Bajó
la cabeza y ordenó las migas de su plato con el tenedor. Si le preguntaba qué
causaba las pesadillas, él no se lo diría. Hasta ahí, todo normal. Lo raro era
que ella no había sentido la necesidad de hablarlo con su hermana. Su familia
lo quería. Si él luchaba con algo que había vivido durante su destino militar,
querrían ayudarlo todo lo posible. Aunque Joseph no se lo pondría fácil.
Y Demi
tenía cada vez más la impresión de que el hombre que tan antipático le
resultaba no había vuelto a casa y otro había ocupado su lugar. Uno con el que
podía empatizar y al que quería conocer mejor.
Aquello
era muy raro.
–Tierra
a Demi.
–Todo
bien –respondió ella. Tomó un bocado de tarta–. Elige esta.
Selena
la miró divertida.
–Eso
mismo has dicho de las dos últimas.
Demi
ladeó la cabeza.
–Recuérdame
otra vez por qué haces esto conmigo en vez de con Blake.
–Porque
a él le interesa más la luna de miel que la tarta de boda.
Demi
tomó un segundo bocado de la tarta de chocolate.
–He
mentido. Elige esta.
–Sabes
que el chocolate es un sustituto del sexo –comentó Miley–. Es una cuestión de
endorfinas.
–Es
más que eso –respondió Demi–. No tienes que preocuparte de si el chocolate te
llamará; nunca te da plantón y no le importa hacerte compañía el viernes por la
noche –suspiró de contento y tomó otro bocado–. El chocolate es mejor que el
sexo.
Miley
hizo una mueca.
–¡Y
unas narices!
–Es
joven –comentó Selena–. Aprenderá.
–Si
lo probara de vez en cuando, aprendería mucho antes.
–Los
espanta.
Demi
movió el tenedor en el aire.
–Sigo
aquí, ¿vale?
Ella
no tenía la culpa de asustar a los hombres. Era una mujer con mucha más
experiencia de la vida de lo que hubiera sido normal en sus veinticuatro años.
Una mujer independiente y trabajadora, centrada en su carrera. Si había que
hacer horas extra, se ofrecía ella. En las fiestas familiares en las que la
gente no quería trabajar, se ofrecía ella. Y además de su carrera, no ocultaba
que no le interesaba tener una relación, aunque no estuviera dispuesta a
explicar por qué. A los hombres les resultaba difícil imaginar que los
necesitara para algo más que una cosa. Aunque, en justicia, había muchos a los
que eso no les parecería un problema.
Hubo
un pequeño debate sobre los méritos de una crema de vainilla antes de que Miley
preguntara:
–¿Qué
tal nuestro nuevo vecino?
–Para
que fuera «nuestro vecino», tendrías que estar allí más de una vez por semana –Demi
sonrió con dulzura.
–Si
necesitas refuerzos, solo tienes que gritar.
–A
ti te cae bien Joseph.
–Joseph
cae bien a todos menos a ti –Miley se encogió de hombros–. Es lo que es y no
pide disculpas por ello. Eso tiene su mérito.
–No
hay nada oculto en él –asintió Selena–. De niño su franqueza le traía
problemas, pero todos confiábamos en él.
Demi
guardó silencio. La tarta de chocolate se había terminado.
–¿Has
tomado ya una decisión? –preguntó.
–Me
inclino por distintas capas de estas tres –Selena señaló los platos más vacíos
con el tenedor.
–¿Qué
es lo siguiente de la lista?
–Las
flores.
La
conversación volvió a los planes de boda y salieron de la pastelería para
dirigirse al metro. Cuando pasaban por la biblioteca pública, Miley miró hacia
los escalones situados delante de las grandes columnas griegas; varios hombres
con casco y chalecos antibalas estaban reunidos alrededor de uno de los leones
de piedra.
–¿Ese
no es Joe?
Selena
y Miley avanzaron hacia él y Demi no tuvo más remedio que admitir, de mala
gana, que el uniforme le sentaba de maravilla y le daba un aura de peligro. Por
otra parte, ella siempre había sabido que él podía ser peligroso. Podía atraer
a las mujeres con una sonrisa y acobardar a los hombres con solo una mirada.
Ella había visto una vez aquella mirada. ¿Cuándo? ¿En el treinta cumpleaños de
Tyler, al que sí se había dignado acudir? Sí, había sido allí donde un imbécil
había cometido el error de tratar mal a su novia delante de él. Joseph solo
había tenido que mirarlo y pedirle que respetara a la señorita y el hombre
había dado marcha atrás y murmurado una disculpa.
Demi
se preguntó por qué había hecho falta que lo viera de uniforme para que
recordara que se había sentido impresionada por eso.
Él
las saludó con una inclinación de cabeza.
–Señoritas…
Lanzó
una mirada a la ropa que llevaba Demi. Aunque la mirada duró menos que un
suspiro, fue seguida de un parpadeo y a continuación la miró a los ojos y le
hizo sentirse… vulnerable. No sabía a qué se debía, pero sospechaba que podía
deberse al hecho de recordar cosas que habría preferido olvidar.
Miley
soltó una risita.
