La soltó y se puso en pie. Aunque
había cosas que no podía darle, le gustaba creer que podía compensarlas con
otras. Quería cuidar de ella, no por un sentido del deber unido a su trabajo ni
de la responsabilidad por la relación de ella con su familia. Curiosamente,
tampoco era solo porque ella le importaba, aunque no podía negar que le
importaba. No, era simplemente porque ella era Demi.
Era
tan sencillo y tan complicado como eso.
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«Las frases de los almanaques tienen mucho
de verdad. Por ejemplo esta: ¿Cuántos caminos tiene que recorrer un hombre
antes de admitir que se ha perdido?».
LA
ESTABA volviendo loca.
–¿Puedes
dejar de hacer eso? –le dio un golpe en la mano.
–¿Recoger
después de cenar no es una de las cosas que te dan puntos?
–Por
lo que sabes, yo podría ser una maniática del orden.
Joseph
miró a su alrededor en el apartamento de ella.
–Eso
no puede ser fácil en la cueva de Aladino.
Demi
se sintió ofendida.
–La
gente que vive en un apartamento más de un puñado de meses tiene tendencia a
hacer que parezca un hogar.
Joseph
se apoyó en la encimera.
–Al
parecer, también se hace amiga de todas las personas que viven en un radio de
dos manzanas. Deberías tener más cuidado viviendo sola. El tipo del restaurante
chino sabe tu nombre y dónde vives.
–Tradicionalmente
es así como te entregan la comida –dijo ella con sequedad, mientras doblaba los
bordes de las cajas–. ¿Tú ves asesinos en serie por todas partes? Porque yo me
fío de mi primera impresión de la gente. Suele ser cierta hasta que interviene
la cabeza. Deberías probarlo alguna vez.
–¿Recuerdas
la primera vez que nos vimos?
Demi
suspiró.
–Recordar
las cosas que nos hicieron empezar a discutir probablemente no es buena idea en
este momento.
–No
puede ser peor que el humor del que estás desde que he llegado. Cuando quieras
decirme cuál es el problema, avísame –él se metió las manos en los bolsillos de
los vaqueros y continuó la conversación–. Nos conocimos el fin de semana del
Cuatro de Julio en el que Selena te trajo a casa.
No,
no era así. Si ella estuviera de mejor humor, podría haberle dicho dónde se
habían conocido.
–Entonces
eras más callada –dijo él.
–Es
difícil meter baza cuando toda tu familia está reunida.
–Una
habitación llena de policías suele ser demasiado para algunas personas.
Demi
asintió.
–Eso
también.
–Solo
debería ser un problema si te sientes culpable.
Ella
hizo una mueca.
–Es
difícil evitar la culpabilidad cuando estás en un sitio que sabes que no es el
tuyo.
–¿Era
eso lo que sentías?
–Yo
entonces no encajaba en ningún sitio.
–¿Y
ahora?
–Me
gusta creer que he conquistado mi pequeño rincón del mundo. Tú deberías
probarlo alguna vez.
–¿Crees
que no lo he hecho?
Demi
evitó su mirada.
–El
montón de cajas sin abrir en tu apartamento sugiere otra cosa.
–Es
un alquiler temporal, ¿recuerdas?
Sí,
ella lo recordaba. Eso aceleraba la cuenta atrás y contribuía al remordimiento
que sentía por haber aceptado el encargo que le habían dado aquella tarde.
Joseph
había empezado a ponerle mensajes cuando ella estaba en la redacción
preparándose para una reunión editorial. Al principio había sido una
continuación del juego de las palabras, pero habían seguido mensajes de
contenido sexual.
Estaba
casi sonrojada cuando apareció la editora y le preguntó si podían hablar un
momento. Luego le había preguntado si estaba disponible para un encargo
importante y Demi había dicho que sí antes de darse tiempo a considerar de qué
se trataba.
Miró
a su alrededor en el apartamento y frunció el ceño.
–¿Tú
no quieres un lugar que puedas llamar tu casa?
–Viva
donde viva, Nueva York es mi casa.
