Un vaso apareció delante de su cara, tras haberlo rellenado Lady Barrow para él. Cuando él vaciló, ella dijo:
—Ella volverá en sí, Joe. Tú eres un hombre atractivo, dotado y con éxito. Demi volverá en sí. Sólo necesita tiempo.
Joe gruñó y aceptó la bebida.
—Tiempo es algo de lo que dispongo mucho.
* * * * *
Ese
comentario fue un gran fardo en la mente de Joe durante las siguientes semanas.
Volvió al hotel con Lady Barrow, pero no se quedó más tiempo que el que le
llevó hacer sus maletas. Regresó de nuevo al aeropuerto y cogió el primer vuelo
disponible a Toronto.
Su
casa, su paraíso seguro durante mucho tiempo, parecía fría y vacía cuando entró
en ella. No había nada allí más que recuerdos. Demi sentada en su sofá,
sermoneándole sobre la importancia de los lectores. Ella corriendo ansiosamente
a la cocina a su lado para gritar por una herida en la cabeza que él no tenía.
Riendo, haciendo un pequeño baile y chocando las manos con él en su despacho.
Gimiendo y contorsionándose de pasión en la cama de su habitación de invitados,
que él había ocupado patéticamente para dormir. Ella se había apoderado de su
mente, llenándola prácticamente cada momento del día. Pero eso era todo lo que
ella había hecho.
Joe
se había hecho con el programa de chat de Internet que ella le había obligado a
comprar, y solía intercambiar mensajes instantáneos con Lady Barrow, Jenny y
algunos otros escritores que había conocido en el congreso, pero aunque tenía a
Demi en su lista de contactos, ella nunca se había conectado online. Jenny
pensaba que ella estaba bloqueando a todo el mundo. Él había considerado
mandarle un e–mail, pero no podía pensar en qué decirle. En lugar de eso, se
sentaba en su escritorio, escuchando el tic tac del reloj mientras lo miraba y
esperaba que ella se conectara. Tiempo era algo de lo que tenía mucho.
Pasaron
casi dos semanas antes de que él se cansara de esperar y vigilar. Disgustado,
una mañana cerró el programa de chat y abrió su procesador de textos. Pensó en
hacer su primer intento en un trabajo de ficción. Y sin embargo, se encontró a
sí mismo contando la historia de su primer encuentro con Demi, y luego de todo
lo que siguió a ese encuentro.
Escribir
el libro fue una catarsis, como estar ahí y volver a revivir cada momento. Se
rió de algunos de los acontecimientos que no había encontrado graciosos en el
momento, como su trozo de bacalao atrapado en el mantel, o su frenético intento
de encontrar condones. No se rió de la partida de ella, que fue donde acabó la
historia que había titulado simplemente “Demi”.
Introdujo
la última entrada en la historia sólo algunas semanas después de haberla
empezado, luego la empujo cansadamente a sus pies. Se sentía un poco más ligero
que cuando dejó el congreso, pero no mucho más. Estaba agradecido de haber
conocido y haber pasado tiempo con Demi Lovato. Siempre la llevaría en su
corazón. Pero se sentía a la vez triste y enfadado con ella por no haberles
dado la opción de tener algo más.
Apagó
el ordenador, mirando coléricamente al contestador automático de su escritorio.
Selena, que había insistido en que todos necesitaban uno ya que solían dormir
durante el día, cuando la mayoría de los negocios tenían lugar, había comprado
las máquinas para todos la última Navidad. Joe no se había preocupado en el
pasado de escuchar sus mensajes, pero lo había hecho desde que volvió a casa.
Mantenía la esperanza de que Demi llamara, aunque sólo fuera para preguntar si
tenía algún otro libro terminado. Pero no había llamado ni una vez. Y ninguno
de los mensajes de la máquina de esa noche era de ella tampoco.
Había
un mensaje de su madre, y otros de Selena, Nick y Kevin. Joe había estado
evitando a su familia desde su regreso del Congreso, y aunque sabía que estaban
preocupados por él, no tenía ganas de charlar. En realidad, no tenía ganas de
hablar con nadie, excepto con la gente del congreso. Los había conocido a todos
con Demi. De alguna manera, chatear con ellos en el ordenador le hacía sentirse
más cerca de ella. Y algunas veces Jenny o alguna de las otras mujeres tenía
algún retazo de información sobre Demi que se había abierto paso bajo la vid de
los escritores. Nada importante, sin embargo. Había rechazado el libro de ese
modelo. Había cogido un resfriado. Se había curado.
