Su
otra mano descansaba a través de su regazo, sus dedos rozaban su estómago. El
reconocimiento de su posición tuvo el efecto de agitar su libido de nuevo a la
vida. Pero, cuando se dispuso a actuar, él la puso de pie y se alejó.
*******
Robert
Elliot rondaba en la oscuridad que había sido su prisión durante demasiados
años. La culpa lo drenó, impidiéndole seguir, castigándolo por abandonar a Kristen
por ir a una venta de caballos cuando estaba enferma. Había muerta sola y, por
ello, no merecía estar con ella. Su culpa se agravó cuando él se quitó la vida,
negándose la posibilidad de seguirla.
Ahora,
como tras breves momentos después de su muerte, no sólo recordaba lo que había
hecho, sino que también tenía una vaga conciencia del mundo que lo rodeaba. En
noches como esta, se encontraba en el pasillo fuera de la alcoba que había
compartido con su esposa. Había sido llamado a entrar al cuarto, abrumado por
el conocimiento de que su amada estaba muerta dentro. La pena lo había llevado
a sacar su puñal y hundirlo en su propio pecho para poder reunirse con ella en
el más allá. Pero en vez de seguir, simplemente volvió a la oscuridad, a la
culpa… a la espera.
Incluso
ahora, la oscuridad lo llamaba.
*******
Joe
se dirigió a la cama. “No me lo puedo creer. Pensé que solo era una leyenda,
una historia contada para asustar a los niños.”
“No
hay nada que temer”, dijo Demi, su voz era suave en ese cuarto iluminado por la
luna. “Parece ser sólo un caso de un simple fantasma residual.”
“¿Simple?”
Se giró hacia ella. “¿Cómo puedes llamar a esto simple? ¡Era un-un fantasma!
¡En mi posada… en mi casa!”
Su
expresión comprensiva le dijo que su reacción no la sorprendió. “El espíritu
probablemente ha estado aquí por mucho tiempo. Tu simplemente no fuiste
consciente de ello antes.”
“¿Cómo
no voy a ser consciente? El frío… lo que vimos…”
“Cuéntame
la historia otra vez”, lo instó ella.
Se
quedó en la cama. “En el siglo dieciocho, Robert Pattinson construyó esta casa
para su esposa, Kristen. Vivieron aquí menos de un año, cuando Robert salió a
algún negocio, volvió para encontrar que Kristen había muerto de unas fiebres.
Estaba tan apenado que sacó su daga y se apuñaló a sí mismo en el corazón. Cayó
en la cama y murió. La leyenda dice que su espíritu vuelve de vez en cuando,
para repetir el momento de su muerte.
“Suena
como lo que vimos. La figura estuvo de pie aquí.” Ella dio un paso más cerca de
la cama. “Se paró un momento y luego hizo un movimiento que yo compararía con
el trazado de una daga.”
“Pero
luego se desvaneció.”
Ella
le sonrió. “Sin ánimo de ofender, pero diste una especie de aullido. Me temo
que lo asustó.”
Puso
una mano sobre su corazón y la miró con incredulidad. “¿Lo asusté?”
Ella
rió. “Quizás asustado no es la
palabra correcta. Sino perturbado la atmósfera lo suficiente para impedir que
se manifestara.”
El
sonido de su risa le hizo cosquillas dentro de su pecho, calmando su miedo y
cambiando sus pensamientos interiores. Tres años habían pasado desde la última vez
que la había visto, y estaba sorprendido al descubrir que su atracción por ella
no había cambiado. Incluso cuando trabajaba para él, le había resultado difícil
mantener sus manos apartadas de ella. Esa noche casi había fallado, casi había
ido más allá de ese beso húmedo, salvaje. Solo la llamada de su hermano herido,
les había impedido consumar su deseo. Ella se había ido y, tras una breve
llamada telefónica en la que le decía que dejaba la firma para que ayudara a su
hermano a recuperarse, no había vuelto a tener noticias suyas.
