viernes, 15 de marzo de 2013

┊εїз*~ El Hombre Ideal Cap: 6 *~┊εїз

 
La puerta de ella se cerró y Joseph tomó una decisión. Tampoco podía hacer otra cosa. Si ella tenía problemas y su familia sabía que no había hecho nada, le arrancarían la piel. Respiró hondo, retrocedió y cerró la puerta. Necesitaría unas horas más de sueño, con suerte ininterrumpido, para preparar la batalla.
        Al día siguiente se aventuraría en territorio enemigo.
        «Todos sabemos que la ropa nueva puede subirnos los ánimos. Pero ¿cuántas veces miramos a la persona que la lleva y nos preguntamos si es una muestra de que algo importante le ocurre por dentro?».
        –VAMOS, Jack, contesta.
        Demi se frotó la frente con los dedos para intentar espantar el dolor de cabeza. Cerró el teléfono y lo dejó en la mesa al lado del ordenador. Tendría que ir allí. Era el único modo de saber dónde estaba él.
        Suspiró, tomó la taza de café y frunció el ceño por lo flojo que era. Tenía que hacer el trabajo del día en la mitad de tiempo, necesitaría un suministro continuo de cafeína.
        –Se llama así, ¿verdad?
        Otra taza de café se posó en la mesa. Ella parpadeó.
        –¿Te gusta escuchar a escondidas?
        –Llamémoslo deformación profesional –Joseph señaló la taza–. ¿Lo quieres o no?
        Demi lo miró a los ojos.
        –¿Por qué me invitas un café?
        –Tienes pinta de necesitarlo –él apartó una silla de la mesa y se sentó.
        –Hay otras mesas, ¿sabes?
        Joseph no contestó. Tomó un sorbo de su café.
        –No vamos a seguir donde lo dejamos anoche, si es eso lo que estás pensando –dijo ella.
        –Técnicamente, ha sido esta mañana.
        –Yo no me he metido en tus asuntos.
        –Me alegra oírlo.
        –¿Por qué no me devuelves el favor y haces lo mismo con los míos? –ella sonrió con dulzura.
        Joseph tomó otro sorbo de café y no contestó.
        –¿Qué es lo que quieres? –preguntó ella.
        –¿En qué lío andas metida?
        Ella alzó la vista.
        –¿Qué?
        –Contesta.
        –¿Por qué te va a importar a ti si yo tengo algún problema? –ella enarcó las cejas–. Yo creía que te haría feliz la idea de que pueda aparecer tirada en un callejón.
        –¿Hay alguna posibilidad de que ocurra eso?
        –No sería la primera vez.
        –Eso no tiene gracia.
        –No, pero tengo docenas de chistes de ese periodo de mi vida si quieres reírte –alzó la barbilla–. Ahí va uno. ¿Sabes qué es lo mejor de salir con una chica sin techo? Que puedes dejarla donde te apetezca.
        Joseph no se rio.
        –¿Le debes dinero?
        –¿A quién?
        –A Jack.
        –No.
        –¿Entonces qué ocurre?
        Demi soltó una risita.
        –¿Tengo que confiar en ti porque me has invitado a un café?
        –Si tienes algún problema, dímelo ahora y…
        –¿Me ayudarás? –preguntó ella–. No puedes. Y aunque pudieras, tú serías la última persona a la que pediría ayuda.
        –Eso lo sé –respondió él.
        –¿Y por qué haces esto? –preguntó Demi.
        –Dime lo que ocurre –insistió él.
        El tono profundo de su voz le hizo más daño que nada de lo que había dicho o hecho en cinco años y medio para provocarla y Demi lo odió por ello. Principalmente, porque el tono fue acompañado de una suavidad nueva en sus ojos azules que transmitía la impresión de que él comprendía. Como siempre que había la más mínima posibilidad de que alguien pudiera ver a través de una de sus máscaras, Demi combatió el fuego con fuego.
        –Te diré lo que pasa cuando tú me digas por qué no puedes dormir.
        Demi se arrepintió de sus palabras en cuanto los ojos azules de él se convirtieron en un bloque de hielo. No debería haberle arrojado eso a la cara. Era mezquino.
        –¿Por qué crees que no duermo?
        –Anoche estabas despierto y todavía pareces cansado.
        –Trabajo en distintos turnos y no siempre es fácil adaptarse –respondió él–. Te toca a ti.
        –¿Cuántos años hace que eres poli? ¿Ocho?
        –Más o menos.
        –¿Cuánto tiempo tardas en adaptarte?
        –He estado siete meses fuera. Solo hace uno que he vuelto.
        –¿Qué pasó cuando estabas allí?
        –Nos dispararon –él se llevó la taza a la boca y tomó un sorbo sin dejar de mirarla a los ojos–. Esquiva el tema todo lo que quieras, pero los dos sabemos que si quiero descubrir lo que ocultas, puedo hacerlo sin tu cooperación. Empezaré con Selena.
        Era una amenaza hueca. Demi tomó su taza de café.
        –Tu hermana no te dirá nada.
        –Eso implica que sabe lo que es.
        –Implica que ella jamás traicionaría una confidencia.
        Él frunció los labios en un amago de sonrisa.
        –Ya conoces a mi familia. Si creen que algo va mal, actuarán. Y te aseguro que sus intervenciones son una verdadera juerga. No sabes lo que es estar cinco contra uno en esa familia. Y he dicho que empezaría por Selena.
        –¿Qué te hace pensar que no eres el único que no lo sabe?
        –Si lo soy, acabas de ponérmelo más fácil.
        Demi no había tenido experiencia con una unidad familiar hasta que había conocido a los Jonas. Para ella, eran todo lo que debía ser una familia. Eso era parte del motivo por el que nunca había entendido por qué Joseph no los apreciaba más. Pero el comentario que había hecho sobre las intervenciones familiares explicaba por qué él prefería combatir a sus demonios solo.
        Se llevó la taza de café a los labios.
        –Cuando hables con ellos, no olvides mencionarles los problemas que tienes para adaptarte a tus turnos. Quizá tus hermanos puedan darte algún consejo.
        –Y quizá tú deberías decirme lo que pasa antes de que esto se ponga feo –respondió él.
        –Podemos pasarnos el día así.
        –La siguiente ronda es tuya. Yo tomo café solo.
        Demi suspiró.
        –No te vas a rendir, ¿verdad?
        –No es lo mío.
        –Eso nos devuelve al porqué necesitas saberlo. Corrígeme si me equivoco, pero creo que no has contestado todavía a eso.
        Como él no respondió, ella dejó el café en la mesa y volvió a su trabajo. Él tomó un periódico que habían dejado en la mesa de al lado. Guardaron silencio un rato hasta que Demi alzó la vista y lo vio observándola.
        –¿Qué?
        –¿Las gafas eran un accesorio?
 
        Ella volvió la vista a la pantalla.
        –Me duele la cabeza si trabajo mucho rato en el ordenador, pero hoy me las he dejado en casa.
        –Tenías otras cosas en la cabeza.
        –Puedo agrandar la letra en la pantalla, si tanto te preocupa mi visión.
        Hubo otro momento de silencio.
        –Solo por curiosidad –preguntó él–. ¿Qué look se supone que llevas hoy?
        –Se llama gótico chic.
        O al menos la revista lo había llamado así. Era la ropa más extravagante que había llevado durante el desafío.

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