–Si necesito ayuda, te llamaré
–después de esa confesión enarcó las cejas para indicar que era el turno de él.
–No
irás allí sola de noche.
–Eso
no puedo prometerlo.
–Te
cambiarás antes de ir y tendrás cuidado.
–Siempre
tengo cuidado.
–Zapatos
planos y ropa amplia. De la que tapa de la cabeza a los pies.
Ella
sonrió.
–¿Me
pongo una bolsa en la cabeza?
–Un
pasamontañas te ayudaría más a pasar desapercibida en ese barrio –él sonrió
también–. A la primera muestra de problemas, llamas. Mi número está en la H.
–¿Por
qué está en la H?
Joseph
abrió la puerta. Ella miraba su móvil y, al pasar por delante del escaparate,
Joseph vio que se reía y movía la cabeza.
Tal
vez había dicho más de lo que había sido su intención, pero definitivamente,
estaba ganando terreno.
Por
supuesto que ella lo echaría de menos si desapareciera para siempre. ¿Creía él
acaso que estaba tan despegada de los seres humanos?
Probablemente
se habría enfadado con él si no la hubiera pillado desprevenida. En primer
lugar por su voz, por sus palabras cargadas de sinceridad. Pero también por las
arrugas de tensión en torno a los ojos y el leve tono gris debajo del
bronceado. Recordó el aspecto de él justo antes de que lo enviaran a su destino
militar. Había sido una de las pocas veces que se presentara a la comida del
domingo y se había sentado enfrente de ella en la mesa. Ella recordaba lo
relajado que estaba mientras la tensión subyacente en la habitación mostraba la
preocupación de su familia por su seguridad.
¿Se
había molestado ella en preguntarse entonces lo que pasaría si no volvía a casa
y la silla situada enfrente de ella permanecía vacía tanto tiempo como la de su
padre antes de que la familia se reacomodara en torno a la mesa? Le gustaría
creer que sí, pero no recordaba haber estado pendiente de las noticias ni de si
le ocurría algo a un marine. Simplemente había asumido que, si le pasaba algo,
ella sufriría con su familia. Si ellos estaban tristes, ella se apenaría con
ellos. Pero nunca había podido retirar a su familia de la ecuación. Y seguía
sin poder.
Aunque
por primera vez pensaba lo que pasaría si fueran solo Joe y Demi y luego Joe ya
no estuviera más allí.
Lo
echaría de menos. ¿Con quién iba a discutir como discutía con él? Pero no podía
pasar nada más. Demi sabía bien el hueco que una persona podía dejar atrás y
cómo afectaba a las personas que la querían. Y ella no podía permitirse querer
tanto a alguien como para desaparecer en ese agujero.
No
después de haber visto cómo le había pasado eso a otro.
Cuando
volvió a su apartamento, llamó a la redacción para hablar de las imágenes de su
misión y ponerse al día de cotilleos y se dispuso a seguir trabajando. La
primera vez que creyó oír algo alzó la vista del ordenador. No oyó nada más.
Hasta
un rato después.
Apartó
la silla y se acercó a la puerta del dormitorio, donde el sonido llegaba
apagado pero más alto. Cuando se detuvo, ella contuvo el aliento y esperó. Le
dio un vuelco el corazón cuando volvió a empezar. No era menos torturante
durante el día que por la noche. ¿Él no dormía nunca? Miró el reloj. Eran casi
las tres. ¿No había dicho que tenía que trabajar a las cuatro? Vaciló. A él no
le gustaría que ella lo supiera.
Venció
la idea de que no podía dejar que llegara tarde y llamó a su puerta.
Joseph
abrió con el pecho desnudo y ella contuvo el aliento y se obligó a seguir
alzando la vista. Lo que vio no le produjo un efecto menor, aunque sí de otro
tipo. Él tenía los ojos rojos, la mandíbula tensa y fruncía el ceño. Apoyó una
mano en el borde de la puerta.
–¿Qué?
–Dijiste
que tenías que ir a trabajar a las cuatro –ella le tendió una taza–. Vas a
llegar tarde.
Él
lanzó una breve mirada a su reloj de pulsera seguida de un juramento. Alzó la
vista y achicó los ojos.
–¿Cómo
sabías que todavía estaba aquí?
–No
lo sabía –mintió ella con un encogimiento de hombros–. He venido a ver.
El
ceño de él se hizo más profundo.
–No
deberías mentir cuando lo haces tan mal.
Demi
no contestó y él miró primero el pasillo y después a ella.
–¿Desde
la primera noche? –preguntó sombrío.
Ella
asintió.
