sábado, 16 de marzo de 2013

┊εїз*~ El Hombre Ideal Cap: 12 *~┊εїз


Ella era Demi y él no podía hacerle eso. Simplemente su reacción al conocimiento de ella resultaba ya bastante peligrosa.
        Si la dejaba acercarse más…
        Se agachó, tomó los guantes y se los metió en el bolsillo de atrás. Fin del juego.
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        «No hay nada como ordenar un armario para que una chica se sienta relajada. Los actos más pequeños pueden tener un efecto dominó en nuestra vida».
        ¿QUÉ creía él que iba a hacer… adoptar una identidad nueva y cambiar de estado? Tal vez quisiera considerarlo, pues cuando llegó el lunes sin que hubiera aparecido todavía por la cafetería, Demi estaba furiosa con él.
        Daba la sensación de que su cuerpo estuviera en sintonía con él. No importaba a qué hora de la noche llegara ni lo silencioso que se mostrara de camino a su apartamento. Una vez que el subconsciente de ella asumía que él estaba intranquilo, a ella le ocurría lo mismo. Cuando quería darse cuenta, estaba parpadeando en la oscuridad, esperando. Cuando llegaban los gritos, y siempre llegaban, Demi los soportaba cada vez peor.
        Cada noche le arrancaba un trocito de corazón. ¿Y la respuesta de él al hecho de que ella había guardado silencio para proteger su secreto era evitarla?
        Le iba a dar una buena patada en el trasero.
        Cuando iba por la mitad del segundo tramo de escaleras de su bloque de apartamentos, oyó una voz familiar. Aceleró el paso y en el rellano del quinto piso, lo encontró hablando con la directora del Comité de Residentes.
        Lo miró. Como siempre, iba con vaqueros, en aquella ocasión combinados con una camiseta oscura de cuello redondo y una chaqueta deportiva negra. Demi pensó que nadie tenía derecho a estar tan guapo cuando llevaba tanto tiempo sin dormir.
        Miró la bolsa que llevaba en la mano.
        –¿Son galletas de chocolate? –preguntó.
        –Recién hechas –Joseph sonrió a la vecina de ambos, que se comportaba como una adolescente.
        –Joe me dijo que era goloso –explicó–. Tenemos que cuidar de nuestros hombres de uniforme cuando están fuera de casa, ¿no?
        –Sí –asintió Demi–. Es un largo viaje hasta Staten Island.
        Joseph se inclinó hacia delante con aire encantador.
        –Sigue estando demasiado lejos para galletas caseras, ¿verdad, Agatha?
        Ella le dio una palmadita en el brazo.
        –Avísame cuando se te acaben.
        –Eres muy buena conmigo.
        –Sí que lo es –Demi tendió la mano y acarició al perro–. ¿Verdad que sí, Gershwin?
        Cuando retiró la mano, Joseph colocó la suya en la cabeza del animal.
        –Adiós, pequeñín. Cuida de tu mamá –cuando se alejó la vecina, bajó la voz–. ¿Te he dicho que es la segunda vez que me hace galletas? ¿Quieres una?
        –Espero que te atragantes con ellas –Demi se cruzó de brazos–. ¿Cuánto tiempo piensas evitarme?
        –¿Es eso lo que hago? –Joseph tomó un mordisco de galleta y frunció el ceño.
        –¿Crees que eres el único que no duerme bien desde que te mudaste aquí? ¿Pero he dicho yo algo? No. Lo que hice fue procurar que no llegaras tarde al trabajo. «Muchas gracias, Demi». «De nada, Joseph». Solo tenías que decir eso y podíamos haber seguido fingiendo que yo no lo sabía. Pero en vez de eso, me preguntaste, te contesté y ahora has decidido castigarme por no mentir cuando al parecer de todos modos yo no sé mentir.
        Él la miró a los ojos con una chispa de advertencia en los suyos azules.
        Ella suspiró.
        –Nuestros apartamentos están situados al final del pasillo. Compartimos una pared. ¿Cuánto tiempo creías que podrías ocultarlo?
        Joseph volvió a meter en la bolsa lo que quedaba de la galleta que tenía en la mano, pero no contestó.
        –¿Por qué crees que no había dicho nada, Joe?
