sábado, 23 de marzo de 2013

┊εїз*~ El Hombre Ideal Cap: 18 *~┊εїз

La soltó y se puso en pie. Aunque había cosas que no podía darle, le gustaba creer que podía compensarlas con otras. Quería cuidar de ella, no por un sentido del deber unido a su trabajo ni de la responsabilidad por la relación de ella con su familia. Curiosamente, tampoco era solo porque ella le importaba, aunque no podía negar que le importaba. No, era simplemente porque ella era Demi.
        Era tan sencillo y tan complicado como eso.
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        «Las frases de los almanaques tienen mucho de verdad. Por ejemplo esta: ¿Cuántos caminos tiene que recorrer un hombre antes de admitir que se ha perdido?».
        LA ESTABA volviendo loca.
        –¿Puedes dejar de hacer eso? –le dio un golpe en la mano.
        –¿Recoger después de cenar no es una de las cosas que te dan puntos?
        –Por lo que sabes, yo podría ser una maniática del orden.
        Joseph miró a su alrededor en el apartamento de ella.
        –Eso no puede ser fácil en la cueva de Aladino.
        Demi se sintió ofendida.
        –La gente que vive en un apartamento más de un puñado de meses tiene tendencia a hacer que parezca un hogar.
        Joseph se apoyó en la encimera.
        –Al parecer, también se hace amiga de todas las personas que viven en un radio de dos manzanas. Deberías tener más cuidado viviendo sola. El tipo del restaurante chino sabe tu nombre y dónde vives.
        –Tradicionalmente es así como te entregan la comida –dijo ella con sequedad, mientras doblaba los bordes de las cajas–. ¿Tú ves asesinos en serie por todas partes? Porque yo me fío de mi primera impresión de la gente. Suele ser cierta hasta que interviene la cabeza. Deberías probarlo alguna vez.
        –¿Recuerdas la primera vez que nos vimos?
        Demi suspiró.
        –Recordar las cosas que nos hicieron empezar a discutir probablemente no es buena idea en este momento.
        –No puede ser peor que el humor del que estás desde que he llegado. Cuando quieras decirme cuál es el problema, avísame –él se metió las manos en los bolsillos de los vaqueros y continuó la conversación–. Nos conocimos el fin de semana del Cuatro de Julio en el que Selena te trajo a casa.
        No, no era así. Si ella estuviera de mejor humor, podría haberle dicho dónde se habían conocido.
        –Entonces eras más callada –dijo él.
        –Es difícil meter baza cuando toda tu familia está reunida.
        –Una habitación llena de policías suele ser demasiado para algunas personas.
        Demi asintió.
        –Eso también.
        –Solo debería ser un problema si te sientes culpable.
        Ella hizo una mueca.
        –Es difícil evitar la culpabilidad cuando estás en un sitio que sabes que no es el tuyo.
        –¿Era eso lo que sentías?
        –Yo entonces no encajaba en ningún sitio.
        –¿Y ahora?
        –Me gusta creer que he conquistado mi pequeño rincón del mundo. Tú deberías probarlo alguna vez.
        –¿Crees que no lo he hecho?
        Demi evitó su mirada.
        –El montón de cajas sin abrir en tu apartamento sugiere otra cosa.
        –Es un alquiler temporal, ¿recuerdas?
        Sí, ella lo recordaba. Eso aceleraba la cuenta atrás y contribuía al remordimiento que sentía por haber aceptado el encargo que le habían dado aquella tarde.
        Joseph había empezado a ponerle mensajes cuando ella estaba en la redacción preparándose para una reunión editorial. Al principio había sido una continuación del juego de las palabras, pero habían seguido mensajes de contenido sexual.
        Estaba casi sonrojada cuando apareció la editora y le preguntó si podían hablar un momento. Luego le había preguntado si estaba disponible para un encargo importante y Demi había dicho que sí antes de darse tiempo a considerar de qué se trataba.
        Miró a su alrededor en el apartamento y frunció el ceño.
