viernes, 15 de marzo de 2013

┊εїз*~ El Hombre Ideal Cap: 7 *~┊εїз


Hubo otro momento de silencio.
        –Solo por curiosidad –preguntó él–. ¿Qué look se supone que llevas hoy?
        –Se llama gótico chic.
        O al menos la revista lo había llamado así. Era la ropa más extravagante que había llevado durante el desafío.
        –Antes de salir, no olvides que a los vampiros no debe darles el sol –comentó él.
        Demi estiró las piernas.
        –¿No te gustan las botas? –preguntó–. Son mi parte favorita.
        Joseph se inclinó a un lado para examinarlas y frunció el ceño.
        –¿Puedes andar con eso?
        –Las mujeres no se ponen estas botas por comodidad –contestó ella.
        Se inclinó y pasó las manos por el cuero reluciente. Introdujo los pulgares por el borde, que quedaba en el muslo, y tiró al tiempo que levantaba el pie del suelo. Volvió la cabeza y le sonrió como nunca le había sonreído.
        –¿No hablamos ya de que la gente se pone ropa por el modo en que se siente con ella?
        Joseph apretó los dientes cuando ella repitió el movimiento con las manos en la otra pierna y se echó el pelo por encima del hombro al sentarse. Sonrió y Joseph siguió su sonrisa con la vista hasta el camarero, que le sonreía a su vez.
        Joseph lo miró de hito en hito, pero no era el camarero quien lo irritaba. Le molestaba lo bien que había funcionado la táctica de distracción de ella.
        Todas las células de su cuerpo habían reaccionado a aquellas botas y el trozo de piel desnuda debajo de otra falda pecaminosamente corta. Pero si ella creía que podía distraerlo mucho tiempo de su objetivo, se equivocaba.
        Ella apartó a un lado el ordenador y apoyó el codo en la mesa. Colocó la barbilla en la palma de la mano y se inclinó hacia delante fingiendo inocencia.
        –¿Ocurre algo?
        –¿Has terminado? –preguntó él con sequedad.
        –¿Terminado con qué? –los ojos de ella brillaban divertidos–. Tendrás que ser más explícito.
        –Dime lo que ocurre.
        Demi alzó los ojos al cielo y él colocó los codos sobre la mesa y se inclinó hacia ella, mirándola a los ojos. De cerca, tenía unos ojos espectaculares. Algo grandes para su cara, pero de un marrón tan profundo que resultaba difícil saber dónde empezaba el iris.
        Nunca se había fijado en eso antes.
        –¿Y si te dijera que es algo privado? –preguntó ella en voz baja.
        –Te diría que no se lo diré a nadie –respondió él con el mismo tono de voz.
        –¿Por qué te voy a creer?
        –Un hombre no vale nada sin su palabra.
        –Dime por qué quieres saberlo.
        Joseph dudó un momento.
        –Reconocí lo que vi en tus ojos antes de que cerraras la puerta esta mañana. Lo he visto antes.
        –¿Qué viste? –susurró ella.
        –Resignación.
        Ella lo miró y parpadeó.
        –Si me conocieras bien, sabrías por qué no quiero hablar de ello. La gente tiene secretos por algo.
        Volvió a su ordenador y Joseph miró en dirección a la calle y se preguntó qué haría él si estuviera en su lugar. Seguramente lo mismo. De hecho, ya lo estaba haciendo. Ambos se negaban a abrirse al otro.
        –¿Quieres otro café? –preguntó ella.
        Joseph negó con la cabeza.
        –Creo que iré a la comisaría a buscar fotos de Jack antes de que empiece mi turno.
        Demi suspiró pesadamente.
        –Escarba todo lo que quieras. Te digo desde ya que solo hay un modo de que te enteres y ese modo no está ahora ni estará nunca a tu alcance.
        –Ya me estás desafiando otra vez.
        Joseph se levantó, puso una mano en la mesa y la otra en el respaldo de la silla de ella. Cuando ella alzó la vista, él sonrió con la misma sensualidad que había sonreído ella cuando hacía el numerito de las botas.
        –Cuando quiero algo, nada se interpone en mi camino –le dijo en voz baja e íntima–. Si me lo pones difícil, lo desearé más y me esforzaré el doble por conseguirlo. Así que puedes seguir haciendo lo que haces, pero no digas que no te lo he advertido.
