–Llevo mucho equipaje. Y no estoy
dispuesto a descargarlo sobre ti –él frunció el ceño, tanto por la confesión
como por lo ronco de su voz. No le gustaba ser tan débil.
–¿Crees
que eres el único que lleva equipaje?
–No.
Ella
le acarició el cuello.
–¿Te
cuento un secreto? –susurró.
Joseph
asintió.
–Te
deseo más de lo que nunca he deseado a nadie –Demi sonrió con sensualidad–.
Fantaseo contigo, con lo que haremos juntos y lo que sentiré. En este momento,
cuando estamos así, dudo de mis dudas.
Se
echó hacia delante y colocó los labios en el pulso del cuello de él. Una oleada
de calor recorrió el cuerpo de Joseph y se instaló en su entrepierna. Movió las
manos a la curva de la espina dorsal de ella y la movió en su regazo hasta
alinear sus cuerpos como pretendía la naturaleza. Ella se estremeció al
descubrir la erección de él y movió las caderas de un modo que a él le hizo
reprimir un gemido. La deseaba con una desesperación que no había conocido
nunca. De pronto tenía la sensación de que ella era un salvavidas y si no se
agarraba con fuerza…
Cuando
ella le susurró al oído, su cálido aliento le acarició la piel.
–Lo
que me da miedo es lo que siento cuando te oigo al otro lado de la pared y no
puedo ir a ti. Las veces en las que estás tan lejos de mí que siento que no
puedo tocarte.
Joseph
había vivido cosas similares, así que entendía el punto de vista de ella. Pero
nunca había estado en el otro lado.
Ella
se estremeció de nuevo.
–Necesito
saber que estás conmigo y que estamos en esto juntos.
Por
primera vez en su vida, él supo lo que era sentirse atrapado e indefenso. La
clase de fe que se necesitaba para ceder el control. Cuando iba a trabajar, no
se consideraba un héroe. Era solo un hombre que hacía su trabajo y fallaba más
a menudo de lo que le hubiera gustado. Los verdaderos héroes eran personas que
confiaban plenamente en otra persona y ponían la vida en sus manos.
–Yo
estoy aquí, Joe. Déjate ir.
Pero
Joseph no podía. Si se dejaba ir, se derribaría una montaña de sentimientos y
quedaría aplastado bajo su peso. Estaba demasiado desgastado, demasiado agotado
de combatir los demonios que lo llevaban al infierno noche tras noche. Si ella
supiera lo inepto que era, la cantidad de veces que había fallado a alguien que
lo buscaba…
–Demi…
–Calla
–ella lo besó en los labios una y otra vez.
Al
principio solo captó el sabor de ella y una sensación de gloria que no sabía
que se podía encontrar en la rendición. Luego ella movió las caderas, rozó su
calor contra la presión de los vaqueros de él y la lujuria estalló en su cuerpo
con la fuerza de una carga explosiva.
Joseph
apartó la boca y murmuró:
–Dime
que me vaya.
–No
–ella sonrió–. Hazme el amor. Llévame a la cama.
Era
la orden más dulce que le habían dado nunca.
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«Mezclar y combinar puede resultar
desastroso si no lo haces bien. Pero si te apartas de tus combinaciones
habituales, puede que descubras algo único».
ÉL,
AL despertar, abrió los ojos despacio y Demi le sonrió.
–Buenos
días, dormilón.
–Buenos
días –repuso la voz profunda de él–. ¿Qué hora es?
–Es
sábado y creo que no entras a trabajar hasta medianoche –ella se incorporó
sobre el codo y apoyó la cabeza en la mano–. He estado pensando…
–Oh,
oh.
–¿Sabes
lo que no he hecho nunca?
–¿Pasarte
la noche despertando a alguien para poder dormir tú?
–Nunca
me he pasado el día en la cama con un hombre sexy desnudo –confesó ella con un
suspiro dramático–. ¿Tú sabes dónde podría encontrar uno?
–Prefiero
no empezar el día pegándole a alguien.
–Entonces
supongo que tendré que conformarme contigo.
Él
sonrió perezosamente.
–¿Por
qué?
–¿Porque
eres el único hombre desnudo aquí?
–Quiero
decir por qué nunca has pasado el día con un hombre sexy desnudo.
–Soy
adicta al trabajo –repuso ella–. Es triste, lo sé.
–No
–susurró él–. Solo sorprendente.
–Mi
trabajo es algo más que sentarme en una cafetería tres veces por semana.
–No
lo dudo –él se desperezó–. Lo que me cuesta creer es que no lo haya intentado
otro hombre.
Demi
reprimió una sonrisa.
–Corrígeme
si me equivoco, pero ¿tú no estabas convencido hasta hace poco de que los
hombres me echaban de sus casas en mitad de la noche?