“Según
los testigos”, prosiguió ella, “Cuando el espíritu se manifiesta, repite los
mismos movimientos cada vez. ¿Con qué frecuencia has oído informes de este
acontecimiento?”
“Casi
desde el momento que abrí la posada hace dos meses.” Había encontrado la
propiedad hacia un año, encontrando que era un negocio demasiado bueno para
declinar. Abandonando su carrera en los bienes inmuebles, había empleado todo
lo que tenía para convertirse en el dueño de una posada. Pero el fantasma, tenía
que confesar ahora, era real, hacía difícil mantener a los clientes en este
cuarto incluso durante sólo una noche. “Algunos ex-empleados se quedaron y
contaron historias, pero no les creí. Estaba seguro que encontraríamos una
explicación lógica.”
Dando
un golpecito con la yema del dedo contra sus labios, Demi se paseó alrededor de
la cama. Joe obersvó su movimiento, el balanceo de sus caderas, sus elegantes y
largas piernas, y su miedo descendió al instante. ¿Cómo podría preocuparse de
un fantasma cuando la tenía aquí, sólo a centímetros de su mano?
“¿Alguien
vio al espíritu, cuando estuvieran solos?”, le preguntó.
“No
estoy seguro de entender la pregunta.” O tal vez era el modo en que sus
vaqueros acogían tan completamente su redondo culo, lo que le hizo difícil
entender, y concentrarse en la persona que tenía a mano. Nunca se había
permitido considerar tocar aquellas dulces mejillas antes, no cuando trabajaba
para él. No aún cuando ella lo había deseado- y ah, como lo había deseado
seducirlo. Había perdido por lo menos tres botones antes de que él lograra
terminar aquel beso salvaje.
Ahora no trabaja para ti. ¿Pero siente todavía la misma atracción?
Se
permitió preguntarse, mientras con los ojos acariciaba ese exuberante cuerpo.
Tenía las piernas lo suficientemente largas, como para enroscarse a su
alrededor y sostenerla. Y sus pechos parecían firmes y suaves. Y su increíble
boca…
Ella
se volvió hacia él, advirtiendo sus ojos. “Indicaste que desde que abriste la
posada, solo las parejas comentaron ver al fantasma. ¿Se quedó alguna vez
alguien solo en este cuarto?”
“Unos
cuantos.” Con dificultad, viró sus pensamientos, al asunto que trataban. “Pero
ninguno de ellos mencionó al fantasma.”
Ella
volvió al lado de la cama donde él estaba. “¿Y por qué las parejas serían
diferentes a los que estaban solos?”
“Bueno…”
El calor se extendió por él. “Por supuesto ellos podrían…”
El
corazón de Joe comenzó a palpitar cuando la mirada de Demi se posó sobre él.
Aunque no pudiera ver su color a la luz de la luna, pudo distinguir un destello
especial que le decía que estaban pensaban lo mismo. Y esto no tenía nada que
ver con las otras parejas.
“Hay
una teoría”, dijo lentamente, bajando la correa de su bolso de cuero de su
hombro, como si fuera el tirante de un sujetador. “Se dice que, para
manifestarse, un espíritu necesita la energía de su entorno. Obteniéndola de
las baterías, las tormentas, o incluso de los seres humanos.” Bajó el bolso al
suelo. “¿Qué genera más energía que… el sexo?”
“Estoy
seguro que hay varias actividades que podrían generar ese tipo de energía”,
dijo él lentamente. El tema sin duda lo excitaba. Su mirada cayó a su blusa de
seda. Cuando ella se movió hacia la luz de la luna, vio la sombra de sus
pezones empujar con fuerza sobre la tela. La temperatura del cuarto ahora era
caliente, lo que significaba que las sensaciones internas debían ser provocadas
por esa deliciosa demostración.
“Antes
de que viéramos el fantasma hace unos minutos, tú y yo estábamos… sintiendo…
ciertas cosas.” Una sonrisa revoloteó en sus labios. “No puedes negarlo, Joe.”