        Retiró las manos y se volvió. Ella podía interpretar sus palabras como quisiera. Si llegaba a la conclusión de que no se refería solo al secreto que guardaba, él no podría jurar que se equivocaba.
        El estilo gótico acabaría con ella o conseguiría que la detuvieran. Para empezar, los pies la estaban matando, pero de haber sabido que acabaría recorriendo a pie todo el barrio en busca de Jack, se habría cambiado. Y en lo referente a ser detenida, tal vez se sintiera agradecida. Aunque los cargos tuvieran que ver con pasar mucho tiempo parada en una esquina mientras intentaba averiguar dónde se hallaba, podía consolarse pensando que estaba a salvo dentro de un coche patrulla. Miró por encima del hombro y le pareció ver a alguien moverse en las sombras. Apretó el paso.
        Si Joseph la veía allí le echaría un sermón.
        Recordó lo último que le había dicho en la cafetería. No era posible que hubiera querido insinuar lo que ella imaginaba. Aunque lo peor había sido la reacción de ella. En vez de enfadarse, se le había acelerado el pulso y había tenido que apretar los muslos. Ningún hombre le había causado nunca un efecto erótico tan inmediato.
        Cruzó de acera sujetándose con las manos el largo abrigo negro en un intento por ocultar lo que llevaba debajo. Se detuvo delante de una puerta y miró el cartel de neón antes de abrirla. Si Jack no estaba allí, no lo buscaría más.
        –¡Vaya, hola, guapa! ¿Quieres venir aquí y…?
        Demi miró de hito en hito al hombre que tenía delante.
        –Llevo spray de pimienta y no me da miedo usarlo.
        No llevaba, pero él no lo sabía.
        –Mikey, deja en paz a la señorita –dijo una voz desde detrás de la larga barra de madera–. Está muy fuera de tu alcance.
        Demi se acercó sonriente.
        –Hola, Ben.
        –Hola, Demi. ¿Cómo está mi mejor chica?
        –Bien. ¿Él está aquí?
        Ben asintió.
        –En la parte de atrás.
        –¿Debe algo?
        –Tenemos un trato contigo, ¿no?
        –Gracias, Ben.
        Demi se abrió paso entre la multitud con un suspiro. La esperaba la inevitable discusión sobre si era hora de irse o no lo era. Sabía lo que diría él y las excusas que pondría. Había vivido esa escena incontables veces.
        Por muy lejos que consiguiera alejarse de su pasado, siempre podía contar con que Jack le recordaría sus raíces.
        La idea de que Joseph pudiera hacer lo mismo…
        Se riñó a sí misma. Ya estaba bien de pensar en él. Empezaba a tener la sensación de que lo llevaba consigo a todas partes.
        Joseph apoyó la cabeza en la pared y frunció el ceño. Cualquier sentimiento de culpabilidad que hubiera podido tener por haberla seguido desapareció a los cinco minutos de que Demi llegara a su destino.
        ¿En qué narices se había metido?
        Esperó a ver si salía del octavo bar a los dos minutos, como había hecho en los siete primeros. Cuando pasaron veinte y estaba contemplando la idea de cruzar la calle, se abrió la puerta.
        El hombre retrocedió un paso tambaleante mientras ella le ayudaba a meter el brazo en la manga del abrigo. Luego Demi colocó el brazo de él sobre sus hombros, lo tomó por la cintura y lo guió por la acera.
        ¿Qué hacía con un hombre así? Aparte de que le doblaba la edad, no debería estar con alguien al que tenía que ir a buscar por los bares. Una mujer tan guapa como ella, tan lista como ella y que podía excitar tanto a los hombres...


        Joseph apretó los dientes con fuerza y pensó en buscar la estación de metro más cercana. ¿Por qué le importaba lo que hiciera ella? Pero antes de que pudiera alejarse, el hombre se tambaleó de lado, hizo chocar a Demi contra la pared y algo se desató en el interior de Joseph.
        Metió una mano debajo del cuello para sacar la placa que llevaba colgada en una cadena y cruzó la calle. Cuando llegó hasta ellos, puso una mano con firmeza en el hombro de él y lo empujó un par de pasos hacia atrás.
        –Policía –apuntó a Demi con un dedo–. Y tú quédate donde estás.
        Ella lo miró con incredulidad.
        –¿Ahora te dedicas a seguirme?