Una
sombra cruzó los ojos de él, mostrando algo que ella jamás había esperado ver.
Meterse con él siempre había sido fácil cuando se mostraba arrogante y
controlado; era como lanzar piedrecitas a un tanque blindado.
Él
sabía quién era, de lo que era capaz, mantenía la calma bajo presión y no
vacilaba cuando se trataba de lo que quería. Y ella suponía que siempre había
encontrado aquello sexy, incluso cuando discutían.
Pero
la pequeña grieta en su autocontrol, la muestra de una vulnerabilidad que hacía
que pareciera que necesitaba desesperadamente algo que no había encontrado
hallaba un eco profundo dentro de Demi, donde ella ocultaba su propia
vulnerabilidad. Y por improbable que hubiera parecido en otro tiempo, quería
ser ella la que le diera ese algo que le faltaba. Y confiaba en que lo único
que necesitaba él no fuera lo único que ella jamás podría darle.
–Gracias
por el café –él tomó la taza–. Y por despertarme.
Demi
adelantó un paso.
–Joe…
–No
–la mano de él hizo un gesto de calma que Demi sospechó que no iba solo
dirigido a ella. Él respiró hondo y usó el índice para enfatizar la palabra–.
No.
Cuando
la puerta se cerró en su cara, Demi la miró largo rato sin moverse. Los avances
que habían hecho en la cafetería desaparecieron como la niebla de primera hora
de la mañana. Ir allí había sido un error. ¿Por qué no podía dejarlo en paz?
La
respuesta era sencilla. Porque él le importaba.
Probablemente
más de lo que debería.
–¡Maldita
sea! –Joseph arrojó sus guantes al maletero.
–No
podemos salvarlos a todos –respondió su compañero.
–Cinco
centímetros, Jim –Joseph demostró la distancia con un hueco entre el pulgar y
el índice–. Solo necesitaba cinco centímetros y habría podido poner presión en
la arteria.
–Y
cuando le hubiéramos liberado la pierna, quizá habría entrado en shock y muerto
de todos modos y tú lo sabes. Olvídalo.
Pero
él no podía olvidarlo. No hacía falta ser un genio para adivinar lo que vería
en sus pesadillas la próxima vez que cerrara los ojos. Miró la pared derrumbada
en la que habían trabajado. El hombre que había muerto había salido a comprar
un cartón de leche, había pasado delante de un edificio abandonado en el
momento equivocado y ese había sido su fin.
Cuando
llegaron ellos, Joseph se había ofrecido voluntario para arrastrarse por un
espacio estrecho que se consideraba peligroso. Había estado allí tres horas
hablando con el hombre para intentar mantenerlo consciente mientras lo sacaban.
Mike Krakowski, de cuarenta y tres años, con esposa e hijos e irónicamente,
posiblemente porque el universo tenía un sentido del humor enfermo, obrero de
la construcción. Mike había perdido el conocimiento media hora atrás y cuando
su pulso había dejado de latir, Joseph ya no había podido hacer nada.
Su
compañero le dio una palmada en el hombro.
–Relájate,
hermano.
Joseph
caminó alrededor de los vehículos de emergencia e intentó aliviar la tensión de
los hombros y el cuello. Odiaba que Demi lo supiera. Y resultaba peor aún que
lo supiera porque le había oído gritar.
Echó
de menos, no por primera vez, el respiro que suponía estar en ultramar. Allí no
lo asaltaban las pesadillas, quizá porque a su demonio particular no le gustaba
el ruido de fondo de las balas y los morteros. O porque temía perder su
juguete, puesto que la falta de sueño podía llevar a un error fatal. Así que,
mientras muchos de los hombres con los que compartía el dormitorio daban
vueltas y vueltas en el catre, él dormía como un bebé. Algo que había pagado
con intereses desde su vuelta.
Volvió
al vehículo para ayudar a guardar el equipo y decidió evitar a Demi unos
cuantos días. Aunque la idea de una retirada iba contra su instinto de marine,
no tenía más remedio.
La
próxima vez que la viera no quería advertir compasión en sus ojos.
Eso
le haría sentirse menos hombre que antes y sería cuestión de honor demostrarle
lo contrario. Y aunque ella era fuerte, Joseph dudaba de que estuviera
preparada para eso, en especial cuando lo había llevado dentro tanto tiempo.
Ella era Demi y él no podía hacerle eso. Simplemente su reacción al
conocimiento de ella resultaba ya bastante peligrosa.
Si
la dejaba acercarse más…
Se
agachó, tomó los guantes y se los metió en el bolsillo de atrás. Fin del juego.

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