–Hola,
Joe.
–Hola,
guapísima.
Demi
alzó los ojos al cielo al ver la reacción de su amiga a la sonrisa de él y fijó
la vista en la multitud para no tener que estar pendiente de Joseph.
El
corazón se le bajó a los talones.
–Tengo
que irme.
–Pero
¿no íbamos a mirar las flores?
Demi
miró a Selena a los ojos.
–Te
llamo luego –dijo con el tono de voz que implicaba un mensaje oculto.
–De
acuerdo.
Demi
se alejó sin mirar a Joseph, pero sintió la mirada de él en la espalda cuando
se mezclaba con la multitud. La sensación que le producía ayudaba a explicar
que tuviera un secreto con la hermana de él. Solo alguien con un secreto propio
podía entender lo que implicaba sacarlo a la fría luz del día. Fijó la vista en
la figura que veía moverse en el parque y se bloqueó emocionalmente en
preparación para el encuentro.
Era
el único modo de poder afrontar aquello.
El
sueño empezaba unas horas antes del amanecer. Caras nuevas, un escenario
distinto, pero el resultado era siempre el mismo. Cuando volvió a la realidad
con el pulso latiéndole con fuerza y el corazón desbocado, Joseph se preguntó
por qué le sorprendían los últimos añadidos. Al maldito sueño le encantaban las
ampliaciones.
Se
puso el pantalón de chándal y lanzó un juramento cuando se golpeó el dedo del
pie con una caja de camino a la cocina. Cuando buscaba el interruptor de la
luz, se quedó paralizado. Abrió la puerta del apartamento y Demi se sobresaltó
y dejó caer las llaves.
–¡Maldita
sea, Joseph! –exclamó.
Él
se apoyó en el dintel y se cruzó de brazos.
–¿Trasnochas
o madrugas?
La
pregunta no necesitaba respuesta, pues ella llevaba la misma ropa que en el
exterior de la biblioteca. Apartó la vista del trasero perfecto embutido en
pantalones negros ceñidos que terminaban en mitad de la pantorrilla.
Demi
se volvió a mirarlo con el ceño fruncido y fijó la vista en el centro del pecho
de él. Joseph sintió una corriente eléctrica recorrer su cuerpo desde el punto
de impacto. El hecho de que ella siguiera mirando no ayudó, sino que hizo que
la sangre fluyera a su entrepierna.
–¿No
se te ha ocurrido pensar que tener un policía de vecino puede implicar que te
reciba con su arma reglamentaria si te oye merodeando en la oscuridad?
–La
luz está encendida –argumentó ella.
–Él
te ha echado de su casa, ¿verdad?
–¿A
qué viene esta repentina obsesión por mi vida sexual? –ella lo miró a los
ojos–. Si no te conociera, pensaría que llevas tiempo sin hacerlo.
Joseph
llevaba más tiempo del que estaba dispuesto a admitir, pero no podía compartir
mucho tiempo el lecho con una mujer; era mucho mejor largarse antes de correr
el riesgo de quedarse dormido y ponerse en ridículo.
–¿No
es un poco viejo para ti?
Ella
parpadeó.
–¿De
quién estamos hablando?
–Del
hombre que estaba contigo en Bryant Park.
–¿Qué
hombre?
Joseph
no se rendía tan fácilmente.
–El
hombre con el que has discutido antes de arrastrarlo hacia la estación de
metro.
–¿Me
has estado espiando?
–¿Crees
que cuando voy de uniforme tengo que ignorar lo que ocurre a mi alrededor?
Ella
suspiró pesadamente y se volvió.
–No
tengo energía para esto.
–Es
miércoles. Seguiremos en la cafetería.
–No,
de eso nada.
Cuando
ella abrió la puerta, Joseph vio que hundía los hombros como si le hubiera
costado un gran esfuerzo disimular lo agotada que estaba y la proximidad de su
casa le permitiera relajarse.
Demi
se volvió un momento a mirarlo y lo que él vio en sus ojos le hizo fruncir el
ceño. Lo reconoció porque lo había visto en los ojos de soldados en combate y
de hombres que llevaban demasiado tiempo trabajando de policías.
Si
los ojos de una persona eran de verdad el espejo del alma, una parte de la de
ella estaba a punto de renunciar a la lucha.
Sin
darse cuenta, él dio un paso al frente impulsado por la necesidad de decir
algo, pero incapaz de encontrar las palabras. Con los hombres con los que había
trabajado no se necesitaban. Había una comprensión silenciosa, una empatía
nacida de experiencias compartidas. Un gesto de asentimiento podía decir tanto
como un centenar de palabras. Una broma o un comentario sin importancia eran
bienvenidos. Pero alguien tan lleno de vida como Demi no debería…
La
puerta de ella se cerró y Joseph tomó una decisión. Tampoco podía hacer otra
cosa. Si ella tenía problemas y su familia sabía que no había hecho nada, le
arrancarían la piel. Respiró hondo, retrocedió y cerró la puerta. Necesitaría
unas horas más de sueño, con suerte ininterrumpido, para preparar la batalla.
Al
día siguiente se aventuraría en territorio enemigo.

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