Demi
no estaba de acuerdo. Ella había vivido siempre en la ciudad, pero como había
dormido cuatro semanas de ese tiempo en un paso subterráneo, conocía la
diferencia entre vivir en alguna parte y tener una casa. Lo miró a los ojos.
–¿Qué
es lo que más te gusta de aquí? –preguntó.
Él
pensó un momento.
–Cuando
trabajas en Nueva York, ves a la gente cara a cara. No es como California,
donde te pasas la mitad de tu vida en el coche, ni como en ultramar, cuando
luchas con un enemigo sin ni siquiera mirarlo a los ojos.
–¿Cuándo
estuviste tú en California?
–Estuve
destinado en San Diego con los marines.
–Has
dicho «cuando trabajas» en Nueva York. ¿Qué es lo que te gusta de vivir aquí?
–Es
la misma respuesta.
–¿Nada
más?
–Puedes
probar a decirme qué es lo que buscas –replicó él. Sonrió.
Demi
tragó un nudo que tenía en la garganta. No se merecía que Joseph le sonriera
porque no lo había tratado bien desde que llegara. Y él no tenía la culpa de
que su cabeza estuviera hecha un lío.
–¿Y
no estás harto de vivir rodeado de cajas?
–Olvidas
que hasta hace poco, esas cajas estaban almacenadas. Todo lo que necesitaba lo
llevaba a la espalda.
–Todo
lo que necesitaba un marine –clarificó ella–. Ahora estás aquí. No puedes
decirme que no te ha gustado ninguno de los apartamentos en los que has estado.
–Algunos
sí.
–¿Y
por qué no…? –ella se interrumpió–. Te mudas por las pesadillas, ¿verdad? En
cuanto te oyen o crees que te han oído… –sabía que acertaba, pero no tenía
sentido. Él se había movido de un lugar a otro desde que lo conocía–. ¿Ocurrió
algo cuando estabas en la guerra?
–No
es la primera vez que haces esa pregunta –él achicó los ojos–. ¿Por qué crees
que pasó algo?
–Si
no fue así, ¿de dónde salen las pesadillas?
–¿Por
qué no intentamos olvidarlas?
–¿Volver
a fingir que no lo sé? –ella lo miró con incredulidad–. ¿Tú puedes hacerlo?
–Puedo
más fácilmente si no sacas el tema.
–¿Desde
cuándo las tienes?
Joseph
no contestó.
–¿Qué
ha sido de lo de intentar comunicarnos mejor? –preguntó ella.
–La
teoría que había detrás de eso era que no discutiríamos tanto –él hizo una
mueca–. Por si no te has dado cuenta, presionarme ahora tendrá el efecto
contrario.
–Si
una discusión es lo que hace falta para que hables conmigo, tendremos una.
–Los
dos sabemos que tienes ganas de pelea desde que llegué yo.
Y
la sensación de que él volvía a alejarse no ayudaba mucho.
–¿Desde
cuándo, Joseph? –preguntó con frustración.
–¿Por
qué no salgo y vuelvo a entrar y empezamos la velada de cero?
–Te
guste o no, hemos estado juntos en esas pesadillas desde que te mudaste aquí.
–¿Ahora
utilizas la culpabilidad para hacerme hablar?
–¿Tienes
idea de lo difícil que es oírte sufrir tanto? –ella frunció el ceño–. Me paso
la mitad de la noche esperando que empiece y cuando empieza, es un infierno.
Joseph
apretó los labios de un modo que sugería que no quería hablar nunca de aquello
y Demi deseó abofetearlo. No le importaba saber que a ella también le costaría
mucho hablar de ciertas cosas. Ella quería ayudar, ofrecer consuelo o
simplemente escuchar. No sentirse alejada de él cuando les quedaba ya tan poco
tiempo.
–Ayer
tú querías una razón de por qué todavía ayudo a Jack, ahora te pido yo una
respuesta. ¿Cuánto hace?
Sospechaba
que no podría meterse en una pelea sin que salieran otras cosas en el calor del
momento. Cosas de las que no estaba preparada a hablar todavía. Evitó la mirada
helada de él y señaló el otro lado de la habitación.

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