        Él alzó los hombros y los nudillos de la mano que sostenía la bolsa se pusieron blancos.
        –Vamos, no puedes evitarme para siempre.
        Joseph no contestó. Dio media vuelta y entró en su apartamento.
        –Adelante –dijo ella a sus espaldas–. Evítame los próximos cincuenta años. Hasta hace unos días, ese habría sido el mejor regalo que podrías hacerme –hubo una pausa que Joseph supuso que ella usaba para tomar aliento, pero cuando volvió a hablar, había algo nuevo en su voz–. No estoy enfadada porque no quieras hablar de ello. Eso lo entiendo, probablemente mejor de lo que crees. Pero se helará el infierno antes de que intente volver a hablar contigo.
        Joseph respiró hondo. No le afectaba lo que ella decía, sino aquella nota en su voz que casi sonaba… herida.
        Movió la cabeza y cerró la puerta de su apartamento.
        ¿Llevaba años lanzándole dardos envenenados sin que le afectaran lo más mínimo y ahora conseguía herirla con el silencio?
        ¿Cómo era posible?
        Se había preparado para varias cosas cuando volviera a verla. Pensándolo bien, la respuesta de su cuerpo debería haber estado entre ellas. Pero no. Él se había preparado para la compasión y la lástima, pero no las había encontrado. En su lugar había encontrado el tipo de respuesta que debería haber esperado de ella. Lo había atacado por castigarla por algo que no era culpa suya. El tono herido de su voz y la respuesta culpable de él por causarlo era lo que más expresaba el cambio que se había producido en su relación.
        Fijó la vista en el objeto que había en la encimera de la cocina.
        Un momento después llamaba a la puerta de ella.
        Demi abrió y apretó los labios al verlo.
        –¿Eso es mi taza?
        –Sí.
        Ella tomó la taza y cerró la puerta. Joseph se quedó donde estaba y esperó. Cuatro, tres, dos…
        La puerta se abrió de nuevo.
        –¿Sabes lo que más odio? Que me pongas furiosa.
        Él asintió.
        –Es un talento natural.
        –Normalmente me tomo el universo con cierta filosofía zen a pesar de todo lo que me ha pasado, pero tú me irritas muchísimo. Y lo que más me irrita es esa fachada de «nada me puede afectar». Sobre todo ahora que sé que es una gran mentira –abrió mucho los ojos cuando él empezó a sonreír–. ¿Y ahora sonríes? ¿Ahora que te acabo de decir que puedo ver a través de ti?
        –Eso lo dudo.
        Si pudiera ver en su interior, sabría que él estaba pensando lo hermosa que estaba cuando se enfadaba. Siempre había creído que era un tópico, pero con Demi era cierto. Lanzaba chispas por los ojos. La fuerza de su naturaleza apasionada lo impulsaba a acercarse a ella. No importaba que ella le lanzara encima todo su fuego interior y lo dejara convertido en un montón de cenizas. Eso solo hacía que la deseara todavía más.
        –No hagas eso –le advirtió ella.
        –¿Qué hago?
        –Tú sabes lo que haces.
        –¿Pensar en entrar ahí para que podamos hacer las paces?
        –No tenemos ese tipo de relación.
        –No lo teníamos –corrigió él.
        –Que hayamos hecho un intento por ser amigos no significa…
        –¿Eso es lo que llamas tú a esto? –él enarcó las cejas con incredulidad. Era imposible que ella pudiera ser tan ingenua.
        –Yo…
        –Tú me vas a decir que no lo has pensado.
        Demi abrió la boca, la cerró y volvió a abrirla.
        –¿De qué estamos hablando?
        –Creo que tú sabes muy bien de lo que estamos hablando.
        –Tú hablas de sexo –ella frunció el ceño.
        –Yo hablo del beso en la estación de metro, pero si quieres hablar de…
        –Ni siquiera he pensado en eso –mintió ella.
        Joseph movió la cabeza.
        –Ya hemos establecido que no debes hacer eso porque no se te da bien.
        –¿Me estás diciendo que tú sí has pensado en eso?

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