“¿De
qué se quejan principalmente los recién casados en luna de miel?”, preguntó Demi
Lovato, cuando siguió a Joe Jonas al dormitorio que según él estaba embrujado.
La luz de la luna llenaba la habitación a través de las ventanas que daban al
campo galés, dando un aire sereno y plateado.
“Sí.”
Joe era aprensivo sobre que un espíritu habitara en esa casa solariega que
había convertido en una posada de lujo. “Fue por causa de los fantasmas, ellos nunca consiguen
terminar… um… lo que estaban haciendo. Si sabes lo que quiero decir.”
Demi
sin duda lo sabía. Si nada más, el brillo de los ojos cafés claro de Joe lo
indicaban. Aquel brillo que también agitaba sus deseos de culminar lo que había
iniciado entre ellos cuando trabajaba en su empresa de bienes raíces en
Londres. En aquel entonces, se había resistido a sus intentos de seducción,
alegando que no era ético que un hombre intentara ligar con una mujer que había
contratado. Sin embargo, tres años más tarde, ella ya no trabajaba para él, y
en el momento que lo vio esta noche, supo que sus sentimientos por él no habían
cambiado. Pero no estaba dispuesta a actuar hasta que él lo sintiera también.
No tenía sentido hacer el ridículo otra vez.
“Es
una habitación preciosa”, dijo caminando hasta el centro de la misma. Con vigas
de madera, a la vista en los altos techos, daban una ilusión de intimidad,
mientras que los cortinajes carmesí de la cama con dosel daban riqueza a la
decoración. Tapices antiguas colgaban en las paredes de piedra entre las
amplias ventanas con parteluz que tenían mullidos asientos bajo las ventanas.
“Completamente donde me gustaría disfrutar de mi luna de miel.”
Joe
metió las manos en los bolsillos de sus vaqueros, al darse cuenta de la baja
mirada de Demi. Ella se sonrojó, cuando se dio cuenta que lo miraba fijamente,
buscando el signo más evidente de sus sentimientos por ella, por lo menos los
efectos físicos, no habían cambiado en los últimos años.
No
podría decir. Sin embargo, tenía la esperanza. Si, Joe pudo resistirla en el
pasado, pero nunca negó que la deseara. De hecho, después de que lo hubiera
besado apasionadamente su última noche juntos, él había admitido su potente
atracción por ella. Pero había sido firme en que nada podría resultar de la
misma.
“Si
en cualquier otro momento te gustaría pasar una noche aquí, la tienes, sencillamente
di cuando”, le dijo, su voz cargada de lo que ella esperaba que significara
algo más.
Alcanzando
la cama, ella pasó una mano por la colcha gris pálida. El terciopelo cosquilleó
en su palma, casi tan fuerte como su tono cosquilleó en aquel punto bajo su
vientre. “Creo que esta noche podría ser una buena. Para cazar el fantasma, por
supuesto.”
“Por
supuesto.”
Cuando
su mirada barrió hacia abajo, por su cuerpo, haciendo una pausa en sus pechos,
ella se mordió su labio inferior. ¿Se había vestido demasiado provocativamente?
En el momento que se dio cuenta de quién llamaba a su oficina la mañana
anterior, decidió que su equipo habitual de cazar fantasmas, un pantalón caqui
y un suéter negro, no serviría. ¿Pero había sido demasiado, unos vaqueros muy
ceñidos y una blusa de seda roja? ¿Era demasiado obvia?
Su
sonrisa apreciativa la convenció que había hecho una buena elección. Oh, sí.
Había esperanzas.
Apartando
su propia mirada sonriente, ella revolvió dentro del bolso de cuero que colgaba
de su hombro izquierdo y sacó su metro K2. Las luces intermitentes, destellaron
brevemente cuando lo encendió y luego se hicieron más oscuras. Comenzó a
moverse por la habitación, mirando las luces en el dispositivo, buscando
cualquier señal de energía electromagnética que pudiera indicar la presencia de
un espíritu.
“¿Qué
es eso?”, preguntó Joe.
Los
tacones de sus botas hacían un fuerte y decidido ruido contra el suelo de roble
cuando la siguió, y ella no pudo dejar de mirarlo. Llevaba un suéter amarillo
cremoso sobre sus vaqueros negros, y su escote en V, revelaba sólo un poco del
vello en su pecho. Había visto su pecho desnudo en su última noche en el
infierno de Londres, prácticamente le había arrancado la camisa del cuerpo, y
el recuerdo de su beso causó otro delicado tirón en los profundos músculos de
su cuerpo.
“Es
un detector de campos electromagnéticos”, contestó, parándose en el pie de la
cama. “Recoge lecturas de la energía de los espíritus.”
