Esta pasión fue apresurada y enérgica,
abrumándoles rápidamente a ambos. Demi no sintió como Joe la mordía, pero
definitivamente sintió cuando extendió en su mente la pasión que le invadía.
Balanceándose al borde de la culminación, Demi se zambulló en ella, gritando
cuando llegó al éxtasis. El placer de Joe se unió al de ella en su mente. Pero
el sonido pareció débil en sus oídos y Demi temió estar a punto de...
Ella
no había desfallecido. Había estado terriblemente cerca, sin embargo, Demi tuvo
que admitírselo a sí misma la mañana siguiente. Era una buena cosa que fuera
joven y sana; de otra manera, esos apasionados encuentros posiblemente la
podrían haber casi matado.
Sonriendo,
se metió bajo el agua y dejó que le quitara el jabón. Joe era mejor que el
chocolate. Cuando era niña, Demi había preguntado una vez a su madre cómo
podría saber cuándo estaba enamorada. Su madre le había dicho que sabría que
estaba enamorada cuando estuviera dispuesta a olvidarse del chocolate para
siempre con tal de estar con esa persona por una sola hora. Demi, una dedicada
y desesperada chocoadicta, había decidido en ese mismo instante que nunca se
enamoraría. Había estado segura de que ningún hombre merecería semejante
privación.
Por
Joe merecía la pena dejar el chocolate. El chocolate oscuro, el blanco, el
chocolate con leche, ella dejaría a gusto todos por él. Pero su sonrisa
rápidamente se desvaneció.
Dudaba
siquiera de poder elegir.
Suspirando,
apagó la ducha y dio un paso hacia la pequeña toalla que había tirado en el
suelo. Cogió una de las grandes toallas de baño de la percha en la que se
secaban y entonces se detuvo mientras se daba un vistazo a sí misma en el
espejo. Dejando caer la toalla, miró fijamente su reflejo.
Su
cuerpo era un conjunto de mordiscos. Había pocos lugares que Joe no hubiera
marcado. Y cada mordisco había sido una dicha. En cada lugar en el que había
una vena, y también en algunos en los que no había, su cuerpo había sido
marcado. Esas marcas deberían doler ahora que no estaba cautiva por la pasión y
que Joe no estaba llenando su mente con su placer, pero no dolían.
Demi
pasó sus dedos sobre un rasguño en su hombro, y tembló mientras recordaba cómo
la había mordido allí Joe mientras entraba en su interior. Su cuerpo
inmediatamente despertó a la vida, anhelando de nuevo a Joe.
—
Por el amor de Dios, soy una yonki. —Exclamó, dejando caer su mano. Peor, era
una yonki que estaba a punto de perder el control.
Hoy
era domingo, el último día del congreso. Había una merienda por la tarde y una
fiesta de despedida a la noche, pero eran los únicos actos programados. No
habría más reuniones de hospitalidad. La mayoría de los invitados se irían por
la tarde o la noche. Algunos incluso volarían a casa esa misma mañana.
Por
culpa de su “alergia al sol”, Demi había reservado un vuelo a Joe a las 16.30
para volver a Toronto, y otro a las 17.30 para que ella y Taylor regresaran a
Nueva York. De esa manera podrían verle despegar y aún tener tiempo de volver a
sus respectivas casas lo suficientemente temprano como para deshacer las
maletas y relajarse antes de volver a trabajar a la oficina a la mañana
siguiente.
¿Cuánto
tiempo le daba eso para estar con él?,
se preguntaba. Se había levantado a las seis de la mañana, y había considerado
lanzarse sobre Joe, despertándole con una sonrisa, pero primero había vuelto
allí para darse antes una ducha. Calculaba que eran sobre las seis y cuarto o
seis y media de la mañana. Eso significaba que le quedaban unas diez horas. Su
boca se secó. Diez horas. Diez horas y entonces…
Sus
ojos se nublaron de repente, sintió un dolor en el corazón.