Joe
ignoró la luz parpadeante de su contestador y se dirigió al dormitorio. Su
estómago rugía con hambre, y su cuerpo estaba dolorido por la necesidad de
sangre, pero le parecía demasiado esfuerzo bajar las escaleras para llegar al
frigorífico. Ni siquiera tenía energía para desvestirse. Simplemente caminó a
su habitación y colapsó sobre la cama. Dormiría durante un rato, decidió. Un
largo rato. Se alimentaría más tarde.
* * * * *
El
sol estaba saliendo cuando Joe se quedó dormido y hacía tiempo que se había ido
cuando se despertó. Y el dolor que había sentido cuando se acostó era muchísimo
peor. Tenía que comer. Rodando fuera de la cama, se abrió paso escaleras abajo
hacia la cocina. Sacó dos bolsas de sangre mientras permanecía de pie ante la
nevera. La bolsa estaba casi vacía cuando llegó a su despacho, lo que fue algo bueno,
porque la vista de alguien sentado ante su escritorio lo sorprendió tanto como
para dejar caer las últimas gotas al suelo.
—
Nick —Miró fijamente a su hermano.— ¿Qué estás haciendo aquí?
Dirigió
su mirada hacia la pantalla de su ordenador, donde reconoció el último capítulo
de Demi.
Nick cerró el procesador de textos con un click, luego
compuso una expresión de disculpa.
—
Lo siento, Joe. Estaba preocupado por ti. Sólo quería estar seguro de que
estabas bien. Te has negado a devolvernos las llamadas a cualquiera de
nosotros, y no has querido visitarnos ni permitir que te visitáramos. Todos
estábamos preocupados, así que he venido a ver qué estabas haciendo.
—
¿Cuándo has llegado?
Nick
dudó, luego admitió:
—
He venido justo después de amanecer.
—
¿Llevas aquí todo el día? ¿Qué...? —La pregunta murió en su garganta. Sabía
exactamente qué había estado haciendo Nick. Su hermano había leído toda la
historia de Demi, había leído cada palabra hasta la última página. La mirada de
Joe se entrecerró hacia el joven.— ¿Cómo has sabido que lo pondría por escrito?
—
Tú siempre has llevado un diario, Joe, al menos desde que el papel es fácil de
conseguir. Siempre has puesto las cosas por escrito. A menudo me he preguntado
si no lo harías como una manera de mantener las distancias entre tú y todo lo
demás. Igual que haces al recluirte aquí dentro.
Joe
abrió la boca para hablar, luego la cerró de nuevo. Ninguno de los dos creería
su negativa, así que ¿para qué hacer el esfuerzo? Dando media vuelta, caminó
unos pasos y se dejó caer en el sofá. Permaneció en silencio un momento, luego
frunció el ceño y preguntó:
—
Entonces, ¿qué opinas de mi primera obra de ficción?
Las
cejas de Nick se alzaron, pero no llamó la atención de Joe ante la obvia
mentira. En lugar de eso, dijo:
—
Creo que es un intento muy pobre de romance.
Joe
se tensó, ofendido.
—
¿Por qué?
—
Bueno... —Nick comenzó a jugar con el ratón del ordenador de Joe.— Por una
razón, el tipo es idiota.
—
¿Qué? —Joe se sentó derecho.
—
Bueno, seguro —Los labios de Nick se torcieron.— Quiero decir, aquí está el
poderoso, atractivo y exitoso vampiro escritor, y no le dice a la chica que la
ama. Caray, ni siquiera le dice que le gusta.
Joe
frunció de nuevo el ceño.
—
Ella se fue antes de que él pudiera hacerlo. Además, ella tampoco le dijo nada
a él.
—
Bueno, no. ¿Pero por qué debería hacerlo? La mayor parte del tiempo el tipo es
un gilipollas auténtico, probablemente ella esté asustada. —Cuando Joe
simplemente le miró, Nick abandonó toda pretensión.— Deberías de haberla
seguido, Joe.
—
Ella no estaba interesada. Simplemente estaba haciendo su trabajo.
—
Estoy casi seguro de que la descripción de su trabajo no incluye dormir
contigo. O dejarte alimentarte de ella.
—
Nick tiene razón. —Dijo una nueva voz proveniente de la puerta.
Los
dos hombres se giraron sorprendidos. Denise Jonas miró a sus hijos, luego entró
en el cuarto y se movió para sentarse junto a Joe. Cogió sus manos entre las de
ella, le miró tristemente a los ojos y dijo:
—
Deberías haber ido tras ella, Joe. Has esperado seiscientos años por Demi.
Pelea por ella.
—
No puedo pelear por ella. No hay nada por lo que pelear. No tiene dragones que
matar.