–Eso
era antes de conocerte mejor.
–¿Y
crees que ahora me conoces mejor?
–Espero
que sí –él respiró hondo.
La
besó en la boca y ella sintió calor enseguida. Tenía la piel muy sensible, como
si todos los lugares donde él la había tocado y besado hubieran quedado
marcados por sus caricias. Durante años no habían sido capaces de mantener una
conversación y parecía que habían aprendido a comunicarse sin palabras en una
noche. Él apartó la boca de la de ella para trazar un camino de besos por su
cuello y acariciar su cuerpo desde la cadera hasta la cintura. Un ronroneo de
placer pecaminoso recorrió el cuerpo de ella en respuesta.
Demi
se sintió embargada por un estallido de pura alegría. Seguía sin saber por qué
había cambiado su relación, pero eso ya no importaba.
Lo
único que importaba era que él parecía tan feliz como se sentía ella.
Más
allá de la felicidad, sentía también una ternura irresistible. No sabía si
procedía de él o de ella. Pasó los dedos por el asomo de barba mañanera de él y
observó con la mirada las distintas sombras de azul de sus maravillosos ojos.
Jamás olvidaría cómo la había mirado él cuando sus cuerpos se habían unido.
Tenía la impresión de que le hubiera dado algo que ella no tenía que devolver
nunca. Aunque sería inútil negar que ella le había dado algo a su vez.
Por
primera vez, en lugar de permitir que alguien ocupara un pequeño lugar de su
corazón, había entregado una parte.
La
emoción le oprimió la garganta sin previo aviso. Dejarlo sería una de las cosas
más difíciles que había tenido que hacer en su vida. ¿Cómo le iba a decir que
se marchaba si no podía suavizarlo con la confesión de que no quería irse? Lo
echaría de menos. Pero había estado sola antes y podía volver a estarlo. No
tenía elección. No podía reemplazar el sueño que tenía al alcance con uno que
nunca podría…
–¿Qué
pasa? –preguntó él.
Demi
lo besó en los labios. No quería que aquello acabara.
En
ausencia de sinceridad, optó por buscar ligereza.
–¿Sabes
qué he pensado? –murmuró–. Que algunas de las cosas que hiciste anoche ha
tenido que enseñártelas una mujer.
–No
entres en eso –murmuró él.
–Estoy
pensando en una mujer mayor, un Joe más joven…
Él
sonrió.
–¿Celosa?
–Puesto
que yo me llevo los beneficios, estaba pensando más bien en enviarle una
tarjeta de agradecimiento.
–¿Qué
te hace pensar que no es conocimiento innato o que estoy inspirado?
–Lo
de inspirado está bien. Yo que tú optaría por eso.
Él
colocó un brazo bajo la cabeza de ella y le lanzó una sonrisa depredadora.
–Este
día en la cama… ¿solo cuenta si es en la cama?
Ella
bajó las pestañas.
–¿En
qué estás pensando?
–En
este caso, es mejor demostrar que hablar –respondió él.
Joseph
se sentía mejor que en… en mucho tiempo.
La
primera prueba de lo bien que les iba llegó en su tercera noche juntos. Cuando
él abrió los ojos, vio que ella lo miraba con miedo. Pero el miedo no era por
ella, sino por él. Joseph sintió cómo lo calmaba con susurros. Pero cuando se
miró las manos y vio la fuerza con que sujetaba los brazos de ella, se sintió
horrorizado. ¿Qué hacía? La idea de que pudiera dejarle una marca en la piel le
provocó náuseas y supo que tenía que alejarse de ella enseguida.
Ella
no intentó detenerlo cuando le dijo que se iba, pero antes de que saliera le
preguntó con suavidad:
–¿Qué
significa?
Él
se quedó inmóvil en el umbral.
–¿Qué
significa el qué?
–No
dejabas de repetir que necesitabas dos más. ¿Dos qué?
Joseph
se alejó sin contestar. Pero a pesar de su intención de poner distancia entre
ellos, volvió después del trabajo. Decidido a demostrarle lo mucho que la
necesitaba e incapaz de decirlo en voz alta, la besó y la llevó directamente a
la cama. Ocho horas después, estaba en condiciones de volver a trabajar y se
prometió que le daría una tarde que ella no pudiera olvidar.
En
ese momento observaba una sesión de fotos apoyado en un árbol de Central Park y
absorbía los detalles de un mundo del que no sabía nada. Demi se mostraba
animada y entusiasta, resplandecía como si habitara algún reino secreto mágico.
Era obvio que amaba lo que hacía; se notaba en sus ojos.
–Ya
hemos terminado, chicos y chicas.
Modelos
y ayudantes emitieron un suspiro de alivio; el fotógrafo tendió la mano a Demi
y movió los dedos.

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