Hubo otro momento de silencio.
–Solo
por curiosidad –preguntó él–. ¿Qué look se supone que llevas hoy?
–Se
llama gótico chic.
O
al menos la revista lo había llamado así. Era la ropa más extravagante que
había llevado durante el desafío.
–Antes
de salir, no olvides que a los vampiros no debe darles el sol –comentó él.
Demi
estiró las piernas.
–¿No
te gustan las botas? –preguntó–. Son mi parte favorita.
Joseph
se inclinó a un lado para examinarlas y frunció el ceño.
–¿Puedes
andar con eso?
–Las
mujeres no se ponen estas botas por comodidad –contestó ella.
Se
inclinó y pasó las manos por el cuero reluciente. Introdujo los pulgares por el
borde, que quedaba en el muslo, y tiró al tiempo que levantaba el pie del
suelo. Volvió la cabeza y le sonrió como nunca le había sonreído.
–¿No
hablamos ya de que la gente se pone ropa por el modo en que se siente con ella?
Joseph
apretó los dientes cuando ella repitió el movimiento con las manos en la otra
pierna y se echó el pelo por encima del hombro al sentarse. Sonrió y Joseph
siguió su sonrisa con la vista hasta el camarero, que le sonreía a su vez.
Joseph
lo miró de hito en hito, pero no era el camarero quien lo irritaba. Le
molestaba lo bien que había funcionado la táctica de distracción de ella.
Todas
las células de su cuerpo habían reaccionado a aquellas botas y el trozo de piel
desnuda debajo de otra falda pecaminosamente corta. Pero si ella creía que
podía distraerlo mucho tiempo de su objetivo, se equivocaba.
Ella
apartó a un lado el ordenador y apoyó el codo en la mesa. Colocó la barbilla en
la palma de la mano y se inclinó hacia delante fingiendo inocencia.
–¿Ocurre
algo?
–¿Has
terminado? –preguntó él con sequedad.
–¿Terminado
con qué? –los ojos de ella brillaban divertidos–. Tendrás que ser más
explícito.
–Dime
lo que ocurre.
Demi
alzó los ojos al cielo y él colocó los codos sobre la mesa y se inclinó hacia
ella, mirándola a los ojos. De cerca, tenía unos ojos espectaculares. Algo
grandes para su cara, pero de un marrón tan profundo que resultaba difícil
saber dónde empezaba el iris.
Nunca
se había fijado en eso antes.
–¿Y
si te dijera que es algo privado? –preguntó ella en voz baja.
–Te
diría que no se lo diré a nadie –respondió él con el mismo tono de voz.
–¿Por
qué te voy a creer?
–Un
hombre no vale nada sin su palabra.
–Dime
por qué quieres saberlo.
Joseph
dudó un momento.
–Reconocí
lo que vi en tus ojos antes de que cerraras la puerta esta mañana. Lo he visto
antes.
–¿Qué
viste? –susurró ella.
–Resignación.
Ella
lo miró y parpadeó.
–Si
me conocieras bien, sabrías por qué no quiero hablar de ello. La gente tiene
secretos por algo.
Volvió
a su ordenador y Joseph miró en dirección a la calle y se preguntó qué haría él
si estuviera en su lugar. Seguramente lo mismo. De hecho, ya lo estaba haciendo.
Ambos se negaban a abrirse al otro.
–¿Quieres
otro café? –preguntó ella.
Joseph
negó con la cabeza.
–Creo
que iré a la comisaría a buscar fotos de Jack antes de que empiece mi turno.
Demi
suspiró pesadamente.
–Escarba
todo lo que quieras. Te digo desde ya que solo hay un modo de que te enteres y
ese modo no está ahora ni estará nunca a tu alcance.
–Ya
me estás desafiando otra vez.
Joseph
se levantó, puso una mano en la mesa y la otra en el respaldo de la silla de
ella. Cuando ella alzó la vista, él sonrió con la misma sensualidad que había
sonreído ella cuando hacía el numerito de las botas.
–Cuando
quiero algo, nada se interpone en mi camino –le dijo en voz baja e íntima–. Si
me lo pones difícil, lo desearé más y me esforzaré el doble por conseguirlo.
Así que puedes seguir haciendo lo que haces, pero no digas que no te lo he
advertido.