        –¿Tú no quieres un lugar que puedas llamar tu casa?
        –Viva donde viva, Nueva York es mi casa.
        Demi no estaba de acuerdo. Ella había vivido siempre en la ciudad, pero como había dormido cuatro semanas de ese tiempo en un paso subterráneo, conocía la diferencia entre vivir en alguna parte y tener una casa. Lo miró a los ojos.
        –¿Qué es lo que más te gusta de aquí? –preguntó.
        Él pensó un momento.
        –Cuando trabajas en Nueva York, ves a la gente cara a cara. No es como California, donde te pasas la mitad de tu vida en el coche, ni como en ultramar, cuando luchas con un enemigo sin ni siquiera mirarlo a los ojos.
        –¿Cuándo estuviste tú en California?
        –Estuve destinado en San Diego con los marines.
        –Has dicho «cuando trabajas» en Nueva York. ¿Qué es lo que te gusta de vivir aquí?
        –Es la misma respuesta.
        –¿Nada más?
        –Puedes probar a decirme qué es lo que buscas –replicó él. Sonrió.
        Demi tragó un nudo que tenía en la garganta. No se merecía que Joseph le sonriera porque no lo había tratado bien desde que llegara. Y él no tenía la culpa de que su cabeza estuviera hecha un lío.
        –¿Y no estás harto de vivir rodeado de cajas?
        –Olvidas que hasta hace poco, esas cajas estaban almacenadas. Todo lo que necesitaba lo llevaba a la espalda.
        –Todo lo que necesitaba un marine –clarificó ella–. Ahora estás aquí. No puedes decirme que no te ha gustado ninguno de los apartamentos en los que has estado.
        –Algunos sí.
        –¿Y por qué no…? –ella se interrumpió–. Te mudas por las pesadillas, ¿verdad? En cuanto te oyen o crees que te han oído… –sabía que acertaba, pero no tenía sentido. Él se había movido de un lugar a otro desde que lo conocía–. ¿Ocurrió algo cuando estabas en la guerra?
        –No es la primera vez que haces esa pregunta –él achicó los ojos–. ¿Por qué crees que pasó algo?
        –Si no fue así, ¿de dónde salen las pesadillas?
        –¿Por qué no intentamos olvidarlas?
        –¿Volver a fingir que no lo sé? –ella lo miró con incredulidad–. ¿Tú puedes hacerlo?
        –Puedo más fácilmente si no sacas el tema.
        –¿Desde cuándo las tienes?
        Joseph no contestó.
        –¿Qué ha sido de lo de intentar comunicarnos mejor? –preguntó ella.
        –La teoría que había detrás de eso era que no discutiríamos tanto –él hizo una mueca–. Por si no te has dado cuenta, presionarme ahora tendrá el efecto contrario.
        –Si una discusión es lo que hace falta para que hables conmigo, tendremos una.
        –Los dos sabemos que tienes ganas de pelea desde que llegué yo.
        Y la sensación de que él volvía a alejarse no ayudaba mucho.
        –¿Desde cuándo, Joseph? –preguntó con frustración.
        –¿Por qué no salgo y vuelvo a entrar y empezamos la velada de cero?
        –Te guste o no, hemos estado juntos en esas pesadillas desde que te mudaste aquí.
        –¿Ahora utilizas la culpabilidad para hacerme hablar?
        –¿Tienes idea de lo difícil que es oírte sufrir tanto? –ella frunció el ceño–. Me paso la mitad de la noche esperando que empiece y cuando empieza, es un infierno.
        Joseph apretó los labios de un modo que sugería que no quería hablar nunca de aquello y Demi deseó abofetearlo. No le importaba saber que a ella también le costaría mucho hablar de ciertas cosas. Ella quería ayudar, ofrecer consuelo o simplemente escuchar. No sentirse alejada de él cuando les quedaba ya tan poco tiempo.
        –Ayer tú querías una razón de por qué todavía ayudo a Jack, ahora te pido yo una respuesta. ¿Cuánto hace?
        Sospechaba que no podría meterse en una pelea sin que salieran otras cosas en el calor del momento. Cosas de las que no estaba preparada a hablar todavía. Evitó la mirada helada de él y señaló el otro lado de la habitación.

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