Demi
sacudió sus lágrimas con un molesto golpe de sus dedos. Jesús, ¿qué pasaba
con ella? Así que habían tenido buen sexo. No había hecho nada estúpido como
enamorarse, o algo, se dijo a sí misma.
Pero
estaba mintiendo. No había sido sólo buen sexo. Se había caído con todo el
equipo. Mierda. No era del tipo de las que rompían la ley y robaban un banco de
sangre por cualquier escritor. Ella admiraba muchísimo a Jenny, pero no lo
habría hecho por ella. Y tampoco habría ofrecido a Jenny su muñeca para un
pequeño desayuno. Si, había caído por Joe. Hasta adentro.
¿Cómo
había ocurrido? ¿Cuándo había
ocurrido? Obviamente antes del desayuno del miércoles. Quizá cuando Joe había
demostrado ser un hombre de palabra cuando apareció en el congreso. No, más
seguramente antes incluso de que ella dejara Toronto. Era lo suficientemente
honesta como para admitir, al menos a sí misma, que no había sido capaz de
sacar al hombre de su cabeza durante todo el mes después de haber conocido a Joe
y haberle visto de nuevo. Había sentido una gran alegría al reservarle la
habitación, al registrarle en el congreso y al elegir y encargar sus trajes.
Incluso había soñado con él, sueños húmedos y calientes como el que había
disfrutado en su casa.
Dios
querido, ella era una idiota. Debería haberse dado cuenta. Debería haber
reconocido sus sentimientos y haber permanecido alejada de él. Debería haberse
sobrepuesto a él cuando todavía estaba a tiempo. No. Ahora ella había visto su
lado suave, había visto como manejaba a sus fans con infinitivo paciencia y
ternura, había sonreído y reído con él y había disfrutado del éxtasis que él
podía darle...
Demi
empezó a llorar. Grandes lagrimones rodaron por sus mejillas. El reflejo de
ellas en el espejo la aterró. Tenía miedo de reaccionar de la misma manera en
el aeropuerto, llorando como un bebé cuando tuviera que decir adiós. Tendría el
corazón en la manga, sangrando por él. Joe se sentiría avergonzado y
disgustado. Se suponía que las mujeres modernas eran capaces de manejar estas
cosas. Se suponía que eran capaces de embarcarse en aventuras con
despreocupación, para luego encogerse de hombros y seguir adelante cuando
acababan.
El
corazón de Demi, siempre optimista, sugirió que quizá esto era algo más que una
aventura para Joe también. Y ella cruelmente espachurró esa esperanza. Joe
nunca había hablado de sentimientos hacia ella, ni siquiera de cariño. Y, por
doloroso que fuera admitirlo, ella temió ser simplemente una agradable comida
para el hombre. Él no pudo controlar su mente al morderla, tuvo que
apasionarla. Y la había apasionado. Y
la razón para eso estuvo perfectamente clara. Él la había estado usando. Habían
compartido apasionados momentos la noche que él llegó y la mañana siguiente,
cuando él había necesitado sangre. Luego lo habían evitado de nuevo hasta el
ataque del marido de una fan, cuando Joe se había vuelto a encontrar en
necesidad.
Ella
era simplemente la cena para Joe. Lo que era humillante. Pero aún más
vergonzante era el hecho de que si ése era el único valor que ella tenía para
él, Demi no estaba segura de que no se ofrecería a sí misma en el menú para el
resto de su vida, por estar cerca de él.
Cerró
los ojos y se abrazó a sí misma. No podría enfrentarse a Joe de nuevo. No
podría arriesgarse a avergonzarse a sí misma de esa manera. Y si él la
rechazaba...
No.
No podría arriesgarse a verle de nuevo.