Retiró
las manos y se volvió. Ella podía interpretar sus palabras como quisiera. Si
llegaba a la conclusión de que no se refería solo al secreto que guardaba, él
no podría jurar que se equivocaba.
El
estilo gótico acabaría con ella o conseguiría que la detuvieran. Para empezar,
los pies la estaban matando, pero de haber sabido que acabaría recorriendo a
pie todo el barrio en busca de Jack, se habría cambiado. Y en lo referente a
ser detenida, tal vez se sintiera agradecida. Aunque los cargos tuvieran que
ver con pasar mucho tiempo parada en una esquina mientras intentaba averiguar
dónde se hallaba, podía consolarse pensando que estaba a salvo dentro de un
coche patrulla. Miró por encima del hombro y le pareció ver a alguien moverse
en las sombras. Apretó el paso.
Si
Joseph la veía allí le echaría un sermón.
Recordó
lo último que le había dicho en la cafetería. No era posible que hubiera
querido insinuar lo que ella imaginaba. Aunque lo peor había sido la reacción
de ella. En vez de enfadarse, se le había acelerado el pulso y había tenido que
apretar los muslos. Ningún hombre le había causado nunca un efecto erótico tan
inmediato.
Cruzó
de acera sujetándose con las manos el largo abrigo negro en un intento por
ocultar lo que llevaba debajo. Se detuvo delante de una puerta y miró el cartel
de neón antes de abrirla. Si Jack no estaba allí, no lo buscaría más.
–¡Vaya,
hola, guapa! ¿Quieres venir aquí y…?
Demi
miró de hito en hito al hombre que tenía delante.
–Llevo
spray de pimienta y no me da miedo usarlo.
No
llevaba, pero él no lo sabía.
–Mikey,
deja en paz a la señorita –dijo una voz desde detrás de la larga barra de
madera–. Está muy fuera de tu alcance.
Demi
se acercó sonriente.
–Hola,
Ben.
–Hola,
Demi. ¿Cómo está mi mejor chica?
–Bien.
¿Él está aquí?
Ben
asintió.
–En
la parte de atrás.
–¿Debe
algo?
–Tenemos
un trato contigo, ¿no?
–Gracias,
Ben.
Demi
se abrió paso entre la multitud con un suspiro. La esperaba la inevitable
discusión sobre si era hora de irse o no lo era. Sabía lo que diría él y las
excusas que pondría. Había vivido esa escena incontables veces.
Por
muy lejos que consiguiera alejarse de su pasado, siempre podía contar con que
Jack le recordaría sus raíces.
La
idea de que Joseph pudiera hacer lo mismo…
Se
riñó a sí misma. Ya estaba bien de pensar en él. Empezaba a tener la sensación
de que lo llevaba consigo a todas partes.
Joseph
apoyó la cabeza en la pared y frunció el ceño. Cualquier sentimiento de
culpabilidad que hubiera podido tener por haberla seguido desapareció a los
cinco minutos de que Demi llegara a su destino.
¿En
qué narices se había metido?
Esperó
a ver si salía del octavo bar a los dos minutos, como había hecho en los siete
primeros. Cuando pasaron veinte y estaba contemplando la idea de cruzar la
calle, se abrió la puerta.
El
hombre retrocedió un paso tambaleante mientras ella le ayudaba a meter el brazo
en la manga del abrigo. Luego Demi colocó el brazo de él sobre sus hombros, lo
tomó por la cintura y lo guió por la acera.
¿Qué
hacía con un hombre así? Aparte de que le doblaba la edad, no debería estar con
alguien al que tenía que ir a buscar por los bares. Una mujer tan guapa como
ella, tan lista como ella y que podía excitar tanto a los hombres...
Joseph
apretó los dientes con fuerza y pensó en buscar la estación de metro más
cercana. ¿Por qué le importaba lo que hiciera ella? Pero antes de que pudiera
alejarse, el hombre se tambaleó de lado, hizo chocar a Demi contra la pared y
algo se desató en el interior de Joseph.
Metió
una mano debajo del cuello para sacar la placa que llevaba colgada en una
cadena y cruzó la calle. Cuando llegó hasta ellos, puso una mano con firmeza en
el hombro de él y lo empujó un par de pasos hacia atrás.
–Policía
–apuntó a Demi con un dedo–. Y tú quédate donde estás.
Ella
lo miró con incredulidad.
–¿Ahora
te dedicas a seguirme?
–Soy
poli, ¿recuerdas? ¿Qué pensabas que iba a hacer?