        –Soy poli, ¿recuerdas? ¿Qué pensabas que iba a hacer?
        –Eres increíble.
        –Y tú eres muy afortunada de haber tenido un guardaespaldas las dos últimas horas teniendo en cuenta dónde estás. ¿Por qué narices vienes aquí sola? ¿Sabes la cantidad de disparos que hay a diario en este barrio? –el hombre dio un paso tambaleante y Joseph lo miró con fijeza–. Yo que tú no lo haría, amigo. Yo te diré cuándo puedes moverte.
        El hombre bajó la cabeza y habló con voz pastosa.
        –No puedes hablarle a mi…
        –¡Cállate, Jack! –intervino Demi. Miró a Joseph–. ¿Cómo te atreves?
        –Oh, me atrevo. Y tú me vas a decir qué es lo que pasa aquí o en la comisaría más próxima. Es tu decisión.
        –No puedes detenerme.
        –¿Quieres apostar?
        –No he hecho nada.
        –Muy bien. Lo detendré a él para que pase la mona en una celda.
        –No lo hagas –ella suspiró–. Solo necesito llevarlo a casa.
        Joseph miró a Jack.
        –¿Dónde está?
        –A cuatro manzanas.
        –Tú dirige. Yo lo llevaré, y cuando lleguemos, tendremos una larga charla.
        Joseph tendió la mano y agarró la manga del otro hombre antes de que se cayera al suelo.
        –Vomítame encima y juro que te detengo.
        El recorrido duró el doble de lo que hubiera sido normal. Cuando llegaron, Demi metió al hombre en el baño de un apartamento de un dormitorio. Joseph paseó por la sala de estar mientras esperaba. Hasta que algo atrajo su atención.
        Se detuvo delante de una estantería y tomó un certificado enmarcado que había sido entregado a Jorja Elizabeth Dawson por buena asistencia en sexto curso. Alzó la cabeza y descubrió una fotografía apoyada en un montón de libros. En ella aparecía un Jack más joven delante de una noria con el brazo alrededor de los hombros de una niña delgada, con coletas y una amplia sonrisa que mostraba que le faltaban dos dientes.
        Joseph comprendió su error y se sintió como el mayor estúpido del mundo. Miró hacia el pasillo y vio que Demi lo observaba en silencio.
        –Es tu padre –dijo.
        –Sí –respondió ella.
        –Deberías habérmelo dicho.
        –Si hubiera querido que lo supieras, lo habría hecho.
        Él devolvió el certificado al estante y se metió las manos en los bolsillos de los vaqueros.
        –¿Cuánto tiempo hace que bebe?
        –Desde hace mucho –ella se encogió de hombros–. Hay un mes que es peor que los otros once. Y casualmente ahora es ese mes.
        Joseph respiró hondo.
        –Demi…
        Se abrió la puerta detrás de ella y apareció Jack. Joseph se adelantó.
        –Le debo una disculpa por el malentendido –le estrechó la mano–. Soy Joseph Jonas. Un amigo de su hija.
        Demi hizo una mueca.
        –Eso es un poco exagerado, ¿no crees?
        –Estaba preocupado por ella.
        –¿Desde cuándo? –intervino Demi.
        Joseph la miró a los ojos.
        –Creía que estaba en un lío.
        –Mi Demi no –Jack hablaba con voz pastosa–. Es una buena chica –achicó los ojos–. ¿Tú eres poli?
        –Sí. De la Unidad de Servicios de Emergencia.
        –Si la gente necesita ayuda, llama a la policía –Jack sonrió–. Si los polis necesitan ayuda, llaman a esa unidad.
        –Así es.
        –¿Quieres una copa?
        –No hay –intervino Demi–. Limpié esto anoche.
        Joseph negó con la cabeza.
        –No, gracias. Voy a acompañar a su hija a casa, si no le importa.
        –No es necesario –repuso ella.
        Él la miró a los ojos.
        –Es lo menos que puedo hacer –dijo con firmeza.
        –De acuerdo –ella sonrió con dulzura–. Podemos charlar por el camino. Mientras ayudo a Jack a acostarse, ¿por qué no piensas en las cosas que me quieres decir? –pasó un brazo alrededor de la cintura de su padre–. Vamos.
        Cuando salieron, Joseph levantó los ojos al cielo y respiró hondo.
        Iba a ser el viaje en metro más largo de su vida.


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