* * * * *
Joe
rodó sobre sí mismo y buscó alrededor a Demi, pero su mano encontró la cama
vacía. Frunciendo el ceño, abrió un ojo y miró furioso hacia la oscuridad. No
estaba allí. Forzándose a sentarse, miró con atención por la habitación. La
maldita mujer se había levantado y le había dejado solo en la cama. Él no había
acabado con ella aún. Tenía la intención de mantenerla ocupada en la cama todo
el día. Le importaba un comino el programa del día. Ése era su último día
juntos, y él planeaba aprovecharlo al máximo.
Echando
a un lado las sábanas salió de la cama y se dirigió hacia el baño. Demi no
estaba allí. Miró hacia el reloj de al lado de la cama. Eran más de las 7.30.
La única razón por la que el cuarto estaba a oscuras era por la sábana que él
había colgado sobre las persianas de las ventanas. Volviendo la espalda a la
cama, abrió con fuerza la puerta y acechó fuera de su cuarto.
Taylor
estaba sentado en el sofá viendo dibujos animados. Miró por encima de su hombro
y luego reaccionó con retraso.
—
¡Oh, mierda! —El editor puso sus ojos en blanco ante la desnudez de Joe y
volvió de nuevo hacia la tele.— ¿Podrías ponerte alguna maldita ropa encima?
¡Hombre! Yo… ¿Por qué tengo una sensación de dejà viu ahora? Nunca te he visto
desnudo antes. —Deslizó una mirada sospechosa en dirección a Joe. — ¿O sí lo he
hecho?
Joe
ignoró la pregunta. Había limpiado la memoria de Taylor la otra mañana, pero no
tenía intención de contárselo al editor. De todas maneras, tampoco podría ir a
la habitación de Demi de ese modo sin revelar la naturaleza de su relación con
ella, lo que posiblemente haría que se enfadara mucho con él. A menos que
controlara la mente de su amigo de nuevo.
Estás viendo la televisión, Taylor. Tú no me ves.
—
No te veo. —Keyes se giró de nuevo hacia la tele.
Joe
siguió hacia la puerta de Demi y la empujó para entrar. La habitación estaba
ordenada y llena de la luz del sol. Las persianas estaban abiertas del todo. Joe
rápidamente cerró la puerta, luego simplemente se quedó allí. Había visto lo
suficiente como para saber que el cuarto estaba vacío. El vistazo que había
dado a su armario fue suficiente para hacer que el corazón se le cayera a los
pies. Las puertas del armario estaban abiertas de par en par, revelando una
barra vacía y ningún equipaje.
Joe
volvió hacia el salón y caminó hacia Taylor. Liberando la mente del hombre,
ladró:
—
¿Dónde está ella?
Taylor
giró la cabeza lentamente.
—
¿Por qué estás desnudo?
—
Maldita sea, Taylor, ¿Dónde está Demi? Sus cosas no están.
—
Oh —La incomodidad titiló en la cara del editor— Tuvo una emergencia. Tuvo que
irse. Me pidió que mantuviera un ojo en ti hoy y que te viera coger el vuelo
esta noche.
No
era necesario ser un lector de mentes para saber que Taylor estaba mintiendo;
la manera en la que sus ojos miraban hacia otro lado para evitar la mirada de Joe
le delataba. Joe se sintió como si hubiera sido apuñalado con un punzón.
—
¿Demi se ha ido?
—
Sí, como he dicho, tuvo una emergencia.
Taylor
se volvió hacia la televisión, pero el sonrojo aumentaba en su cuello. No se
sentía cómodo mintiendo.
La
mente de Joe voló.
—
¿Hace cuánto tiempo que se fue?
—
Errr... bueno, alrededor de media hora, más o menos, creo. Me despertó. Su
vuelo sale a las ocho y tenía que pasar los controles de seguridad y esas
cosas. No estaba segura de llegar a tiempo.