“Muy
científico.” Alcanzándola, echó un vistazo sobre su hombro, al dispositivo
portátil. Solo unos centímetros más alto que ella, y ya era alta, él le rozó la
oreja con el pelo. Luego, como si se avergonzara por el involuntario contacto,
retrocedió. “¿Estás… um… recogiendo alguna lectura ahora mismo?”
No la del tipo que estoy detectando, pensó ya que ese breve toque envió un pico de alta
temperatura a su interior.
“Todavía
no”, le dijo, y luego hizo una pausa para aclarar su súbita ronquera. “¿Dónde
aparece por lo general el fantasma?”
“Me
han dicho que se mueve de la entrada del corredor hacia el lado de la cama que
está cerca de la ventana.”
“Y
dices que no es una manifestación plena, ¿verdad?” Se movió a la parte indicada
de la cama. “¿Es más una figura tenue, que una plena?”
“Eso
es lo que dicen.”
La
siguió. La luz de la luna entraba por las ventanas, proyectando sombras sobre
la pálida colcha. Uno al lado del otro, las siluetas de las partes superiores
de sus cuerpos se tocaban como dos amantes, tendidos a través de la amplia
cama. Demi retuvo un suspiro de nostalgia, de tener ella misma esa imagen.
“La
figura ronda por aquí”, dijo él, cambiando para estar de pie detrás de ella.
Para su sorpresa, le colocó las manos en la cintura y la retiró ligeramente.
“Simplemente… aquí.”
Sus
hombros se acercaron contra su pecho y sus manos permanecieron en su cintura.
La íntima posición envió ondas deseo a través de ella. Pero no era suficiente.
Ansiosa por esa pieza final de evidencia de que su deseo por ella había
sobrevivido los años que habían pasado, cambió su peso de forma que su trasero
acarició el frente de sus vaqueros. Sintió la larga cresta de carne que
presionaba contra la cremallera, y un ardor la corrió.
Oh, sí. Definitivamente, está todavía interesado.
“¿Qué
pasó después?”, le preguntó, bajando su voz. “¿Quiero decir… cuando lo ven?”
“La
pareja de la cama por lo general se queda congelada por el miedo. Entonces, la
figura parece echarse hacia ellos, antes de desvanecerse de pronto.” El no se
apartó, pero no se acercó tampoco. “Entonces, mi recepcionista del turno noche
recibe una llamada aterrada y me llama para comprobar al intruso descrito.”
“Ya…
veo.” Quería levantar las manos de su cintura y colocarlas en torno a sus
pechos. La energía sexual a través de su cuerpo hervía, acelerando los latidos
de su corazón hasta que estuvo segura que la escucharía en la distancia.
“¿Tú,
Demi?” Sus labios rozaron su oído. “¿Lo ves?”
Antes
de que pudiera contestar, lo que hubiera sido darse la vuelta y lanzarse contra
él, la temperatura del cuarto se enfrió. Joe levantó la cabeza y soltó un
juramento asustado. En el mismo instante, Demi divisó un movimiento al otro
lado de la cama, cerca de la puerta del pasillo. Una sombra diáfana blanca que
flotaba hacia la cama.
Todos
los pensamientos de deseo y seducción se evaporaron cuando la niebla se detuvo
y se condensó. Se estremeció brevemente y luego la forma vaporosa se movió a
los pies de la cama. Antes de que ella pudiera reaccionar, Joe tiró hacia atrás
a Demi, sus piernas se enredaron con las
suyas, tropezando hacia las ventanas iluminadas por la luna. El se llevó la
peor parte cuando se cayeron sobre el asiento junto a la ventana, y Demi
aterrizó en su regazo.
La
niebla alcanzó el lugar donde habían estado de pie. La frialdad del cuarto se
intensificó. Por el rabillo del ojo, Demi vio que las luces del medidor K2
destellaban intermitentemente como un loco.
“Que
de…”
Con
la voz de Joe, la niebla repentinamente se desvaneció. La temperatura de la
habitación volvió a la normalidad y las
luces del K2 se apagaron. Era como si nada hubiera pasado.
Demi
contempló el lugar donde había visto la aparición. “Supongo que nunca lo habías
visto antes”, susurró.
Pasó
un momento antes de que Joe contestara en voz baja, “Nunca. Sólo creía a
medidas lo que la gente me contaba.”
“¿Y
ahora?”
“¿No
puedo negar lo que vi con mis propios ojos, verdad?”
Aspiró
un profundo suspiro. Ella lo oyó, sintió la hinchazón de su pecho contra su
espalda, se dio cuenta de cómo tan íntimamente estaban unidos en ese asiento
junto a la ventana. El interior de sus muslos abrazaba la parte externa de los
de él. Una de sus manos sujetaba su brazo. Su otra mano descansaba a través de
su regazo, sus dedos rozaban su estómago. El reconocimiento de su posición tuvo
el efecto de agitar su libido de nuevo a la vida. Pero, cuando se dispuso a
actuar, él la puso de pie y se alejó.

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