–Eres
increíble.
–Y
tú eres muy afortunada de haber tenido un guardaespaldas las dos últimas horas
teniendo en cuenta dónde estás. ¿Por qué narices vienes aquí sola? ¿Sabes la
cantidad de disparos que hay a diario en este barrio? –el hombre dio un paso
tambaleante y Joseph lo miró con fijeza–. Yo que tú no lo haría, amigo. Yo te
diré cuándo puedes moverte.
El
hombre bajó la cabeza y habló con voz pastosa.
–No
puedes hablarle a mi…
–¡Cállate, Jack! –intervino
Demi. Miró a Joseph–. ¿Cómo te atreves?
–Oh,
me atrevo. Y tú me vas a decir qué es lo que pasa aquí o en la comisaría más
próxima. Es tu decisión.
–No
puedes detenerme.
–¿Quieres
apostar?
–No
he hecho nada.
–Muy
bien. Lo detendré a él para que pase la mona en una celda.
–No
lo hagas –ella suspiró–. Solo necesito llevarlo a casa.
Joseph
miró a Jack.
–¿Dónde
está?
–A
cuatro manzanas.
–Tú
dirige. Yo lo llevaré, y cuando lleguemos, tendremos una larga charla.
Joseph
tendió la mano y agarró la manga del otro hombre antes de que se cayera al
suelo.
–Vomítame
encima y juro que te detengo.
El
recorrido duró el doble de lo que hubiera sido normal. Cuando llegaron, Demi
metió al hombre en el baño de un apartamento de un dormitorio. Joseph paseó por
la sala de estar mientras esperaba. Hasta que algo atrajo su atención.
Se
detuvo delante de una estantería y tomó un certificado enmarcado que había sido
entregado a Jorja Elizabeth Dawson por buena asistencia en sexto curso. Alzó la
cabeza y descubrió una fotografía apoyada en un montón de libros. En ella
aparecía un Jack más joven delante de una noria con el brazo alrededor de los
hombros de una niña delgada, con coletas y una amplia sonrisa que mostraba que
le faltaban dos dientes.
Joseph
comprendió su error y se sintió como el mayor estúpido del mundo. Miró hacia el
pasillo y vio que Demi lo observaba en silencio.
–Es
tu padre –dijo.
–Sí
–respondió ella.
–Deberías
habérmelo dicho.
–Si
hubiera querido que lo supieras, lo habría hecho.
Él
devolvió el certificado al estante y se metió las manos en los bolsillos de los
vaqueros.
–¿Cuánto
tiempo hace que bebe?
–Desde
hace mucho –ella se encogió de hombros–. Hay un mes que es peor que los otros
once. Y casualmente ahora es ese mes.
Joseph
respiró hondo.
–Demi…
Se
abrió la puerta detrás de ella y apareció Jack. Joseph se adelantó.
–Le
debo una disculpa por el malentendido –le estrechó la mano–. Soy Joseph Jonas.
Un amigo de su hija.
Demi
hizo una mueca.
–Eso
es un poco exagerado, ¿no crees?
–Estaba
preocupado por ella.
–¿Desde
cuándo? –intervino Demi.
Joseph
la miró a los ojos.
–Creía
que estaba en un lío.
–Mi
Demi no –Jack hablaba con voz pastosa–. Es una buena chica –achicó los ojos–.
¿Tú eres poli?
–Sí.
De la Unidad de Servicios de Emergencia.
–Si
la gente necesita ayuda, llama a la policía –Jack sonrió–. Si los polis
necesitan ayuda, llaman a esa unidad.
–Así
es.
–¿Quieres
una copa?
–No
hay –intervino Demi–. Limpié esto anoche.
Joseph
negó con la cabeza.
–No,
gracias. Voy a acompañar a su hija a casa, si no le importa.
–No
es necesario –repuso ella.
Él
la miró a los ojos.
–Es
lo menos que puedo hacer –dijo con firmeza.
–De
acuerdo –ella sonrió con dulzura–. Podemos charlar por el camino. Mientras
ayudo a Jack a acostarse, ¿por qué no piensas en las cosas que me quieres
decir? –pasó un brazo alrededor de la cintura de su padre–. Vamos.
Cuando
salieron, Joseph levantó los ojos al cielo y respiró hondo.
Iba
a ser el viaje en metro más largo de su vida.
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