Joe
no estaba escuchando. Ya había empezado a correr hacia su habitación y había
recogido la ropa de la noche anterior. Recolocándose sus pantalones usados y su
camisa de vestir cerró de un golpe el armario y salió corriendo fuera del
cuarto.
Atravesó
sin problemas la puerta de su dormitorio hacia el vestíbulo, evitando la
pérdida de tiempo de cruzar la sala de estar común. Afortunadamente no había
inquisidores fans esperándole, o hubiera pasado sobre ellos. Corrió hacia el
ascensor, esperando impacientemente que llegara, y después esperó aún más
impacientemente que descendiera las más de veinte plantas hasta la recepción.
Todo estaba bañado de luz de sol cuando salió apresuradamente del ascensor. Joe
se sobresaltó y subió el cuello para proteger lo más posible de su piel, pero
decidió ignorar el asunto y corrió al exterior hacia la fila de taxis que se
alineaba en la parte delantera del hotel. Se introdujo a toda prisa en el
primero que encontró e inmediatamente tomó el control de la mente del
conductor, urgiéndole para ignorar el límite de velocidad e ir directamente al
aeropuerto.
Aun
así, con el tráfico, eran las 7.56 cuando llegó. Todavía tenía que encontrar la
puerta de embarque de su avión. Rezó para que el vuelo de Demi fuera con
retraso. Solían hacerlo, recordó. Con un ojo en su reloj de pulsera se apresuró
hacia el mostrador de información y en seguida tuvo a la mujer buscando por el
nombre de Demi. Un pequeño toque mental hizo que ella ni siquiera dudara. Luego
fue corriendo a través de todo el aeropuerto, empujando personas y apartándolas
fuera de su camino, y dando golpes mentales a los guardas de seguridad. Eran
las 8.02 cuando llegó a la puerta de Demi, justo a tiempo para ver su avión
despegando. Joe se paró de golpe ante la puerta y se quedó de pie, mirando
fijamente el aparato, con los hombros hundidos.
—
¿Señor Adams?
Joe
se giró lentamente, fijando sus ojos en la cara sonriente de Lady Barrow. Las
cejas de ella se alzaron ante su expresión desalentadora.
—
¿Por qué, cualquiera que sea el asunto? —Preguntó con preocupación.— Parece
como si justo acabara de perder a su mejor amigo en el mundo.
Sus
palabras se perdieron en el silencio mientras ella miraba desde Joe hasta el
avión que se elevaba lejos de la vista.
—
Oh, he visto a su editora antes de que se fuera.
La
expresión de Joe se agudizó.
—
¿Lo hizo? Taylor me dijo que ella tenía una urgencia que la hacía volver a
Nueva York.
—Hmmm... —Lady Barrow no parecía muy convencida.— Bueno, entonces, parece que hay muchas de esas ahora mismo. Nosotros también tuvimos una urgencia. Tuve que enviar al editor de mi revista a casa pronto para encargarse del problema. Ella también está en ese vuelo.
Su mirada se desvió de nuevo hacia el avión, y Joe y ella le vieron sobrevolar el edificio y perderse fuera de la vista. La mujer suspiró.
—Bueno, usted probablemente podría aprovechar el paseo. Le llevaré de vuelta a su hotel, así no tendrá que buscar un taxi.
Joe se tensó cuando ella deslizó el brazo a través del suyo. Realmente no quería volver con ella. No tenía ganas de hablar con nadie en ese momento, se sentía bastante hosco y rendido. Desafortunadamente, Demi no era la única mujer con una mente fuerte; los pensamientos que trataba de instalar en el cerebro de Lady Barrow obviamente no tenían efecto. En lugar de apartar su brazo y dejarle sólo en su miseria como él deseaba, ella comenzó a arrastrar a Joe a lo largo del pasillo hacia la salida.
—¿Ha disfrutado de su primer Congreso Romantic Times, señor Adams?
—Joe —Murmuró él, casi malhumoradamente. Entonces la miró ceñudo.— No. Sí. No.
