienes para
adaptarte a tus turnos. Quizá tus hermanos puedan darte algún consejo.
–Y
quizá tú deberías decirme lo que pasa antes de que esto se ponga feo –respondió
él.
–Podemos
pasarnos el día así.
–La
siguiente ronda es tuya. Yo tomo café solo.
Demi
suspiró.
–No
te vas a rendir, ¿verdad?
–No
es lo mío.
–Eso
nos devuelve al porqué necesitas saberlo. Corrígeme si me equivoco, pero creo
que no has contestado todavía a eso.
Como
él no respondió, ella dejó el café en la mesa y volvió a su trabajo. Él tomó un
periódico que habían dejado en la mesa de al lado. Guardaron silencio un rato
hasta que Demi alzó la vista y lo vio observándola.
–¿Qué?
–¿Las
gafas eran un accesorio?
Ella
volvió la vista a la pantalla.
–Me
duele la cabeza si trabajo mucho rato en el ordenador, pero hoy me las he
dejado en casa.
–Tenías
otras cosas en la cabeza.
–Puedo
agrandar la letra en la pantalla, si tanto te preocupa mi visión.
Hubo
otro momento de silencio.
–Solo
por curiosidad –preguntó él–. ¿Qué look se supone que llevas hoy?
–Se
llama gótico chic.
O
al menos la revista lo había llamado así. Era la ropa más extravagante que
había llevado durante el desafío.

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