—
No quería decir pelear en ese sentido. —Dijo Denise, impaciente.— Además,
¿alguna vez ha funcionado eso en el pasado? Ganar la atención de una mujer
matando sus dragones sólo la hace dependiente. Eso no es amor, Joe. Es por eso
que nunca has conseguido a la chica en el pasado. Demi no necesita que mates
sus dragones. Aunque podría agradecer tu ayuda de vez en cuando, es
suficientemente fuerte para matarlos ella misma.
—
Entonces ella no me necesita, ¿no? —Señaló él, triste.
—
No. No te necesita. —Denise estuvo de acuerdo.— Lo que la deja libre para
realmente amarte. Y ella te ama, Joe. No la dejes marchar.
Joe
sintió su corazón saltar con esperanza, luego preguntó precavidamente:
—
¿Cómo puedes saber que me ama?
—
Ya estaba medio enamorada de ti antes de conocerte. Se enamoró del todo cuando
estuvo aquí.
—
¿Cómo lo sabes? —Insistió Joe.
Denise
suspiró y admitió:
—
Leí su mente.
Él
sacudió su cabeza.
—
Su mente es demasiado fuerte. No pudiste haberla leído. Yo no pude.
—
Tú no pudiste leer su mente porque ella la estaba escondiendo de ti. Demi se
sentía atraída por ti, y sentía miedo por eso. Como he dicho, estaba medio
enamorada antes de conocerte. Eso la asustaba. Cerró su mente contra eso, y por
consiguiente, contra ti.
Joe
sacudió de nuevo su cabeza.
—
¿Cómo podía estar medio enamorada de mí? Ella ni siquiera me conocía.
—
Tus libros, Joe.
Él
se encogió de hombros, impaciente.
—
Muchas mujeres creen que me aman por culpa de esos malditos libros, las he
visto en el congreso. No me conocen para nada.
Denise
suspiró.
—
Esas mujeres se sentían atraídas por tus libros y tu éxito. Demi es diferente.
Ella es tu editora. No creía en vampiros, y no estaba impactada por tu éxito.
Cayó por tu auténtico yo. Lo reconoció por tu escritura.
Cuando
Joe empezó a dudar, su madre chasqueó la lengua.
—
¿Cómo podría ella no hacerlo? Tú eres tan hosco y solitario en la vida real
como lo fuiste contando la historia de Kevin y Dani, o cualquiera de las de tus
otros libros. Tu voz brilló a través. Fuiste completamente honesto en esos
libros, mostrando lo bueno y lo malo. En realidad, has revelado más de ti mismo
en tus escritos que lo que generalmente haces en persona, porque has revelado
tus pensamientos, que normalmente mantienes ocultos.
Joe
todavía no lo creyó.
Denise
cogió prestada una página de su libro y le miró con el ceño fruncido.
—
Soy tu madre, Joe. Debes creerme en esto. Nunca te llevaría por el mal camino.
—
No deliberadamente. —Asintió él. Una sonrisa revoloteó en las comisuras de su
boca.
Las
lágrimas se agolparon en los ojos de Denise, y Joe supo que su madre quería
desvanecer la pérdida y la pena de su pasado.
—
Confía en mí, hijo. —Dijo.— Por favor. No dejes atrás tu felicidad tan
fácilmente. Tu padre lo hizo. Se aburrió de la vida y se dejó ir, y nada de lo
que yo podría decir o hacer puede devolver esa chispa. Estás demasiado cerca de
seguir sus pasos. He estado preocupada por ti durante algún tiempo. Pero la
llegada de Demi te sacudió y trajo la alegría de vuelta a tu vida. —Ella apretó
su mano.— Joe, fue como si hubieras renacido. Sonreías y reías de nuevo. Demi
puede devolverte mucho de lo que has perdido, un hijo o una hija, una
compañera, alegría. No dejes que tu orgullo te estorbe.
Joe
miró fijamente a su madre, sus palabras dando vueltas en su cabeza junto a las
de otra mujer. La psíquica del congreso había dicho algo muy parecido.
Habías
comenzado a cansarte de la vida, había dicho. Todo
parece demasiado duro, y las crueldades del hombre han empezado a cansarse.
Pero algo, no, no algo, alguien, alguien te ha revigorizado. Te ha hecho sentir
que merecía la pena vivir de nuevo. Que todavía hay alegría. Agárrate a ella.
Tendrás que pelear por ella, pero no de la manera en la que estás acostumbrado.
Es tu propio orgullo y miedo contra lo que deberás Joehar. Si fracasas, tu
corazón se arrugará en tu pecho, y morirás como un hombre solitario y amargado,
lamentando lo que no hiciste.
Joe sintió erizarse la piel de su cuello. Su mirada se
deslizó hacia su madre, y le preguntó:
— Entonces, ¿cómo tengo que pelear por ella?

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