—Ajá —Ella no parecía para nada sorprendida ante su confusión. De hecho, tradujo sus pensamientos para él bastante bien.— Supongo que estaba un poco abrumado y, además, sobrecogido al principio. Comenzó a disfrutar después del primer día, más o menos, pero ahora está deseando que todos nosotros nos vayamos al infierno.
Joe la miró alarmado, y ella le dirigió una sonrisa conocedora rociada con bastante comprensión.
—Miro su cabeza.
Él parpadeó ante esas palabras, y entonces se dio cuenta de que estaban de pie ante una limusina con cristales oscuros. Vio como ella se introducía en el interior, la siguió y cerró la puerta tras él con alivio. Por lo menos no tendría que preocuparse del sol en el regreso.
—Parece un poco pálido hoy. —Comentó Lady Barrow, abriendo la puerta de una pequeña nevera para que él viera el contenido.— ¿Quiere algo de beber?
La mirada de Joe se deslizó sobre el agua embotellada, las latas de gaseosa y el zumo, luego hacia la garganta de Lady Barrow. El podría usar un estimulante, un pequeño aperitivo hasta que regresara al hotel y a su última bolsa de sangre. La estaba reservando para esta mañana, y ahora estaba contento de haberlo hecho. No debería de haber salido al sol.
—¿Joe? —Interrogó la mujer suavemente.
Joe suspiró y sacudió la cabeza. No podía morder a Lady Barrow sin permiso. Era demasiado agradable para eso. En cambio, mordería a Taylor. El editor se lo merecía por haberle mentido y por no haberle contado de inmediato que Demi se había ido. Esos minutos extras le hubieran permitido llegar a tiempo al aeropuerto.
—Bueno, creo que podría beber algo.—Dijo Lady Barrow. Oyó un tintineo y el sonido del líquido cayendo, y entonces empezó a ver a Kathryn Falk mezclando en dos vasos zumo de naranja y champán. Le tendió uno y preguntó:
—¿Tuvisteis una pelea, o es que ella se fue asustada?
Joe simplemente la miró atónito.
Ella sonrió.
—Las chispas han estado volando entre vosotros durante toda la semana. Y nadie pudo haber evitado notar lo protectora que ella era contigo, o lo protector que usted era con ella.
Joe aceptó el cóctel mañanero. Se lo bebió de un trago, entonces devolvió el vaso vacío. Lo que Kathryn Falk estaba diciendo era cierto, desgraciadamente. Pero lo que Lady Barrow no podía saber era que el afán de protección de Demi había sido puramente profesional, ya que ella había prometido cuidarle y lo había cumplido maravillosamente. Por lo que respecta a las chispas…
Oh, bueno, yo trato de mantener a mis escritores felices, Joe…
Joe apretó los dientes mientras las palabras de Demi llenaban su cabeza. Él no creía que ella hubiera fingido toda la pasión, o que lo hubiera hecho como parte de su trabajo, pero le había dejado esa mañana como si no importara nada. O como si temiera que él le diera más importancia de la que tenía y provocara una escena embarazosa, o algo así. Y se dio cuenta de que él lo hubiera hecho. Él podría haber hecho algo como cometer la locura de pedirle que fuera a Toronto con él, o…
Su mente se retiró por miedo a ese “o”. Joe no estaba preparado para admitir su posible deseo de pasar toda la eternidad con Demi. De reír y llorar y pelear y hacer el amor con semejante pasión durante siglos. No, no estaba listo para eso.
Un vaso apareció delante de su cara, tras haberlo rellenado Lady Barrow para él. Cuando él vaciló, ella dijo:
—Ella volverá en sí, Joe. Tú eres un hombre atractivo, dotado y con éxito. Demi volverá en sí. Sólo necesita tiempo.
Joe gruñó y aceptó la bebida.
—Tiempo es algo de lo que dispongo mucho.

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