El
meneó la cabeza lentamente. “No. No puedo negarlo.”
“Quizás
proporcionamos la energía que el espíritu de Robert necesitaba con el fin de
materializarse.” Pasó un momento. Entonces dijo, “Tengo una idea de cómo podemos
encontrarlo”, y levantó sus manos al primer botón de su blusa. “Quítate el
jersey.”
“Quitarme
mi…” Su lengua parecía que de repente había dejado de funcionar. Demi había
abierto el botón superior de su blusa y estaba deslizando los dedos hacia
abajo, hacia el segundo. Ya podía ver la sombra de la hendidura de sus senos.
“Vamos
a generar un poco de energía, Joe.” Abriendo el segundo botón, ella dio un paso
hacia él.
Un
tiro de necesidad se clavó en sus entrañas. “No estoy seguro de querer ser
usado para un experimento científico.” Su voz ronca demostraba que estaba
mintiendo. Quería ser usado de cualquier modo que ella pudiera pensar en
utilizarle.
“Sabes
que el fantasma no es la única razón por la que quiero que te desnudes.” Ella
abrió el tercer botón. Su blusa estaba abierta, dejando al descubierto un
sostén rojo y su pálida piel. “Quiero continuar donde lo dejamos la última
noche que estuvimos juntos. Quiero saber si mis fantasías eran correctas.”
Su
polla se hinchó contra la cremallera de sus pantalones vaqueros. La necesidad
de liberación apretó todos los músculos de su cuerpo.
“¿Te
acuerdas dónde lo dejamos, no?”
Liberó
aquél último botón y luego se sacó la blusa y la dejó deslizar al suelo. El
sujetador de color rojo contra su pálida piel lo hizo babear. Sus pechos,
redondeados y firmes, hacían a sus dedos moverse nerviosamente con la tentación
de tocarlos. Ella se quitó con la punta del pie los zapatos, y sus tan ceñidos
vaqueros que perfilaban cada curva de su cuerpo, en unos segundos más tarde se
deslizaban por su cuerpo.
“Lo
recuerdo”, dijo, su voz una sombra ronca de sí mismo.
“Ahora,
Ya no trabajo para ti así que no hay ninguna razón para que no podamos estar
juntos.”
El
trató de levantar la mirada de sus pechos, a su cara, pero no podía. “Técnicamente,
estás trabajando para mí ahora. Estás haciéndome servicios de investigación.”
“¡Oh,
no! No cobro a los amigos por mis servicios.”
Su
maldito sentido de ética lo llevó a preguntar. “Pero tus hermanos… ¿no son tus
socios? ¿No tendrán que decir algo al respecto?”
“Ellos
no saben nada de esto. Cualquier cosa a la que lleguemos quedará entre tú y
yo.”
Dando
un paso, la alcanzó con sus manos, para ahuecar los lados de su rostro. Vio la
sorpresa en sus ojos… por lo visto ella había esperado que le tocara primero
sus encantadores senos. Pero quería que supiera que nunca había dejado de
desearla, y no solo a una manera física. “He pensado en ti tan a menudo, Demi.”
“Y
yo de ti.” Tocando su cintura, ella dio un paso más cerca, dejando una escasa
pulgada o dos entre sus cuerpos. “Hemos perdido tanto tiempo debido a…”
Su
voz se apagó, él sonrió. “¿A causa de mi alta ética?”
Ella
le procuró una lenta cabezada. “Y la herida de Collin, y luego mi nueva carrera
como caza fantasmas, que me ha mantenido lejos de ti.”
“Podemos
compensarlo esta noche.”
Una
sonrisa maliciosa curvó sus labios y volvió la cabeza para presionar un beso en
su mano izquierda. La punta de su lengua, cosquilleó en su palma. Sus dedos,
todavía en su cintura, se aferraron al dobladillo del suéter.
“No
podremos hacer mucho”, dijo, “Hasta que consigamos que estés desnudo.

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