Ella era Demi y él no podía
hacerle eso. Simplemente su reacción al conocimiento de ella resultaba ya
bastante peligrosa.
Si
la dejaba acercarse más…
Se
agachó, tomó los guantes y se los metió en el bolsillo de atrás. Fin del juego.
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«No hay nada como ordenar un armario para
que una chica se sienta relajada. Los actos más pequeños pueden tener un efecto
dominó en nuestra vida».
¿QUÉ
creía él que iba a hacer… adoptar una identidad nueva y cambiar de estado? Tal
vez quisiera considerarlo, pues cuando llegó el lunes sin que hubiera aparecido
todavía por la cafetería, Demi estaba furiosa con él.
Daba
la sensación de que su cuerpo estuviera en sintonía con él. No importaba a qué
hora de la noche llegara ni lo silencioso que se mostrara de camino a su
apartamento. Una vez que el subconsciente de ella asumía que él estaba
intranquilo, a ella le ocurría lo mismo. Cuando quería darse cuenta, estaba
parpadeando en la oscuridad, esperando. Cuando llegaban los gritos, y siempre
llegaban, Demi los soportaba cada vez peor.
Cada
noche le arrancaba un trocito de corazón. ¿Y la respuesta de él al hecho de que
ella había guardado silencio para proteger su secreto era evitarla?
Le
iba a dar una buena patada en el trasero.
Cuando
iba por la mitad del segundo tramo de escaleras de su bloque de apartamentos,
oyó una voz familiar. Aceleró el paso y en el rellano del quinto piso, lo
encontró hablando con la directora del Comité de Residentes.
Lo
miró. Como siempre, iba con vaqueros, en aquella ocasión combinados con una
camiseta oscura de cuello redondo y una chaqueta deportiva negra. Demi pensó
que nadie tenía derecho a estar tan guapo cuando llevaba tanto tiempo sin
dormir.
Miró
la bolsa que llevaba en la mano.
–¿Son
galletas de chocolate? –preguntó.
–Recién
hechas –Joseph sonrió a la vecina de ambos, que se comportaba como una
adolescente.
–Joe
me dijo que era goloso –explicó–. Tenemos que cuidar de nuestros hombres de
uniforme cuando están fuera de casa, ¿no?
–Sí
–asintió Demi–. Es un largo viaje hasta Staten Island.
Joseph
se inclinó hacia delante con aire encantador.
–Sigue
estando demasiado lejos para galletas caseras, ¿verdad, Agatha?
Ella
le dio una palmadita en el brazo.
–Avísame
cuando se te acaben.
–Eres
muy buena conmigo.
–Sí
que lo es –Demi tendió la mano y acarició al perro–. ¿Verdad que sí, Gershwin?
Cuando
retiró la mano, Joseph colocó la suya en la cabeza del animal.
–Adiós,
pequeñín. Cuida de tu mamá –cuando se alejó la vecina, bajó la voz–. ¿Te he
dicho que es la segunda vez que me hace galletas? ¿Quieres una?
–Espero
que te atragantes con ellas –Demi se cruzó de brazos–. ¿Cuánto tiempo piensas
evitarme?
–¿Es
eso lo que hago? –Joseph tomó un mordisco de galleta y frunció el ceño.
–¿Crees
que eres el único que no duerme bien desde que te mudaste aquí? ¿Pero he dicho
yo algo? No. Lo que hice fue procurar que no llegaras tarde al trabajo. «Muchas
gracias, Demi». «De nada, Joseph». Solo tenías que decir eso y podíamos haber
seguido fingiendo que yo no lo sabía. Pero en vez de eso, me preguntaste, te
contesté y ahora has decidido castigarme por no mentir cuando al parecer de
todos modos yo no sé mentir.
Él
la miró a los ojos con una chispa de advertencia en los suyos azules.
Ella
suspiró.
–Nuestros
apartamentos están situados al final del pasillo. Compartimos una pared.
¿Cuánto tiempo creías que podrías ocultarlo?
Joseph
volvió a meter en la bolsa lo que quedaba de la galleta que tenía en la mano,
pero no contestó.
–¿Por
qué crees que no había dicho nada, Joe?
Él
alzó los hombros y los nudillos de la mano que sostenía la bolsa se pusieron
blancos.
–Vamos,
no puedes evitarme para siempre.
Joseph
no contestó. Dio media vuelta y entró en su apartamento.
–Adelante
–dijo ella a sus espaldas–. Evítame los próximos cincuenta años. Hasta hace
unos días, ese habría sido el mejor regalo que podrías hacerme –hubo una pausa
que Joseph supuso que ella usaba para tomar aliento, pero cuando volvió a
hablar, había algo nuevo en su voz–. No estoy enfadada porque no quieras hablar
de ello. Eso lo entiendo, probablemente mejor de lo que crees. Pero se helará
el infierno antes de que intente volver a hablar contigo.
Joseph
respiró hondo. No le afectaba lo que ella decía, sino aquella nota en su voz
que casi sonaba… herida.
Movió
la cabeza y cerró la puerta de su apartamento.
¿Llevaba
años lanzándole dardos envenenados sin que le afectaran lo más mínimo y ahora
conseguía herirla con el silencio?
¿Cómo
era posible?
Se
había preparado para varias cosas cuando volviera a verla. Pensándolo bien, la
respuesta de su cuerpo debería haber estado entre ellas. Pero no. Él se había
preparado para la compasión y la lástima, pero no las había encontrado. En su
lugar había encontrado el tipo de respuesta que debería haber esperado de ella.
Lo había atacado por castigarla por algo que no era culpa suya. El tono herido
de su voz y la respuesta culpable de él por causarlo era lo que más expresaba
el cambio que se había producido en su relación.
Fijó
la vista en el objeto que había en la encimera de la cocina.
Un
momento después llamaba a la puerta de ella.
Demi
abrió y apretó los labios al verlo.
–¿Eso
es mi taza?
–Sí.
Ella
tomó la taza y cerró la puerta. Joseph se quedó donde estaba y esperó. Cuatro,
tres, dos…
La
puerta se abrió de nuevo.
–¿Sabes
lo que más odio? Que me pongas furiosa.
Él
asintió.
–Es
un talento natural.
–Normalmente
me tomo el universo con cierta filosofía zen a pesar de todo lo que me ha
pasado, pero tú me irritas muchísimo. Y lo que más me irrita es esa fachada de
«nada me puede afectar». Sobre todo ahora que sé que es una gran mentira –abrió
mucho los ojos cuando él empezó a sonreír–. ¿Y ahora sonríes? ¿Ahora que te
acabo de decir que puedo ver a través de ti?
–Eso
lo dudo.
Si
pudiera ver en su interior, sabría que él estaba pensando lo hermosa que estaba
cuando se enfadaba. Siempre había creído que era un tópico, pero con Demi era
cierto. Lanzaba chispas por los ojos. La fuerza de su naturaleza apasionada lo
impulsaba a acercarse a ella. No importaba que ella le lanzara encima todo su
fuego interior y lo dejara convertido en un montón de cenizas. Eso solo hacía
que la deseara todavía más.
–No
hagas eso –le advirtió ella.
–¿Qué
hago?
–Tú
sabes lo que haces.
–¿Pensar
en entrar ahí para que podamos hacer las paces?
–No
tenemos ese tipo de relación.
–No
lo teníamos –corrigió él.
–Que
hayamos hecho un intento por ser amigos no significa…
–¿Eso
es lo que llamas tú a esto? –él enarcó las cejas con incredulidad. Era
imposible que ella pudiera ser tan ingenua.
–Yo…
–Tú
me vas a decir que no lo has pensado.
Demi
abrió la boca, la cerró y volvió a abrirla.
–¿De
qué estamos hablando?
–Creo
que tú sabes muy bien de lo que estamos hablando.
–Tú
hablas de sexo –ella frunció el ceño.
–Yo
hablo del beso en la estación de metro, pero si quieres hablar de…
–Ni
siquiera he pensado en eso –mintió ella.
Joseph
movió la cabeza.
–Ya
hemos establecido que no debes hacer eso porque no se te da bien.
–¿Me
estás diciendo que tú sí has pensado en eso?

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